AQUI LES TRAIGO MI NUEVA ADAPTACION ESPERO LES GUSTE

Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer al final les digo el nombre del autor


CAPÍTULO CUATRO

Cuando Edward regresó a casa aquella tarde, fue directamente a la habitación de Bella. En cuanto entró, supo que ella se había marchado del rancho. Sólo para asegurarse, entró en el baño. No había ni rastro de ella ni de sus cosas. Bella se había encerrado en el baño a llorar. Al menos, Edward sospechaba que había llorado.

Y en cuanto él se había ido, ella había huido.

Probablemente, había creído que él no iba a darle el dinero.

Se sintió decepcionado. Odiaba a las mujeres que huían cuando no se salían con la suya. Primero su madre, y en aquel momento, Bella. Además, estaba terriblemente irritado porque aquello le importara sin que pudiera remediarlo. Bajó las escaleras corriendo, llamando a Billy a gritos.

—¡Ya voy, ya voy! —gritó Billy, mientras entraba en casa con la última bolsa de comestibles de la compra.

—¿Dónde está Bella?

—Supongo que a medio camino de Abilene.

Edward le lanzó a Billy una mirada acusatoria.

—La has llevado a Crossroads a tomar el autobús.

—Sí. Que yo sepa, es una mujer adulta, libre de ir y venir.

—¿De veras? ¿Y si tiene una recaída? ¿Y si decide demandar al Diamond C?

—La señorita Bella no haría eso. Si fuera ese tipo de mujer, se habría llevado una buena parte de la fortuna de la familia cuando todos la obligaron a divorciarse de Jasper. A mí me parece que ninguno la entiende. Ni la aprecia.

Fue una pena.

—¿Y tú la entendías? —le preguntó Edward, con sarcasmo.

—Mejor que tú.

Edward sacudió la cabeza.

—Está claro que te ha engañado. Una mujer que ni siquiera se dignó a venir al funeral de su marido.

—Sí vino —dijo Billy, mientras colocaba calmadamente las latas de tomate en conserva en el armario.

—¿Ella te ha dicho eso y tú te lo has creído?

—Generalmente, me creo lo que veo con mis propios ojos.

—¿Qué estás diciendo? ¡Billy, si no dejas de colocar esas latas, voy a tirarlas todas por la ventana!

Billy se dio la vuelta y miró a Edward con toda la tranquilidad del mundo.

—Cuando volvía del funeral de Jasper,me di cuenta de que no tenía mi reloj de bolsillo. Pensé que quizá lo hubiera perdido en el cementerio, así que volví. Todo el mundo se había ido salvo una persona. No era más que una niña, arrodillada junto a su tumba, llorando tan fuertemente que yo creía que se iba a ahogar con las lágrimas. Pensé en dejarle que siguiera desahogándose un tiempo más antes de ir a hablar con ella. Pero entonces, llegaron los enterradores y se pusieron a cubrir la tumba. Ella echó a correr hacía una ratonera de coche que había aparcado en la carretera y se marchó antes de que yo tuviera oportunidad de alcanzarla. Y ésa es la verdad.

—¿Por qué no nos lo dijiste? —le preguntó Edward.

—¿A quién se lo iba a decir? Carlisle estaba a punto de morir. Me imaginé que a ti no te importaría. ¿Y a Esme? Le habría dado uno de sus ataques, y yo no tenía ganas de que se abalanzara sobre mí.

—Ojalá lo hubiera sabido —dijo Edward, y pasó la mano, con cansancio, por encima de los ojos.

Después se fue a su despacho. Marcó el número de un detective privado cuyos servicios contrataba para averiguar si el pasado de los empleados a los que iba a contratar era limpio. La conversación fue corta y directa al grano. En poco tiempo, lo sabría todo sobre Bella.

Dos días después, el detective llamó para darle un informe a Edward.

—¿Que ha conseguido un segundo trabajo? —preguntó Edward, con el ceño fruncido.

—En una coctelería. Se llama The ABC Club —respondió el detective.

—¿Qué tipo de lugar es?

—Es muy bonito, de buena categoría. Tiene una clientela decente. Y no aguan las bebidas.

Edward apuntó el nombre del bar.

—¿Y qué más?

