Capítulo 24

Me senté a esperarle en una banca en el parque, casi una hora antes de la hora establecida para encontrarnos. Luego de la cantidad de veces que había llegado tarde a cada una de nuestras citas, al parecer por fin me manejaba para llegar antes que él a algún sitio.

Pero hoy se siente diferente…

A mí alrededor la gente no pareció notarme, ¿y por qué lo harían? Cada persona que veía parecía completamente feliz, en su mundo privado, y ajenos a las vidas de los demás. Había parejas tomadas de las manos caminando por senderos, niños jugando diferentes juegos que ya ni reconocía, y adultos de distintas edades trotando con auriculares en los oídos. Todos se encontraban desconectados del mundo de distintas maneras, y parecía ser yo la única observadora. La única celosa.

Nuevamente, y como venía haciendo desde hacía un par de días, me encontré a mí misma ideando que le diría a Masaya una vez le que le viera. ¿Me haría la tonta y fingiría que este último mes y medio de tensión en nuestra relación no había ocurrido? ¿O encararía el tema de frente de una vez por todas? Y ya que estábamos en eso, ¿Cuál era exactamente el "tema" entre los dos?

No sabía que diablos había sucedido con mi relación mientras había estado distraída, pero de repente se sentía forzada y desgastada, pero sin que pudiera identificar un problema en particular. O al menos no uno que yo pudiera ver. Los dos aún eramos civilizados, amables, divertidos y nos amábamos. Lo único que había cambiado entre los dos había sido el tiempo que nos podíamos dedicar para pasar juntos, pero eso se había arreglado una vez que Saya se había vuelto para su planeta, por lo que mis responsabilidades como Mew habían oficialmente llegado a su fin. Por lógica, todo tendría que volver a la normalidad, ¿no es verdad?

¿Es eso de verdad todo lo que cambió? Una voz susurró en mi cabeza, tanteando un terreno al que yo no quería entrar, ¿o hay algo más que todavía no puedo ver?

- Parece que no fui el único que no podía esperar a la hora.

Me volteé un poco demasiado rápido sobre la banca y me mareé ligeramente. No había podido desayunar aquella mañana porque había estado preocupada por este encuentro, pero al mismo tiempo no tenía realmente hambre. Por el contrario ahora mismo mi estomago estaba más revuelto que nunca.

Masaya se veía como siempre, y al mismo tiempo, me parecía completamente diferente a mis ojos. Llevaba puesta su ropa casual como de costumbre, su cabello estaba peinado de la misma manera y sobre su hombro llevaba una desgastada mochila, cuyo interior sabía que contenía libros y un cambio de ropa para su clase de Kendo. No había ninguna sorpresa, ningún cambio realmente visible en mi novio, pero el aire su alrededor por alguna razón se sentía diferente. Se sentí tenso, pesado, y un poco impredecible. No fue hasta que me enfoqué en sus ojos, sus cálidos ojos oscuros, que siempre me habían mirado con amor, que me di cuenta cual era el cambio.

En su mirada había incertidumbre y pesar, como si temiera un enfrentamiento conmigo. Al parecer yo no era la única que temía esta conversación.

Como única respuesta, simplemente sonreí a Masaya, porque a pesar de todas las veces que había repasado lo que decir en mi cabeza, no me había terminado de decidir por ningún escenario en particular. Ni siquiera de forma espontanea palabras salieron de mi boca, y la muy familiar ansiedad comenzó a recorrer mi cuerpo de pies a cabeza. No por primera vez, me pregunté si no sería mejor reprogramar nuestro encuentro para un momento en que me sintiera con menos ganas de vomitar.

No, no sigas huyendo, me dije, y a pesar de que no tenía idea de que diablos podía estar huyendo, sabía con seguridad que lo estaba haciendo. Y en mi huida no le estaba dando a Masaya la oportunidad de alcanzarme. Si quería arreglar las cosas, necesitaba encontrarle en el medio.

Palmeé el banco a mi lado, y me moví un poco para dejarle un espacio. Él se sentó a mi lado sin decir nada, y ambos miramos hacia adelante, hacia cualquier cosa que no fuera al otro.

- Me alegra ver que te encuentras bien – dijo él con voz suave – había estado preocupado.

