AQUI LES TRAIGO MI NUEVA ADAPTACION ESPERO LES GUSTE

Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer al final les digo el nombre del autor


CAPÍTULO SEIS

—He dicho que os voy a llevar a las dos a casa —repitió Edward, preparándose para rebatir todos los argumentos y rechazar todas las protestas de Bella.

Ella dio dos pasos atrás. Miró a su alrededor y dijo:

—Ésta es mi casa. La casa de Natalie. Hemos sido felices aquí. No vamos a ir a ninguna parte.

Edward paseó la mirada por la estancia. Al verlo, Bella se irguió.

—Sé que este apartamento no es tan elegante como las habitaciones decoradas por un diseñador que hay en el rancho, pero tampoco es un basurero.

—Yo no he dicho que lo fuera. Deja de anticipar lo que voy a decir. Tienes la costumbre de hacerlo, y la mayor parte de las veces te equivocas.

Cuando Edward vio que ella abría la boca para hablar, dijo:

—Déjame terminar, por favor. ¿Por qué vas a vivir aquí y seguir pagando el alquiler, cuando podrías tener todo aquel espacio en el rancho? Tú misma me dijiste que aquella casa era perfecta para los niños. Ahora hay una niña Cullen para llenar todas aquellas habitaciones.

—¡No! El rancho está demasiado lejos. Me pasaría todo el día yendo y viniendo, y no tendría tiempo para estar con Natalie.

—Yo no quiero que vayas y vengas todos los días. ¿No puedes dejar tu trabajo? Tendrás que dejar el de por la noche, de todas formas, cuando Natalie salga del hospital. Si es que aguantas hasta entonces —dijo él, y le tomó la cara con ambas manos. Con el dedo gordo de la mano derecha, le acarició la piel de debajo del ojo.

— Tienes ojeras y estás agotada. Y has adelgazado. No tienes más que piel y huesos — añadió. Aquello no era estrictamente cierto. Edward notaba algunas de sus curvas apretadas contra él mientras hablaba, pero era cierto que ella estaba más delgada. A él no le gustaban las mujeres huesudas. Le encantaban las curvas, su suavidad seductora…

—Edward, ¿me estás escuchando?

—Claro, claro —mintió él—. Quieres conservar tu trabajo, pero al menos, podrías tomar una excedencia en la empresa de mensajería.

—No. Necesito el dinero.

—En el Diamond C no necesitarías dinero. Yo…

—¡No! —Bella se las arregló para librarse de las manos de Edward—. No quiero vivir de la caridad de nadie. Nunca lo he hecho, y nunca lo haré. Además, tú eres la última persona de la que aceptaría ayuda.

—Está bien, está bien. Si quieres un trabajo, tienes un puesto en el Diamond C.

—¿Qué trabajo? —le preguntó ella, desconfiadamente—. ¿Alguna tontería que estás pensando mientras hablamos? No, gracias. Yo me gano mi dinero trabajando de verdad.

—No es un trabajo de mentira. ¿Te acuerdas de mi despacho?

—Sí. Estaba hecho un desastre.

—Y todavía lo está. Podrías hacer el trabajo administrativo hasta que mi secretaria vuelva de la baja de maternidad. Sé que en el trabajo utilizas un ordenador para organizar los envíos. La hoja de cálculo que yo uso no es diferente a la tuya. Aprenderías rápidamente el programa —le dijo él. Cuando se dio cuenta de que Bella estaba pensando en todo aquello, comenzó a respirar más relajadamente.

—¿Cuándo vuelve tu secretaria? —le preguntó.

—A principios de septiembre. Cuando Natalie vuelva al colegio.

Bella asintió. Cuando se dio cuenta de que él la estaba enredando en sus planes, dio marcha atrás.

—No. No voy a llevar a Natalie al Diamond C.

Edward se dio cuenta de que había recordado el peor de sus miedos.

