AQUI LES TRAIGO MI NUEVA ADAPTACION ESPERO LES GUSTE

Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer al final les digo el nombre del autor


CAPÍTULO CINCO

Sólo había dormido cinco horas la noche anterior, así que Edward se sirvió la cuarta taza de café del día para intentar mantenerse despierto. Tenía una expresión malhumorada.

Billy lo miraba de reojo, de vez en cuando, mientras preparaba un rollo de carne para meter al horno.

—Bueno, ahora que ya te has terminado la cafetera, será mejor que me cuentes lo que has averiguado de la señorita Bella y su niña.

Edward se pasó la mano por los ojos y por la barbilla sin afeitar. De las dos cosas, no supo cuál estaba más áspera.

—No he averiguado demasiado —murmuró—. Ella es muy misteriosa acerca de su hija.

—¿Y sobre el padre de la niña?

—Bella dice que murió.

Billy percibió la duda en la voz de Edward.

—¿Y tú no lo crees?

Edward se encogió de hombros.

—Creo que no está diciendo la verdad. Al menos, toda la verdad.

—¿Qué le pasa a la niña?

—Tiene un tipo de anemia. Aplasia medular —respondió Edward. Y al instante, sintió, más que vio, cómo la mano de Billy se detenía en el aire sobre el asado.

Entonces lo miró y le preguntó—: ¿Qué?

Billy posó el pimentero en la mesa.

—Eso es raro. Muy raro.

—¿Qué?

—¿Te acuerdas de cuando Jasper era pequeño y tuvo una anemia que le costó mucho superar? ¿No fue eso mismo lo que tuvo?

—Sí —dijo Edward. Ya sabía qué era lo que le había estado rondando por la cabeza desde que Bella le había hablado de la enfermedad de Natalie—. Vaya casualidad —murmuró, pensativamente—. Y tú ya sabes que yo no creo en las coincidencias.

Un pensamiento se estaba abriendo paso en su mente. No, no podía ser. Si Natalie fuera hija de Jasper, Bella les habría pedido ayuda años antes. ¿Verdad? Claro que sí. Cualquiera lo habría hecho. Se apartó aquella idea de la cabeza.

Billy, sin embargo, continuó:

—Y nosotros, sin oír hablar nunca más de esa anemia, hasta que un día, alguien que conocemos la tiene también. Qué raro —dijo Billy, sacudiendo la cabeza—. Pobre señorita Bella. ¿Cómo se las va a arreglar, si tú me has contado que tiene dos trabajos, y además tiene que cuidar a su hija cuando salga del hospital? ¿Te acuerdas de que cuando Jasper volvió a casa hubo que cuidarlo mucho?

—Voy a meter el dinero en la cuenta especial de Bella. Eso la ayudará.

Billy asintió y le lanzó a Edward una mirada de orgullo y aprobación. No dijo nada, porque le parecía innecesario. Él esperaba que Edward hiciera lo correcto. Lo habían criado para que reconociera y respetara los privilegios y las responsabilidades que acompañaban a la riqueza y el poder. Billy se había ocupado de ello.

—¿Cuándo le vas a dar el dinero?

—Mañana.

—¿Vas a visitar a la niña al hospital?

—Estaba pensándolo —aquella idea se le metió en la mente de nuevo.

—Ve a visitar a la niña —le dijo Billy—. Estoy seguro de que señorita Bella agradecerá que pensemos en ellas. Voy a hacer mi tarta de chocolate especial.

Quiero que te lleves un par de buenos trozos cuando vayas. Ya sabes cómo es la comida de los hospitales —Billy se estremeció al decirlo.

Edward pasó el resto de la mañana en su despacho, poniendo al día las cuentas del rancho. Sin embargo, debía de haber cometido errores al anotar las cifras, porque los números de la pantalla del ordenador no tenían sentido. No tenía la cabeza centrada en el trabajo, sino en su bella ex cuñada. Con un juramento, apagó la máquina. Necesitaba trabajar. Hacer un trabajo de verdad, de vaquero, no sobre un teclado con teclas demasiado pequeñas para sus dedos.

ooooo

Bella fue canturreando durante todo el trayecto hasta el hospital. No recordaba la última vez que se había sentido tan alegre. Aquello era lo que le hacía sentir el hecho de poder pagar las facturas del tratamiento de Natalie.