Siempre el novio considerado, enfocado en mi bienestar antes que en cualquier otra cosa. Hubo un tiempo en que había amado aquella reacción tan característica del estereotipo de príncipe azul con el cada niña sueña alguna vez, pero ahora mismo el acto principesco me estaba resultando un tanto molesto. Me recordaba que yo en ocasiones podía convertirme en una persona egoísta, sin su reconocida paciencia o el mismo nivel de interés por la vida del otro. Me recordaba que su corazón era mucho más grande que el mío.

De más esta decir que me sentí como una perra ante mis propios pensamientos mezquinos. ¿Quién se pone a leer entre líneas una frase tan considerada y bonita?

- Lo sé – contesté – siento no haberte podido contactar antes. Fue una…época un tanto tumultosa.

- Puedo imaginarlo – respondió.

Me pregunté si eso en verdad era cierto, y luego me recriminé a mí misma por considerar la posibilidad de que Masaya me estuviese mintiendo.

Hoy no sé que me pasa, pensé, pero si planeaba ser sincera conmigo misma, lo que sea que estuviera sucediendo conmigo no era exactamente nuevo, lo había venido sintiendo hacía semanas, y simplemente ahora había llegado a mi límite.

Por el rabillo de mi ojo le vi a Masaya fruncir el ceño y para mi sorpresa, enseguida se corrigió:

- ¿Sabes qué? En realidad no puedo imaginármelo. No tengo idea que ha sido de tu vida este último mes porque no has estado hablando conmigo. Casi no te he visto tampoco.

Estaba tan sorprendida que al principio no atiné más que a parpadear. Masaya no podía considerarse un mentiroso o una persona deshonesta, pero tampoco iba por ahí mostrando sus verdaderos pensamientos, especialmente cuando estos tenían un deje de chispa en ellos. Por lo general, mi novio compartía mi misma opinión hacia el mundo, hacia la vida, y hacia nosotros mismos, y me sorprendió verle llevarse a sí mismo la contraria.

Había pasado tanto tiempo escuchándole hablar de la misma manera, sabiendo que jamás una palabra de su parte llevaría a una confrontación, que era casi refrescante aquel toque de realidad, esa pizca de su personalidad menos perfecta.

Típico de quien no está acostumbrado a generar confrontaciones, Masaya se arrepintió casi enseguida.

- Lo siento – dijo, abriendo mucho los ojos y moviendo las manos en un gesto casi de rendición – no quise…

- No, no, estuviste bien – le tranquilice – tienes razón…no he estado hablando contigo.

No había estado hablando con nadie en realidad. Si algo me había quedado claro de la conversación con Mint unos días atrás era que muchas cosas podían cambiar cuando uno estaba ocupado guardándole secretos a los demás. De haber prestado más atención puede que me hubiese dado cuenta del mal rato que mi amiga había estado sufriendo en silencio, o como el resto de mi grupo aparentemente estaba considerando dejar de trabajar en el Café Mew en el futuro cercano.

No es que ninguna de nosotras estuviese trabajando ahora mismo, ya que el sitio aún estaba destruido, pero Shirogane y Akasaka nos habían informado con gran entusiasmo de sus planes para reconstruir el sitio. Más grande y más hermoso que antes, o al menos, eso es lo que habían dicho. Cuando pasaría eso, no estaba segura, puede que ninguna de nosotras llegase a trabajar en el nuevo Café Mew, y el hecho de que aquella etapa se hubiese terminado de golpe, sin que ninguna hubiese estado preparada o tomado la decisión al respecto, era un poco doloroso.

Me pregunté si Masaya estaría interesado en escuchar todo esto, todo lo que se había perdido en el último mes y medio en realidad. Me pregunté si siquiera tenía ganas de contarle todo por lo que había pasado o si prefería enterrarlo en el olvido.

- Pero si vamos a ser sinceros…tú tampoco has estado hablando conmigo – le dije, para no sentir que era la única bajo el foco – hay muchas cosas que tú tampoco me contaste.

- Lo sé, me puse a juzgarte desde un pedestal…y he estado haciendo lo mismo – le escuché suspirar, y se dejó caer completamente sobre el banco, su cabeza echada hacia atrás y su mirada fija en el cielo – ¿que nos pasó?