—La señora Cullen hizo la compra y la llevó a un dúplex que no está lejos de su propio apartamento. Abrió la puerta un tipo que se quedó con las bolsas de comida.

—¿Qué aspecto tenía ese tipo?

—Unos veinticinco años, pelo negro, musculoso… Probablemente, las mujeres lo consideran guapo.

A Edward no le gustó nada aquella descripción. ¿Qué hacía Bella llevándole comida a un joven… semental?

—Y hay más. Fue al hospital.

—¿Está enferma? —preguntó Edward, preocupado.

—No. Fue en las horas de visita, con una caja de regalo.

—¿Sabe a quién visitó?

—Sí. A una niña llamada Natalie Cullen.

Edward se hundió en la silla como si lo hubiera derribado un rayo. ¿Bella tenía una hija? De todas las posibilidades que se le habían ocurrido por las que Bella podía querer aquel dinero, nunca había pensado en aquélla. ¿Dónde estaba el padre de la niña? ¿Sería ese gusano despreciable al que había llevado comida? Edward se recuperó de la impresión, y preguntó:

—¿Cuántos años tiene esa niña?

—No pude averiguarlo, pero la enfermera con la que hablé se refirió a Natalie como una niña muy buena —respondió el detective—. ¿Puedo hacer algo más?

—Eso es todo por ahora. Gracias.

Billy entró en el despacho con una taza de café.

—¿Qué ocurre? —le preguntó—. Parece que te ha coceado una mula.

—Bella tiene una hija. Una niñita que está en el hospital.

—No me extraña que estuviera ansiosa por volver a Abilene. La señorita Bella no llevaba alianza. ¿Tiene marido?

—Ella me dijo que no está casada.

—Me pregunto quién será el padre de esa niña. Me apuesto algo a que las ha dejado abandonadas. Vaya, me encantaría ponerle las manos encima a ese tipo —dijo Billy, y después añadió—. Seguro que la niña se llama Natalie.

—¿Cómo lo sabes?

—La señorita Bella lo mencionó cuando estaba delirando. También dijo otro nombre. El tuyo.

—¿Seguro? —Edward se quedó asombrado, y después complacido.

—Estoy seguro. ¿Por qué vino al rancho?

El placer que había sentido Edward se desvaneció.

—Por dinero. ¿Por qué iba a venir si no?

—¿Se lo diste?

—No.

—¿Qué? Demonios…

—Espera. Yo no sabía que tenía una hija. Además, no quiso decirme para qué necesitaba el dinero. ¿No crees que se lo habría dado si hubiera sabido que tenía una hija enferma?

—Me pregunto por qué no te contó lo de Natalie. Debe de tener sus razones — dijo Billy, pensativamente—. Estoy seguro de que la señorita Bella es una buena madre, no como otras mujeres que conozco.

—¿De quién estás hablando? —le preguntó Edward, frunciendo el ceño. —No de tu madre. Ella era una buena mujer. Una buena madre… —¡Billy! Nunca hablamos de ella en esta casa.

—Es una pena —farfulló Billy. Al ver la expresión de Edward, añadió—:

Estaba hablando de Esme. ¿Eso te sorprende?

Edward se encogió de hombros.

—Ella quería a Jasper.

—Sí, lo quería, pero el amor no es suficiente. Los niños necesitan disciplina y límites. Esme lo mimaba. Lo consintió hasta que se hizo un caprichoso —dijo Billy, y levantó una mano para detener el estallido de Edward—. Sé que no te gusta oír nada contra tu hermano. Yo no estoy diciendo que fuera culpa suya.

Era culpa de Esme. De todas formas, ésa es una vieja historia —con expresión confusa, añadió—: Me pregunto por qué la señorita Bella no nos contó nada de Natalie.

—Quizá porque le ha dado a la niña el apellido Cullen. Eso me molesta.

No tiene derecho a darle el apellido de Jasper a la hija de otro hombre.

—No sabemos por qué lo ha hecho. Ni tampoco quién es el padre de la niña.

Espera a oír su versión antes de hacer nada —le dijo Billy.

—Oh, claro que la voy a oír. Esa mujer me debe una explicación. Y espero que sea buena.

ooooo

Aquella noche, Bella volvía del ABC Club a las once y media de la noche.