Cuando llegó al aparcamiento, tomó el pequeño regalo que le había hecho a su hija y salió del coche. Entró en el edificio sonriendo y subió hasta la planta de pediatría. Al acercarse a la puerta de la habitación de la niña, se detuvo extrañada al oír la voz de un hombre, profunda, melódica, familiar. No podía ser, pensó Bella.

Era la voz de Edward. No. Sólo se lo parecía, porque había estado pensando en él sin parar. Seguramente, Natalie estaba viendo la televisión, y aquélla era la voz de algún actor.

Sin embargo, al abrir la puerta, se quedó petrificada y pálida. Notó que la sangre se le escapaba de la cara y del cuerpo. Ciegamente, palpó la puerta hasta que encontró el borde y se agarró a él para mantenerse en pie.

—¡Mamá! Edward me está leyendo un cuento —le dijo Natalie, con una sonrisa de felicidad.

Enmudecida, Bella miró al hombre qué estaba sentado junto a la cama de su hija, como si fuera un demonio. Intentó decir algo, pero no podía. Edward se limitó a observarla con una expresión impenetrable. Salvo que estaba vacía de calidez ni de afecto.

—¿Mamá? Estás rara. ¿Vas a vomitar? ¿Quieres que apriete el botón y llame a la enfermera?

Debía de tener muy mal aspecto, pensó Bella, cuando vio a Edward levantarse y acercarse a ella.

—Verdaderamente, estás pálida. La culpabilidad le hace eso a la gente, según tengo entendido —le dijo en voz baja.

Tenía un tono de voz cortés, al menos en apariencia, pero Bella percibió la dureza de lo que le decía. Él le apretó con la mano en el antebrazo.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó Bella, en un susurro.

—Soy un lector voluntario y temporal —respondió él, y le apretó un poco más—. Ven con nosotros —le dijo, con una suavidad engañosa.

A ella no le quedó más remedio que obedecer. Nunca le hubiera dejado allí solo con Natalie, pero hubiera preferido acercarse por sí misma a la cama.

—Mamá, mira. Edward nos ha traído un trozo de tarta a cada una. La ha hecho Billy. Billy es un vaquero del rancho de Edward.

Vaya, así que ya estaba empezando a ganarse el afecto de su hija con pequeños sobornos. ¿Era aquél el primer paso para estropearla, para convertirla en una persona irresponsable e indisciplinada? ¡No, mientras ella estuviera viva! Bella recuperó la voz y el control de su cuerpo. Lo primero que hizo fue tirar del brazo para zafarse de Edward. Después caminó hasta el otro lado de la cama y le dio un beso a su hija.

—¿Cómo te encuentras hoy, cariño?

—No me duele la cabeza. El doctor Vulturi dice que las nuevas medicinas están funcionando muy bien. Que podré irme a casa muy pronto.

—¡Oh, eso es estupendo! —con los ojos llenos de lágrimas, Bella abrazó a Natalie—. Estoy deseando que vuelvas. Mira, te he traído otra foto.

—Oh, tiene un color precioso —dijo Natalie, mirando la fotografía de un perro labrador de color dorado.

—¿Coleccionas fotos de perros? —le preguntó Edward.

—Hasta que pueda tener uno. Mamá dice que cuando hayamos ahorrado un poco, vamos a vivir en una casita, y entonces podré tener perro.

—¿Y qué perro te gustaría tener? —le preguntó Edward.

—No me importa. Mamá dice que lo adoptaremos de una perrera, y así le salvaremos la vida. ¿Vas a terminar de leerme la historia? —le preguntó a Edward, después de su explicación.

—Por favor, adelante —le dijo Bella, cuando él la miró. Mientras Edward estuviera leyendo, ella podría prepararse para el enfrentamiento que iban a tener. Bella se dio cuenta de que Natalie escuchaba con más atención de lo normal, y no podía culparla. Edward tenía magia en la voz.

