Capítulo 4

Desperté con la sensación de ser un pez fuera del agua… lo cual no era una mala analogía considerando que Mint acababa de tirarme todo el contenido de un vaso de agua fría en la cara. Decir que mi mañana había comenzado con el pie izquierdo era poca cosa.

- ¡¿Qué diablos…?! – grité, mientras me sentaba sobre las sábanas empapadas e intentaba quitarme mechones de pelo pegados a mi mejilla - ¡¿Qué diablos crees que haces, Mint?!

Miré a mi compañera de cuarto con verdadera furia, pero como usualmente sucedía en nuestros intercambios, la chica no parecía interesada en mi situación emocional, o el mero hecho de haberme despertado de una manera tan cruel en una mañana invernal. El hecho de que mi ADN estuviera entremezclado con un gato hacía que la situación fuera aún peor, porque parte de mí desagradaba el agua. Podía manejarla más que bien para bañarme o meterme al mar, pero ser tomada por sorpresa me irritaba muchísimo y me ponía en alerta, como si hubiera un peligro cerca.

Mientras tanto Mint se cruzaba de brazos, en su perfecto uniforme planchado y estilizado, y su cabello recogido en su usual peinado elegante. Ella me miraba con una ceja alzada, como esperando que le agradeciera por haber intentando ahogarme sobre la cama.

Ni siquiera hizo el intento por esconder el arma homicida, pensé, mirando el vaso en su mano y considerando tirárselo por la cabeza.

- ¿Querías ahorrarme la ducha de la mañana? – pregunté con sorna, mientras me ponía de pie y comenzaba a escurrir mi camiseta de pijama - para la próxima, prefiero el método usual.

Mint ignoró por completo mi pregunta, y me sonrió de una manera que solo podía categorizarse como burlona.

- Parece que la bella durmiente se levantó con un carácter especial el día de hoy – replicó ella.

- ¿Qué esperabas después de que me despertaras así?

Ella bufó y rodó los ojos.

- Si otra de las 100 maneras de despertar a una persona normal hubieran servido, créeme que no habría recurrido a esto.

Dejé que siguiera hablando mientras yo me quitaba el pijama por la cabeza. El frío de la mañana me dejó temblando un poco, y me refugié en su cama y con sus frazadas azuladas para evitar congelarme. Mint observó mis movimientos, y entrecerró los ojos, ahora sí casi tan enojada como yo.

- Si mojas mis sábanas, me lo pagaras caro – advirtió ella, su pie empezando a pisar rápidamente sobre el suelo.

- Es solo agua – repliqué – además, te lo tienes merecido.

- No, es lo que intento decirte. Fue imposible despertarte hoy, Ichigo.

- ¿De qué hablas? Mi alarma siempre me despierta.

Mint se estiró y tomó mi celular de la mesa de luz, arrojándolo sin advertencia alguna hasta mí. Yo lo atrapé en vuelo, y estaba a punto de mandarla al diablo cuando noté la pantalla del aparato en mis manos.

Tenía 18 alarmas programadas que habían sonado sin cesar cada diez minutos, y que de alguna forma me había manejado para ignorar toda la mañana. Por lo general, la segunda o la tercera eran suficientes para despertarme completamente y yo apagaba el resto para que no siguieran sonando y molestando. Pero ahora se habían disparado todas, y yo no las había oído.

Miré con extrañeza mi celular, y chequé el volumen.

- No es el celular, Ichigo. Yo escuché tu alarma, los vecinos seguramente la escucharon también…solo tú parecías un cuerpo muerto sobre la cama cuando ni siquiera reaccionaste.

Una nueva alarma comenzó a sonar, y yo salté por la sorpresa porque su ruido era bastante alto y molesto. La apagué con un desliz de mi dedo y todas las demás que pudieran surgir.

- Y eso no es todo – agregó Mint, haciéndome volver a mirarla – te grité, te golpeé, encendí música a todo volumen, incluso llegué a amenazarte con tirar toda tu ropa a la basura porque creí que estabas fingiendo. ¿Desde cuándo duermes tan profundo?