Estaba ansiosa por llegar a casa, cenar algo ligero y acostarse. Estaba exhausta de tanto trabajar, pero la paga de la coctelería era buena, y las propinas abundantes.

Si resistía durante algún tiempo, su situación económica mejoraría rápidamente.

Cuando se acercó a abrir la puerta del portal, un hombre la abordó sin previo aviso. Aterrorizada, Bella iba a gritar cuando lo reconoció.

—¡Tú! ¿En qué estabas pensando? ¡Me has dado un susto de muerte!

—Lo siento, Bella. No era mi intención asustarte, pero tenemos que hablar —le dijo Edward.

—¿Cómo sabes dónde vivo? ¿Me has seguido?

—Te lo explicaré, pero no en mitad de la calle. Vamos a subir a tu casa, Bella — le pidió. Sin embargo, ella se quedó inmóvil, y él le preguntó—: ¿Acaso tienes miedo de estar a solas conmigo?

—Ni en tu mejor día, Edward Cullen. Vamos —dijo Bella.

Edward estuvo a punto de sonreír. Con aquel arrogante desafío masculino, pronunciado con una voz aterciopelada, consiguió que ella lo invitara a subir.

Unos minutos después, entraban en silencio al apartamento. Bella lo precedió, y encendió una sola lámpara. No recordó si había algo de Natalie en el salón, pero con la luz tenue, era posible que él no se diera cuenta. Con un suspiro de alivio, ella se quitó los zapatos.

Edward miró a su alrededor.

—Es muy bonito y confortable. Pero ¿siempre vives como un topo?

—No tiene sentido encender más luces. Tú no te vas a quedar mucho, y yo voy a ducharme para quitarme el olor a tabaco y a alcohol, y a acostarme rápidamente.

—Me sorprende que trabajes en una coctelería, porque a ti no te gusta el alcohol.

—No hay muchos trabajos nocturnos en los que paguen bien —dijo.

Entonces se dio cuenta de lo que implicaba aquella pregunta—. ¿Cómo sabías lo de la coctelería? ¿Y cómo sabías dónde vivo?

—No importa cómo lo haya averiguado. ¿Por qué necesitas el dinero con tanta urgencia? A mí no me parece que vivas por encima de tus ingresos —dijo Edward, caminando lentamente por la estancia y examinando los muebles.

Tomó una figurilla de un gato.

Bella le quitó la cerámica mexicana de la mano y la colocó en su sitio.

—¿A qué te refieres con eso de que no importa cómo lo hayas averiguado? A mí me importa. ¿Has estado espiándome? —le preguntó ella, siguiéndole por el salón.

—¿Por qué, tienes algo que esconder? —le preguntó él, en un tono engañosamente despreocupado.

—No puedo creerme lo que estoy oyendo. Has contratado a otra persona para que me siguiera, ¿verdad? Si yo hubiera visto tu tanque de coche, me habría dado cuenta de que me seguías.

—Ahora estás insultando a mi coche —dijo él, y tomó un libro infantil de la mesa.

Bella se lo quitó también y lo colocó bajo un montón de libros de la biblioteca.

—Maldita sea, no evadas mi pregunta. ¿Has contratado a un detective privado? Ése es el estilo Cullen, ¿verdad? Esme lo hizo una vez, para intentar sacarme algo vergonzoso cuando Jasper y yo nos casamos, ¿lo sabías? Claro que lo sabías. Posiblemente, de ahí sacaste la idea. Contéstame, por favor.

—En cuanto tú me hayas contestado a mí —dijo Edward, y la tomó por los hombros. Él sólo quería que no se diera la vuelta, pero por algún motivo, terminó apretándola contra su cuerpo.

Al instante, a Bella se le pusieron de punta todos los nervios del cuerpo.

Un poco de lo que sentía era ansiedad, pero la mayoría era excitación. Sus miradas se cruzaron, y mientras él se acercaba a su rostro, no se desviaron.

Cuando Edward la besó, ella no se resistió, salvo por un suave murmullo que podría haber sido de ánimo o de protesta.