Aunque Edward no le había dicho que supiera la verdad sobre Natalie, Bella sospechaba que se lo habría imaginado. Pero quizá no lo hubiera hecho.

Quizá todavía pudiera evitar que él se enterara de todo.

Edward cerró el libro.

—Dime, Natalie, ¿cuándo es tu cumpleaños?

A Bella se le paralizó el corazón. Después comenzó a latirle con tanta fuerza que ella tuvo que hacer un esfuerzo por escuchar la respuesta de Natalie.

Edward tendría que ser tonto para no darse cuenta de quién era el padre del niño al saber cuándo había nacido la niña.

Bella y él cruzaron las miradas por encima de la cabeza de Natalie, y la de Edward contenía una mezcla de alegría e ira. A Bella le brillaban los ojos con una bravuconería fingida.

—Natalie, ya te he dicho que tú y yo nos apellidamos igual, y también que yo soy el dueño del rancho donde estuvo tu madre cuando tenía la gripe. Lo que no te he dicho es que somos familia.

Allí estaba. Bella contuvo el aliento, esperando la reacción de Natalie. En el silencio que siguió a la portentosa revelación de Edward, la niña miró expectante a los dos adultos.

—Bella, ¿no quieres decirle a tu hija quién soy?

—¡No! —explotó Bella, sin querer.

Edward le lanzó una mirada fulminante. Después sonrió, pero su sonrisa era más falsa que las lágrimas de cocodrilo.

—Piénsalo bien, seguro que sí quieres.

Natalie miró a su madre, confusa. Bella no tenía más remedio que decírselo. Se humedeció los labios con la lengua y habló:

—Éste es tu tío. Es el hermano de tu padre. Se llama Edward Cullen.

—¿Tú conocías a mi papá? —le preguntó Natalie, con los ojos muy abiertos de la sorpresa y la voz teñida de incredulidad y respeto.

—Claro. Lo conocí desde el día en que nació.

—Yo no —dijo Natalie—. Se murió y se fue al cielo antes de que yo naciera.

Bella le acarició el pelo a su hija para reconfortarla.

—¿Y tú no sabías que tenías un tío Edward? —le preguntó él.

Natalie sacudió la cabeza.

—Bueno, pues lo tienes.

Edward le lanzó a Bella otra mirada que prometía una cascada de acusaciones. A ella no le gustó en absoluto el tono posesivo de su voz. El miedo que había intentado contener la invadió.

La enfermera entró con la cena de Natalie en aquel momento, y mientras Bella escuchaba sólo a medias la conversación agradable que mantenía con su hija acerca de la tarta de chocolate que iba a tomar de postre, pensaba en los planes que tendría que hacer. Seguramente, tendría que contratar a un abogado.

¿Había hecho algo que pudiera considerarse de madre negligente? A Bella no se le ocurría nada, salvo que tuviera dos trabajos. Aunque sabía que su prima Rose cuidaría muy bien a Natalie hasta que ella pudiera ahorrar y dejar uno de los dos puestos, un juez podría opinar que eso no le permitía pasar el tiempo suficiente con su hija, y podría considerarlo como algo negativo en su papel de madre.

—Mamá, ¿te vas a comer tu trozo de tarta ahora?

—No, cariño. Me lo llevaré a casa —dijo Bella. Dudaba que pudiera pasarle algo por la garganta, por mucho hambre que tuviera. Tenía un nudo de ansiedad en el estómago.

—Bueno, es hora de que nos vayamos —le dijo Edward a Bella.

Ojalá ella pudiera escaparse de él hasta que pudiera pensar en una estrategia.

—Saldré contigo —le dijo Edward, como si le hubiera leído el pensamiento.

Bella le dijo adiós a Natalie con un beso y un abrazo, tomó su trozo de tarta y salió de la habitación. Edward estaba justo detrás de ella.

—Ni se te ocurra escaparte —le advirtió en voz baja. —Con mi hija aquí, ¿crees que iba a salir corriendo?