- Sinceramente…no lo sé. ¿No solíamos ser así no?

- ¿Así como?

- Distantes, dudosos…

Diferentes.

- No, creo que no – respondió él, por fin mirándome, sus ojos estaban tan cansados como los míos – nos recuerdo de otra manera al menos. Ingenuos, pacientes, simples… Antes tomábamos cualquier excusa con tal de vernos, porque no poder hacerlo era…

- Insoportable - terminé por él.

Ambos sonreímos entonces, cada uno atascado en su propio recuerdo o puede que compartiendo el mismo. Daba igual. Cada momento juntos en esos primeros meses de nuestra relación no habían sido perfectos ni de lejos, pero nos habían llenado de felicidad a los dos, porque estar juntos en cualquier momento del día, aunque fuera por unos míseros dos minutos, siempre nos había parecido suficiente. Dos minutos con Masaya se habían convertido rápidamente en los mejores dos minutos de mi día.

Recordaba uno en específico, cuando por una de mis misiones, y uno de sus prácticas de Kendo no habíamos logrado vernos en todo el día, ni siquiera durante la escuela. Yo había estado en mi cama entonces, en pijama y bajo gruesas mantas, mirando el techo y preguntándome como me lograría dormir cuando todo en lo que podía pensar era en el beso que no había recibido de Masaya ese día. Había asumido que esa noche no lograría pegar un ojo, cuando sentí mi celular dar su usual tono de que había recibido un nuevo mensaje.

Solamente me levanté para leerlo porque era una mejor alternativa a dormir, pero no me había esperado quien me podría estar hablando a las dos de la mañana, o lo cerca que se encontraría de mí. Esa noche nos habíamos escapado los dos de nuestras camas, escabulléndonos en la oscuridad como dos amantes cuyo amor era prohibido, lo cual hizo toda la tonta situación aún más romántica. Nos encontramos en la puerta de mi casa, medio escondidos por una pared para que mis padres no nos vieran accidentalmente, y ambos ignoramos el frío mientras disfrutamos la compañía del otro. Hablamos en susurros por horas, y nos besamos en la oscuridad.

Aún podía recordar su mano cálida en la mía, su beso en mi mejilla cuando nos despedimos, el envoltorio de galletas que había traído de la cocina y que comimos juntos bajo la luz de la luna. Esa noche había sido una de las más hermosas en mucho tiempo, y aún la recordaba como quien rememora una escena bonita en una película.

Me pregunté donde habían quedado esos chicos. Los rebeldes enamorados incapaces de esperar a la salida del sol para verse, porque las ocho horas que nos separaban se habían sentido…

Insoportables.

Mi sonrisa se volvió agridulce más rápido de lo que me hubiera gustado admitir.

- Eramos niños entonces.

- Lo eramos – accedió él.

- ¿Crees que eso es lo que pasó? ¿Crecimos y ya?

- No lo se...quizás. Lo único que entiendo es que ya no es lo mismo que antes, o por lo menos, no se siente como antes.

Mi corazón dio un respingo y me di vuelta sobre el banco, dándole la espalda. Podía sentir a la perfección el terror en mi rostro, trayendo lágrimas a mis ojos.

- ¿Entonces tú ya no…?

- Todavía te amo – respondió él rápidamente, tomando mi hombro y suavemente girándome hacia él. Tomó una de mis manos en la suya y casi con miedo agregó – ¿y tu?

- ¡Claro que si! Yo nunca dejaría…te amo, eso no va a cambiar.

Pensé en mi madre entonces, en lo que me había dicho de las seguridades que cada persona tiene sobre las decisiones en su propia vida. ¿Era esta una de las mías? Ahora mismo sabía que amaba a Masaya…pero también tenía claro que mis sentimientos no eran exactamente los mismos que había tenía cuando era más niña, más inocente. No lo amaba con esa misma desesperación que habían marcado mis 14 años, y mis pensamientos no revoloteaban únicamente a su alrededor durante todo mi día. Me hacía preguntarme que tipo de sentimientos tendría hacia él en el futuro.

¿Llegaría el día en que no habría amor en absoluto?

- Me alegra oír eso, honestamente me daba miedo tu respuesta – dijo él, con un suspiro, que fue parte alivio, parte resignación – pero otras cosas si cambiaron, ¿no es verdad?