Me encogí de hombros y conté hasta tres antes de salir del calor y comodidad de la cama de Mint. Según el reloj de mi celular, no tenía mucho tiempo para poder andarlo perdiendo en charlas. Lo quisiera o no, tenía que empezar a aprontarme para la escuela o me pondrían una falta, y bien sabía yo que no podía jugármela con otra más en mi expediente.

- He tenido unas…noches un poco malas últimamente – respondí a Mint, dirigiéndome hacia el baño - es posible que fuera eso.

Ella no dijo nada por unos segundos. Yo aproveché para pasarme una toalla por el pelo. No tenía tiempo de lavármelo pero al menos me lo secaría para no enfermarme.

Ahora lo voy a tener inflado todo el día. El pensamiento me puso de mal humor.

- Bueno, y… ¿han terminado tus…noches malas? – preguntó ella de forma cautelosa, en cuanto me quité la toalla.

Yo la miré a través del espejo, y comencé a peinarme para deshacerme de los nudos en mi cabello. No la miré cuando respondí:

- Espero que sí.

No ofrecí más respuesta porque la verdad es que no sabía cómo explicarme del todo bien, ni siquiera a mí misma. Ya iba casi una semana entera teniendo sueños extraños casi todas las noches, y me dejaban tan cansada al día siguiente como si hubiera visto una película en la que no me permitieran dormirme o alejarme. Como si tuviera que verla hasta el final. Al despertar me olvidaba de la mayor parte de los sucesos, pero siempre me quedaba con esa sensación de cansancio en mi cuerpo, de haber estado en cualquier otro sitio menos descansando sobre una cama.

Algunas veces esos sueños eran pesadillas en todo el sentido de la palabra, con monstruos de distintos tipos que no siempre llegaba a vislumbrar del todo bien, pero que de todas formas me aterrorizaban como si los pudiera ver en el mundo real. Otras veces no había casi elementos visuales, y solamente podía sentir ciertas cosas, ciertos sentimientos o incluso dolores físicos, y comprender que había una historia detrás de ellos, pero por alguna razón se me escapaba la trama principal. Y era terriblemente frustrante, porque la mayoría de las veces (por no decir siempre) despertaba por la mañana confundida, sabiendo que había olvidado parte de la información importante, pero sin poder acceder a ella.

Algunas veces quería saberlo, me encontraba a mí misma intentando recordar fragmentos, intentando completar piezas de un puzzle que alguien había tirado dentro de mi cabeza sin un orden específico, y sin una imagen con la cual guiarme. Algunas veces necesitaba saber que era todo aquello que estaba viendo, y por qué…

Otras veces, lo evitaba a toda costa y me decía a mí misma que no era nada importante, que estaba viviendo una época lo suficientemente estresante en mi último año de preparatoria, y haciendo malabares con mi tiempo libre para enfrentarme a una raza alienígena de la que no sabía nada. Y tenía sentido, o al menos, eso me parecía.

A fin de cuentas al menos, no son más que sueños, me dije, terminando de desenredar los últimos nudos, y los sueños no pueden lastimarme.

Sabía que por su propia personalidad curiosa, Mint se estaría muriendo de ganas por saber lo que me pasaba, pero explicarle todo esto a mi amiga sabía que sería innecesario, no me aliviaría o ayudaría en absoluto y sería estúpido incluso. Las pesadillas se irían por sí solas en algún momento.

Una vez que la amenaza alienígena regrese a su planeta, todo volverá a la normalidad, me dije. Noté como había comenzado a repetir aquella frase para mí misma varias veces en las últimas 2 semanas desde que había vuelto de la isla, y supuse que se convertiría en mi nuevo mantra.

- Bien, si no tienes nada más que agregar… - anunció Mint, atrayendo mi vista hacia ella a través del espejo otra vez.

Ella me miró con expectación, esperando que yo por fin soltara la lengua, pero yo simplemente abrí la boca para meterme el cepillo de dientes y comenzar a cepillarme. Ella frunció los labios y se dio la vuelta en una actitud molesta.

- Yo voy saliendo entonces, pero apúrate o llegaras tarde.

Resoplé con el cepillo de dientes todavía en mi boca. Escupí sobre el lavabo y respondí con burla:

- Llegaré en hora, mamá.