—Nadie le dirá ni le hará nada a Natalie. Ni en el Diamond C ni en ningún otro lugar —le dijo, con absoluta convicción.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? ¿Y si Esme aparece de repente en el rancho y ve a mi hija? ¿Y si averigua que Natalie es su nieta?

—Ella no vendrá al rancho. Nunca le gustó. Vivía allí porque mi padre se negaba a ir a otro sitio. Además, el rancho es mío.

Aquello no consiguió convencer a Bella.

—No. No puedo arriesgarme a que Esme lo averigüe. Aunque ella no sea la dueña del Diamond C, podría aparecer por allí. ¿Te imaginas lo que ocurriría? No quiero exponer a Natalie al veneno de Esme. Nosotras seguiremos viviendo aquí.

—¿Es que crees que no puedo hacerle frente a Esme? —le preguntó Edward con incredulidad.

—No sé si puedes o no, pero no puedo permitirme el lujo de averiguarlo.

No permitiré que insulten a mi hija, ni que la hagan sentirse de segunda clase.

—Yo no soy mi hermano. Esme no me domina como a él.

—No vamos a ir.

—No lo entiendes, Bella. No tienes otro remedio.

—¿Qué? ¿De qué estás hablando?

—No quería tener que obligarte a ir, pero lo haré porque es lo mejor para Natalie y para ti.

—¿Y cómo vas a obligarme?

—Había un límite de tiempo para que aceptaras la asignación que fijaba el acuerdo de divorcio. Y ha expirado.

Ciegamente, Bella estiró un brazo para localizar el sofá. Después, se hundió en él.

—¿Cómo puede tener tan mala suerte una persona? —preguntó, y se tapó la cara con las manos.

Edward se sentó a su lado y le apartó las manos de la cara para que lo mirara.

—A partir de ahora, sólo te ocurrirán cosas buenas. Si me dejas que te ayude.

Al cabo de unos momentos de silencio, Bella reaccionó.

—Puedes ayudar. Puedes ayudarnos, pagando la factura del hospital y dejándonos en paz.

—Eso es lo único que no puedo hacer. Natalie tiene derecho a conocer su herencia. Sé que tú nos desprecias, y que los Cullen hemos hecho cosas mal, pero tú también.

Bella sacudió la cabeza e intentó negarlo.

—Sí, tú también. Mantuviste en secreto la existencia de Natalie para la familia de su padre —le recordó Edward—. Y eso estuvo mal.

Bella cerró los ojos. Él tenía razón. Aunque tuviera una muy buena razón para no contarles lo de Natalie, aquello no había estado bien.

—¿Por qué vas a pedirle a otra persona que cuide de la niña mientras trabajas? En el rancho, podrías cuidarla tú misma. Tendrás una jornada flexible, y podrás organizarla teniendo en cuenta el horario de Natalie. A mí no me importa cuándo hagas el trabajo. Mi secretaria tiene un buen sueldo, seguro y las ventajas de un trabajo como ese. Y tú también las tendrías. ¿No te resulta tentador?

Bella lo miró durante unos instantes.

—Eres tan persuasivo como Lucifer intentando convencer a un alma susceptible.

Edward sonrió.

—Yo no estoy cualificado para hacer el papel de Lucifer. ¿No era el más bello de todos los ángeles? Yo no puedo competir en el departamento de belleza.

—Yo no estaría tan segura de eso —murmuró Bella.

—¿Cómo?

—Nada.

—¿Qué dices a mi oferta, Bella?

—¿Acaso tengo elección? Sabes que no puedo pagar la cuenta del hospital. Y será aún más grande cuando le den el alta a Natalie —le advirtió. Con sólo pensar en aquella factura, le temblaban las manos.

—No te estoy ofreciendo un mal trato —le dijo Edward.

—Eso está por ver. Una parte de mí me dice que me arrepentiré muy pronto.

Que lo lamentaré de verdad —dijo Bella, con un escalofrío premonitorio.