No me gustaba adonde se dirigía la conversación, y de repente tuve el imperioso deseo por terminarla. Cortarla de raíz para que no se dirigiera por el camino que me temía. Al diablo con arreglar las cosas, me quedaría felizmente en este limbo si significaba evitar un posible resultado…que no estaba dispuesta siquiera a ponerme a considerar.

- Eso no significa que nosotros tenemos que cambiar – dije, apretando su mano - sea lo que sea que nos pasó, no es importante y no tiene que definirnos…podemos volver hacia atrás, podemos ser lo que eramos antes, podemos estar bien otra vez.

Su sonrisa fue triste. La más triste que había visto nunca.

- ¿En realidad crees eso?

¡No, no, no, no hagas esto!

Abrí la boca para refutarle, para decirle que estaba convencida de lo que decía, pero fue una sorpresa darme cuenta de que ninguna palabra salía de mi boca. Me enfurecí, y la ansiedad dentro de mi pecho creció hasta convertirse en una verdadera entidad dentro de mí, con su propio peso y dolor.

¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué no podía contestarle? ¿Por qué no podía asegurarle que creía en nosotros y qué estaba dispuesta a darnos una oportunidad? ¿Por qué no podía mostrarle mi fe?

- Podemos continuar si, podemos intentar volver a atrás – respondió Masaya, su voz dulce, sus dedos trazando círculos sobre mi palma - pero creo que no estaríamos siendo sinceros con nosotros mismos. Creo que nos estaríamos quedando en una etapa que ya nos queda pequeña.

- ¿Qué quieres decir? – pregunté.

A pesar de que creía saber lo que Masaya intentaba decirme, parte de mí necesitaba escucharle claramente. Necesitaba las palabras o mi corazón no lo creería.

- He estado pensando mucho últimamente… en lo que quiero del futuro, en lo que quiero darle al mundo y… - Masaya hizo una pausa, y tras respirar hondo, me miró y contestó – apenas te visualizo allí. Al principio era doloroso no imaginarte allí conmigo, y me hacía sentir tan culpable…intentaba ponerte en cualquier escenario que pudiera imaginar, daba vueltas por opciones de lugares en los que quiero vivir o trabajos que quiero tomar, pero por más que lo intentaba tu parecías no encajar en ningún sitio. Era frustrante, tan frustrante…que empecé a quitarte de la ecuación…y solo entonces me di cuenta por qué no encajabas en ningún lado.

- ¿Por que? – pregunté, con lágrimas corriendo por mis mejillas, pero ya no me importaba refrenarlas - ¿Por qué no encajo?

- Estaba intentando tomar tu vida y pegarla en la mía exactamente de la forma en que yo quería, sin pensar en tus decisiones, en tus pasiones o deseos. Nunca me puse a pensar en que sitio del mundo te gustaría vivir, o si quieres tener hijos, o si tienes el mismo interés que yo por salvar al mundo. No, yo simplemente te quería conmigo pero bajo mis condiciones…he sido un egoísta, Ichigo, lo siento.

Elevó su mano y borró mis lágrimas pero me conocía lo suficiente como para saber que más les seguirían. Ahora mismo me encontraba a mí misma en uno de esos momentos que jamás me había esperado encontrarme, teniendo una conversación que me habría parecido irreal dentro de cualquier sueño.

Pero no estaba soñando. Estaba despierta, consciente, y sufriendo. Sufría porque sus palabras herían, y nada me habría gustado más que refutarlas, pero no podía ignorar la verdad detrás de ellas. No podía ignorar que entendía como se sentía, porque yo me había sentido de la misma manera.

- No tienes de lo que disculparte – contesté - yo…yo tampoco tengo claro el futuro. Siempre te imaginé allí, pero nunca haciendo algo en específico, nunca nos imaginé actuando diferentes de cómo es nuestra vida ahora mismo.

- No esta mal no saber lo quieres todavía, Ichigo…como tampoco esta mal que yo sepa lo que quiero y que eso no…no es…

Masaya hizo una pausa entonces, y la expresión de su rostro fue de puro dolor. Solo entonces caí en la cuenta de que quizás esta situación era tan dolorosa para él como para mí. Quizás, al igual que yo, él también había estado evitando este desenlace solo para encontrarse a sí mismo justo aquí. Conmigo.

