AQUI LES TRAIGO MI NUEVA ADAPTACION ESPERO LES GUSTE
Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer al final les digo el nombre del autor
CAPÍTULO OCHO
Dos días después, Natalie estaba muy refunfuñona. No había nada que la complaciera, y aquello era un comportamiento muy extraño en ella. Bella observó a su hija con atención.
Con una cuchara para aplastarle suavemente la lengua, vio aquello que temía ver: Natalie tenía la garganta irritada y roja. Cuando le puso el termómetro, supo que tenían problemas. La niña no podía disimular el miedo, que se le reflejó en los ojos antes de poder ponerse la máscara de valentía.
Mientras Bella hablaba por teléfono con el doctor Vulturi, Edward entró en la cocina. Por la conversación de Bella, y por la palidez de Natalie, se dio cuenta de lo que ocurría.
—No te encuentras bien, ¿verdad, pequeña?
—No, y no quiero ir al hospital otra vez —respondió Natalie, con la barbilla temblorosa.
Bella colgó el teléfono justo a tiempo para oír el comentario de su hija.
—Me temo que tendremos que ir, cariño. El doctor Vulturi quiere verte.
Pero también me ha dicho que posiblemente no tendrás que quedarte durante mucho tiempo. Vamos, cariño. Tenemos que hacer la bolsa. Tenemos un viaje largo por delante.
Edward tomó a Natalie de la mano e hizo que se volviera hacia él.
—¿Alguna vez has ido en helicóptero?
—No.
—¿Y te gustaría ir en helicóptero a Abilene?
—¿De verdad? —preguntó Natalie, con los ojos abiertos como platos.
—De verdad.
—¡Bien!
—Pues sube a tu habitación y recoge lo que necesites.
En cuanto Natalie salió por la puerta, Bella se volvió hacia él.
—Edward, muchísimas gracias por ofrecer el helicóptero.
—No digas nada, por favor —le dijo él, al ver que tenía los ojos llenos de lágrimas—. Es lo menos que puedo hacer por mi sobrina favorita. Pero… ¿estás muy preocupada? ¿Hay algo que no me hayas contado?
—No, no. Sólo que, estando tan débil, cualquier infección es peligrosa para ella.
Edward vio sus manos apretadas, y el miedo en sus ojos.
—Ven aquí —le dijo, y la abrazó—. Supongo que es natural que una buena madre se preocupe por sus hijos, pero Natalie se pondrá bien —Bella estaba tan rígida entre sus brazos que parecía que la habían atado con cuerda de embalar.
— Se pondrá bien —le murmuró él contra el pelo, mientras le acariciaba lentamente; la espalda, intentando que se relajara.
—Edward, por favor, no seas tan bueno conmigo ahora, o me voy a derrumbar. Y eso no puedo permitírmelo.
—Estoy aquí para ayudarte. Ya no tendrás que enfrentarte a esto tú sola nunca más —le dijo él.
Bella se relajó durante un instante, pero luego se puso tensa de nuevo, como si se hubiera acordado de algo.
—Estaré sola otra vez cuando volvamos a casa en agosto. Es mejor que no me acostumbre a apoyarme en nadie.
—Yo no soy nadie. Soy el tío de tu hija. ¿No te das cuenta de que, a partir de ahora, seré parte de sus vidas? ¿Acaso crees que voy a abandonaros cuando se vayan de aquí?
—No tienes ninguna obligación legal hacia nosotras.
Edward dejó escapar un juramento entre dientes. Estaba tan disgustado que ni siquiera se disculpó. Respiró hondo, intentando tragarse su ira.
—Ya sé que no tienes muy buen concepto de los Cullen, y también sé que tenemos la reputación de ser despiadados. Ha habido ocasiones en las que hemos tenido que ser duros e intransigentes para conservar nuestras tierras, pero no prescindiendo del sentido del bien y el mal. Al menos, algunos de nosotros.
Asombrada, Bella se disculpó rápidamente.
