AQUI LES TRAIGO MI NUEVA ADAPTACION ESPERO LES GUSTE

Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer al final les digo el nombre del autor


CAPÍTULO SIETE

—Estás segura de que quieres hablar de ello? No tenemos por qué hacerlo — respondió Edward.

—Sí. Debemos hacerlo. Si vamos a vivir en la misma casa durante los dos próximos meses, tenemos que aclarar las cosas. Natalie tiene que recuperar fuerzas, y ella es una niña muy sensible. Se daría cuenta de que hay tensión entre nosotros, y eso le disgustaría.

Bella esperó a que Edward respondiera. En realidad, no quería tener aquella conversación con él. Prefería volver a la situación en la que habían estado unos segundos antes. A ella le encantaba cómo la había besado, cómo la había abrazado contra su cuerpo hasta que sus cuerpos se habían adaptado como la naturaleza dictaba que tenían que adaptarse.

Asombrada, Bella se preguntó cómo y cuándo había comenzado a experimentar aquellos sentimientos peligrosos. ¿Qué le ocurría? ¿Se habría vuelto loca? ¿Por qué se estaba permitiendo soñar con algo que nunca podría ocurrir? Y sobre todo, ¿por qué estaba soñando con un hombre en el que no confiaba por completo?

Edward le había dicho que mantendría a Esme alejada de Natalie. Sin embargo, cabía la posibilidad de que cambiara de opinión. Ella lo miró, y se dio cuenta de que la estaba observando atentamente.

—Bien, ¿por qué no empiezas? Me da la impresión de que no puedes esperar para cantarme las cuarenta. Pues ahora tienes una oportunidad.

—Está bien —dijo Edward—. Me gustaría saber qué habrías hecho si Jasper no hubiera muerto. ¿Le habrías dicho que iba a tener una hija?

—Sí —respondió Bella, sin dudarlo—. Yo crecí sin conocer a mi padre. No habría impedido que mi hija conociera al suyo. Nunca le habría hecho eso a Natalie —explicó, y después lo miró con curiosidad—. Tú también creciste con uno solo de tus progenitores.

¿No habrías preferido estar con los dos?

—Obviamente. Pero no estamos hablando de mí. No le contaste nada a Natalie sobre la familia de su padre. ¿Por qué no? Ella debe de haberte preguntado muchas veces. Es natural que quisiera saberlo.

—Siempre pensé que se lo contaría cuando creciera, cuando tuviera el carácter formado. Cuando fuera independiente, y lo suficientemente mayor como para juzgar por sí misma —dijo Bella.

A juzgar por cómo Edward apretó los labios, ella supo que aquellas palabras le habían hecho daño.

—¿Y qué somos? ¿Una familia infernal? ¿Pensabas que nuestra influencia habría sido tan mala para la niña?

—Esme sí lo habría sido. Sé que no soy objetiva en cuanto a ella. Posiblemente tenga algunas buenas cualidades, pero yo nunca las he visto. Creo que es una persona horrible y cruel, y no quiero que se acerque a Natalie, ni a mí tampoco. Eso es lo que siento, y no puedo evitarlo.

—Tienes derecho a sentirlo. Eso lo entiendo. Lo que no entiendo es tu decisión de marcharte de aquí, de romper tu matrimonio y dejar a tu marido. Tú no estabas aquí para ver lo que le hizo eso a Jasper.

No tuviste que ver cómo comenzaba a destruirse a sí mismo. Lo abandonaste, y al hacerlo, lo condenaste a muerte.

—¡No! —gritó Bella—. Me fui para conseguir todo lo contrario.

Me fui para salvarlo. Para salvar nuestro matrimonio.

—No es cierto, Bella. No se abandona a una persona para salvarla. Eso no tiene sentido.

—Intenta entenderlo. Por favor, por una vez, intenta escuchar con la mente abierta —le rogó, con los ojos llenos de lágrimas.

—Está bien. Explícate —dijo Edward. Estaba de pie frente a ella, cruzado de brazos, con los labios apretados, con una expresión de intransigencia en el semblante.