Pero ambos estábamos tan lejos uno del otro. Ya no podía ver donde habían quedado esos niños en la entrada de mi casa, susurrando tonterías en la madrugada. Para bien o para mal esa pareja se había quedado en donde pertenecía: en un recuerdo. Uno muy, muy lejano.

Le vi luchar con sacar de su boca las últimas palabras, y decidí ayudarle, aunque muy profundamente, me cortaron como cuchillos.

- No soy yo – respondí suavemente – O por lo menos…no la persona que soy ahora. Sé que no encajo en tu puzzle de vida.

Le vi encogerse ligeramente, quizás de vergüenza, o quizás de culpa, pero no me contradijo. Ambos sabíamos que mis palabras eran ciertas.

- Aún te amo, y me cuesta pensar como eso no es suficiente, pero de alguna forma no lo es.

- El amor que lo repara todo es para las películas, sabemos eso – dije, sintiendo algo dentro de mí contrarse de dolor – tarde o temprano quizás hubiera sido peor intentar forzar algo que ya no…funciona como antes. Nos habríamos hecho aun mas daño.

Aunque lo dudaba. Dudaba que pudiéramos habernos herido peor que esto.

- Creo que hemos estado juntos demasiado tiempo…creo que no nos dimos tiempo o lugar para madurar. Podríamos seguir así, Ichigo… estoy cómodo contigo, siento amor por ti…pero creo…creo que nos merecemos algo mejor que simplemente comodidad. Nos merecemos el tipo de amor que nos hace sentir dolor si no podemos estar con el otro.

- Nos merecemos que no vernos sea insoportable – comprendí.

Nos quedamos callados durante un rato. Los dos sin nada más que decir, no más gasolina que echar en nuestra relación, no más empuje sobre la colina. Ya no había lo que agregar, y sin embargo, durante lo que pareció una eternidad, ninguno de los dos quiso moverse. Quizás porque levantarnos e irnos por la nuestra significaba darle el toque de realidad que nos faltaba, significaba no poder escondernos más detrás de una máscara, y no estábamos listos para eso todavía.

Sentados allí mismo, ambos mirando hacia adelante sin realmente ver a nadie a nuestro alrededor, nos olvidamos del pase del tiempo hasta que la temperatura bajó y temblé de frío. O quizás no solo de frío.

- ¿Sabes? Algunas veces sentí miedo por el día en que te aburrieras de mí y me dejaras – le conté, sin saber exactamente porque le estaba diciendo esas cosas, solo quería decírselas – pero nunca consideré ver el día en que yo estaría de acuerdo con terminar las cosas contigo…ni siquiera estoy segura si eso es lo que quiero, o lo que necesito. He tenido sentimientos por ti por tanto tiempo… más tiempo incluso de lo que nuestra relación ha durado porque siempre me gustaste, incluso cuando no sabías quien era yo. Mi vida rodeaba la tuya que ya…ya no sé…ya no sé cuanto te necesito.

- Lo sé, Ichigo, pero esto tampoco tiene porque ser necesariamente un final…una pausa quizás…un momento para ver quien somos fuera del otro. Que sueños tenemos, que planes incluyen al otro, o si hay alguien más a quien queremos…

Me pregunté si ese comentario iba dirigido a mí o hacia él. Sabía que Masaya no tenía manera de conocer lo que la vuelta de Kish había provocado en mi persona. Los sentimientos que habían surgido en mí casi sin que yo me diera cuenta, o los besos robados de los cuales aún me sentía culpable, especialmente porque los había disfrutado de una manera en que no había disfrutado los suyos. Me pregunté si inconsciente él sabría que mi corazón había estado tan confundido últimamente, y que otra persona había inundado mis pensamientos. No necesariamente con amor pero…con algo.

Me pregunté incluso si a él le habría ocurrido algo parecido a mí. ¿Había alguien más a quien Masaya quería ahora mismo? ¿Alguien que quizás danzaba por su mente más de lo que yo lo hacía? ¿Una persona que le hiciera sentir que necesitaba ver todos los días?

Quería saberlo, tanto como quería no saberlo nunca.

