AQUI LES TRAIGO MI NUEVA ADAPTACION ESPERO LES GUSTE

Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer al final les digo el nombre del autor


CAPÍTULO NUEVE

Bella estaba preparando emparedados cuando Edward entró en la cocina.

Ella no lo esperaba para comer, y su llegada la tomó por sorpresa. Desde que habían pasado aquella tarde en el riachuelo, dos días antes, los dos habían pasado de puntillas junto al otro. Algo había cambiado entre ellos, aunque Bella no podía, o no quería, ponerle nombre al cambio. En aquel momento, ambos se miraron desde los dos extremos de la cocina. Al estar solos, Bella permitió que su máscara cayera, y observó a Edward con cariño y ternura.

Él llevaba el traje de trabajo de vaquero, y tenía un aspecto masculino y magnífico. Bella sintió una opresión en el pecho, y tuvo que tomar aire antes de hablar.

—No te esperaba para comer —le dijo, para disimular el nerviosismo y la necesidad.

—Yo tampoco sabía que iba a venir, pero surgió un imprevisto.

—¿Algún problema?

Edward se dio cuenta de que en sus ojos había preocupación. Y su interés no era fingido, aunque ella se alejara de él todo cuanto era posible viviendo en la misma casa. Él le había permitido que guardara las distancias, pensando que el hecho de no verla constantemente haría que la deseara menos. Pero no había sido así.

Notaba el mismo deseo, la misma hambre que le distraía de un buen día de trabajo y que le impedía disfrutar de una buena noche de sueño. La deseaba con una intensidad que lo asustaba.

—¿Qué ocurre? —le preguntó ella.

—Yo me ocuparé de ello.

—¿Quieres un sándwich? Estaba a punto de llamar a Natalie y a Billy para comer.

—Sí, muchas gracias. Comer algo me vendrá bien. Tengo una sorpresa para Natalie.

Bella se volvió hacia él con una mirada de consternación.

—¡Oh, no! ¡Más regalos no! Me prometiste que no le comprarías nada más.

La estás mimando demasiado…

—No he comprado nada, así que relájate. Además, unos cuantos presentes no la van a convertir en la princesa malcriada que tú crees.

—A finales de este mes tendremos que volver a nuestra antigua vida. No quiero que a Natalie le resulte más difícil si tú estás siempre haciéndole regalos.

—Tenemos que hablar de tu vuelta a Abilene —dijo él.

Bella se quedó tan sorprendida que no pudo decir nada. Finalmente, consiguió preguntarle:

—¿De qué tenemos que hablar?

—¡Eh, mami! ¡Ya llegamos! —le gritó Natalie desde la puerta trasera.

—Natalie, no grites. Te oigo bien.

Natalie entró corriendo en la cocina, seguida por Billy.

—Hola, tío Edward. ¿Vas a comer con nosotras?

—Claro. Vamos a lavarnos las manos.

Después de que Edward y Natalie salieran de la cocina, Billy habló.

—¿Hemos interrumpido algo?

Bella se encogió de hombros.

—Nada, salvo una posible discusión.

—Pese a todo el tiempo que has pasado en el rancho, todavía no ha aceptado ni entendido que dejaras a Jasper y te marcharas del Diamond C, ¿verdad?

Asombrada, Bella miró a Billy. ¿Cuánto sabría aquel astuto y viejo vaquero? Ella no le contó que aquella posible discusión no iba a ser sobre Jasper. ¿O sí? Ni Edward ni ella querían sacar aquel tema tan doloroso de nuevo, así que lo habían dejado colgando, sin resolver, entre ellos.

Billy se rascó la cabeza.

—El hecho de que no pueda aceptar que te marcharas es, en parte, culpa mía. Nunca hemos hablado de por qué su madre se marchó también. No de la razón verdadera por la que se fue. Carlisle ordenó que el nombre de Elizabeth no se pronunciara en esta casa. Pero ahora está muerto, y supongo que eso me libera de esa orden.

