AQUI LES TRAIGO MI NUEVA ADAPTACION ESPERO LES GUSTE
Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer al final les digo el nombre del autor
CAPÍTULO TRES
Cuando Bella comenzó a subir las escaleras hacia su apartamento, ya sabía que estaba enferma. Tenía muchísimo calor y un terrible dolor de cabeza, y las piernas y los brazos le temblaban del esfuerzo.
Entró en casa y se puso el termómetro. Marcaba cuarenta grados centígrados.
Bella se sintió abatida. Aquello significaba que no iba a poder visitar a Natalie.
Cuando llamó al hospital, la enfermera jefe de pediatría le confirmó sus sospechas. No se le permitiría acceder a la planta hasta que no hubiera tenido fiebre durante más de veinticuatro horas. La enfermera fue lo suficientemente amable como para transferir su llamada a la habitación de Natalie.
Bella habló con su hija, le contó que se había contagiado de la gripe y que no podría ir a verla hasta el fin de semana, pero que cuando la visitara, le llevaría una sorpresa.
Cuando colgó el auricular, tenía un nudo en la garganta.
Lo único que quería era acurrucarse en el sofá y dormir. Pero le había prometido a Natalie que se libraría de aquella gripe enseguida, así que se arrastró hacia la cocina y se sirvió un gran vaso de zumo de naranja. Mientras se lo veía, le echó un vistazo al correo. La factura que estaba esperando, la factura que no podría pagar a menos que Edward le diera el dinero, era la primera del montón. Esperaría dos días antes de llamar a su ex cuñado. No estaba deseando hacer aquella llamada, precisamente, pero no podía evitarla.
Al día siguiente, la fiebre había bajado ligeramente. Bella no se sentía mucho mejor, pero con todas aquellas facturas por pagar, no podía permitirse el lujo de perder un día de trabajo.
Al mediodía, pensaba que iba a desmayarse. La idea de comer le producía náuseas, así que decidió pasar el descanso de la comida en el asiento trasero de su coche, durmiendo.
Mientras caminaba por el aparcamiento, le daba vueltas la cabeza. Se habría caído si un hombre no la hubiera agarrado del brazo.
—¿Qué te ocurre, Bella?
Tenía una voz que a Bella le resultaba familiar, pero estaba demasiado mareada como para concentrarse en ella. Mantuvo la vista fija en el suelo, intentando que todo dejara de girar a su alrededor. Una mano fría se le posó en la frente.
—Estás ardiendo de fiebre. Parece que Billy te contagió la fiebre.
Ella alzó la vista.
—¿Edward? ¿Cómo me has encontrado?
—Me dijiste que trabajabas para un servicio de mensajería, así que no fue muy difícil. ¿Dónde vives?
—¿Porqué?
—Para llevarte a casa. Tendrías que estar en la cama.
—Puedo irme yo sola.
—Dudo que puedas llegar hasta el coche por ti misma.
—Estaré perfectamente —insistió Bella.
—¿Hay alguien en tu casa que pueda cuidarte?
—No, pero yo puedo hacerlo.
—Sí, claro —murmuró Edward.
Sin soltarla, tomó una rápida decisión. Suavemente, la guió hacia su propio coche.
—No importa dónde vivas, porque no puedo quedarme lo suficiente en la ciudad como para cuidarte.
Bella hizo un débil intento de resistirse cuando Edward la sentó en el asiento delantero del coche y le puso el cinturón de seguridad. En cuando se sentó, se le cerraron los ojos.
—¿Adonde vamos?
—Al rancho.
—¡No! No puedo irme. No puedo dejar así el trabajo.
—Yo llamaré a tu jefe y se lo explicaré.
Bella intentó protestar vigorosamente, e incluso quiso salir del coche, pero su cuerpo estaba demasiado débil como para obedecerlo. Quizá después de haber descansado durante unos minutos sería capaz de escaparse en el siguiente semáforo en rojo. Sí, aquello era lo que iba a hacer, se dijo mientras se sumía en un sueño febril.
ooooo
Bella abrió los ojos y vio el delicado dibujo de guirnaldas de flores sobre un fondo azul claro, ¿Cuándo había cambiado el papel de su habitación? Quería haberlo hecho desde que se habían mudado a aquel apartamento, y parecía que finalmente lo había hecho, pensó con satisfacción mientras volvía a cerrar los ojos.