- Si al final nos damos cuenta que vale la pena luchar por lo nuestro, volveremos mas fuertes, y si no…ahí tendremos nuestra respuesta, y cada uno tendrá el mejor futuro que puede visualizar – me aseguró él – sea como sea, estaremos bien.

Sonreí ligeramente ante su intento de ver el lado positivo, incluso en una ruptura. Solamente Masaya podía ver lo bueno de cada situación, buena o mala. De repente me di cuenta que ya no tendría eso en mi vida, que ya no recibiría sus estúpidamente considerados y positivos consejos, y mi corazón prácticamente se rompió en dos dentro de mi pecho.

Las lágrimas corrieron tan deprisa que me nublaron la vista de su rostro.

- Estos dos años contigo han sido perfectos…realmente perfectos. Por favor no pienses que hay algo que alguno de los dos hizo mal…es simplemente…

- La vida – contesté – lo sé.

Él me abrazó entonces, y durante un buen rato, no me soltó.


No sé cuanto tiempo me quedé allí sentada, derramando lágrimas e intentando no parecer absolutamente rota por dentro a cada persona que pasaba. Claramente no hice un buen trabajo porque más de uno se detuvo en su caminata a preguntarme si me encontraba bien. Como pude respondí que no sucedía nada, que no necesitaba llamar a nadie, que no necesitaba ayuda. Por fin la gente se dejó de acercar a mí, dejaron de notar mi presencia en absoluto hasta que al final me volví tan invisible como me sentía por dentro, pero no me sentí realmente mejor.

Una vez más comencé a repasar en mi cabeza toda la conversación que se había desarrollado entre Masaya y yo esa tarde. Fui frase por frase, palabra por palabra, letra por letra, comos si así pudiera encontrar alguna especie de código secreto capaz de darme a entender que nuestra relación no acababa de terminarse, que había malinterpretado nuestro final. Pero todo lo que podía recordar era Masaya diciéndome que todo era diferente ahora, que ya no me veía de la misma manera.

No te visualizo allí, me había dicho al hablar de su futuro.

Su comentario aún dolía, como una flecha que no había sido correctamente removida y había dejado atrás una herida sin curar. Frecuentemente tenía que recordarme a mí misma que Masaya no había sido en absoluto cruel conmigo, todo lo contrario, mi nov…ex novio, había demostrado estar sufriendo tanto como yo por el cambio en sus sentimientos.

Y en los míos, me recordé, porque yo tampoco podía hacerme la desentendida.

Después de todo, yo también había comenzado a verle bajo otra luz, a no poder proyectarme en un futuro junto a él, a sentir irritación o desinterés por temas que en el pasado habría adorado hablar con él, por el simple hecho de que lo había adorado completamente a él. Aún amaba a Masaya, eso lo sabía sin ninguna duda, o el dolor dentro de mi pecho no me habría sacado tantas lágrimas. Pero era un tipo de amor menos intenso, menos arrebatador que cuando le había visto años atrás en la escuela y decidido que él era el chico para mí. Era un tipo de amor que no estaba segura no se desvanecería con el tiempo.

Ahora mismo sin embargo, no podía pensar en la posibilidad de cortar completamente a Masaya de mi vida. Habíamos quedado en quedarnos en una especie de pausa, intentar conocernos a nosotros mismos, aclararnos las ideas e incluso…probar salir con otras personas, y así ver que tanto nos extrañábamos mutuamente. La idea de Masaya saliendo con alguien más, haciendo feliz a otra chica, generaba un grito en mi garganta y la necesidad de salir corriendo detrás de él como una patética damisela en una novela. La única razón por la que no lo había hecho todavía no tenía nada que ver con mi escasa dignidad, sino porque no quería confundir a Masaya más de lo que ya lo había hecho. Si iba a buscarlo en lágrimas, rogando que no terminara nuestra relación, sabría que accedería, porque su corazón era así de amable y nunca le había gustado verme llorar.

Pero entonces, ¿cuanto tiempo más podría fingir felicidad conmigo? ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que tuviéramos una nueva conversación sobre nuestros futuros? ¿Cuánto tiempo hasta que termináramos en malas condiciones en vez de buenas?

