El joven infante iba caminando por el interior de una bóveda, cuyo camino provocaba un eco con solo avanzar un paso.

— ¿Que sitio será este? — se preguntaba el joven infante mientras avanzaba de forma extraña pero despreocupada, como si todo fuera lo más normal del mundo.

No recuerdo haber venido nunca por aquí. Quizás son las nuevas reformas de ese viejo.

Avanzó lo que creyó serían seis minutos a paso normal y entonces divisó la salida.

Una vez abandonada la bóveda se encontraba frente a un hombre que llevaba un cono de tela en la cabeza que la cubría por completo además de una enorme túnica adornada con detalles dorados, ambas prendas tenían en común el café.

Este se hallaba preparando lo que parecía ser incienso para su lámpara.

— Eh, ¿sabes que es este lugar? — se apresuró a preguntar al hombre , lo que ocasionó que este dirigiera su mirada hacia el infante.

Su rostro daba miedo, una parte por el traje que ocultaba todo su ser y la otra era porque se le quedó observando fijamente a través de las cuencas vacías del cono de su cabeza.

— Emm, ¿podrías dejar de mirarme? Es incómodo. — ante esto, el tipo solo siguió mirándolo fijamente. — Ehh,mejor me voy. — dijo incómodo por la situación para luego alejarse unos cuantos pasos del sujeto.

Cuando estuvo a una distancia segura del extraño, se dio la vuelta y empezó a avanzar en linea recta por el lugar.

El entorno en el que se encontraba era un hermoso jardín lleno de lirios blancos que en su conjunto conformaban un camino.A lo lejos pudo divisar una especie de edificio imponente y se dirigió con más prisa hacia él.¿Era su imaginación o un coro de voces angelicales daban música al entorno?

Habría seguido avanzando sin embargo no paso mucho tiempo hasta que sintió dos brazos tomarlo por la cintura y darle un cálido abrazo.

— ¡Ahhh! ¡¿Que significa esto?! — gritó para luego observar que era aquel sujeto que dejo atrás. — ¡¿Que se supone que haces?! — gritó mientras forcejeaba intentando librarse del abrazo.

Entre forcejeos, aquel sujeto abrazaba con mas fuerza buscando inmovilizarlo.

— ¡Socorro, ayudenme! ¡Auxilio! — gritaba desesperado al sentir las manos del sujeto en su abdomen.

Tras un buen rato de intentos aquel sujeto logro su objetivo, y una vez conseguida la meta susurró en la oreja de Lovino.

— Lovino, es muy cómodo. — dijo con una voz suave y armoniosa.


Lovino despertó de inmediato y notó que todavía seguía en su cama arropado con las sabanas y mantas.

— Uf, menos mal que fue un sueño. — se tranquilizó así mismo mientras acariciaba su abdomen.

Sin embargo no fue mucha su tranquilidad pues enseguida noto unas manos aferradas a él, que al sentir el movimiento se aferraban aún más a su cuerpo.

Lovino se quedó mudó del miedo, no sabía que hacer, si gritaba podía resultar herido; sino lo hacía podía resultar secuestrado o mucho peor.

Vale, Lovino, tranquilizate. Mantén la calma. — se tranquilizaba en su mente a sí mismo. — Solo, no grites. —Nada más se dijo eso, su acompañante de cama se aferró aún más a su cuerpo mientras pasaba una pierna por encima de su muslo.

Esto lo puso en más alarma, así que empezó a voltear su cabeza al extraño, que con suerte sería más débil que él.

Que sea un enano, que sea un enano, ¡que sea un enano! ¡Ahhh, malditos guardias incompetentes! ¡No sirven para nada!

Al girar la cabeza, observo que un rizo errante muy conocido chocaba contra su nariz.

Aquello causó un volteó en sus emociones de 180 grados.

— ¡Duerme en tu propia cama, Feliciano! — grito enojado y exasperado mientras lo pateaba lejos de su cuerpo.

— ¡Ahh, la pasta no! — grito presa del miedo de una pesadilla. — ¿Eh? — observó confundido a Lovino. — Ah, ya estas despierto Lovi. ¿Dormiste bien? — le preguntó con una sonrisa de oreja a oreja.

— ¡No! ¡Como iba a poder hacerlo si no parabas de abrazarme! ¡Me ibas a asfixiar, animal! — le grito exasperado.

— Ah, jajajaja. Perdón, hermano. Es que te veías tan lindo que no pude evitarlo. Y las mantas eran súper cómodas.— le dijo con una sonrisa despreocupada.— Un día me las tienes que dejar.

— ¡Ni una mierda! ¡Son mías! — volvió a gritarle enojado.

¿Quien se cree? Primero lo asusta y luego le quiere robar sus mantas. ¿Acaso esta borracho?

— Bueno, si no me las dejas, dormiré aquí. — le dijo alegre mientras volvía a taparse y acomodarse en las mantas. — Dulces sueños, Lovino.

