El sol hacia dos horas que se había levantado a dar los buenos días.
Sin embargo todavía había un bulto que se negaba a salir de la cama.
Hacia hora y media que se había despertado pero las nuevas sábanas y cobijas que llegaron ayer lo habían convencido para que se mantuviera abrazado por ellas y siguiera durmiendo.
¿Y como negar un abrazo a tan agradables damas?
Cuando abrió los ojos otra vez decidió volver a cerrar los hasta que su estómago rugió de hambre otra vez.
— Bueno, será mejor que coma algo para no morir de hambre. — dijo mientras se levantaba y salía de la cama.
— Bien, hora de empezar otro día de no hacer nada. — dijo mientras es tiraba sus músculos y se acercaba a la campana que colgaba de un hilo café al lado de su cama.
La campaña de oro con el hilo café; esa campana siempre había estado ahí desde que tenía memoria. Una campana que al tirarla llegaría un criado a vestirlo y prepararlo para su día.
Que sin embargó hoy se rehusó a usar.
— Prefiero vestirme yo mismo hoy, esos viejos están lejos de todas formas. — se dijo a si mismo mientras se acercaba al armario de roble y sacaba sus ropas del día.
Dentro de este había trajes marrones de diferentes tonos del mismo color, unos eran clásicos; y otros eran más modernos intentando innovar y hacerse especiales con pequeños adornos plateados.
Mientras se acercaba a tomar el traje, vió otro, este era de tono verde oscuro con varios retoques, y debido a su color era el más destacado en el armario.
Era un hermoso traje, traje que había utilizado en algunas ocasiones.
Después de observarlo un rato, decidió vestirse con él. Un poco de vida no vendría nada mal para el día.
Luego de vestirse se dio la vuelta e hizo su cama mientras observaba de vez en cuando un cuadro enorme que tenía encima de está.
No era un cuadro muy profesional y tenía varios errores en la anatomía y un alguna que otra sombra y luz puesta en el lugar equivocado.
Este tenía la imagen de él y su hermano jugando juntos, ambos estaban contentos y tranquilos.
Lo miro unos segundos y luego se fue del cuarto en dirección a la cocina.
Las escaleras y pasillos que lo llevaba a las cocinas reales estaba llenos de esculturas, jarrones con flores, y cuadros, varios de estos últimos tenían el mismo estilo y forma que él que estaba colgado en su cuarto.
Con pinceladas sueltas en objetos como arboles o lagos; y precisas para los personajes principales. Y algún que otro error pero ya en menor medida.
Todas las pinturas con este estilo tenían como temática principal a la familia en un ambiente natural idealizado o fiestas del reino teniendo como protagonista a la comida.
Pinturas en las que predominaban el rojo y el verde; y en algunas ocasiones el amarillo.
Mientras pasaba iba pensando en que desayunar para el día de hoy.
— Creo que le diré a Antonio que prepare unas empanadas.— se dijo a si mismo mientras pensaba en las posibles opciones — Sin embargo tardaría mucho, mejor tomaré lo que sea que tenga y se vea bien. — se dijo mientras bajaba las últimas escaleras hacia la entrada del palacio.
Ante la llegada del joven, los dos guardias que custodiaban la puerta lo miraron sorprendidos.
— Muy buenos días, su alteza imperial. — saludo uno de los soldados.
— Bastantes buenos, supongo. — respondió con voz cansada el chico.— Podríais dejarme salir, no he desayunado y tengo hambre.
— ¿No habéis desayunado? Pero si mis humildes ojos os vieron en el desayuno real.
— Me lo perdí, estaba durmiendo. Ahora, abre la puerta. — le replicó con enojo y hambre al guardia.
— Por supuesto, su alteza imperial. — le respondió confundido y dirigió su mirada a su compañero quien asintió.
El otro saco las llaves y ambos abrieron la puerta a un muy desesperado príncipe que pasó de estar hambriento a famélico.
— Que tenga muy buen día, su alteza imperial Feliciano. — le desearon ambos guardias.
Ante el saludo el joven se quedó tieso y eso provocó la misma reacción en los guardias además de miedo y preocupación porque ya no sabían que había hecho mal esta vez.