Natalie entró corriendo en la cocina, y unos segundos después, Edward entró tras ella.

—Natalie, tengo una sorpresa para ti. Cierra los ojos —le dijo.

—Está bien —dijo la niña, con una sonrisa.

Bella soltó una exclamación de asombro al ver el cachorrillo que Edward metió en la cocina, tirando suavemente de una correa. Él se agachó frente a su sobrina.

—Ya puedes abrirlos.

Natalie obedeció y se quedó boquiabierta al ver el cachorro.

—Extiende la mano para que te olisquee —le indicó Edward.

Natalie lo hizo. El perrito le lamió la mano, y la niña se rió.

—Qué bonito. ¿De quién es, tío Edward?

—Tuyo, si te gusta.

—Me encanta! —Natalie se abrazó al perro, que comenzó a lamerle la cara.

Antes de que aquello pudiera írsele de las manos, Edward intervino.

—Bueno, ahora lo voy a sacar al porche mientras comemos —dijo. Cuando vio la expresión desilusionada de Natalie, le aseguró—: En cuanto hayas terminado de comer, puedes sentarte con él en el porche. ¿Te parece bien, Bella? —le preguntó a la madre.

—Sí, está bien, pero… ¿has pensado en qué va a ocurrir con el perro cuando nosotras volvamos a Abilene?

—Bueno, él puede quedarse aquí en el rancho, y Natalie vendrá a verlo los fines de semana. Si no encontramos una solución mejor.

—Mamá, por favor, di que voy a poder visitarlo. Por favor…

—Supongo que sí —dijo Bella.

—Bueno, arreglado —zanjó Edward, y sacó al perro al porche.

—Natalie, será mejor que vuelvas a lavarte las manos.

Cuando todos estuvieron sentados a la mesa, Natalie quiso saberlo todo acerca del perro.

—¿Cómo se llama? ¿De dónde ha salido?

—Todavía no tiene nombre, y me lo ha dado un vecino. Parece que él acogió a un perro llamado Duque hace seis años, y este cachorro es descendiente suyo.

—¿Duque? ¿Mi Duque? —le preguntó Bella.

—Sí. Yo nunca supe lo que había ocurrido con él —dijo Edward, y le lanzó a Billy una mirada elocuente.

— Cuando fui a ver a Ben para hablar con él sobre el vallado del norte, me preguntó si no quería uno de los cachorrillos de Duque. Parece que alguien del Diamond C convenció a Ben para que se quedara con Duque, y así el perro no habría tenido que ir a la perrera o… —Edward se interrumpió, al darse cuenta de que Natalie estaba escuchando atentamente.

Bella palideció.

—¿Ella iba a…?

—Sí. O había que encontrarle un sitio —añadió Billy.

—Y tú lo hiciste —respondió Bella, emocionada.

Billy asintió.

—Siento no haber podido decírselo, pero tenía que prometer que mantendría la boca cerrada a cambio de poder encontrarle un nuevo dueño.

—Prefiero que fuera así. Muchas gracias, Billy.

—Un buen hogar —dijo Edward, cuando vio que Bella tenía los ojos húmedos—. Duque vivió hasta el pasado verano. A Ben le gustaba mucho aquel perro, y lo cuidó bien.

—¿Quién es Duque? —preguntó Natalie.

—Era un perro que me gustaba mucho —respondió Bella.

Natalie arrugó el ceño. Miró a su madre y dijo:

—Creía que tú no podías tener perros porque la abuelita es alérgica a los animales.

—Es cierto. La abuelita es alérgica. Duque era un perro del Diamond C.

—Ah —dijo Natalie. Le dio un mordisquito a su sándwich y masticó, pensativamente. En cuanto tragó la comida, preguntó—: ¿Dónde está la abuelita Cullen?

Los tres adultos se quedaron sin palabras.

Ajena al impacto que había tenido en ellos su pregunta, Natalie continuó:

—Sé que la abuela Swan está en Alemania, porque su marido es del ejército, pero ¿dónde está tu mamá, tío Edward?