—Lo siento, Edward. No quería hacerte daño, y mucho menos insinuar que no tienes moralidad. Perdóname, pero estoy muy preocupada. Tenía la esperanza de que Natalie estuviera bien durante todo el verano y pudiera recuperar fuerzas para no agarrar todos los resfriados y las gripes del mundo cuando empiece el colegio, en septiembre —dijo, conteniendo las lágrimas a duras penas.
—Sé que estás preocupada. Pero Natalie va a tener los mejores cuidados que se puedan conseguir con dinero e influencia. Eso te lo prometo. Y ahora, ve a meter en la bolsa de viaje lo que necesites. Yo voy a preparar el helicóptero para irnos lo antes posible.
Cuando llegaron al hospital, después de un vuelo que a Natalie le había entusiasmado, las enfermeras de la planta de pediatría saludaron a la niña con un gran cariño.
El doctor Vulturi apareció pocos minutos después de que ellos hubieran entrado en la habitación. Examinó a Natalie, le recetó la medicación, los tranquilizó a todos y les dijo que volvería a verlos por la mañana.
Después de dejar a Natalie dormida, Bella y Edward salieron de puntillas de la habitación.
—¿Y ahora, qué? —preguntó Edward.
—Normalmente, yo me quedo con Natalie. Las enfermeras me traen una camita plegable. ¿Y tú?
—Yo voy a reservar una habitación en un hotel.
—Si quieres, puedes quedarte en mi apartamento. No tiene sentido que pagues un hotel cuando tienes una cama en mi casa. Esto ya te va a costar una fortuna.
Edward la miró muy sorprendido.
—Me gustaría mucho quedarme en tu casa, Bella, Gracias —dijo. Se sentía inmensamente complacido porque Bella confiara lo suficiente en él como para invitarlo a su apartamento—. Yo no sé cómo estás tú, pero yo tengo hambre.
Vamos a comer algo —y, al ver que ella titubeaba, añadió—: Tienes que mantenerte con fuerza.
Bella asintió.
—Está bien.
—¿Dónde quieres ir? —le preguntó él, unos instantes más tarde, mientras entraban al coche de alquiler.
—Hay un lugar, cerca de mi apartamento, en el que dan una pizza muy buena. ¿Te gusta la pizza?
—Me encanta. Dime cómo se llega.
La calidez de la sonrisa de Edward y el hecho de que estuviera junto a ella reconfortaron a Bella. Quizá Natalie se recuperara rápidamente. ¡Se recuperaría, porque Edward se ocuparía de ello! Bella casi sonrió. El optimismo de aquel hombre se le estaba contagiando.
—Gracias —murmuró.
—¿Por qué?
—Por estar conmigo.
—No podría estar en ninguna otra parte.
De repente, Bella se dio cuenta de que la presencia de aquel hombre a su lado, en aquel momento, tenía algo de trascendental.
El restaurante era muy sencillo, tan sencillo como la vecindad en la que se encontraba.
Por encima del borde de la carta, Edward observaba todos los movimientos y las expresiones de Bella. Incluso bajo la luz poco favorecedora de la lamparilla que colgaba sobre sus cabezas, ella estaba tan guapa que no podía dejar de mirarla. La llegada de la camarera puso fin a aquella ocupación tan placentera.
Después de que hubieran pedido, Bella dijo:
—A Natalie le encanta la pizza de Gino.
—La traeremos cuando salga del hospital.
—Le encantará. Gracias, Edward—le dijo ella, y sonrió con calidez antes de añadir—: Y muchas gracias por habernos traído en el helicóptero. Me ha ahorrado un viaje largo y difícil.
Bella lo miró con aquellos ojos castaños y brillante, de una manera que le hizo un nudo en el estómago. Él no quería su agradecimiento. La deseaba a ella, la deseaba de una forma en la que nunca había deseado a otra.
—No tienes por qué darme las gracias. Eres de la familia. Eso significa que haré cualquier cosa que te facilite la vida.
—Eres asombroso. Esa clase de ayuda espontánea es la que se supone que los miembros de una familia deben ofrecerle a los otros; sin embargo, casi nunca sucede así —le dijo ella, y le acarició la mano.