Un mes y medio atrás había estado absolutamente satisfecha con mi vida, y honestamente creído que no necesitaba absolutamente nada más para ser feliz. ¿Había sido ese periodo una mera ilusión? ¿Una forma de ocultarme a mí misma que me faltaba algo en mi vida, aún sin saber lo que aquello era? ¿Cómo podíamos haber terminado así? ¿En que momento nos habíamos descarrilado lo suficiente como para ameritar rendirnos?

Sentía que había pasado mucho más tiempo del que en realidad había transcurrido, y nuevamente me pregunté si era otra persona bajo mi piel diferente a la Ichigo que había dejado atrás antes de que todo este conflicto comenzara. No me sentía como una adulta experimentada, pero creo que estaba empezando a dejar atrás a la niña que había sido, y con ella, su manera de amar. Me pregunté como evolucionarían ambas cosas de ahora en más. Me pregunté si habría incluso más dolor en el futuro, o había alcanzo mi límite.

Sentí a alguien sentarse a mi lado sobre la banca, pero ni me molesté en quitarme las lágrimas de mi rostro. No me importaba aparentar estar bien ante nadie, mucho menos un extraño, y ni me digné a reconocer la presencia de quien estaba a mi lado.

Al menos no hasta que él habló.

- Ichigo…

Reconocería su voz en cualquier parte, la había oído demasiadas veces en las ultimas semanas como para olvidarme de la cadencia, de su tono, de su dueño.

Me di la vuelta sobre el banco y me encontré con un par de dorados ojos que ahora mismo dirigían una inmensa preocupación. Directamente hacia mí.

Diablos, debo verme desastrosa, pensé, tirando mi cabello detrás de las orejas y borrando mis lágrimas en movimientos casi violentos. No podía hacer nada por mis ojos probablemente enrojecidos, y un instante después me dije que aquello no era importante de todas formas. No tenía necesidad de verme bonita para Kish cuando mi corazón estaba roto por alguien más.

Miré a mi alrededor, preocupada de que alguien viese a una chica teniendo una casual conversación con una alienígena, pero aparentemente había estado más distraída de lo que pensaba, porque la noche había caído y en el parque ya no había nadie. Los únicos allí eramos Kish y yo.

- Siento aparecerme así – me dijo, mirándome fijamente, como si hubiese olvidado el contorno de mi rostro – no planeaba volverte a caer de sorpresa pero necesitaba hablar contigo.

- ¿Hablar? – pregunté, con voz ronca, casi rota.

- Si, sobre…bueno, sobre… sobre ti en realidad.

La manera en que respondió, como si estuviese temiendo mi reacción me dio a entender que esta era la conversación. La que nos habíamos manejado de evitar y echar bajo la alfombra durante la invasión de Saya en la Tierra. El elefante rosa en la habitación que habíamos ignorado por demasiado tiempo…pero ahora mismo estaba aquí entre los dos, y al parecer Kish había decidido que era hora de reconocer su existencia.

Entré en pánico entonces, porque creía saber lo que él podría llegar a decirme, y en el estado mental y emocional que me encontraba ahora mismo, sabía que no estaba en absoluto preparada para escucharle.

Me puse de pie de un salto, necesitando poner distancia entre los dos, y cuando lo miré, supongo que debió haber miedo en mi expresión, porque Kish pareció incluso más preocupado que antes.

- ¡No puedo hacer esto ahora! – solté de repente, nuevas lágrimas corriendo por mi rostro – yo no…ahora no puedo…

No terminé de hablar. No podía. El rechazo de Masaya seguía estando fresco en mi corazón, y no podía por ninguna razón del mundo ponerme vulnerable otra vez. Ya estaba rota por dentro, ¿Cómo podía concebir romperme aún más? Pero si tenía esta conversación con Kish ahora mismo sabría que eso pasaría, que mi delicado estado emocional terminaría por quebrarse, ¿y luego que quedaría de mí?

Como una cobarde, le rechacé incluso antes de que pudiera explicarse.

- No puedo hablar contigo – dije, esperando, muy sinceramente que me entendiera.

Pero ya no teníamos una conexión entre los dos como para permitir un intercambio de sentimientos sin palabras, y Kish no comprendió mi mensaje. Sus ojos parecieron apagarse, y en su rostro vi una mezcla de decepción y vergüenza. De repente pareció estar a miles de kilómetros de mí.