Ella se sintió atrapada en su olor y su sabor. Se rindió entre sus brazos, aunque estuviera preguntándose cómo era posible que le estuviera ocurriendo aquello. No podía ser cierto. Con lo que le quedaba de voluntad, interrumpió el beso. Con un suspiro, apoyó la cabeza en el hombro de Edward. Aquello era una locura. ¿Cómo era posible que se sintiera atraída por él? La había espiado, así que, ¿cómo era posible que ella respondiera sin reservas? ¿Y cómo era posible que Edward la besara como si aquel beso significara algo para él? Ella sabía que aquello no era cierto. Sólo era una reacción ante la inesperada y ridícula química que había entre ellos.

Aquel pensamiento hizo que Bella recuperara la fuerza y el sentido común, y se separó inmediatamente de él.

—Tengo sed. ¿Quieres un té frío, o un vaso de agua? —le preguntó, caminando hacia la cocina.

—Un vaso de agua, por favor —respondió él, mientras la seguía. Después, tomó el vaso de agua que ella le ofreció con los dedos temblorosos.

—Gracias. Hace calor, ¿verdad? —murmuró, enjugándose el sudor de la frente.

—Sí, es cierto —respondió ella.

Edward la estaba observando atentamente. Ella tuvo que hacer un esfuerzo por no demostrar su nerviosismo.

—¿Vas a contestar a mi pregunta?

—¿Cuál era?

—¿Contrataste a un detective privado para que me siguiera?

—Sí.

Aquella confirmación dejó a Bella sin palabras. Lo miraba con los ojos muy abiertos.

—¿Qué? —le preguntó Edward.

—No puedo creerme que hayas admitido algo semejante sin parpadear. ¿No estás ni siquiera un poco avergonzado de haber usado medios… tan sucios?

—No, porque no tienen nada de sucios. El hombre al que contraté se dedica a encontrar cosas perdidas o desaparecidas. Es perfectamente legítimo —en cuanto pronunció aquellas palabras, Edward supo que tendría problemas.

—Pareces un gato al que han acariciado a contrapelo. Yo no quería molestarte.

—Lo primero es que no soy una cosa, y lo segundo, es que no estoy perdida ni desaparecida —dijo ella, y sacudió la cabeza—. Los Cullen tienen una forma muy displicente de mirar al resto del mundo.

—Supongo que puede parecer lo, pero la verdad es que el dinero hace que muchas cosas se conviertan en legítimas y posibles. El mundo es así, Bella.

Al recordar su enorme factura del hospital, que todavía estaba sin pagar, Bella dijo melancólicamente:

—Debe de ser agradable.

—Algunas veces. También tiene desventajas.

—¿Como por ejemplo?

—La gente siempre quiere algo de ti, y te halagan por el interés. Es difícil saber quiénes son tus amigos de verdad… Y en cuanto a las mujeres… —Edward hizo un gesto desdeñoso y terminó el vaso de agua. Después se cruzó de brazos y dijo—: Ya he respondido a tu pregunta. Ahora responde tú a la mía.

¿Para qué quieres el dinero?

—No es para un amante, si es eso lo que te estás preguntando. ¿Es suficiente contestación?

—No.

—Lo único que puedo decirte es que no lo gastaré en nada inútil ni frívolo.

—No, la compra del supermercado no es inútil ni frívola.

—¿A qué te refieres?

—A la compra que le llevaste al… ¿cómo lo dijo el detective? Al joven semental de esta misma calle.

Bella lo miró con confusión. Entonces, entendió lo que decía.

—¿Te refieres a Emmett? ¡Oh, por Dios! Es el marido de Rose. Y Rose es mi prima.

—Bien, entonces estaba equivocado en eso. ¿Por qué no me dices entonces la verdad? ¿Por qué no me habías dicho que tu hija está en el hospital?

A Bella se le cayó el vaso vacío de las manos. No se dio cuenta hasta que se hizo mil pedazos contra el suelo.

—¿Bella?

Ella no podía responder. Su peor pesadilla se había hecho realidad. Los Cullen habían averiguado la existencia de Natalie. Era posible que se la quitaran. No, quizá no se la quitaran, pero Esme querría visitarla. Y aquello sería exponer a Natalie a la lengua malevolente de su abuela. Bella se mareó.

Estaba paralizada por el miedo.

—¿Bella? —Edward le puso una mano en el hombro—. No te muevas. No llevas zapatos. ¿Dónde tienes el recogedor y la escoba?