—Bella, bébete esto.
Aquella encantadora voz masculina de nuevo. Era calmante. Tan calmante y reconfortante como la mano fuerte que le estaba apartando el pelo de la cara, y que se deslizaba por su nuca para alzarle la cabeza. Cuando el borde de cristal le rozó los labios, Bella bebió un líquido dulce y frío.
Abrió los ojos y lo vio.
—¿Edward? ¿Qué estás haciendo aquí?
—Te estoy cuidando.
—No puede ser que estés aquí. Debo de estar soñando.
—Exacto. Estás soñando. Ahora vuelve a dormirte.
Un sueño. Claro, era un sueño, ¡pero qué sueño!
Edward Cullen, el sexy y magnífico dueño del Diamond C le estaba enjugando la frente con un paño húmedo, con ternura. Y el cuello. Y el pecho, que tenía cubierto de sudor. Él tenía unas manos mágicas, y una voz mágica, y con un suave suspiro, Bella volvió lentamente a la oscuridad que había vuelto a reclamarla.
La siguiente vez que consiguió escapar de sus sueños febriles, lo hizo completa e instantáneamente. Supo al momento que estaba en la habitación del porche, en el rancho. No recordaba cómo había llegado, y no sabía cuánto tiempo llevaba allí.
¡Natalie! Debía de estar muy preocupada, sin saber nada de su madre durante… ¿cuánto tiempo?
Tenía que encontrar un teléfono. En aquella habitación había uno, ella lo recordaba. Lo encontró con la mirada y alargó el brazo hasta la mesilla de noche.
Tendría que llamar.
Rezando porque nadie entrara en la habitación mientras ella realizaba la llamada, levantó el telefono. Cuando consiguió ponerse en contacto con el hospital, ya estaba exhausta.
—¿Hermana Sarah? Soy Bella Cullen.
—Gracias al Cielo que por fin ha llamado.
—¿Qué le ha ocurrido a Natalie? ¿Qué ha pasado? —preguntó Bella, con el corazón encogido.
—Nada. Natalie está perfectamente. Tranquilícese. Pero usted no ha llamado durante dos días, así que yo me he preocupado. La llamé a su trabajo, y su jefe me dijo que estaba enferma. Después llamé a su apartamento, y al no recibir respuesta, llamé a su casera y le pedí que fuera a visitarla. No sabía si usted estaría delirando de fiebre.
—He estado entrando y saliendo en la inconsciencia durante… ¿ha dicho usted dos días?
—Sí.
—¡Oh, Dios mío! Natalie debe de estar muy preocupada, sin saber nada de mí durante tanto tiempo!
—Nos las hemos arreglado para que estuviera tranquila. Y ya la conoce.
Ella puede disimular su dolor y sus sentimientos muy bien. Se aferra a su promesa de que vendrá á visitarla el fin de semana.
—Estaré allí aunque tenga que ir arrastrándome.
—Ni lo piense. Ya sabe que, en su estado, es muy importante que la niña no se exponga a enfermedades infecciosas.
—Lo sé. No iré hasta que se me haya pasado la fiebre.
—Bella, tengo que decirle una cosa. Ya sabe que es muy importante para nosotros poder ponernos en contacto con usted.
—Lo sé, y siento haber estado ilocalizable. He llamado en cuanto he sido físicamente capaz.
—¿Dónde está?
Bella sabía que no le quedaba más remedio que contarle a la hermana Sarah dónde se encontraba.
—¿Me promete que llamará aquí tan sólo por una emergencia?
—Por supuesto.
—Y, por favor, prométame que si tiene que llamar, no mencionará el hospital, y por encima de todo, que no mencionará a Natalie. Por favor, diga que es amiga mía y que tiene que hablar conmigo.