—Ése es tu estilo —respondió él.

Cuando llegaron al aparcamiento, él la agarró por el brazo e hizo que se diera la vuelta.

—¡Cullen, quítame las manos de encima! Ahora mismo. No te atrevas a maltratarme.

—¿Maltratarte? Si esto te parece maltrato, tengo una noticia que darte —le dijo él. Sin embargo, vio algo en su mirada, en su forma de comportarse, que le recordó a una yegua tímida, lo suficientemente asustada como para hacerse daño a sí misma. Después de un segundo de duda, Edward la soltó.

Bella se puso en jarras y le espetó;

—¿Cómo te has atrevido a entrar en la habitación de mi hija? ¿Cómo te has atrevido a meterte en nuestras vidas?

Edward se quedó mirándola boquiabierto, sin habla por una vez.

—Nadie te ha invitado a decirle a Natalie que eres su tío. Nosotras hemos vivido muy bien sin ningún pariente de los Cullen.

—¿Que cómo me atrevo? ¿Cómo te atreves tú a ocultarme la existencia de mi sobrina?

—¡Los Cullen no me quisieron entonces, y yo no los quiero ahora! ¿Te resulta difícil de entender? No me importa lo que tenga que hacer, pero no tendran la oportunidad de estropear a mi hija. ¡No la convertiran en una persona caprichosa e irresponsable! —gritó Bella. Después se dio la vuelta y salió disparada hacia su coche.

Edward se quedó tan confundido al oír aquello que perdió unos valiosos segundos antes de reaccionar y correr tras ella. Cuando llegó a su coche, ella ya estaba tras el volante, encendiendo el motor.

—Bella, tenemos que hablar.

—Ahora no. Tengo que irme a trabajar —Bella movió la palanca de cambios y lo miró fijamente—, Edward, apártate o te atropellaré. De verdad.

—Te creo —respondió él, y se apartó—. Pero vamos a hablar. No te confundas sobre eso.

Después se quedó observando su coche hasta que desapareció. Ella estaba enfadada, pero bajo aquella ira, él había percibido algo más: miedo. Bella le tenía miedo.

¿Pensaría que él quería quitarle a su hija, o que podría ser una mala influencia para ella? ¿Cómo podía creer algo tan monstruoso? Edward se pasó la mano por el pelo y dejó escapar un suspiro de frustración.

¿Cómo podía pensar Bella que él apartaría a una niña de su madre? Precisamente él, que sabía muy bien lo que significaba crecer sin madre. Tendría que demostrarle a aquella belleza de ojos cafe, de una vez por todas, que él no era el monstruo que ella se imaginaba.

ooooo

Aquella noche, mientras hacía su turno en la coctelería, Bella no podía apartarse de la cabeza el momento en el que había visto a Edward sentado junto a la cama de Natalie. No podía dejar de pensar en él, y en todo lo que estaría tramando. Tenía una opresión en el pecho. Ansiedad.

¿Qué estaría planeando? Si ella se lo rogaba, ¿accedería Edward a no contarle a Esme que tenía una nieta? Ella sabía que Edward no tenía una relación de afecto con su madrastra, pero su lealtad hacia la familia podría superar su aversión hacia ella. Y el hecho de pensar en Natalie con Esme, a Bella le resultaba insoportable. Sería como lanzar una plaga de langostas sobre una delicada flor.

Cuando llegó a casa, se encontró a Edward esperándola de nuevo. Al verlo apoyado en su coche, junto a la puerta del portal, Bella murmuró:

—Esperaba que quizá me dejaras en paz, pero no he tenido suerte, por lo que veo.

—Ya te he dicho que tenemos que hablar. Me debes una explicación, y más vale que sea buena. ¿Por qué iba a cambiar de opinión?

—No sé. Por un repentino ataque de bondad.

—¿Bondad? ¿Y por qué no tuviste tú un poco de bondad cuando mi padre estaba vivo? ¿No crees que a Carlisle le habría encantado saber antes de morir que tenía una nieta? ¿No te parece que habría hecho un poco más llevaderas su propia muerte y la muerte de su hijo? Eso sí habría sido bondad.