La pregunta lo sorprendió tanto que Edward soltó la verdad.

—No lo sé.

—¿La perdiste? —preguntó Natalie, con los ojos muy abiertos.

—Más bien, ella me perdió a mí —murmuró Edward.

Pero Natalie lo oyó, porque se volvió hacia su madre muy alarmada.

—Tú no me vas a perder a mí, ¿verdad, mamá?

—No, claro que no —respondió Bella, y le acarició el pelo a su hija para reconfortarla—. ¿Cómo te voy a perder, o tú me vas a perder a mí, si siempre sabemos dónde está una o la otra? Dímelo, doña Angustias.

Natalie asintió, calmada.

—Yo siempre sé dónde estás, mamá. Y tú sabes dónde estoy yo.

—Exacto. ¿Quieres más leche?

Natalie sacudió la cabeza.

—¿Puedo salir al porche con el perro, por favor? Tengo que pensar un nombre para él.

—Está bien, pero no te alejes —le dijo Bella, y le acarició el pelo de nuevo antes de que la niña saliera de la cocina.

Nadie dijo nada hasta que la puerta mosquitera se cerró tras Natalie.

—Lo siento, Bella. Su pregunta me tomó por sorpresa. Sabes que yo no diría nada que pudiera disgustar a Natalie —se disculpó Edward.

—Lo sé. Pero, ¿qué vamos a decirle? Conozco a mi hija. Aunque ahora no haya insistido sobre el tema de la abuela Cullen porque estaba ansiosa por salir con el perro, lo sacará de nuevo. Se lo garantizo.

—Bueno, si de verdad quiere saber algo sobre su abuela, tendremos que hablarle sobre Esme…

—¡No! Todavía no. Ella estaba preguntando por tu madre, Edward.

—Sí, pero eso es porque cree que…

—Seré mejor que lo dejés —zanjó Billy—. Por experiencia sé que lo mejor es decir la verdad, sobre todo a los niños. Tendremos que hablarle a Natalie sobre Esme. Y tú y yo, Edward, tenemos que hablar sobre tu madre. Deberíamos haberlo hecho hace años, pero Carlisle era terco como una mula. Y posiblemente, en el fondo se sentía culpable.

Edward miró a Billy como si de repente le hubieran salido cuernos.

—No me mires así, hijo. Ella me escribió. Eso fue después de que Carlisle los persiguiera a ti y a ella y te trajera de nuevo al rancho, y consiguiera que un juez le concediera la custodia permanente.

—¿Qué? —Edward se había quedado blanco—. ¿Qué estás diciendo? ¿Mi madre me llevó con ella cuando se marchó del rancho?

—Claro. Ella te quería, Edward. Todavía te quiere —dijo Billy, y carraspeó antes de continuar—. Tú eras demasiado pequeño como para acordarte, pero ella nunca te habría abandonado, ni siquiera después de que Carlisle le restregara por la cara la orden del juez. Hicieron falta dos ayudantes del sheriff para agarrarla y poder separarla de ti. Aquello podía poner enfermo a cualquiera. La única razón por la que me quedé en el Diamond C fue que Elizabeth me lo suplicó para que te cuidara, y para que le contara qué tal estabas.

—No puedo creerlo. No puedo. ¿Por qué no me dijo nada mi padre? ¿Por qué no me hablaste sobre mi madre?

—Siento haberte ocultado todo esto, pero tu padre me habría echado si hubiera sabido que me escribía con Elizabeth . De hecho, una vez me despidió porque yo defendí a tu madre.

—No me acuerdo de eso —dijo Edward, con el ceño fruncido.

—Carlisle te dijo que me había ido a ver a mi familia.

—Sí. Ahora me acuerdo. Yo debía de estar en segundo o tercer curso.

—Supongo que tú preguntabas por mí, preguntabas cuándo iba a volver, y tenías pesadillas, así que Carlisle se tragó el orgullo y me pidió que volviera. En realidad, lo hizo de una forma muy agradable.