- Más te vale…no nos sirve de nada si nuestra líder tiene detención por llegar tarde a clase y eso nos evita entrenar – dijo ella, retirándose sin mirarme – y no olvides de llevarte a Masha.

Me despedí de Mint y escuché la puerta de abajo cerrarse unos instantes después. Me di vuelta hacia el espejo nuevamente y me miré el rostro. No puedo decir que me alegraba ver la imagen que este me devolvía. Tenía grandes ojeras alrededor de los ojos, y desafortunadamente, estaba demasiado atrasada como para poder maquillarme y disimularlo.

Parece que hoy toca ir como la novia de Frankenstein, pensé, pero el pensamiento no me dio gracia.

A toda velocidad me vestí, perdiendo el equilibrio un par de veces al intentar ponerme un zapato y la camisa de la escuela al mismo tiempo. Tomé mis libros, arrastrándolos con una pasada de mi mano al interior de mi mochila, y llevé conmigo una botella de jugo y un par de galletas para comer rápidamente en el camino. A último segundo, metí también a Masha en mi mochila, y me até el pelo aún húmedo sobre la cabeza para que no me chorreara por la espalda.

Arranqué a correr enseguida por las calles secundarias que sabía eran un atajo hasta la escuela desde la casa de Mint. Terminé mis galletas en el camino, y tomé mi jugo en cuanto me detuve en un semáforo en rojo, pero apenas se cambió a verde, salí despedida nuevamente, ignorando las miradas de los transeúntes. Tiré los restos de mi desayuno en una papelera cercana.

Al mirar el reloj sobre mi muñeca vi que tenía todavía unos minutos para llegar a tiempo, y no estaba tan lejos. Si corría y no hacía paradas, era posible que llegara bien…

Pero por supuesto yo no tengo ese tipo de suerte.

- ¡Alien, Alien!

¡Diablos, ¿ahora?!

A pesar de que parte de mí no quería más que seguir corriendo hacia la escuela y evitar la falta que seguramente me pondrían si frenaba a ver que diablos había visto Masha, fui forzada a detenerme y ponerme en guardia, como la malditamente buena heroína que era.

Definitivamente me tendrían que empezar a pagar por hacer esto.

Observé a mi alrededor con ojo crítico, lista para transformarme en Mew ante la menor indicación de peligro, pero no conseguí ver nada. La calle estaba vacía, y no parecía haber ciniclones u otras criaturas encapuchadas desconocidas.

Sin embargo, Masha no solía equivocarse.

- ¿Dónde están los alien, Masha?

Pero el pequeño aparatito rosa no respondió a mi pregunta. No de la forma que esperaba al menos. En vez de contestar con una dirección específica, simplemente comenzó a flotar y girar sobre su eje gritando esa maldita palabra una y otra vez:

- ¡Alien, Alien!

Y entonces lo vi, justo sobre mí y descendiendo desde el cielo con la naturalidad de quien posee la habilidad de levitar. La figura estaba a contra luz, por lo que yo solo podía identificar levemente una silueta que nada me daba a entender de su anatomía, ni tampoco de su intención hacia mi persona.

Una alarma se disparo en mi cabeza, y tomé mi pendiente entre mis dedos con fuerza. Si aquel era un ciniclon, supuestamente no tenía nada que temer porque su raza ya no tenía razones para enfrentarse a nosotras. Sin embargo, si aquella era Saya o alguno de sus secuaces, era posible que estuviera a punto de vérmelas con el enfrentamiento que había estado temiendo durante las últimas dos semanas.

Temiendo…pero al mismo tiempo esperando con ansias, porque la posibilidad de un futuro ataque sin previo aviso me había mantenido demasiado alerta y ansiosa como para vivir mi vida con tranquilidad. Me di cuenta que ya no podía más de la espera, de la incertidumbre, del no saber nada de mi enemigo, ni de cuando decidiría atacarme. Ya estaba harta de prepararme y cuidarme las espaldas, de saltar ante cualquier mínimo sonido porque quizás sería un ataque contra mí.

Quiero esta pelea, decidí, y la quiero ahora.

Mejor terminar con el problema de una vez por todas, ¿no es verdad?