Ella tomó aire, temblorosamente, y comenzó de nuevo:

—Sé que algunas cosas de las que ocurrieron fueron culpa mía.

Lo admito. Yo llegué a esta casa siendo una chica tonta, pero ser joven no es una excusa válida. Debería haber sabido qué tenía que esperar. Sin embargo, el hecho de que Jasper me quisiera y se hubiera casado conmigo me hizo pensar que sería aceptada. Quizá se me habían olvidado todas las lecciones sobre prejuicios que me había dado la vida, al estar tan enamorada. El amor había cambiado mi forma de ver el mundo, así que pensé que quizá el mundo también me viera a mí de una forma distinta. Bien tonta, ¿verdad? —le preguntó, con una sonrisa amarga.

—A mí me parece que el hecho de esperar que la familia de tu marido te acepte no es una tontería, ni algo ilógico.

—En la mayoría de los sitios, quizá, pero no en el Diamond C.

—Estás confundiendo el Diamond C con Esme. No son la misma cosa. Ni por asomo.

—Quizá no, pero para mí sí lo eran entonces. Esme dirigía esta casa, y a todo el mundo que había en ella. Sobre todo, a Jasper y a mí.

—Está bien, ya entiendo que la vida era difícil para ti, pero ¿lo intentaste de veras? A mí me parece que te marchaste muy deprisa, demasiado fácilmente.

—Por que Jasper estaba empezando a cambiar. Yo sabía que, si me quedaba, él dejaría de quererme. Verás, si alguien oye siempre lo mismo, al final lo cree. Esme aprovechaba la más mínima oportunidad para despojarme verbalmente de las cualidades que alguna vez haya poseído. Le decía a Jasper, una y otra vez, que yo no era más que una basura, y que sólo estaba en el Diamond C por una cosa: por el dinero de su familia —Bella cerró los ojos al desenterrar todos aquellos recuerdos, tan dolorosos para ella.

— Yo me daba cuenta de que él había empezado a preguntarse si no habría sido un error enamorarse de mí y casarse conmigo. Su madre tenía tanta influencia sobre él que yo pensé que nuestro matrimonio sólo sobreviviría si nos íbamos de aquí. Eso es lo que me parecía en aquel momento. Quizá estuviera equivocada.

—Quizá —le dijo Edward, con un tono de voz grave.

—No creas que no lo pensé mil veces. No estaba segura de si estaba haciendo lo correcto cuando salí por la puerta de esta casa.

En parte, quería que Jasper me detuviera. Pero él no lo hizo.

Incluso cuando estaba esperando el autobús en Crossroads tuve la tentación de darme la vuelta y volver al rancho, pensando que si intentaba convencerlo de nuevo, quizá lo consiguiera.

—¿Convencerlo de qué? —preguntó Edward.

—De que se marchara conmigo para empezar una nueva vida.

Podríamos buscar un apartamento en cualquier sitio y buscar trabajo. Yo sabía que a él no le resultaría fácil porque nunca había sido pobre, nunca le había faltado nada, pero creía que si yo estaba a su lado, queriéndolo con todo mi corazón, él podría superarlo.

—¿Y en qué iba a trabajar él? ¿En una gasolinera? ¿De camarero?

—¿Y por qué no? No hay nada malo en ese tipo de trabajos. Yo me he ganado la vida haciéndolos. No son degradantes.

—No reacciones así, Bella. Yo no he dicho que fueran degradantes. No tienen nada de malo para la mayoría de la gente, incluyéndome a mí. Pero ¿Jasper? — Edward sacudió la cabeza.

— Él nunca habría trabajado en nada parecido.

—Y yo no le sugería que lo hiciera. A él sólo le quedaba un año para terminar la universidad. Podría haber conseguido un trabajo mejor pagado, en una oficina, quizá.

Podría haber terminado su licenciatura. No creo que Carlisle se hubiera negado a pagarle los estudios, pero aunque se hubiera negado, nos las habríamos arreglado.

Habríamos tardado más, eso es.