—¿Has dicho que defendiste a Elizabeth ? ¿Cómo?

—Carlisle la vio en el pueblo. Él iba a avisar al sheriff para que la echara.

Discutimos por eso. Yo le dije que la orden del juez no le daba derecho para echarla del pueblo, y que Elizabeth tenía todo el derecho de estar allí. Él no sabía que ella venía a todas las funciones del colegio, y que se sentaba en la fila de atrás. Después de aquella discusión, yo le advertí que se alejara, pero ella no lo hizo. No podía.

Llegaba tarde y se iba antes de que terminaran las fiestas, disfrazada con una peluca y ropa muy grande. A veces llevaba unas gafas enormes. Nadie la reconoció hasta que tú estabas en séptimo.

—¿Y qué ocurrió entonces? —preguntó Edward.

—Tú empezaste a jugar al fútbol, y Carlisle empezó a ir a ver los partidos.

La reconoció incluso con el disfraz. Quizá por la forma de andar de tu madre… o porque oyó algo que ella dijera.

—¿Y qué hizo Carlisle? —preguntó Bella, temiendo la respuesta.

—La amenazó con enviar a Edward a un internado al este. Y lo hizo en serio. Elizabeth sabía que Edward sería muy infeliz lejos del rancho, así que juró que se apartaría de ti, y cumplió su promesa, aunque aquello le rompió el corazón.

Después de un largo silencio, Edward preguntó:

—Pero ella dejó a mi padre cuando yo era un bebé, ¿no?

—Sí, lo hizo. Tenía sus razones. No es cosa mía decir si eran lo suficientemente fuertes como para dejarlo o no.

—¿Qué razones? —preguntó Edward.

—No te va a gustar oír esto sobre tu padre, pero en aquel tiempo, tu padre era salvaje. Creo que Jasper heredó su carácter de él. Carlisle era muy joven cuando se casó. Quizá demasiado joven. Pero se casó, y eso no le impidió seguir causando estragos por todo el estado. Iba por ahí, bebiendo y persiguiendo a las mujeres.

Elizabeth no pudo soportarlo más, después de una temporada. Sobre todo, lo de las otras mujeres.

—No puedo creerlo. Mi padre no era así.

Billy se encogió de hombros.

—El abandono de Elizabeth, y el hecho de que estuviera a punto de perderte lo tranquilizaron. Se hizo adulto muy deprisa. ¿Y después? Bueno, Esme no era precisamente una dama elegante y calmada. Ella no toleraba las tonterías, y no le quitaba la vista a tu padre de encima.

—Todos esos años. Todas esas mentiras. Todos los secretos —dijo Edward, sacudiendo la cabeza como si estuviera intentando aclarar todo lo que había oído. Se levantó sin decir una palabra y salió de la cocina.

Bella también se puso en pie, pero Billy le puso una mano sobre el hombro.

—Deja que se vaya. Necesita estar solo y pensar las cosas durante un rato.

—¿Adonde va?

—Probablemente, a dar un paseo a caballo. Volverá.

—Pobre Edward. Debe de haber sido muy doloroso descubrir que la madre a la que había culpado durante todos estos años de abandonarlo, en realidad, no lo hizo. Al menos, no por su propia voluntad. Y pobre Elizabeth, porque le quitaran a su hijo de esa manera —Bella se estremeció—. No se me ocurre nada peor que eso.

ooooo

Edward no volvió a casa hasta que todos ya estaban acostados. Cuando Bella lo oyó entrar en casa, se puso la bata y bajó a la cocina. Lo encontró frente al fregadero, bebiéndose un vaso de agua.

—Nos hemos preocupado por ti —le dijo.

—No hay necesidad. Estoy bien.

—Lo dudo. Parece que te has peleado con un demonio y has perdido.

—Sólo con un par de novillos. Y no he perdido.

—Y eso es muy importante para ti, ¿no? ¿No perder? ¿No equivocarte?

—Quizá. Tengo el presentimiento de que esas preguntas van a ir a parar a algún sitio.