Cuando la figura estuvo lo suficientemente cerca, decidí que ya había esperado lo suficiente, y di un salto hasta quedar a su altura. Impulsé mi pierna hacia atrás, pronta para dar una patada, pero entonces la figura se detuvo y levantó sus brazos en señal de rendición.

- ¡Espera, soy yo, soy yo! – gritó una voz chillona, masculina y solo ligeramente rasposa, producto de haber entrado hace poco a la pubertad.

- ¿Tart?

La figura se movió de sitio, y al hacerlo, el sol dejó de reflejar contra su cuerpo, y pude ver la cara sorprendida del joven ciniclon. Detuve mi ataque y volví al suelo con delicadeza antes de guardar mi pendiente nuevamente entre mis ropas.

Parecía que aquella no era mi pelea. Debía estar feliz por tener al menos un día más de prórroga, pero al contrario, me encontré molesta y con demasiada energía que de repente no tenía donde quemar.

- ¡Diablos, Tart! Te podría haber lastimado – le dije, con mis manos a la cintura como una madre preocupada.

No se me pasó desapercibido el hecho de que él y yo habíamos peleado incontables veces en aquel año que habíamos sido enemigos, y lastimarnos mutuamente había sido un bonus, no una preocupación.

Extraño como se dan vuelta las cosas, pensé.

Tart pareció un poco avergonzado, como si no estuviera acostumbrado a que lo regañaran comúnmente. Intentó inflar el pecho y dejar pasar la situación como si no le molestara. Fue un poco tierno.

- ¡Y yo podría haberte lastimado a ti! – dijo entonces, con una mirada desafiante, casi retándome a que le probara lo contrario.

Me aguanté la sonrisa que podía sentir a punto de abrirse paso por mi cara, y relajé mi posición de ataque.

- No lo dudo – respondí – pero, sea lo que sea que has venido a decirme, ¿puedes hacerlo mientras caminamos a mi escuela? No quiero llegar tarde.

- ¿No se pondrán nerviosos tus queridos humanos si te ven hablando con un extraterrestre que flota?

- Mm, buen punto.

Dejé caer de mi hombro la mochila y abrí el cierre. Empecé a remover el interior hasta que di con una chaqueta con capucha y se la tiré a Tart, quien la agarró al vuelo. Observó mi chaqueta rosa con un gatito con suspicacia y una indiscutible mirada de asco, y luego me miró a mí.

- No esperaras que me ponga esto, ¿no es cierto?

- Estoy llegando tarde, Tart – contesté de forma firme – o bien te lo pones y caminas rápido conmigo, o me buscas otro día.

- No, otro día yo no…

- Ahí tienes tu respuesta entonces – le corté.

Sin esperar a que me siguiera discutiendo sobre lo femenina que era mi ropa, o como no lo atraparían muerto usando algo así, di media vuelta y comencé a caminar a ritmo rápido hacia la escuela nuevamente. Escuché una maldición detrás de mí, y enseguida tuve un muy malhumorado ciniclon vestido de rosa siguiéndome a buen paso. La capucha tapaba a la perfección sus orejas puntiagudas.

- Las cosas que hago por ti y tu equipo – refunfuñó.

- Y te lo agradecemos – dije, esta vez sin poder contener la sonrisa - ¿Qué me has venido a decir, Tart?

La frustración por estar utilizando una prenda femenina se le pasó de repente, y dio paso a una voz baja, y no tan firme como me habría esperado:

- Deberías volver a hacer las paces con Kish.

Luego de esa información, ambos llegamos a un semáforo en rojo y por fortuna pude detenerme y mirar al joven alienigena a los ojos con sospecha.

- Primero que nada: no estoy en ninguna guerra con Kish para que necesitemos hacer las paces – dije, y me guardé para mí misma el hecho de que tampoco estábamos en los mejores términos, pero él no tenía por qué saberlo – segundo: ¿Kish te mandó a que me dijeras esto?

- No, no – respondió él enseguida – fue mi idea venir. Él no sabe nada de esto.

- ¿Por qué? ¿Por qué viniste por tu cuenta?

Tart entonces eligió aquel momento para mirar hacia otro lado, cualquier sitio menos a mi rostro, y cuando la luz volvió a cambiar a verde, ambos regresamos al ritmo rápido que nos habíamos adentrado previamente. Yo lo miré de reojo, pero no quise presionar su respuesta.