—Yo soy su amiga, pero… ¿por qué tanto secretismo acerca de Natalie?
—¡Porque no quiero arriesgarme a perder la custodia de mi hija! ¡No puedo! Por favor…
—Cálmese, Bella. No se disguste. Haré todo lo que me pide, siempre y cuando… ¿está ahí?
—Sí —respondió Bella, reprimiendo los sollozos—. La estoy escuchando. —Haré todo lo que me pide si vuelve a la cama y descansa. —Lo haré. ¿Podría hablar con Natalie?
—Primero, déme el número de teléfono donde puedo ponerme en contacto con usted.
Bella lo hizo.
—Pueden hablar durante tres minutos. Las dos necesitan descansar.
Como mujer de palabra que era, la hermana Sarah tomó el auricular de manos de Natalie a los tres minutos exactos. Y aquello era lo mejor, pensó Bella al oír unos pasos que se acercaban por el pasillo. Con una fuerza nacida de la desesperación, se arrastró hasta la cama y se metió bajo las sábanas. El esfuerzo la dejó sin aliento y temblorosa. Cerró los ojos, fingiendo que estaba dormida.
Unos momentos después, una mano fresca se posó sobre su frente para comprobar si tenía fiebre. Su esencia, una mezcla de cuero, caballo, de aire libre y de jabón, había comenzado a resultarle muy familiar.
—Por fin.
Bella oyó aquel murmullo de alivio. Él le pasó los dedos por la mejilla hacia«el cuello para comprobar su pulso en la aorta, y en aquel momento, Bella abrió los ojos,alarmada. Posiblemente el pulso se le habría acelerado de haber salido de la cama para hacer la llamada.
—No era un sueño, después de todo —dijo Bella, para distraerlo. Y funcionó.
Edward apartó la mano de su cuello.
—Te ha bajado la fiebre durante la noche.
—¿Y tú cómo lo sabes? —le preguntó ella. Y, al ver que no respondía, lo entendió todo y se quedó sin palabras. Por fin, pudo decirle—: Me has estado velando, ¿no?
—Que yo sepa, eso no es un crimen —respondió él, en tono defensivo.
—Lo siento. No quería ser desagradecida, pero no deberías haberlo hecho.
Y tampoco deberías haberme traído aquí. Yo no soy tu responsabilidad.
—Oh, de eso no estoy tan seguro. Te contagiaste de la gripe aquí.
Cuando Bella intentó incorporarse, Edward le puso dos dedos en la barbilla, y con aquella presión tan ligera, consiguió volver a tumbarla. Estaba muy débil.
—Quédate ahí. Enviaré a Billy con algo de comer. Tienes que recuperar fuerzas.
Bella no pudo hacer nada mientras veía a Edward salir de la habitación.
Por mucho que odiara admitirlo, él tenía razón. Se sentía exhausta, y si quería estar recuperada para poder visitar a Natalie aquel fin de semana, tenía que recobrar las fuerzas.
Billy, que ya se había recuperado de su gripe, le llevó una bandeja con un par de tostadas, un té y un zumo de naranja. Ella debía de estar hambrienta, porque los dos pedazos de pan le parecieron una exquisitez.
Mientras, el viejo cocinero le dijo que Edward había estado sentado a su lado, cuidándola, durante la mayor parte de aquellos dos días, y después siguió contándole cosas del rancho. Sin embargo, ella no podía prestarle demasiada atención a su narración después de aquella revelación tan asombrosa. Edward, que albergaba tanta amargura contra ella, había sacrificado sus horas de sueño para estar a su lado. Aquello no tenía sentido, pensó mientras terminaba la taza de té. Sin embargo, tampoco tenía sentido que la hubiera llevado al Diamond C.
Aquel hombre era un enigma.
Cuando Billy se marchó, ella volvió a tumbarse en la cama y se preguntó, agobiada, como era posible que sólo llevara puestas sus braguitas y una de las largas camisetas de Edward. Pensando en todas las posibilidades, sintió que se ruborizaba.