Edward entrelazó sus dedos con los de ella antes de que Bella tuviera la oportunidad de retirarse.
—Lo sé, y es una pena. La gente no se da cuenta de eso hasta que están en una crisis. Y muchos no lo saben hasta que es demasiado tarde.
Después de decir aquello, se quedó pensativo, como si estuviera recordando algo. ¿Algo de su pasado en común? Si era así, no podía ser agradable. Antes de que él pudiera mencionar aquel tema, Bella le dijo:
—Nunca has hablado de tu ex mujer.
Él la miró con tal asombro que Bella pensó que era lo último que esperaba que ella mencionara. Se encogió de hombros.
—No hay mucho que decir de Tanya. El matrimonio fue un error para los dos. El rancho no era lo que ella esperaba, y la vida de casados no era lo que yo esperaba, tampoco. Supongo que Tanya no pensaba que el Diamond C estaría tan aislado.
—¿Y tú? ¿Cómo esperabas que sería la vida de casado?
La llegada de la comida interrumpió la conversación. En cuanto la camarera les hubo servido, Bella repitió la pregunta.
—Supongo que esperaba a una mujer que llenara el vacío que habían dejado la muerte de Jasper y de mi padre, pero las cosas no fueron de ese modo.
—Has debido de sentirte muy solo —le dijo Bella, suavemente.
Edwrad se quedó un poco sorprendido, como si no lo hubiera pensado antes, y asintió.
—Supongo que sí. Pero entonces averigüé que se puede estar igual de solo casado que soltero. Al poco tiempo, nos dimos cuenta de que ninguno de los dos era feliz, así que nos separamos.
—Parece todo muy civilizado y amigable.
—Lo dices con escepticismo. ¿Por qué?
Bella se encogió de hombros.
—Me resulta difícil creer que un matrimonio pueda terminar con tan poco dolor, con tan poca emoción. Tan… desapasionadamente.
—Quizá fue así porque hubo poca pasión y poca emoción desde el principio.
—¿No estaban locamente enamorados cuando se casaron?
—Sentíamos atracción el uno por el otro mientras salíamos. Y nos llevábamos bien. Nuestra relación era muy amistosa. Sosa, supongo. Así que cuando nos separamos, ninguno de los dos cayó en una terrible depresión —dijo Edward, y se encogió de hombros. Cuando miraba a Tanya, nunca había sentido la misma fiebre que sentía mirando a Bella.
Al ver la expresión de curiosidad de Bella, él le preguntó:
—¿En qué estás pensando?
—Estoy intentando imaginarme cómo es un matrimonio soso. Todos los matrimonios de mi madre han sido tempestuosos, y Rose y su marido tienen, algunas veces, discusiones acaloradas. Quizá la explicación sea que hay diferencias culturales y temperamentales entre nosotros.
—Y también la química entre un hombre y una mujer —replicó Edward. Y, sonriendo, añadió—: Yo no me imagino que una relación entre tú y yo pudiera ser sosa. No te veo retirándote a una esquina, enfurruñada en silencio.
—¿Ah, sí? ¿Y tú? ¿Te rendirías tan tímidamente como un corderito? ¡Ja! Nunca has tenido pelos en la lengua conmigo.
—Es posible, pero tú tampoco te quedas corta. ¿No quieres averiguar qué tal nos iría juntos? —le preguntó, sin dejar de sonreír con gracia.
—No, gracias. Ya tengo suficientes problemas.
—No estoy intentando tomar el control de tu vida.
—¿De verdad? Estás tan acostumbrado a impartir órdenes y a que se cumplan, que ni siquiera te das cuenta de lo dictatorial que puedes ser.
Sorprendido, Edward se dio cuenta de que había algo de verdad en aquello.
—Intentaré ser más considerado. Seré más razonable y comprensivo.
Bella soltó una carcajada.
—Ni siquiera puedes decirlo con la cara seria.
Él continuó sonriendo, pero al momento, se puso serio.
—¿En qué estás pensando?
—En cómo habrían sido las cosas si me hubiera casado contigo en vez de con Tanya —respondió, e instantáneamente se habría pateado a sí mismo por decirlo en voz alta.