- Solo creo que no es inteligente – respondió él, un poco bajo, pero aún así lo escuche.

- ¿Quién? ¿Kish? No es ninguna sorpresa.

A Tart no le pareció muy divertida mi broma, pero al menos volvió a mirarme.

- ¡No! Que él no te esté ayudando. No me parece inteligente que te deje sola lidiando con toda la situación.

Suspiré.

No estaba segura de querer hablar de esto. Después de todo, me había manejado para hacerme la tonta y dar vueltas alrededor del tema con Mint durante dos semanas completas (viviendo en su casa y todo), exclusivamente porque me desagradaba la situación y lo que implicaba.

No quería ponerme a hablar de Kish, ni de alianzas, ni de planes, ni de alienígenas, pero suponía que no podía evitar el tema para siempre, y de alguna forma, sincerarme con el pequeño ciniclon no me parecía tan horrible, ni tan improductivo. No estaba segura de que lado podría estar él, pero no venía mal tantear el terreno, ver donde había depositado su lealtad.

- Mira, admito que sería una ventaja que Kish me ayudara a enfrentarme a Saya, a saber sus debilidades, y cualquier otra información importante que él pudiera darme – contesté – pero fui yo quien le pedí que no me diera más su ayuda.

- Entonces eres tú quien no es inteligente.

Probablemente, pensé.

- Kish y yo no somos amigos, Tart. Siempre fuimos enemigos, y las pocas veces que intentamos trabajar juntos terminamos peleándonos a muerte porque la verdad es que al final del día, ninguno de los dos confía plenamente en el otro.

- Confiaron entre ustedes cuando estaban en aquella isla, ¿no?

Dudé que responder, porque el tono de Tart había sido uno un tanto esperanzador, como un niño intentando racionalizar con sus padres para que vuelvan a estar juntos en vez de divorciarse. Una analogía extraña, y seguramente Tart se enojaría por ser considerado un niño, quizás porque ahora estaba más grande y maduro, pero no podía dejar de verlo así ante mis ojos.

- Sí, si lo hicimos – contesté al fin – pero no es lo mismo, Tart. Allá fue…un caos, y no tuvimos otra opción porque solo éramos nosotros dos contra el resto del mundo.

- Ahora tienes a tu equipo, ¿eso es lo que dices?

Y también me tengo a mí misma, pensé.

Antes de haber sido teletransportada accidentalmente a aquella isla, había estado viviendo mi vida normal adolescente, sin enfrentamientos, sin peligro, sin una masiva responsabilidad sobre mis hombros. Había estado feliz y sin preocupaciones, hasta que el destino del mundo había vuelto a caer sobre mí y mi grupo con un familiar chillido de ''Alien, Alien!'' y a pesar de que no había querido, me había vuelto a ver a mí misma en las andanzas de ser una superheroína.

Sin embargo, rápidamente me había dado cuenta de que me había vuelto lenta en batalla, predecible y débil. Toda mi experiencia como Mew y guerrera, parecía haberla perdido luego de dos años de silencio, y la verdad es que había dependido de Kish más de lo que estaba dispuesta a admitir, o jamás habría salido viva de allí.

Pero ahora ya no era así. Estaba entrenando de nuevo, lentamente ganando resistencia y fuerza, volviendo a recordar distintos movimientos de ataque y defensa que podrían significar ganar o perder una batalla. No era ninguna super guerrera, pero estaba volviéndome más efectiva y fuerte de lo que había sido nunca, sobrepasando incluso a la versión de mí 3 años atrás.

Puede que todavía me sirviera estar en buenos términos con Kish, pero no era ninguna debilucha, ni necesitaba de su idea de protección, o de sus intentos de planificación a medio hacer. Ahora mismo, sentía que podía contar conmigo misma, incluso si me diera miedo la posibilidad de estar sola en batalla. Y eso cambiaba radicalmente las cosas.

- Si – respondí de cualquier forma – aquí estoy en mi territorio, tengo la tecnología que necesito, tengo compañeras y tengo el suficiente poder para enfrentarme a quien sea que venga a buscarme.