—Lo tenías bien planeado. Estabas bien segura de todo.

—No. No es cierto. No lo tenía todo planeado, sólo tenía la esperanza de que lejos del Diamond C tendríamos una oportunidad que no tendríamos en el rancho. Y todavía estoy convencida de ello.

Cuando me fui, le di a Jasper la dirección de mi prima Rose.

Le dije que sabría dónde encontrarme si cambiaba de opinión.

Yo pensé, como una tonta enamorada, que él vendría a buscarme. Esperaba que lo hiciera, aunque él permitió que me marchara de esta casa. Rezaba por ello, recé hasta la noche en que me enteré de su muerte —dijo Bella, y los ojos se le llenaron de lágrimas al recordar aquel momento devastador—. Jasper no era lo suficientemente fuerte como para dejar el rancho, y yo no podía quedarme —murmuró, con la voz llena de tristeza—. Ésa fue nuestra desgracia.

Edward se quedó mirando a Bella fijamente, y después se encogió de hombros.

—Bueno, ésa es tu versión. Yo recuerdo las cosas de una forma diferente. Cuando Jasper descubrió que te habías marchado, echó abajo la habitación que habíais compartido. Yo le impedí que arrancara el ventilador del techo, y eso fue lo único que dejó intacto. Se quedó furioso y amargado. ¿Qué hombre no lo estaría al descubrir que su mujer lo ha abandonado? Ésa es una traición que nadie puede olvidar. Se volvió loco. Comenzó a beber demasiado, a perseguir demasiadas… comenzó a recorrer toda la zona como un imprudente en aquel Ferrari que Esme le compró.

—¿Un Ferrari para sustituir a una esposa inapropiada? No es mal negocio — dijo Bella, con la voz teñida de ironía. Una sonrisa sin alegría se le dibujó en los labios.

—No fue así —dijo Edward rápidamente—. Jasper no pidió aquel coche. Recuerdo lo sorprendido que se quedó cuando lo trajeron. Pero eso no tiene nada que ver, porque a él no le importaba nada de lo que le rodeaba, ni tampoco su seguridad ni su supervivencia.

Al percibir la acusación en el tono de voz de Edward, Bella le dijo:

—Él sabía dónde estaba yo. Podría haber ido a buscarme en cualquier momento.

—Él no tenía que ir a buscarte, Bella. Tú eras su mujer. ¡Debías haberte quedado con él! —exclamó Edward, y vio cómo se encendían de ira los ojos de su cuñada. Sin embargo, cuando ella volvió a hablar, lo hizo con ironía, no con furia.

—¿Acaso no has oído ni una sola palabra de lo que te he dicho?

—Lo he escuchado todo. Pero es tu versión, tu parte de la historia.

—Si me has escuchado, no deberías culparme de lo que ocurrió. No te atrevas a pensar que todo fue un malentendido que podría haberse resuelto con unas cuantas palabras. Tú mismo me has dicho que oías nuestras voces a través de la pared. Nosotros hablamos mucho. Yo hablé con Jasper hasta quedarme ronca. Y él entendía lo que yo le estaba diciendo. Simplemente, no quería salir del rancho y concederle una oportunidad a nuestro matrimonio, y yo no podía quedarme — repitió Bella—.

¿Sabes lo que pienso? Que tú sabes que lo que le ocurrió a Jasper no fue únicamente responsabilidad mía. Ustedes también tienen que admitir que fue culpa suya que tuviera aquella vena destructiva. Incluyéndote a ti, su hermano mayor. Y tú no quieres admitirlo. Es mucho más fácil culpar a su esposa, la traidora que lo abandonó.

Pero quiero que sepas que, cuanto antes reconozcas que no todo fue culpa mía, antes comenzaremos a llevarnos bien.

Ella observó el rostro de Edward. Su expresión era una mezcla de negación y de indignación.

—Si eres justo, Edward, tendrías que mirar el pasado desde todas las perspectivas, no sólo desde la tuya. Siempre hay varias caras de la misma cosa.