Bella señaló el armario de la limpieza. Parte de su mente se dio cuenta de que Edward barría el suelo, pero la otra corría desesperadamente para encontrar una manera de quedarse con su hija. ¿Qué podía hacer? ¿Por qué no era capaz de pensar?

Cuando Edward terminó de barrer, ella miró hacia abajo. No podía mirarlo a él.

Todavía no. Se concentró en sus botas.

Edward le puso un dedo en la barbilla y, suavemente, hizo que levantara la cabeza.

—Bella, ¿por qué no me dijiste que necesitabas el dinero para tu hija enferma?

¿Por qué lo has guardado en secreto?

«Porque sí tú supieras que es una Cullen, me la quitarías. O algo peor.

Esme querría participar en su vida. Destruiría la confianza y la seguridad de mi niña.

La insultaría y le haría sentir que es menos que nada».

—No es un pecado tener un niño sin estar casada. Los hijos ilegítimos ya no son una desgracia.

¿De qué estaba hablando Edward? ¿Natalie, ilegítima? ¿Qué quería decir?

—¿Te abandonó tu amante cuando se enteró de que estabas embarazada? ¿Fue eso lo que sucedió?

Lentamente, Bella entendió el significado de lo que él le estaba preguntando. Edward no sabía que su hermano era el padre de Natalie. Todavía había esperanza de poder quedarse con Natalie.

—¿Está muerto el padre de tu niña?

—Sí.

—Lo siento. Debe de haber sido difícil para ti. ¿Cuántos años tiene tu hija?

Había algo extraño en todo aquello. ¿Cuánto sabía Edward? Bella observó su rostro. Tenía una expresión de preocupación, pero no había ni rastro en su semblante de todas las emociones que estaría sintiendo si sospechara la verdad.

Ella tenía que averiguar qué era lo que sabía, exactamente.

—¿Cómo te has enterado de que tenía una hija?

—El detective te siguió hasta el hospital.

—¿Vio a Natalie?

—No. Habló con una de las enfermeras.

—¿Y qué le dijo ella de Natalie?

—No demasiado. Le dijo cómo se llamaba, y que era tu hija.

Bella se sintió aliviada, tanto que le temblaron las rodillas. Tuvo ganas de sentarse, pero él todavía tenía la mano en su barbilla, y Bella no estaba segura de si él le permitiría moverse si lo intentaba. Además, era posible que interpretase su intento de alejarse de él como una señal de culpabilidad. Bella se obligó a permanecer inmóvil.

Edward no tenía idea de quién era el padre de Natalie. Si ella jugaba bien aquella partida, él se marcharía sin haber imaginado la verdad. Aunque Edward no era tonto. Bella tendría que ser muy cuidadosa.

—Hay una cosa que no entiendo. ¿Por qué le pusiste a tu hija el apellido de Jasper? Ella no es su hija, así que no tiene derecho a tener ese apellido.

¿Acaso querías sacar provecho del nombre de los Cullen?

—¡No! Si hubiera podido pagar yo misma la factura del hospital, no me habría puesto en contacto contigo. En mis planes no entraba volver a verte, ni volver nunca al Diamond C.

Por algún motivo, pareció que aquello le molestó profundamente. Bella se dio cuenta de que apretaba la mandíbula con fuerza.

—De todas formas, eso no me aclara por qué estás haciendo pasar a tu hija por una Cullen. No tienes derecho a hacerlo.

—Es muy sencillo. Yo conservé mi apellido de casada, así que era natural que se lo diera a mi hija. No hay ningún plan perverso para aprovecharme del todopoderoso apellido Cullen.

—¿Y por qué te quedaste con el apellido de Jasper? Lo rechazaste a él con mucha facilidad, así que, ¿por qué no te deshiciste también de su nombre?

—¿No te han dicho nunca que tu voz puede volverse lo suficientemente desagradable como para desollar a una persona? —le preguntó ella.

—Me lo han mencionado. Contesta a mi pregunta.

Ella no pudo controlarse más.

—¡Hace falta tener caradura! ¡Contratas a un detective privado para que me espíe, te presentas en mi casa y me das un susto de muerte, y después me interrogas como si fueras un agente de la CÍA! ¿Es eso lo que le hace a una persona crecer en la riqueza y el poder? Bien, pues entonces me alegro de que mi hija se críe en la pobreza y en el amor.