- Pero no conoces a Saya – insistió Tart – no sabes de lo que ella es capaz. Kish puede ayudarte, él puede…

- Ayudarla a ella.

Tart detuvo por completo su caminata, y yo también lo hice, a pesar de que ahora sin lugar a dudas iba a llegar tarde a la escuela, pero no me importó lo suficiente como para seguir.

Acababa de dejar salir el pensamiento que más me había estado preocupando en las últimas dos semanas, el mismo que me había estado callando ante todos a mi alrededor, y necesitaba conocer su reacción, saber la respuesta que Tart pudiera darme.

- ¡Pero eres tonta, ¿o qué?! – preguntó él, como si acabara de preguntar la estupidez más grande del mundo – Kish no va a ayudar a Saya.

- ¿Y por qué no? ¿Por qué no se situaría en mi contra para ayudarla a ella a vencerme?

Mi pregunta había sonado más…dolida de lo que había pensado que saldría, y me pregunté si aquella duda tendría más peso en mi cabeza de lo que yo pensaba.

Tart rodó los ojos y fue su turno de poner las manos en sus caderas y mirarme como una madre regañona.

- Porque eres tú, Ichigo.

- ¿Yo? – pregunté con el ceño fruncido - ¿Y quién diablos soy yo al lado de su prometida?

Debí haber tocado una fibra sensible en ese entonces, porque Tart explotó como si tuviera un botón en su interior que desencadenara una bomba.

- ¡Porque tú eres quien…!

Pero entonces él se calló de golpe, y de ser posible pareció enfurecerse aún más. Murmuró una palabrota y pareció morderse la lengua. Pateó una piedra en el camino hacia la otra calle y se acomodó las orejas dentro de la capucha. Yo pestañeé, confundida ante su arrebato.

- Quien… ¿qué? – pregunté al ver que no terminaba la frase.

- Quien él prometió ayudar – respondió al fin, aunque un poco reticente.

Yo lo miré con sospecha nuevamente, y él evitó mirarme. Sin previo aviso volvió a caminar nuevamente, y aceleró el paso incluso más que yo, como si ahora quisiera dejarme atrás. Algo en su respuesta no me había sonado del todo cierto, como si hubiera estado a punto de soltar la lengua y contarme algo completamente diferente. Algo que quizás él no tuviera derecho a contarme, ni yo a saber.

- ¿Él prometió ayudarme? – pregunté con lentitud - ¿eso tiene alguna importancia más grande de la que yo entiendo?

- Para los ciniclones, las promesas no se dan fácilmente, y nunca si uno no cree poder cumplirla - respondió él, sin dejar de caminar - créeme, si Kish te prometió ayuda, no te la quitará tan fácilmente, incluso por Saya.

Asentí, pensativa.

Suponía que dentro de todas las características de la cultura de un ciniclon típico que había visto en los últimos años, la habilidad de cumplir promesas sin importar lo que pasara era bastante admirable, pero no estaba segura que para mí tuviera el mismo peso o la misma importancia que para Tart.

- Comprendo eso, pero…no puedo estar segura, Tart. ¿Cómo sé que Kish no va a entregarme en bandeja de plata cuando soy un problema en la relación con su pareja?

Otra mirada furiosa en mi dirección.

- Diablos, ¿tengo que explicártelo de nuevo? ¡El no rompería una promesa!

- Bien, quizás sea parte de tu cultura, pero aquí los humanos muchas veces mentimos y rompemos promesas como si no significaran nada. No puedo pretender que no existe la posibilidad. Puedo estar en paz con Kish…pero no puedo trabajar con él y al mismo tiempo estarme cuidando las espaldas.

Estábamos lo suficientemente cerca de la escuela como para poder verla un par de cuadras más adelante. Un flujo de alumnos parecía estar entrando por las puertas y según mi reloj, tenía unos dos minutos antes de que sonara el timbre. Apuré el paso, y Tart me siguió de cerca, hablando más rápido:

- ¿Y cuál es la alternativa entonces? Enfrentarte a Saya por ti sola, eso es estúpido, incluso para ti.

- Puede que lo sea, pero no veo otra opción – contesté.

Otra palabrota.

- Diablos, eres tan terca como él.