Bella se encogió de hombros.

—No te detengas —dijo Edward—. Tengo curiosidad.

—Bueno, a ti no te gusta equivocarte, y hoy has descubierto que has estado confundido sobre tu madre durante toda tu vida. Eso es suficiente para asustar a cualquiera, por decirlo suavemente.

—¿Por qué me parecía a mí que esta conversación iba a ser sobre mi madre y yo?

—No tienes por qué ponerte a la defensiva, ni ser sarcástico. ¿Cómo no íbamos a hablar de tu madre?

—Porque yo no quiero hablar de ella.

—Pero piensas en ella, y no digas que no. Edward, yo sé cómo te sientes.

Una persona a la que querías mucho te ha decepcionado, y eso es muy duro. Lo sé.

—¿Y cómo vas a saberlo? —le preguntó él, con dureza—. ¿Acaso has averiguado alguna vez que tu padre ha estado mintiéndote durante toda la vida? — Edward sacudió la cabeza como si todavía no pudiera creerlo—. ¿Acaso te ha engañado alguien a quien tuviste siempre en un pedestal?

—Mi padre ni siquiera se molestó en permanecer lo suficientemente cerca como para mentirme. Pero sí me ha decepcionado alguien a quien tenía en un pedestal, y sé lo que se siente. Es como si te arrancaran el alma.

—Sí —dijo Edward, y dejó el vaso en el fregadero.

Tenía aspecto de estar agotado, y Bella se acercó a él instintivamente.

—¿Quieres comer algo?

Edward soltó un bufido desdeñoso.

—Billy y tú piensas que con la comida se arregla todo.

—La comida es una fuente de consuelo y alimento. Es algo que se ofrece casi automáticamente a la gente que te importa. Voy a calentarte un poco de sopa de la que ha hecho Billy para cenar. Tienes que tener hambre. Siéntate, tardaré unos minutos.

—Mandona, ¿eh? —le dijo él, entre exasperado y divertido.

—Soy una madre, ¿recuerdas? Las madres siempre son un poco mandonas.

Va con la profesión.

—No sabría decirte.

Bella percibió la amargura de su voz y se arrepintió por haber sido tan descuidada.

—Lo siento, Edward. He sido muy insensible. No puedo creerme que haya dicho eso.

Él aceptó su disculpa con un gesto de la mano y se dejó caer, en silencio, en una de las sillas de la cocina.

A los pocos minutos, Bella le sirvió un plato de sopa, unas galletas y puso dos vasos de leche sobre la mesa. Se sentó frente a él y le dio un sorbo a su vaso.

Cuando él terminó el primer plato de sopa, ella le sirvió lo que había quedado.

—Supongo que tenía hambre sin saberlo —murmuró él—. Sopa caliente, leche y galletas. Toda una comida reconfortante.

—A mí me lo parece. Y a Natalie también.

—Billy tenía razón. Eres una buena madre. No puede ser fácil ser madre soltera, tener que ganar dinero para vivir y ocuparse de todo. No sé cómo lo hacen las madres solteras.

—Lo hacemos porque la mayoría de nosotras no tiene otro remedio. Nos preocupamos mucho. Yo ya estoy preocupada por el momento en que Natalie se convierta en una adolescente —dijo. Sin embargo, en cuanto Bella hubo pronunciado aquellas palabras, se arrepintió—. No debería haberte dicho eso.

Hace que parezca débil.

—Eres una de las mujeres más fuertes que haya conocido.

Aquella alabanza hizo que Bella se ruborizara.

—Gracias.

Con una mirada penetrante, Edward le preguntó:

—¿Todavía piensas que voy a quitarte a Natalie?

—No. ¿Vas a hacerlo?

—No. No, a menos que me des una buena razón, cosa que no creo que ocurra —Edward alargó el brazo y entrelazó los dedos con los de Bella.

— Espero que no seas supersticiosa con cosas como la muerte, pero tengo que preguntarte algo. ¿A quién has nombrado como tutor de Natalie en caso de que te ocurriera algo a ti?