- Descuida, entiendo – contestó él, con una sonrisa que no llegó a sus ojos – yo solo...me iré…

- ¡No!

Aterrada a que fuera teletransportarse, me encontré a mí misma echándome hacia adelante y cerrando mi mano sobre su brazo con la suficiente fuerza como para dejar mis dedos marcados, pero no me encontré con el poder de aflojar mi agarre.

Tenía miedo que desapareciera si lo hacía.

- No me estas entiendo, no puedo hacer esto ahora…pero no puedo dejarte ir todavía.

Kish me miró sin comprender, ¿y porque lo haría? Yo no estaba teniendo ningún sentido, así que intenté explicarme un poco más:

- Masaya acaba de romper conmigo, o ambos rompimos con el otro, ya no lo sé…lo único que sé es que estoy dolida y necesito estar sola, pero si te vas sin que pueda hablar contigo…no voy a perdonártelo nunca.

La despedida era inminente, lo sabía. Saya ya se había dado media vuelta y largado por fin de mi planeta, por lo que yo y el resto de los humanos ignorantes estábamos a salvo. Eso significaba que ya no necesitábamos que Kish continuara jugando el papel de protector, y su presencia en la Tierra se había vuelto altamente innecesaria. El chico posiblemente necesitara volver a su planeta a encargarse de algún otro trabajo, o buscarse a otra prometida con la que armarse un futuro (una sin un lado psicópata preferentemente), y aquí en la Tierra no podía hacer nada de eso. No había razón para que perdiera tiempo en un planeta que no era el suyo.

Pero aún así no podía dejarle ir todavía. Si esta era la última vez que íbamos a vernos, la ultima vez que cruzaría palabras con este chico que me había dado vueltas la cabeza de tantas maneras, algunas malas, otra buenas, otras simplemente confusas, entonces quería una despedida. Me merecía la despedida. Y no dejaría que esta ocurriera mientras lloraba por otro chico. Ambos nos merecíamos toda nuestra atención.

- Estoy siendo una egoísta y lo siento, pero no puedes irte todavía, no puedo dejarte ir a millones de kilómetros de mí todavía – repetí – ¿me entiendes?

Y esta vez, sí que lo hizo.

- Esta bien, entiendo – asintió – te esperaré.

Respiré hondo, encontrando extraño el hecho de sentir como mi corazón se alivianaba y aquella molesta ansiedad rescindía ligeramente, como si hubiese necesitado escuchar aquellas mismas estúpidas palabras. De su boca, y de ninguna otra. No estaba preparada para darle vueltas al asunto, solo estaba aliviada de saber que él estaría ahí esperándome, cuando yo estuviera lista buscarle.

Soy una egoísta, me dije otra vez, pero sabría que no podría vivir conmigo misma si le dejaba irse de esta manera.

Kish sacó algo de entre sus ropas que reconocí como el comunicador que había utilizado en un par de ocasiones para hablar con él o con Pai, y me lo entregó en mis manos.

- En cuanto quieras solo háblame – dijo, sus dedos rozando los míos un par de segundos más tiempo de los necesarios antes de retirarse – esperaré lo que sea necesario.

Asentí, aliviada de que no me culpara por postergar aquel momento. Él me ofreció una ultima pequeña sonrisa, y luego se teletransportó. Yo me quedé allí de pie, con el comunicador en mis manos, y me pregunté cuando estaría lista realmente para utilizarlo.

Me pregunté si podría utilizarlo en absoluto.

Volví a sentarme sobre el banco sin darme cuenta, con varios pensamientos nadando sobre mi cabeza. No me levanté por mucho rato.


Planeaba que este fuera el último capítulo pero por temas de longitud y efecto decidí separarlo en dos partes. El siguiente capítulo, que es definitivamente el último (sé que lo dije varias veces, pero esta vez logré cumplir) ya está escrito, lo pensaba terminar de editar hoy y subir ambos juntos, pero sinceramente me ganó el cansancio. Lamento no haber llegado con mi objetivo, pero avancé muchísimo así que calculo que va a estar subido en un par de días.

En fin, espero que este capítulo les haya gustado, y apenas pueda estoy subiendo el último. Muchas gracias por leer y por dejar siempre comentarios, los aprecio muchísimo!