Ya quedaba una sola cuadra, y estaría entrando al edificio. Por más interesante y reveladora que fuera aquella conversación, necesitaba empezar el día relativamente en hora o mi profesora me regañaría.

- Tart, lo siento, pero tengo que…

- ¿Puedes al menos considerar hablar con él? – me cortó.

Suspire, y me detuve. Vi a lo lejos las puertas de la escuela cerrándose y el timbre sonando a la distancia.

Estuve tan cerca…

- ¿Tú que ganas en todo esto? – pregunté de sopetón - ¿por qué es tan importante para ti que él me ayude?

- ¡Porque no quiero verte morir, tonta! – gritó él en respuesta, con la cara roja.

Yo me quedé sorprendida, mirando al pequeño alienígena frente a mí y notando lo avergonzado que probablemente se sentía por haber revelado lo que seguramente él consideraba una debilidad. Admitir sentimientos siempre lo era.

Sabía que Tart tenía un cierto afecto con Pudding por tener edades similares y una personalidad más bien juguetona e infantil. Pero nunca hubiera esperado que compartiera alguna especie de emoción positiva hacia el resto de nuestro equipo. Era una sorpresa, sin duda, pero no una mala.

- Tart… - comencé a decir, a pesar de que no tenía ni idea como terminaría aquella frase.

- No te pido que te alíes al él – me cortó él enseguida - pero quizás si hablan y resuelven sus estúpidos problemas puedan empezar a confiar un poco más…

Su frase descendió hasta desaparecer en un susurro, y sus mejillas estaban rojas de vergüenza y probablemente frustración. Uno de sus pies daba vueltas una roca en el suelo, y una de sus manos quitaba un hilillo de mi chaqueta. Nunca lo había visto así: tan…perdido, como si quisiera pedir algo que no tuviera derecho a querer. Me llegó un poco demasiado cerca al corazón.

Suspiré.

- Está bien, dile que me busque.

La cara del ciniclon se iluminó, y yo no pude evitar sonreír un poquito en consecuencia. Era más niño de lo que le gustaría admitir, sin lugar a dudas.

- ¿En serio?

- Sí, cuando salga de la escuela a las 3, dile que me busque y…hablaremos. ¿Está bien?

Él asintió y sonrió abiertamente antes de quitarse la chaqueta de un tirón, tirármela y salir flotando.

- Hazme el favor, y quema ese pedazo de tela espantoso – dijo, antes de desaparecer con una mueca.

Yo guardé el ''pedazo de tela espantoso'' en mi mochila y troté hasta el edificio, ahora con las puertas cerradas. Mi profesora claramente me regañó frente a toda la clase. Yo asentí una y otra vez manteniendo mi cabeza baja, y disculpándome en los momentos correctos, pero aparte de eso no dije más nada.

Me senté en mi taburete e intenté prestar atención a la clase de historia, pero me encontré a mi misma quedándome dormida dos minutos después.


Estaba a gran altura, mirando el suelo, y con el viento sacudiéndome el pelo contra mi rostro. Tenía un importante propósito, uno que el propio amo había dispuesto solo para mí, y sabía que debería estar realizando en aquel momento porque nadie más sería capaz de hacerlo.

Sin embargo, me vi distraída, porque allá a lo lejos, a ras del suelo en la gran y confusa ciudad en la que había aterrizado, algo había picado mi curiosidad lo suficiente como para hacer que me desviara levemente de mi propósito. Algo… o más bien alguien.

Un ser, (femenino creía) que no podía ver del todo bien, ya que su imagen estaba distorsionada por la perspectiva y la altura, pero podía notar que era joven e inocente, todo lo contrario a mí. A su lado una pequeña maquinilla rosa no dejaba de gritar una palabra en particular una y otra vez, mientras la chica fruncía el ceño en confusión. Yo reí ante su reacción, deleitándome en el hecho de poder verla cuando ella todavía no me había visto a mí, ni me había identificado como amenaza.

Pero decidí en ese momento que ella me vería, que sabría quien era yo.