—¡Mami, ya estoy aquí! —dijo Natalie, desde el umbral de la puerta, mirando a los dos adultos con incertidumbre.

—Hola, cariño —le dijo Bella, sonriendo para tranquilizar a la niña, la cual, evidentemente, había notado la tensión que había entre ellos—. Estaba sacando tus libros en este momento.

Al ver el libro que su madre tenía en las manos, Natalie corrió hacia ella y lo tomó.

—Tú me leíste este libro, tío Edward. ¿Te acuerdas?

—Sí, me acuerdo. En el hospital, el día que nos conocimos.

—¿Me lo vas a leer otra vez?

—Claro, pero en otro momento, pequeña. Ahora tengo que ocuparme de unas cuantas cosas en el rancho —le dijo. Le acarició el pelo a Natalie y la sonrió antes de irse.

Natalie se sentó en la cama.

—Cuéntame qué caballos has visto —le pidió Bella a su hija mientras observaba a Edward saliendo de la habitación. Sabía que no había conseguido explicarle lo que le había ocurrido hacía seis años. Y sabía también que por consiguiente, su relación con él estaría llena de tensión y de problemas.

¿Relación? Aquélla era una palabra extraña para describir los papeles de jefe y secretaria, anfitrión e invitada que iban a interpretar durante aquel verano. ¿Acaso había elegido inconscientemente la palabra porque realmente quería tener una relación personal con Edward? ¿Una relación íntima? Dios Santo, ¿la química que había entre ellos era tan fuerte como para conducirlos a sentimientos más profundos? Aquello era lo que le faltaba para complicarle la vida: enamorarse de Edward Cullen.

—Mami, ¿qué color te gusta más para un caballo?

—¿Cómo? —Bella se dio cuenta de que había dejado de escuchar a Natalie unos minutos antes.

—¡Oh, mami! —dijo Natalie, con toda la paciencia de la que era capaz una niña de cinco años—. ¿Cuál crees que es más bonito? ¿Uno marrón o uno amarillo? — repitió.

—Lo siento, estaba pensando en otra cosa, pero me parece que los dos son preciosos.

—¿Y si tuvieras que elegir?

—El amarillo. El amarillo se llama palomino.

Natalie suspiró.

—No puedo decidirme.

—¿Y por qué tienes que decidirte?

—Porque Billy dice que el tío Edward eligió dos caballos para que yo aprendiera a montar.

—Ah. Un ruano y un palomino, ¿verdad?

—Sí.

—Bueno, pero no tienes que decidirte ahora mismo, ¿verdad?

—No.

—Bien. Entonces, piénsalo durante un rato —le aconsejó Bella.

Natalie tenía aspecto de estar un poco cansada, pero ella le había prometido que no tendría que dormir la siesta aquella tarde, así que no se lo sugirió. Sin embargo, tenía que encontrar la forma de que Natalie descansara. En un tono despreocupado, le dijo:

—¿Por qué no te sientas en esa mecedora tan bonita que hay junto a la ventana y miras un libro de dibujos durante un rato?

—Está bien.

Natalie eligió un libro y se sentó en la mecedora* dejando libre a Bella para seguir preocupándose por aquella inesperada atracción que sentía por Edward.

Pese al comienzo difícil, Bella se adaptó perfectamente al suave ritmo de vida en el rancho. Al menos, todo era suave cuando Edward no estaba por allí. En cuanto él se acercaba a ella, Bella se ponía en alerta.

Aquel día, Bella apagó el ordenador y salió al corral donde Billy estaba dándole a Natalie una lección de montar. Bella se apoyó contra la valla, sin apartar la mirada de su hija.

—Puedes dejar de agarrarte a la valla como si te fuera la vida en ello —le dijo Edward, que se había acercado a ella—, Billy sabe lo que hace. Él fue quien me enseñó a montar a mí. Y a Jasper también. Relájate —añadió. Y, con toda la tranquilidad, posó su mano sobre la de Bella.