— ¡Soy Lovino, pedazos de ignorantes! — les grito a ambos muy enojado y alterado.
— ¡Ah! ¡Perdone nos, su alteza imperial Lovino! — respondieron en llanto ambos mientras se arrodillaban ante el.
— ¡Iros a la porra! ¡Si no tuviera hambre os azotaría a ambos! — les respondió mientras salia del castillo.
Era suficiente con que bloquearan el camino de su estómago a la felicidad también tenían que confundir su nombre.
¿Es que todos los dioses a los que les besan los pies planearon fastidiar su dia?
Eso era lo que pensaba mientras cruzaba el corredor de flores, este estaba adorando por lirios, crisantemos y margaritas.
Tras abandonar el corredor y cruzar el jardín, por fin pudo llegar a su destino, las cocinas reales.
A diferencia de otros palacios, estas estaban fuera del palacio debido al humo que se soltaba al cocinar.
Por lo que se ubicaban fuera, a unos cuantos metros de éste.
Las cocinas reales estaban en un edificio de una sola planta pero bastante grande con cinco habitaciones; dos cocinas, dos despensas y un horno gigante.
El joven se acerco y tocó la puerta.
Enseguida salió una de las cocineras que lo saludo con una sonrisa y una reverencia.
— Buenos días, su alteza imperial Feliciano. ¿En que podemos servirle el día de hoy?
— Solo dejame pasar, tengo que ir a ver al chef Antonio.
— Oh, por supuesto. Espere dentro y lo llamaré enseguida. — le contestó con una amable voz.
— No te molestes, lo buscare yo mismo. — le respondió molesto mientras se adentraba en el edificio empujando un poco a la señora en el proceso
Dentro del edificio todos le saludaron de la misma forma, siempre con el mismo apelativo y el condenado nombre seguido de él.
— Buenos días tenga, su alteza imperial Feliciano.
— Su alteza imperial Feliciano, ¿que le trae por aquí?
— Alteza Imperial Feliciano ¿que busca en las cocinas? ¿en que podemos servirle?
— Alteza imperial Feliciano, nos honra con su llegada, ¿como le podemos ayudar?
Los idiotas seguían con los mismos apelativos y sonrisas estúpidas de oreja a oreja. Y Lovino hacia lo imposible por no agarrar a uno y meterle el mango de la cazuela por la garganta.
Estaba a punto de hacerlo hasta que vio a Antonio, un hombre que rondaba los 45 años, que se encontraba hablando con una de los cocineros, por lo que se acercó a él.
— De veras, fue tan extraño que... — le contaba tranquilamente a su compañero hasta que fue interrumpido.
— Tengo hambre, preparame algo de comer. — le ordenó con voz clara y demandante.
— Oh, su alteza Lovino, ¿en que puedo ayudarle?
— He dicho que me des de comer, sordo. Ahora no me digas que quieres que te lo repita. — le ordenó exasperado a lo que Antonio suspiro.
— Me encargaré de él, luego te contaré el resto. — le dijo a su compañero.
—Si, adiós chef Antonio, adiós su alteza imperial Lovino. — se despidió de ambos y se fue.
— Bien, acercate a la mesa y dime que quieres.
— Dame lo que haya que sea bueno, no tengo tiempo para esperar a que hagas algo. — le dijo muy cansado mientras se sentaba a la pequeña mesa que ahí había.
—¿Esta hoy ocupado? Pensaba que tendrías una larga jornada de no hacer nada. — le dijo con una sonrisa socarrona mientras tomaba unos cuantos pasteles y ponía a hervir el té.
— ¡Si, estoy ocupado! ¡Por tales palabras podría ordenar meterte en prisión! — respondió enojado a sus insultantes palabras.
— ¿Y que hará hoy, su alteza? — pregunto indiferente.
— Eso es asunto mío, no asunto tuyo.
—Si no tiene nada que hacer podría prepararse para mañana.— comentó a lo que llamó la atención de Lovino. — Los tomates estarán listos para recogerlos mañana, si quieres ven y ayudame, se que te gusta verlos cuando están maduros.