Edward no volvió a su habitación hasta después de la cena. Ella se dio cuenta de que miraba la camiseta que llevaba puesta, y se sintió obligada a darle una explicación.
—Le pedí a Billy que me diera una camiseta limpia. Estaba tan sudorosa y tenía el pelo tan enredado y sucio que me di una ducha. Espero que no te importe lo de la camiseta.
—Te queda mejor a ti que a mí.
—Pero no recuerdo haberme quitado la ropa —le dijo, evitando cuidadosamente su mirada.
—Tú no te la quitaste.
A Bella se le escapó un pequeño sonido de consternación.
—Me lo temía. ¿Lo hiciste tú?
—Sí.
Bella volvió a gruñir.
—No me quedaba más remedio. No podía dejarte con los vaqueros puestos. Estabas ardiendo dé fiebre, y la única otra persona que había en la casa era Billy. A él no iba a pedírselo. Le habría dado muchísima vergüenza. Aunque en realidad, no te quité toda la ropa.
—Pero tampoco me dejaste mucha puesta —replicó ella, al recordar sus braguitas.
—Te puse la camiseta antes de quitarte el sujetador.
—Eso requiere una habilidad y una paciencia considerables —dijo Bella, lanzándole una mirada elocuente.
Edward sonrió.
—¿Qué puedo decir? No soy un santo. Tengo alguna experiencia con las mujeres.
—¡Oh, qué modestia! Disculpa mis náuseas.
—Ya debes de encontrarte mucho mejor. Has vuelto a recuperar tu caradura.
—Sí, me siento mejor. Mañana podré volver a casa.
—¿Qué prisa tienes? Ya casi estamos en él fin de semana, y tú no trabajas los sábados, así que puedes quedarte.
—¿Has llamado a mi jefe?
—Sí. Me dijo que no te preocuparas por el trabajo y que te pusieras bien.
Por la forma en que hablaba, debes de ser una buena empleada.
La aprobación que vio en los ojos de Edward y su voz hicieron que Bella sintiera una extraña calidez por todo el cuerpo.
—Con respecto a lo del fin de semana, ya veremos cómo estoy —dijo Bella.
Sabía que no podría quedarse, pero aquél no era el momento de discutir con Edward—. ¿Has hablado ya con tu abogado?
—No. No he tenido ocasión, con tanta gripe a mí alrededor —respondió él.
La miró con cierta frialdad y se dio media vuelta.
—Edward, espera. Necesito hablar contigo…
—Después —respondió Edward, y salió de la habitación.
Ella pensaba que aquélla sería una buena ocasión para conseguir que le diera alguna respuesta definitiva sobre aquel asunto, pero no lo había conseguido. ¿Y si Edward se negaba a darle el dinero?
Cuando volvió a dormirse, Bella soñó con que alguien había cambiado a Natalie de hospital. Se la habían llevado a un viejo edificio situado en lo alto de una colina a la que ella no podía subir, pese a que intentaba trepar con uñas y dientes. La pendiente era cada vez más vertical, y había gigantescas arañas que tejían telas que le impedían avanzar.
Se despertó con un grito de terror. Cuando se vio en la preciosa y soleada habitación, cerró los ojos con un gemido de alivio. Se incorporó y se metió en la ducha.
Unos minutos después de salir del baño, oyó la voz de Billy avisándole de que tenía una llamada. Sólo podía ser la hermana Sarah, y aquello significaba que había alguna emergencia. Ella descolgó el auricular con las manos temblorosas.
—¿Diga? Soy Bella Cullen.
—Hola, señora Cullen. Soy el doctor Vulturi.
El médico de Natalie. A Bella se le encogió el corazón.
—¿Qué le ha ocurrido a Natalie?
—Nada. Lo siento, no quería asustarla. En realidad, tengo buenas noticias.
¿Recuerda ese tratamiento nuevo del que le hablé para tratarle la anemia a Natalie?
—Sí.