—A Esme le habría dado un ataque al corazón.
—Es raro que tu primer pensamiento haya sido la reacción que habría tenido mi madrastra.
—No es tan raro. Cuando me casé con Jasper, estuvo a punto de morirse.
Mi boda contigo habría sido la gota que hubiera colmado el vaso. Subestimas a esa mujer.
—Quizá, pero tu también me subestimas a mí —respondió él. Y, con delicadeza, añadió—: Y te subestimas a ti misma.
Ella se quedó asombrada.
—¿Acaso piensas que yo podría hacerle frente a Esme?
—Puedes. Lo comprobarás cuando la veas.
Bella sacudió la cabeza con vehemencia.
—Pienso estar tan lejos de esa mujer como sea posible. No quiero que conozca a Natalie.
Al ver el pánico reflejado en sus ojos, Edward le tomó la mano para calmarla.
—No tienes por qué verla. Sólo quería que supieras que eres lo suficientemente fuerte como para enfrentarte con ella.
—Y yo sólo quiero estar lejos de ella.
—Eres una mujer inteligente, trabajadora, sexy y guapa. ¿Por qué tienes una opinión tan baja de ti misma?
—Porque otra gente la tiene. Me miran y ven el estereotipo. Y muy pocos se molestan en mirar más allá. Yo no tengo una opinión mala de mí misma. En el fondo, sé que yo merezco la pena. Lo único que ocurre es que la gente no opina lo mismo por prejuicios.
—Hace mucho tiempo que yo miré más allá del estereotipo.
—Lo sé. El problema es que no te gustó lo que viste.
—Eso ya no es cierto, si alguna vez lo fue.
Edward había sabido que la deseaba; pero no se había dado cuenta de que le gustaba, de que realmente le caía bien, o no había querido admitirlo. De repente, se preguntó si él le caería bien a Bella. Ella no tenía motivos para tenerle afecto. Él se lo había hecho pasar mal desde que había vuelto al rancho. Aunque Edward tenía sus razones, y aunque no había conseguido perdonarla por lo que había hecho en el pasado, su ira se había enfriado… y la sangre se le había calentado. Le gustaba Bella, la deseaba, la… Edward se obligó a no pensar más.
Bella miró la hora.
—Creo que será mejor que me lleves de nuevo al hospital. Quiero estar allí por si acaso Natalie se despierta.
Natalia respondió muy bien al tratamiento de antibióticos, y tres días más tarde, volvieron al rancho.
Lo primero que quiso hacer Natalie cuando llegaron al Diamond C fue ver a su caballo. Edward le dio una vuelta en la grupa del animal por el corral.
Después de comer, Bella la acostó para la siesta, y cuando Natalie se quedó dormida, Edward convenció a la madre para dar un paseo a caballo y se la llevó por un camino que ella no conocía.
—¿Adonde conduce este sendero?
—Ya lo verás.
Cuando llegaron a lo alto de una colina, Bella vio el riachuelo. En aquella época tan calurosa del año, no llevaba demasiada agua, pero la formación de la tierra había obligado al curso a volverse estrecho y lo suficientemente profundo como para formar una pequeña piscina.
—No es muy grande, pero servirá para refrescarnos y quitarnos el polvo —dijo Edward, mientras amarraba las riendas de los caballos a un arbusto.
Bella se acercó a la orilla, se arrodilló y metió la mano en el agua. Estaba más fría de lo que ella esperaba. Tomó un poco en las palmas y se la echó por la garganta.
—Mmm… qué agradable.
—Será mejor cuando te hayas metido —le dijo Edward, observando cómo el agua se deslizaba por su cuello y le humedecía la blusa.
Pese a que Bella protestó ante aquella idea porque no habían llevado los trajes de baño, Edward consiguió convencerla para que se bañaran en ropa interior. Él se desvistió primero y se metió al agua. Bella le pidió que se diera la vuelta y él obedeció perezosamente.