—A mi prima Rose.

Edward asintió.

—Deberías añadir mi nombre, también. ¿O no confías en mí lo suficiente?

—Yo… confío en ti.

Al notar que ella tenía cierta reserva, le preguntó:

—¿Pero? ¿De qué tienes miedo?

Bella se encogió de hombros con una expresión de disculpa en el rostro.

—Es posible que intentaras maleducar a Natalie, pero seguro que Rose serviría de contrapeso.

—Si se parece a ti, seguro que yo no tendría oportunidad de malcriar a mi sobrina —dijo él, y le apretó la mano suavemente—. Y hablando de malcriar, he estado pensando en el pasado. Creo que tienes razón. Todos malcriamos a Jasper.

Esme lo habría hecho de todas formas, pero como había estado enfermo de pequeño, los demás también lo hicimos.

Al ver que Edward admitía aquello con nobleza, Bella se sintió invadida por un sentimiento cálido hacia él, y le devolvió la presión de los dedos.

—Tú no admites muy a menudo que estás equivocado, ¿verdad?

Edward arqueó una ceja.

—Un Cullen nunca se equivoca —entonó—. Ése era el credo de mi abuelo.

Él se lo metió en la cabeza a mi padre, y mi padre me lo metió a mí.

—Debe de ser agradable tener tanta seguridad en uno mismo —dijo Bella, con melancolía.

Edward se encogió de hombros.

—Si puedes convencerte a ti mismo para creerlo.

—¿Quieres decir que tú no lo crees? Pues me has engañado —dijo ella, con una sonrisa burlona.

Edward le levantó la mano y le mordió ligeramente el dedo índice.

—Tú eres una Cullen. ¿Crees que nunca te equivocas?—le preguntó él.

—Cielos, no. Pero nadie me ha metido eso en la cabeza. Si alguna vez surgía la pregunta de si estaba o no equivocada, mi madre pensaba automáticamente que sí.

Aunque en su defensa, tengo que decir que también lo pensaba de sí misma. No tenemos nada en nuestro origen que nos ponga en el lado de lo correcto. Supongo que hacen falta varias generaciones de educación privilegiada antes de convencerte de eso.

—Incluso en ese caso hay muchas veces en las que te preguntas si tienes razón. Al menos, yo me lo pregunto. Mi padre, posiblemente, no tenía dudas, o me habría contado lo de mi madre.

—¿Qué vas a hacer con ella?

—¿Te refieres a si voy a ir a verla? Me parece que ella no querrá verme. Ha pasado mucho tiempo, y yo soy un adulto.

Bella retiró la mano y se puso en pie. Rodeó la mesa y se acercó a él, y entonces, Edward se levantó también, sin saber qué esperar. Con énfasis, ella le puso las manos sobre el pecho.

—Si tú fueras mi hijo, yo querría verte aunque tuvieras ochenta años y yo cien. ¿Es que no sabes que ella ha estado viviendo con la esperanza de poder conocerte en persona? Edward, esa mujer te ha estado queriendo cada minuto de su vida, esperando poder estar contigo algún día.

—Entonces, ¿por qué no vino al rancho después de que muriera mi padre?

—Para empezar, Esme todavía vivía aquí, y ella tiene reputación de… bueno, no importa. Y además, seguramente tu madre tendría miedo de venir, de que tú no quisieras verla, de que la rechazaras. No sabe que Billy te ha dicho la verdad. Todavía piensa que tú crees la versión de tu padre sobre lo que ocurrió.

Dale una oportunidad de explicarte su versión de la historia. Una mujer no abandona fácilmente a su marido. Debió de tener sus razones. Creo que le debes a ella, y a ti mismo, averiguar cuáles fueron.

—¿Realmente crees que debería ir a verla?

—Sí. Ahora sólo sabes parte de la verdad, y tú mismo has dicho que no te gustan los secretos. Tienes la oportunidad de conocer la historia entera —dijo Bella, y le lanzó a Edward una mirada suplicante.