—No lo lamentarás —replicó Edward.

ooooo

—¿Cuánto falta, mamá?

—No mucho. Ya estamos muy cerca.

—¿Puedo sentarme? —preguntó Natalie, mientras jugueteaba nerviosamente con el cinturón de seguridad.

—En cuanto lleguemos a los límites del Diamond C —respondió Bella, mientras miraba a su hija por el espejo retrovisor. Le había hecho una camita a Natalie en el asiento trasero, pero desde que la niña se había despertado de su siesta, había estado pidiéndole que le dejara sentarse y mirar por la ventana.

Un par de kilómetros después, Bella dijo:

—Mira, ya hemos llegado al portón del rancho.

—¡Hala! ¿Ese letrero es el nombre? —preguntó Natalie, estirando el cuello para poder ver mejor.

—Sí. Ésa es la marca del Diamond C. ¿Qué tal te encuentras?

—Muy bien. Estoy deseando ver las vacas y los caballos, y Edward me ha dicho que me enseñaría a montar y…

—Bueno, no tan rápido. ¿No te acuerdas de lo que ha dicho el doctor Vulturi?

La expresión de entusiasmo se borró del rostro de Natalie. Bella se sintió culpable por haber destruido la alegría de su hija, y añadió suavemente:

—Él no dijo que tuvieras que quedarte en la cama todo el día, ¿te acuerdas? Podrás hacer todas esas cosas, pero poco a poco. Harás un poco cada día hasta que estés fuerte. Y para el final del verano, podrás hacerlas todas —dijo Bella.

Mientras cruzaba los dedos disimuladamente y sonreía a Natalie, suplicó mentalmente que sus palabras se convirtieran en realidad.

Cuando había ido a recoger a Natalie, en la oficina de administración del hospital le habían dado el recibo del pago completo de la factura. Bella se había sentido como si le hubieran quitado un saco de piedras de la espalda. Sin embargo, en aquel momento se preguntaba si lo que había hecho aceptando pasar el verano en el rancho no era sólo cambiar una carga de preocupaciones por otra. Entonces, se reprendió. Edward tenía razón. Anticipaba las preocupaciones y los problemas, y la mayoría de las veces, sin razón alguna.

Él salió de la casa a recibirlas. Llevaba unos pantalones vaqueros que parecen hechos a medida de sus piernas largas y sus caderas estrechas, y botas de montar, que le hacían aún más alto y sexy. Se había remangado las mangas de la camisa azul de algodón que llevaba, dejando expuestos los brazos musculosos cubiertos de vello.

Era todo un hombre. Atractivo, seductor, peligroso. Bella sintió que se le secaba la boca y que se le humedecían las palmas de las manos. Aquél no era un buen comienzo. No, después de haber pasado tantas horas diciéndose que debía permanecer fría, que no debía dejarse impresionar ni afectar por aquel hombre.

—¿Han tenido un buen viaje? —preguntó Edward, sonriendo.

—Sí, gracias —respondió ella.

Entonces, Edward se volvió hacia Natalie.

—¿Y qué tal estás tú?

—Muy bien. He dormido casi todo el viaje, así que no tengo sueño —informó Natalie, observando de reojo a su madre.

—Está intentando librarse de su siesta de por la tarde —le explicó Bella a Edward. Después miró con indulgencia a Natalie, y añadió—: Bueno, creo que por hoy puedes saltarte esa siesta.

Natalie sonrió encantada.

—¿Y puedo ver los caballos? —le preguntó a Edward, con los ojos azules brillantes de excitación.

—En un rato. Billy ha hecho unas galletas especiales para ti. Se disgustaría si no fueras a probarlas. ¿Te parece bien?

Natalie asintió. Entonces, Edward tomó las dos maletas más grandes, y Bella tomó su bolsa de viaje y la ropa de la cama improvisada de Natalie.

Billy las estaba esperando en la puerta de la cocina.