—Sé que Billy tiene mucho cuidado. Es sólo que los caballos son tan grandes, y Natalie tan pequeña que…

—Nifty es muy dócil y muy suave. Además, ya se le pasó la edad de galopar y saltar —Edward se dio cuenta de que estaba hablando para tranquilizar a Bella, no sólo para conversar. Desde que habían tenido aquella discusión el día de la llegada de Bella y Natalie, ella había sido muy distante, y Edward tenía la impresión de que lo estaba evitando.

Él había intentado olvidar lo que ella le había contado sobre Jasper y la familia Cullen, pero no había podido. Sus palabras lo tenían obsesionado. Sospechaba que, posiblemente, lo que le había dicho era cierto. Y aquello no le gustaba en absoluto. Aunque admitía que lo más inteligente sería que siguieran alejados el uno del otro, le resultaba muy difícil.

Bella llevaba en el rancho tres semanas. Tres semanas. Y en tan poco tiempo, Natalie y ella le habían dado a la casa más vida y calor de la que había conocido en años. Él no se había dado cuenta de la soledad y el silencio que reinaban en el rancho. Ni de que le faltara algo en la vida. Cuando se sentía vagamente insatisfecho por el pasado, añadía otro proyecto a su agenda. Había llenado su vida de trabajo.

Bella no había quitado la mano cuando él la había tocado, y aquella señal de confianza agradó a Edward más de lo conveniente.

—¡Oh, no!

La exclamación, casi un susurro, de Bella, lo sacó de su ensimismamiento. Al asimilar la escena que tenía ante él, se dio cuenta de lo que la había alarmado.

—No pasa nada —le dijo—. A Nifty le encanta que lo abracen.

Natalie, que ya había terminado la lección, le había lanzado los brazos al cuello al caballo, que había bajado la cabeza.

—Natalie monta con mucha naturalidad. Lo debe de llevar en los genes — comentó Edward, y se acercó a abrir la puerta del corral—. Lo has hecho muy bien — le dijo a Natalie, que sonrió tímidamente—. Al final del verano, serás toda una jinete.

Edward tomó a Natalie de la mano y la condujo hacia la casa. Bella los siguió lentamente, intentando descifrar las señales que Edward le había enviado.

Después Bella supervisó el baño de la niña y la acostó. Edward llegó a tiempo para leerle la historia, tal y como le había prometido. Cuando entró en la habitación, le dio una bolsa de papel.

—Te he traído una cosa que creo que tu madre quiere que tengas.

—¿Un regalo? —preguntó Natalie.

—Una especie de regalo, sí.

Natalie sacó algo que parecía el marco de una fotografía, y a Bella se le cortó la respiración.

—Es una foto de tu padre —le dijo Edward a la niña.

Natalie estudió atentamente la foto. Aunque Bella no podía verla, sabía que era el retrato que Edward había encontrado en la carpeta del armario de su despacho, la primera vez que ella había ido a visitarlo al rancho.

—Mi padre era muy guapo, ¿verdad? —preguntó Natalie.

—Sí —respondieron Edward y Bella al unísono.

—A partir de ahora, voy a tener su foto en la mesilla de noche —dijo la niña, y la colocó allí—. Gracias, tío Edward —añadió, impulsivamente, le echó los brazos al cuello—. Espero que te gusten los abrazos tanto como a Nifty.

—Pues claro que me gustan —respondió él, con una sonrisa cálida.

Por encima de la cabeza de la niña, las miradas de Edward y de Bella se cruzaron.

—Gracias —dijo ella silenciosamente, formando la palabra con los labios.

Después de leerle a Natalie el cuento, Edward bajó las escaleras con Bella.

—Ha sido un detalle muy bonito el que le hayas dado la foto de Jasper a Natalie. Yo sólo tengo un par de fotografías de carné suyas. Cuando te la pedí aquel día, la quería para ella.

—Me lo había imaginado.

En el piso de abajo, se separaron. Bella entró en el despacho a trabajar, y Edward se fue a la barraca a hablar con los hombres sobre el trabajo del día siguiente.

Unas horas después, Edward entró al despacho con una bandeja.