—Es difícil decirte que no —dijo él, sacudiendo la cabeza.

— Probablemente, no debería haberte dicho eso. Podrías aprovecharte de mí fácilmente.

—Ése no es mi estilo —replicó ella. Le rodeó el cuello con los brazos y tiró suavemente para que él se acercara a su rostro. Le rozó suavemente los labios con la boca, jugueteando, mordisqueándolo, sabiendo que pronto disfrutaría de su sabor por completo.

Ella se apoyó en su cuerpo, incluso aunque recordó que Natalie estaba dormida en el piso de arriba y que se había prometido que se mantendría apartada de Edward. Repetirse que no debía acariciarlo ni besarlo no sirvió de nada. No podía dejar de acariciarle el pelo rubio allí donde se juntaba con la piel de su nuca. Era tan suave como la más fina de las sedas.

—Esto es maravilloso, Bella.

La voz suave y profunda de Edward le llenó los oídos como una seductora canción de amor. Ella cerró los ojos.

—Bella, dulce Bella, te deseo.

Aquellas palabras la dejaron inmóvil. Por mucho que le gustara oírlas, sabía que no debía sucumbir. Tomó aire y le dijo, con la voz temblorosa:

—No importa lo que deseemos.

—¿Lo que deseemos? ¿Los dos?

—Sí, los dos. Me has oído bien. Me está resultando difícil mantenerme apartado de ti. Su voz sonó con más fuerza, incluso un poco desafiante, cuando ella admitió sus sentimientos. Y la expresión que se dibujó en el rostro de Edward fue una que Bella nunca había visto. Ella notó que le flaqueaban las rodillas.

—Los dos —repitió él, conmovido—. ¿Y qué quieres hacer con respecto a eso?

—¿Hacer?

—No te asustes. No quiero decir ahora mismo, aunque tengo la tentación de mandar al cuerno toda la lógica y el control —dijo. Sin embargo, la soltó y le acarició suavemente el pelo—. Tengo que arreglar unas cuantas cosas primero, pero volveré. Y retomaremos esto justamente donde lo hemos dejado, así que recuerda exactamente dónde nos quedamos.

Le dio un rápido beso en los labios y salió de la cocina.

ooooo

A la mañana siguiente, Bella se levantó muy temprano y bajó a la cocina.

Billy le dijo que Edward se había marchado antes del amanecer, pero que le había dejado una nota en la mesa.

La nota no decía nada, salvo que se había ido durante un par de días y que Billy cuidaría de Natalie y de ella.

—Billy, ¿Edward sabe dónde vive su madre?

Cuando el viejo vaquero miró a Bella, en su rostro había excitación y esperanza.

—Le puse la dirección y el número de teléfono de Elizabeth sobre la mesilla de noche, así que no es posible que no los haya visto. Ojalá haya ido a verla… Elizabeth se merece conocer a su hijo. Ya ha sufrido bastante por él durante toda su vida.

—Eso espero yo también. Por razones egoístas —murmuró ella.

Tres horas después, Natalie informó a su madre de que iba a dar un paseo con Billy y Príncipe, su nuevo perro, para enseñarle a pasear con la correa puesta.

Bella sonrió. La recuperación de su hija era asombrosa. Su estancia en el Diamond C había obrado milagros. Aquello sólo hacía que mereciera la pena todo el sufrimiento que podría acarrearle a Bella.

Aquella mañana estaba inquieta y echaba de menos a Edward. Ella no contaba con que pudiera echarlo tanto de menos; había pensado que, cuando se fueran del rancho, al final del verano, podría retomar su vida en Abilene como si no hubiera sucedido nada. Sin embargo, aquello había sido antes de enamorarse de él.

Agobiada, Bella se acercó a la ventana. El día era soleado y agradable, así que, ¿por qué no podía librarse de aquel presentimiento de que iba a ocurrir un desastre? Aquélla era una idea extravagante. Lo que necesitaba era hacer algo de ejercicio.

Una buena cabalgada le aclararía la cabeza.


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