—Oh, sé realista, Edward. Ustedes no me habrían dejado poner un pie en el Diamond C después del divorcio, y mucho menos hablar con Carlisle. Una de las condiciones que me puso el abogado cuando me ofreció el dinero y me llevó los papeles del divorcio fue que nunca más volviera al rancho. ¿O es que se te ha olvidado? Probablemente habríais azuzado a Brahman contra mí.

—No se puede azuzar a un toro contra nadie —la corrigió Edward automáticamente—. Y yo no sabía que hubiera semejante cláusula.

Bella hizo un sonido de incredulidad.

—Mira, he tenido un día muy largo. Estoy cansada. Me gustaría subir a mi casa.

—Sí, será mejor hablar arriba que aquí.

Ella suspiró largamente antes de responder.

—Mira, Edward, déjalo ya. Lo que está hecho está hecho. El pasado ya terminó. ¿No podemos seguir con nuestras vidas?

—Eso es lo que te gustaría, ¿no? Perdonar y olvidar. Bueno, pues yo no puedo, y menos hasta que no esté todo claro. Vamos, cuanto antes empecemos, antes terminaremos y podrás dormir.

Subieron en silencio hasta el apartamento, y cuando Edward cerró la puerta, ella se volvió hacia él.

—Está bien. ¿Qué quieres que te diga? ¿Qué culpa, qué acusación, qué…? ¿Dímelo y terminemos con esto.

—Lo primero que quiero decirte es que yo no conocía el acuerdo que redactó el abogado. Lo único que sabía es que la familia te ofreció dinero, tienes que creerme.

—¿Y por qué?

—Porque es la verdad. Yo no sabía que hubiera una cláusula que te impedía volver al rancho.

—Me preguntaba por qué no me habrías echado del Diamond C en cuanto me viste allí el otro día. Supongo que ayudó el hecho de que Esme no estuviera allí.

—Entonces, ¿me crees?

Bella se encogió de hombros.

—Me imagino que los términos del acuerdo los fijaría tu madrastra. Ella no te habría consultado a ti, ni a nadie más. Le encantaba ser la ley. Y ustedes, todos, se lo permitías.

—Yo no podía decir mucho en aquel momento. Mi padre todavía estaba vivo y era el cabeza de familia, al menos, en teoría. Supongo que él fue el que insistió en que se te concediera esa asignación.

Bella asintió.

—Esme quería librarse de mí de la peor manera posible. Y debió de enfadarse mucho cuando se enteró de que Carlisle le había dicho al abogado que me ofreciera un dinero.

—¿Sabías que estabas embarazada cuando rompiste el cheque?

—No. Al menos, no era consciente. Debería haberlo imaginado, pero estaba tan disgustada que no pensaba con claridad. Cuando se presentó el abogado con los papeles del divorcio, me quede devastada de nuevo. En el fondo, todavía tenía la esperanza de que Jasper viniera por mí.

—¿Y te llevara de nuevo a una vida de lujos? —le preguntó Edward con ironía.

—¡No! Oh, ¡no sirve de nada hablar contigo! No escuchas. ¡Sólo oyes lo que quieres oír! Estás tan empapado de los prejuicios de los Cullen que eres incapaz de entender el punto de vista de los demás.

—Eso no es cierto, pero continúa. ¿Por qué no te pusiste en contacto con nosotros después, cuando estuviste segura de tu embarazo? Seguramente, necesitabas dinero.

—Sí.

—¿Y entonces?

—Después de ir al médico y asegurarme de que estaba embarazada, comencé a pensar en cuál sería la mejor forma de ponerme en contacto con Jasper sin que Esme lo averiguara. Y entonces, me enteré de que había muerto.

—Eso no debería haberte detenido. Tú tenías derecho a pedirnos ayuda.

Bella dejó escapar una carcajada amarga.