Sí, mi propósito sin lugar a dudas era importante, y mi amo no debía ser puesto en espera, pero a fin de cuentas, estaba aburrida, y una diversión de vez en cuando no venía mal. Además, esa chica…esa chica de apariencia tan débil y frágil, sabía que escondía un gran poder en su interior, lo podía sentir incluso a gran altura, y me pregunté si enfrentándomela en batalla lograría ver una fracción de aquel poder.

Me pregunté qué pasaría si de repente la atacaba.

Sonreí abiertamente, lista para el reto, y me dejé caer desde lo alto, cayendo en picado justo hacia ella, preparada para enfrentarla con todo mi poder, y observar su respuesta. Pero durante la caída, ella de repente se dio vuelta hacia mí, y un par de ojos marrones se abrieron imposiblemente grandes, y su boca se abrió en un grito, y entonces cambié de opinión completamente porque ni un golpe, ni una estocada de mi arma serían suficientes para mí.

Mi ataque sorpresa terminó siendo un beso justo sobre su boca, y su sabor fue a fresa…


Desperté con un grito, y me puse de pie tan rápido que casi doy vuelta el taburete. Toda la clase me miraba, y la profesora estaba con la boca abierta, con un marcador abierto sobre su mano con el que se había dispuesto a escribir algo en el pizarrón, pero al parecer yo la había interrumpido antes de poder empezar.

¿Acabo de ver lo que creo que acabo de ver?, me pregunté, y miré a mi alrededor, como si esperara que la respuesta viniera de alguno de mis compañeros, pero por supuesto no era el caso. El silencio me abrumó, y abrí la boca para decir algo, lo que fuera.

- Yo… eh… - comencé a decir, para intentar salvaguardar la situación, pero ninguna respuesta coherente salió de mi boca – lo siento.

- Está bien, Ichigo…pero quizás sea mejor que te dirijas a la enfermería – dijo mi profesora con voz cautelosa, como si tuviera miedo que yo me fuera a desmayar allí mismo – pareces un poco pálida.

Asentí sin decir nada, y me dirigí fuera del salón de clase como una zombi, no muy consciente de hacia adonde me dirigía pero definitivamente no hacia la enfermería. No podría explicar a otro ser humano lo que me había sucedido en ese salón de clase ni aunque la vida me fuera en ello.

Nada más encontrarme en un pasillo vacío, me dejé caer contra la pared y mis rodillas se doblaron, haciéndome deslizar al suelo.

Bueno…recapitulemos, pensé, y a pesar de que sentí mi cerebro muy lento, intenté reconstruir los elementos que había logrado ver en mi muy visual y claro sueño, antes de que desaparecieran de mi cabeza.

Para empezar, me había visto a mí misma en una… ¿misión? Sí, algo así se había sentido. No estaba segura de que misión se trataba, pero definitivamente se había sentido…importante, como si no tuviera tiempo que perder, y quizás alguien incluso dependiera de mí. Pero me había visto de repente distraída con una…chica, y algo en ella me había cautivado lo suficiente como para… ¿Querer atacarla? ¿Y besarla repentinamente?

!¿Pero que diablos?!

Aquello era demasiado extraño, incluso para mi vida. Un sueño tan loco, con tan poco sentido, por lo general debía ser razón de risa y no de un ataque como el que me había dado en clase al despertar de sopetón. Debería ser capaz de reírme de mis propios sueños, de olvidármelos y no darles importancia alguna. Pero en este caso no podía hacerlo porque estaba bastante segura que aquel no había sido ningún sueño…

Había sido un recuerdo.

Y por extraño que suene, no era un recuerdo mío, al menos no desde aquella perspectiva, porque yo, Ichigo Momomiya, sabía que había sido la chica con grandes ojos marrones ese día, con la maquinilla rosa que chillaba y con los labios sabor a fresa. Y si mi memoria no me fallaba, el que había descendido desde la altura a reclamar mi primer beso...había sido Kish.

¿Por qué entonces había soñado con un recuerdo de hacía tres años desde su punto de vista? No tenía la menor idea. Lo que sí tenía eran muchas preguntas, y cierto alienígena de ojos amarillos me debía respuestas.


Próximo capítulo prometo escenas de acción, y posiblemente respuestas a algunas preguntas :)

Espero que les guste y agradezco comentarios! Muchas gracias por los comentarios que me dejaron en capítulos anteriores!