—Pues bien, los medicamentos ya han llegado al hospital. Me gustaría empezar hoy mismo. Sin embargo, antes tengo que recordarle lo que le dije. Es posible que no funcione con la niña —le advirtió—. No todos los pacientes reaccionan de la misma forma ante el mismo tratamiento, pero merece la pena intentarlo. Lo primero que necesitaría es su consentimiento.
—Estamos hablando de esas medicinas tan caras, ¿verdad?
—Sí, pero estoy seguro de que podremos conseguirlas por un precio reducido. Quizá, incluso gratis, porque me he ofrecido a escribir un artículo sobre la droga para varias revistas médicas.
—Eso sería maravilloso, doctor Vulturi —dijo Bella, con la voz llena de calidez y agradecimiento—. Firmaré todos los documentos que sean necesarios.
—¿Eso es un sí?
—Adelante. Haré lo que sea necesario. Ya lo sabe.
—Me esperaba que dijera eso. Comenzaremos el nuevo tratamiento hoy mismo.
Después de despedirse, Bella colgó con nuevas esperanzas. Entonces oyó un ruido, un bufido desdeñoso, y se dio la vuelta. Edward estaba en la puerta, mirándola con el ceño fruncido.
—¿«Haré lo que sea necesario»? —dijo él, repitiendo sus palabras con sarcasmo. —¿Desde cuándo los Cullen escuchan conversaciones ajenas?
Edward se acercó a ella y la atrapó contra la cómoda. Ella sintió una inyección de adrenalina.
—No es lo que tú piensas —le dijo. Estaba acorralada, pero no sentía miedo, sino excitación. No tenía sentido.
—¿Y cómo sabes lo que pienso? —le preguntó él, con la voz engañosamente suave.
Edward estaba tan cerca de Bella que ella tuvo que mirar hacia arriba para verle la cara. Y la expresión de su rostro le paralizó las cuerdas vocales.
Él tomó su melena larga y exuberante entre los dedos y la obligó suavemente a acercarse aún más a él.
—¿Sabes lo que le hace a un hombre oírte prometer que harías cualquier cosa por él con esa voz tan sincera y ronca?
Ella se quedó cautivada por su mirada, incapaz de moverse ni de hablar, mientras observaba cómo Edward se acercaba más y más a ella. Iba a besarla.
Asombrada y confusa, sintió oleadas de calor por el cuerpo. Le sostuvo la mirada ardiente hasta que el calor amenazó con devorarla. Entonces se le cerraron los ojos y se le separaron ligeramente los labios.
¿Por qué habría pensado alguna vez que tenía la boca delgada y cruel? No era cierto. Su boca la sedujo expertamente, provocando una respuesta que nunca había obtenido otro hombre. Incluso aunque su cerebro le recordó aquello, su cuerpo se relajó dócilmente en sus brazos, y sintió alegría en el cuerpo y en el alma.
Cuando Edward rompió el beso, ella no era capaz de verlo nítidamente, porque una niebla sensual le había oscurecido la visión como si fuera una cortina de gasa blanca por la que se filtraban los rayos del sol.
—Entonces, ¿me prometes que harás cualquier cosa por mí si te doy el acceso a esa cuenta?
La visión de Bella se aclaró al momento. No podía haberle oído bien.
—¿Qué? ¿Qué es lo que acabas de decir? —le preguntó.
—Ya me has oído.
Ella se liberó de su abrazo empujándolo con las dos manos, y lo fulminó con la mirada.
—Tú… bestia. Justo cuando empezaba a pensar que es posible que haya algo de decencia y de bondad en ti, te comportas como un arrogante, un egoísta engreído, como un Cullen.
Bella salió corriendo hacia el baño y se encerró.
—Bella, sal de ahí. Tenemos que hablar.
Ella abrió el grifo de la ducha para amortiguar el sonido de la voz de Edward y para disimular el de sus propios sollozos.
GRACIAS POR SUS REVIEWS
tulgarita
Julia
torrespera172
OnlyRobPatti
Mar91
Heart on winter
dayana ibarra
Marme
Gene