—Te he hecho unas galletas —le dijo a Natalie, sin apartar sus ojos de la niña.

Ella olisqueó el aire, y preguntó esperanzadamente:

—¿De pepitas de chocolate?

—¿Las hay de otra clase? —le preguntó Billy.

Cuando se sentaron a la mesa, Edward tampoco podía dejar de mirar a Natalie.

—Entonces, ¿has traído la lista de comida que te ha dado el doctor? —le preguntó Billya la niña.

Natalie arrugó la naricita.

—Sí. Son cosas con hierro, como hígado. ¡Puaj!

—Bueno, habrá más cosas en esa lista, estoy seguro, así que no tendremos que comer hígado a menudo —le dijo—. Me acuerdo de que tu padre comía mucha carne del Diamond C cuando estaba enfermo. Ya verás, nos las arreglaremos —añadió.

—¿Tú conocías a mi padre? —preguntó Natalie, con un respeto reverencial.

—Claro. Durante toda su vida.

—¿Y me vas a contar cosas de él?

Billy miró a Bella para ver cómo reaccionaba. Ella asintió ligeramente, y entonces, el viejo vaquero dijo:

—Tenemos todo el verano para hablar de tu padre.

Natalie sonrió a Billy. Bella pensó que los ojos del viejo estaban sospechosamente brillantes, como si los tuviera llenos de lágrimas de felicidad.

Natalie se excusó para ir al baño, y entonces, los tres adultos se quedaron sentados en silencio durante un momento. Entonces, Billy habló:

—Si le pusiéramos una peluca rubia a esta niña, podría pasar por la hermana gemela de Jasper a su edad. Es asombroso.

—¿De verdad? —preguntó Bella.

Edward asintió.

—Cuando la vi en la silla de ruedas por el pasillo del hospital, nadie tuvo que decirme quién era.

—Supongo que yo estoy tan acostumbrada a verla todos los días que no me he dado cuenta de lo fuerte que es el parecido —dijo Bella, y se quedó mirando el interior de su taza de café con el ceño fruncido.

—¿Qué ocurre? —preguntó Edward.

Natalie volvió en aquel momento, y Bella no pudo responder a la pregunta.

Edward subió las maletas. Bella se quedaría de nuevo en la habitación del porche, y Natalie ocuparía el cuarto de al lado. Demasiado impaciente como para esperar a que su madre terminara de deshacer las maletas, la niña pidió que la dejaran ir a ver los caballos al corral, y Billy se la llevó con una sonrisa de felicidad.

Edward se sentó en la cama, observando cómo Bella colocaba la ropa en la cómoda de Natalie. Ella llevaba unos pantalones cortos de color caqui y una camiseta de color verde esmeralda. Los pantalones dejaban al descubierto sus largas piernas, lo cual hizo que Edward tuviera que tragar saliva un par de veces.

Controlando el tono de su voz, le dijo:

—No estaba seguro de que vendrías.

—Yo tampoco, pero en realidad, no me has dejado elección.

—Podrías haberte escapado.

—Sí, pero, ¿cuánto habría tardado en encontrarme tu detective privado?

—No mucho —admitió él, sin un ápice de vergüenza y con cierta petulancia.

—Eso pensé yo.

Edward observó su trasero firme y bien proporcionado mientras ella estaba agachada, colocando unas camisetas en uno de los cajones bajos. Él tuvo que obligarse a tumbarse apoyado sobre los codos en la cama, para colocar sus manos fuera del camino de la tentación.

—Natalie está muy emocionada con todo lo del rancho —comentó Bella, sin darse la vuelta—. Voy a tener que trabajar mucho para conseguir que duerma su siesta diaria.

Entonces se puso en pie y dio dos pasos atrás. Estaba tan cerca de él que Edward percibía su olor, algo sutil y dulce con un matiz de flores de la selva tropical, como si poseyera poderes mágicos… o letales. Aquella fragancia inundó sus sentidos con fuerza, seductoramente.