Sin inmutarse por aquel estallido de furia y por la mirada fulminante de sus ojos, Edward volvió a preguntarle:

—¿Por qué conservaste el apellido de Jasper?

—¡Oh, que Dios me ayude! Está bien, te lo contaré —dijo, entre resignada y exasperada—. Conservé el apellido porque tenía derecho y porque Esme no quería que lo tuviera. Ella intentó por todos los medios que se declarara ilegal el matrimonio, y yo no estaba dispuesta a dejar que lo consiguiera, ni siquiera cuando ya se había terminado. Ya había conseguido todo lo demás, incluso quedarse con mi marido. Puedes pensar que era por pura obstinación, o lo que quieras, pero ése fue mi motivo, y ningún otro.

Edward asintió.

—Eso lo entiendo. Esme producía ese efecto en la gente. Y, hablando de mi madrastra, ¿vas a ser tú tan posesiva y controladora con tu hija como ella lo fue con Jasper?

Bella sé estremeció de horror.

—Que Dios me fulmine si lo soy.

—Bueno, no creo —murmuró Edward—. Billy está convencido de que eres una buena madre. Dime, ¿qué le pasa a tu niña?

—Tiene aplasia medular. No es un caso grave, gracias a Dios, pero se puso enferma con una neumonía. Y con tan pocas defensas, su cuerpo tiene problemas para luchar con una infección como ésa.

—¿Aplasia medular? Eso es una anemia, una enfermedad de la sangre.

Edward se quedó pensativo, como si estuviera intentando recordar algo. El sentido protector de Bella se puso en alerta. Fuera lo que fuera lo que él estaba preguntándose, ella sintió que era una amenaza para Natalie. Tenía que distraerlo.

—Edward, no quiero ser maleducada, pero se está haciendo muy tarde.

—¿Me estás echando?

—Sí.

La horquilla que llevaba Bella se le estaba resbalando por la melena castaña y brillante, y Edward se la quitó. Le tomó un mechón y dejó que se le deslizara entre los dedos.

—¿Y qué son todas esas caricias? —le preguntó Bella, con la voz más temblorosa de lo que hubiera querido—. ¿Es otra de tus estratagemas? ¿Qué estás tramando?

—No es ninguna estratagema. Y tú sabes muy bien de qué se trata. Eso tan antiguo entre un hombre y una mujer nos está atrayendo al uno hacia el otro, con tanta fuerza que no podemos luchar contra ello.

—Oh, sí, sí podemos. Yo puedo y lo haré. Ya me ha roto el corazón un Cullen. No voy a cometer el mismo error otra vez.

—¿Alguna vez te han dicho que esos ojos tuyos pueden hechizar a un hombre?

¿Partirle el corazón en dos?

—No creo que tú tengas miedo de un hechizo ni de que se te parta el corazón.

Edward sonrió con picardía.

—Quizá no, pero está claro que puedes provocarle a un hombre un tormento físico. Y si eres sincera, reconocerás que tú también sientes la atracción que hay entre nosotros.

—No lo niego —admitió Bella de mala gana—, pero eso no significa que yo vaya a rendirme a ella. De ninguna manera. Nunca.

—Nunca digas nunca jamás, Bella.

—Supongo que tú nunca has arriesgado tu corazón, ¿verdad?

Una expresión que ella no pudo descifrar se reflejó en el semblante de Edward.

Él se dio la vuelta.

—Buenas noches, Bella.

—Buenas noches, Edward.

—Nos veremos pronto.

—¿Para qué? —le preguntó ella, desconfiadamente.

Sonriendo de nuevo, él le dijo:

—Para saber si la atracción que sentimos supone verdaderamente un riesgo o no, pero principalmente para darte un cheque.

Ella se quedó tan asombrada que no pudo decir nada mientras lo veía marcharse. Cuando recuperó el habla, oyó que cerraba la puerta del portal. Corrió hacia la ventana y observó cómo se alejaba en su coche.

—Gracias y que Dios te bendiga, Edward. Nunca sabrás todo lo que esto significa para mí. Y para Natalie —susurró.


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