— ¿Le estas pidiendo alguien de mi categoría hacer trabajo de plebeyo? ¡Estais mal de la cabeza si creéis que haré tal cosa!
— No estamos en palacio, no tienes porque hablarme con esos aires, Lovi.
— ¡No me llames así! — le replicó enojado. — ¡No soy un niño pequeño!
— Tienes razón, ya no eres un niño adorable e inocente. — dijo con una voz burlona.
— Exacto. — sonrió de oreja a oreja.
— Eres un adolescente descarado y malcriado. —le dijo franco, Antonio.
— ¡No es verdad!
— Si lo es.
— ¡Que no!
— Si, Lovi, no hagas una escena. — le dijo con una voz tranquila.
— ¡No estoy haciendo nada, eres tú el que me esta provocando! — le reprochaba ofendido.
— Supongo que tienes razón, lo siento. — le dijo mientras le servía los pasteles con una taza de té. — ¿Como esta tu hermano?
— Agradecería que no me preguntaras por Feliciano, su nombre me retumba en los oídos.
— ¿Habeis vuelto a pelear?
— No, solo que otra vez los idiotas no entienden cosas tan simples como es distinguir a una persona de otra.
— Sois gemelos, no es algo fácil. — le respondió mientras se sentaba en la mesa. — Deberías ser más tranquilo y educado con los demás.
— Callate, estoy comiendo. — le contestó mientras se metía un pastel en la boca.
— Me preocupas Lovi.
— ¿Ehh? — lo miro confundido. — ¿Y eso por qué?
— Te has saltado el desayuno real por dos semanas y no saliste de tu cuarto todo el día de ayer.
— Estaba ocupado.
— ¿Durmiendo?
— No es asunto tuyo. — le replicó enojado.
— Tu hermano será el rey, ¿lo sabes verdad?
— No hay día en el que no me lo recuerden, gracias. — le dijo mientras tomaba un mordisco a su pastel. — Y me da bastante igual.
— ¿Que harás cuando eso pase?
— ¿Tengo que hacer algo? — le miro confundido.
— ¿No vas a intentar hacer nada? Tu hermano es listo y trabajador pero es joven como tú, y manejar un Imperio es una gran responsabilidad. — le dijo con una voz tranquila pero sería. — Él necesita que tengas igual o más conocimiento para que lo ayudes o le des un consejo de vez en cuando.
— ¿Y como planeas que haga eso? —dijo mientras dejaba de lado lo que quedaba de su desayuno. — Por si lo has olvidado, a mi padre poco le vale lo que pase conmigo y mi madre esta ocupada haciendo su cama en diferentes casas nobles, poco papel tengo ahí. — le respondió con apatía para abandonar la mesa pero antes de irse fue retenido por Antonio, quien le agarro del brazo.
— Pero Feliciano es tu hermano, y en unos años será rey. Él te dará un título si te lo mereces y lo podrás ayudar en su trabajo. Espero que recuerdes eso.
— Lo tendré en cuenta, como tengo en cuanto los rumores que corren por palacio.
—¿A que te refieres? -preguntó confundido pero manteniendo su agarre firme.
—Rumores que dicen que te metiste bajo las faldas de mi madre; y por eso eres amable y paciente conmigo. — le contestó en apatía lo que dejó mudó al chef quien soltó su brazo instintivamente. — Pero por el momento no lo creo, no me has dado razones para ello.
Tras decir estas palabras abandonó las cocinas reales y se dirigió una vez más a su habitación.
Abrió la puerta de su cuarto y le dió la bienvenida aquel cuadro inmenso que luego ignoró.
Se acercó a su cama y se metió bajo las sabanas otra vez mientras poco a poco se quedaba dormido.
Bueno, aquí está el primer capítulo.
Lo lamento si he cambiado el original pero después de tanto marear a la perdiz me di cuenta que el problema era el inicio.
En fin, espero que les haya gustado.
Y sí , puede que este Lovino orgulloso no sea del agrado de todos pero no se preocupen que pronto veremos que pasará con él.
Hasta la próxima.
Atentamente; Sombrero Volador.