Bella se dio la vuelta de repente y lo pilló mirándola como un hombre sediento miraría un oasis en mitad del desierto.

Ella abrió mucho los ojos de la sorpresa y se ruborizó. Se había dado cuenta de lo que significaban aquellas miradas masculinas. ¿Cómo no iba a haberse dado cuenta, pensó Edward amargamente, si él había bajado la guardia de aquella forma? Por primera vez, se preguntó en serio si quizá no habría cometido el error más grande de su vida pidiéndole a Bella que fuera al Diamond C. Había estado tan obsesionado por ayudar a su sobrina que no se había dado cuenta del peligro que entrañaba la madre.

—¿Qué? —le preguntó Bella, para romper el silencio y el contacto visual.

—Me estaba preguntando por qué frunciste el ceño cuando Billy dijo que Natalie se parecía tanto a su padre. ¿Odias tanto a Jasper que te molesta que su hija se le parezca?

—Claro que no. No odio a Jasper. ¿De dónde te has sacado esa idea tan tonta?

—De unas cuantas cosas que has dicho. Has dado a entender que sientes cosas parecidas al odio, aunque no hayas mencionado la palabra.

—Fruncí el ceño solamente porque, si Billy ha visto tan rápidamente el parecido entre Natalie y Jasper, entonces Esme también lo notará rápidamente. Y eso me causa terror.

—Te he dicho que Esme no va a aparecer por aquí. Y menos durante los meses calurosos y secos del verano. Dice que este tiempo le resulta muy duro para su delicado cutis —le dijo Edward. Se levantó de la cama y se acercó a ella.

—No te preocupes por mi madrastra. Yo me encargaré de ella si aparece. Aunque no aparecerá.

Ella lo observó con perspicacia, clavando en él sus hermosos ojos. Aquella mirada le llegó al alma. Sin poder evitarlo, le quitó el pañuelo que llevaba en el pelo y enredó los dedos en su melena sedosa. Cómo disfrutaba al sentir el pelo de Bella entre los dedos.

Cómo adoraba su esencia. Cómo ansiaba probar sus labios. La acercó a él, de manera que en su campo de visión no hubo otra cosa que su adorable rostro.

—Bella —murmuró contra sus labios.

Ella no se retiró, así que la tentación de besarla fue más fuerte que la resistencia y las recriminaciones. Bella era la mujer a la que deseaba, y tendría que haber sido de piedra para haber podido apartarse de ella. El beso fue apasionado, caliente, como una llama alimentada por una bocanada de oxígeno.

Edward sintió un placer tan intenso que bordeaba un dolor exquisito. Él quería que aquel dolor exquisito continuara para siempre.

—¡Basta! —con una fuerza que Bella no conocía, lo empujó con las palmas de las manos en el pecho—, ¡Ésta era una de las razones por las que no quería venir al rancho! Esto no puede ocurrir entre nosotros. Es absolutamente imposible.

Edward parpadeó.

—Bueno, estoy de acuerdo contigo en que no es lo más inteligente del mundo, pero yo no lo describiría como absolutamente imposible.

—¿Ah, no?

—No. Sentimos una fuerte atracción el uno por el otro, los dos somos solteros, no tenemos parentesco de sangre y han pasado años desde que…

—Déjalo ahí mismo. No haces más que insinuar todo tipo de cosas horribles que, supuestamente, yo le hice a Jasper, pero aún así me besas y quieres acostarte conmigo… —dijo Bella, sacudiendo la cabeza.

Después, se apartó de él y se acercó a la ventana. Billy y Natalie estaban junto al corral, mirando los caballos. No parecía que fueran a volver pronto a la casa.

—Me parece que éste es tan buen momento como cualquier otro. Vamos a resolver esto de una vez por todas. ¿De qué me acusas, exactamente? —Bella encaró a Edward, pálida pero con la cabeza bien alta.


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