Bella se quitó la ropa en tiempo récord y se quitó las horquillas del pelo antes de entrar en el agua. Entonces, se arrodilló, y con las manos se echó agua en la cara y el cuello. Cuando se detuvo y abrió los ojos, Edward estaba a menos de un metro de ella.
—¿No te sientes mejor? —le preguntó con una sonrisa. La tomó de la mano y tiró de ella—. Vamos.
—No sé nadar bien.
—No tengas miedo. Yo te sujetaré —dijo Edward, y le rodeó la cintura con un brazo mientras se adentraban en la zona más profunda.
—Rodéame con los brazos. Así no habrá forma de que te suelte.
Ella tenía miedo del agua, y también sentía mucha cautela hacia él. Sin embargo, ganó el miedo al agua. Bella se colgó de su cuello. A Edward le encantó sentirla tan cerca, y le lanzó otra sonrisa para calmarla.
—Ahora, relájate y disfruta —lentamente, él hizo que giraran por el agua, flotando.
Desde tan cerca, ella vio las finas arrugas que comenzaban en el rabillo del ojo de Edward, arrugas de trabajar durante años al aire libre. Sintió una abrumadora necesidad de acariciárselas. Sentía muchas necesidades abrumadoras, pero no se atrevía a resolver ninguna.
Si sólo sintiera atracción física, no sería tan malo. Pero admiraba a Edward, y estaba empezando a experimentar sentimientos más profundos hacia él. Todas sus emociones hacia aquel hombre eran fuertes: sus enfados ocasionales, su ira, su deseo, su admiración. Parecía que con él, Bella era incapaz de ser moderada.
Y aquello era peligroso.
—Eh, se supone que deberías relajarte y disfrutar.
—Y estoy disfrutando.
—Pues parece que estás muy pensativa. ¿Qué estás pensando?
—Nada de lo que merezca la pena hablar.
—De acuerdo. No tenemos que hablar. Los labios pueden hacer más cosas, aparte de formar palabras —le dijo. Y, para demostrárselo, Edward la besó, ligeramente, con ternura. Después deslizó los labios por su mejilla y recorrió el camino hacia su oreja. Allí le mordisqueó delicadamente el lóbulo y consiguió que ella emitiera un pequeño gemido de sorpresa.
—Tienes unas preciosas orejas —murmuró Edward—. Como el resto de ti.
Él no dijo nada más. Se permitió el lujo de mirarla desde tan cerca, a la cara. Era tan guapa que aquella visión casi le hacía daño a los ojos.
—Edward, ¿por qué me miras así?
—Porque eres muy fea, ¿por qué iba a ser? —respondió él, y vio que a ella le hacía gracia la broma.
Quería decirle que cuando la veía inesperadamente, ella conseguía que se le cortara la respiración, y que cuando lo tocaba, el corazón comenzaba a saltarle en el pecho. Y que cuando ella estaba tan cerca de él, sentía que iba a explotarle el cuerpo. Sin embargo, se guardó todos aquellos pensamientos, por qué no quería asustarla.
Edward había tenido buen cuidado de no permitir que sus ojos miraran más allá de la barbilla de Bella, después de una primera mirada que le había hecho hervir la sangre de deseo. Sabía que se le transparentarían los pezones a través de la tela mojada del sujetador, y al imaginarse cómo el agua le estaba acariciando los pechos, era muy posible que sus buenas intenciones se evaporaran.
Cuando Bella movió el cuerpo y sus senos le rozaron el torso, Edward soltó un gruñido. ¿Acaso no sabía que su control era muy frágil? Cuando ella se movió de nuevo y le mordió con cuidado el lóbulo de la oreja, él le preguntó, con la voz tensa:
—¿Qué estás haciendo?
—Lo mismo que tú me has hecho a mí.
—Eso es jugar con fuego —murmuró Edward.
Bella sonrió.
—¿Dirías que estamos en aguas peligrosas?
Edward se rió.
—Creo que sí.
—Entonces, será mejor que nos lleves a la seguridad de la orilla.
—Esta vez, Bella. Sólo esta vez.
Su voz ronca contenía una dulce amenaza y una atrevida promesa.
GRACIAS POR SUS REVIEWS
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