—Ninguno de ustedes se acordaron de llamarme y decirme que Jasper había muerto. ¿Cómo te crees que me sentí cuando me enteré por las noticias? Esa omisión me demostró mejor que ninguna otra cosa lo poco que me valoraban. ¡Y no me digas que no sabías dónde estaba! Su abogado me había encontrado.

Con una expresión sombría, Edward le dijo:

—Fue imperdonable por nuestra parte no avisarte. Yo soy igual de culpable que el resto de la familia. La muerte de Jasper fue todo un golpe, y yo estaba destrozado.

Pero, a pesar de lo mucho que te culpara, a pesar de que te guardara resentimiento por lo que hiciste, si pudiera volver atrás en el tiempo… —Edward se interrumpió y se frotó la frente con la palma de la mano.

—Pero no puedes. Nadie puede.

Él observó atentamente su rostro encantador y atormentado.

—Hay algo más, ¿verdad? ¿Qué es lo que no quieres contarme?

Bella se encogió de hombros ligeramente y fijó la vista en el suelo.

—Veamos —dijo Edward, y comenzó a enumerar los hechos tal y como los conocía—. Ni siquiera tenías dieciocho años cuando Jasper murió. Si recuerdo bien, no tenías familia con la que regresar. Jasper era muy manirroto con el dinero, así que supongo que no te pudo dar mucho cuando te marchaste. Así que eras una adolescente embarazada sin nadie que pudiera ayudarte y sin dinero.

Lo más natural, en aquellas circunstancias, era que hubieras vuelto con nosotros.

—Aquellas circunstancias no tenían nada de naturales —matizó Bella.

—¿Qué era lo que te daba tanto miedo, Bella? ¿Qué pensabas que haría Esme? Tuvo que haber sido algo horrible como para que prefirieras sufrir en el silencio y en la pobreza antes que pedirnos ayuda. Tenías miedo de que Esme te quitara a tu hija, ¿verdad? —al decirlo, Edward vio la desesperación y el miedo en los ojos de Bella. Vio la verdad.

Bella sacudió la cabeza. Con la voz rasgada por la emoción, dijo:

—Dudo que ella hubiera querido la custodia de su nieta, que había nacido de aquella chica poco apropiada con la que se había casado su hijo. Lo que me asustaba entonces, y todavía me asusta, es cómo Esme hubiera tratado a Natalie.

No podía soportar que insultara a mi hija como me había insultado a mí, que la avergonzara y la denigrara, y que hiciera que se sintiera menos que nada. No quiero que Esme se acerque a Natalie. No le confiaría ni una cría de gusano a esa mujer, y mucho menos a mi niña. No permitiré que la trate como me trataba a mí, o como trataba a su hijo. Si es necesario, lucharé, gritaré y sangraré para evitarlo. ¿Me oyes? ¡Prefiero morir antes que permitirlo!

Bella agarró a Edward por la pechera de la camisa con las dos manos y comenzó a sacudirlo con todas sus fuerzas, mientras las lágrimas se le derramaban por la cara.

La desesperación le dio fuerzas. Edward tardó unos segundos en reaccionar. Le tomó las manos con tanta suavidad como pudo y se las puso en la espalda, sujetándola.

—No voy a quitarte a tu hija, ni voy a permitir que Esme le haga daño. ¿Me oyes, Bella? Deja de luchar contra mí. No quiero hacerte daño. Tranquila, tranquila… — murmuró, intentando calmarla. Ella estaba llorando con unos sollozos que agitaban todo su cuerpo y que a él le rompían el corazón. Edward la dejó llorar hasta que los sollozos cesaron y su cuerpo se derrumbó contra él.

—Nadie le va a hacer daño a Natalie, ni la va a avergonzar, ni a hacer que se sienta inferior —repitió Edward, y le acarició el pelo—. Esme no va a tener la oportunidad de influenciar a Natalie. Yo voy a cuidar de vosotras. Voy a llevaros a casa, al Diamond C.

Bella se quedó rígida al oírlo. No era posible que hubiera entendido bien.

—¿Qué? —susurró.


GRACIAS POR SUS REVIEWS

LuluuPattinson

tulgarita

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