—¿Te importaría apagar esa cosa? —le pidió Edward, señalándole el ordenador con un gesto de la cabeza—. Billy está convencido de que debes estar hambrienta—le dijo.

Al ver el pedazo de tarta de limón y coco que le tendía Edward, a Bella se le hizo la boca agua.

—No puedo tener hambre después de la cena que he tomado antes, pero esta tarta tiene una pinta buenísima. Si no me cuido, voy a tener que ponerme a dieta muy pronto —dijo ella, mientras se llevaba el primer trocito de tarta a la boca—. Mmm… está deliciosa.

Comieron en silencio. Cuando terminaron, Edward le quitó el plato de las manos y lo dejó, junto con el suyo, en la bandeja.

—Tienes una brizna de coco en la comisura del labio —murmuró Edward.

Antes de que Bella tuviera tiempo de reaccionar, él alargó la mano y se lo quitó. Con el dedo, lentamente, le acarició los labios, y continuó haciéndolo hasta que Bella sintió un cosquilleo por el roce. Aunque sabía que su voz iba a sonar débil, Bella tuvo que preguntarle:

—¿Estás intentando memorizar la forma de mi boca?

—Sí. Quiero memorizarla con los ojos, con los dedos y con mis labios. Voy a besarte, ¿de acuerdo? —le preguntó, con un susurro de su voz aterciopelada.

—¿Me estás pidiendo permiso de verdad?

—¿Normalmente te agarro y te beso aunque tu no quieras?

—No. Siempre me concedes unos instantes para que me retire, si quiero —le concedió ella, con suavidad.

—¿Y vas a retirarte ahora? —le preguntó él, mirándola a los ojos.

—Debería hacerlo. Tendría que hacerlo, pero probablemente no lo haré.

—Deber. Tener que. Terribles palabras —murmuró Edward—. Tiene que haber un sitio y un lugar para ellas, cierto, pero no es éste.

Edward la besó delicadamente. Al menos, al principio. Pero cuanto más se tocaban sus labios, más fuerza cobraba su ansia. Y a medida que el hambre era cada vez mayor, crecía también la intensidad de sus besos. Bella se dio cuenta vagamente de que Edward la levantaba de su silla y la sentaba en su regazo. Sin pensarlo, le rodeó el cuello con los brazos y comenzó a acariciarle el pelo. No fue hasta que él le tomó el pecho desnudo con la mano cuando la realidad se abrió paso en el cerebro anegado de emociones de Bella.

—Edward —le dijo, mientras le retiraba la mano con un suspiro—. Tenemos que parar.

—¿Por qué?

—Porque esto es demasiado peligroso. Tenemos un verano largo y caluroso por delante, y si no dejamos de besarnos y acariciarnos, ya sabes dónde terminaremos.

—¿Dónde?

—Tú en mi cama, o yo en la tuya —le dijo Bella sin ambages, mientras se colocaba la ropa—. Y Natalie está justo arriba. No puedo arriesgarme.

—¿Arriesgarte a qué? No entiendo de qué riesgo estás hablando. Sabes que yo no te haría daño.

Bella se deslizó de entre sus brazos y se apartó de él.

—Si nos convertimos en amantes… ¿qué crees que pensaría un juez si alguna vez hubiera un juicio por la custodia? Yo, acostándome con mi propio cuñado en esta casa, cuando mi hija está en la habitación de arriba? —Bella se estremeció al imaginarse la expresión severa de un juez.

Edward se levantó de la silla y se quedó frente a ella.

—¿Cuántas veces tengo que decirte que ni yo, ni nadie más, te quitará a Natalie? ¿Por qué no confías en mí?

—¿Cuántas veces tengo que decirte que yo no abandoné a Jasper de la forma que tú piensas? ¿Por qué no me crees?

Se enfrentaron el uno al otro. Aunque sus labios todavía ardían de los besos que habían compartido el abismo que se extendía entre ellos parecía insalvable.

Bella sintió una profunda tristeza.

—Buenas noches, Edward—murmuró, y salió apresuradamente de la habitación.


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