— ¡O no, eso si que no! ¡ Lárgate! — gritaba mientras intentaba sacarlo de su cama.

— ¡Nunca! — le respondió riéndose mientras se aferraba a las mantas como un gato.

— ¡Vete de mi cuarto!

— ¡No!

— ¡Que te largues!

— ¡Lovi, no seas malo! ¡Tus mantas son cálidas, comparte las conmigo!

— ¡Jamas!

— Entonces, no me voy.

— ¡Largate!


Tras una larga discusión sobre la potestad de las sábanas y las mantas pudieron llegar a un acuerdo.

Las sábanas y las mantas eran de Lovino así que de su cuarto no se movían pero una vez a la semana Feliciano podía dormir con él.

— Y ¿para que has venido? Pensaba que estabas ocupado hoy. — le preguntó Lovino.

— Ah, sí. Pero termine varias cosas ayer y como tenía unas horas libres en la mañana decidí acabar un cuadro y vine aquí para regalarte lo. — le respondió contento. — Como estabas durmiendo tan plácidamente decidí colgarlo por tí.

— Ah, ya veo. Aun así no deberías haber hecho eso, casi me matas del susto. Y sabes que no me gusta que entres como un furtivo. — le regaño Lovino.

— Jajaja, sí, lo siento. — río pero con un rostro de vergüenza.

— ¿Y dónde está el cuadro? — preguntó curioso sobre la nueva obra de arte de su hermano.

— Ah, lo colgué al lado de tu armario. — señalo la pintura. — ¿Te gusta?

La pintura era un retrato de cuerpo entero de Lovino pintado con el mismo estilo que la enorme pintura de su habitación. El estilo característico de Feliciano.

En la pintura, Lovino estaba en un fondo grisáceo y lucia un traje adornado con detalles dorados y compuesto de: una camisa blanca; pantalones de color café; una gorra adornada con pequeñas esmeraldas y un poncho del mismo color verde; además de unas elegantes botas negras que llegaban cerca de la rodilla.

De joyería llevaba varias cadenas doradas que colgaban del poncho y de su pantalón.

— Si, es hermoso. Esta vez te has superado, es precioso. Muchas gracias por pintarme, Feliciano. — le sonrió agradecido a su hermano. — Es un cuadro maravilloso.

— Gracias, y veo que estas usando el traje que te hice. — le sonrió.

— Si, es mi favorito. Pensé que el día de hoy necesitaba más color que un aburrido café.

— Me alegra que te guste. El verde combina bien con tus ojos. — le dijo sonriente.

— ¿Hay algo que no lo haga? — le contestó con una sonrisa orgullosa.

— Jajaja, el rosa quizás.— le dijo mientras se reía y se sentaba en el colchón. — ¿Has desayunado? No te vi en el desayuno ni en todo el día de ayer.

— Me encontraba enfermo. — le respondió franco.

— No, no es verdad. ¿Tenias problemas para levantarte de la cama, hermano? — sonrió orgulloso y burlón.

— ¡Que estaba enfermo! ¡¿Así te burlas de tu pobre hermano que se estaba muriendo ayer?! — le contestó bruscamente por su burla.

— Jajaja, sí, lo que tu digas, hermano. — siguió riendo unos segundos más hasta que observo que Lovino ya estaba calentandose demasiado. — Por cierto, ¿viste a Antonio?

— Si, pero tuvimos una discusión, nada importante. Estaba molestando demasiado.

— ¿Sobre qué discutieron? — preguntó preocupado.

— ¡Eh! — se sobresalto asustado. — Sobre nada importante, no te preocupes. — le respondió nervioso.

— No deberías pelear con él, Lovino. Es tu único amigo.— le dijo con un rostro triste.

— ¿Que te hace pensar eso? Tengo más amigos. — respondió ofendido.

— ¿Quienes?

— Emm, pues esta... Bah, eso no importa, no me apetece hablar ahora con él. — decía con orgullo aunque una parte considerable de su alma buscaba alguna forma de disculparse con el cocinero.

— ¿Entonces no participaras en la cosecha de tomates?

— ¡¿Por que iba yo a cosechar tomates?! ¡Eso lo hacen los plebeyos, ignorante!

— Bueno, si tu lo dices. — comentó triste. — Volveré a mi cuarto, tengo tarea que acabar. Si necesitas hablar conmigo, llámame— dijo mientras se levantaba de la cama.

— No te preocupes por eso. — le respondió seco.

— Te aconsejaría que fueras a hablar con él, no debes dejar que una discusión os aleje. — le dijo mientras estaba a punto de salir de la habitación.

— Adiós, Feliciano. — le despidió con una voz seca.

— Adiós, Lovi. — dijo mientras abandonaba la habitación.


Bueno, aquí está el capítulo 2. Espero que les haya gustado.

Dejen su opinión o consejo en los comentarios.

Y hasta la próxima.