Ya habían pasado dos horas desde que su hermano había abandonado su cuarto, durante ese tiempo había tomado una *pequeña* siesta y cuando ya no pudo seguir durmiendo sacó un lienzo que tenía guardado en un viejo arcón y se puso a continuarlo.
En su mente parecía una buena idea para olvidar lo de hace unos momentos, lastimosamente con cada pincelada recordaba a Antonio.
—Tu hermano será el rey, ¿lo sabes verdad?
— No hay día en que no me lo recuerden, idiota. — dijo con un ceño fruncido mientras intentaba mantener el pulso del pincel en una línea y pintar las sombras del rostro.
— ¿No vas a intentar hacer nada? Tu hermano es listo y trabajador pero es joven como tú, y manejar un Imperio es una gran responsabilidad. — le dijo con una voz tranquila pero sería. — Él necesita que tengas igual o más conocimiento para que lo ayudes o le des un consejo de vez en cuando.
— Feliciano no necesita mi ayuda. Él estará bien sin mí.— dijo con molestia mientras procedía a cambiar el tono de un color en la paleta.
—¿Que harás cuando eso pase?
— Eso no te importa.— hablaba a si mismo con enojo.
—¿Que harás cuando eso pase?
— He dicho que no te importa, callate. — apretaba con fuerza el mango del pincel.
—¿Que harás cuando eso pase?
— ¡No te interesa! ¡Es mi vida! — grito con furia mientras su mano se movía con fuerza en la paleta.
Cuando levanto su mano se dio cuenta de dos cosas: la brocha de su pincel estaba negra, fruto de la furia que mezcló todos los colores de la paleta; y la otra cosa de la que se dio cuenta, es que estaba llorando.
— Viste... ¿viste lo que he hecho? — decía con lágrimas en los ojos. — Esta es la razón por la que no podría ayudar jamás a Feliciano. Porque soy...
— ¿Tu, un rey? Jajaja, ¿estas loco? — comentaba riéndose. — ¡¿Suficiente vergüenza nos causas siendo infante y quieres ser rey?! Preferían ser colgada de la torre más alta que coronándote rey. — así se reía su madre aquel día.
—Soy un inútil. — dijo apretaba sus labios intentaba contener las lágrimas.
— Eres una vergüenza, ojalá no te hubiera parido. — se asqueo ella al verlo llegar.
— ¡Pues si no me querías, no haber abierto las piernas, maldita zorra! — grito con furia y llanto mientras tiraba al suelo su paleta de colores.
Mientras más pensaba en sus padres más frustración y enojo sentía.
— Desde ahora no continuaras con tus estudios. Ni carrera eclesiástica, ni militar y menos la Real. Nada, no harás nada. No sirves para nada. — le ordenó su padre con una voz frívola.
— ¡¿Y que quieres que haga entonces?! ¡¿Que quieres de mi?! — gritó mientras agarraba su cuadro a medio acabar y lo guardaban con fuerza junto a su caballete en el viejo arcón.
Una vez guardado su vieja pintura, corrió hacia su cama y se metió bajo las sábanas y las mantas.
El calor de las sábanas y mantas junto a la comodidad de su cama siempre lograban darle un abrazo confortante.
— Patético. — Fueron las voces que resonaron en su cabeza.
— ¡Os odio, os odio!— lloraba mientras se ocultaba bajo sus sábanas y seguía intentando calmarse.
Pronto se acercaba la hora de la merienda y se estaban preparando los bocadillos tanto de la realeza como la nobleza.
— Señor, la merienda de la nobleza y el joven Feliciano ya están listas. — le dijo con una sonrisa.
— Fantástico. — contestó con una sonrisa mientras terminaba de hacer un zumo de tomate. — Yo también he terminado con este.
— ¿Por que ha hecho otro, jefe? — preguntó desconcertado el cocinero.
— Para Lovino. — respondió mientras se lavaba las manos tras terminar con el zumo. — Dudo que salga hoy también, probablemente se quedará encerrado en su cuarto.
— ¿Quien? — volvió a preguntar confundido.
— El hermano mayor de Feliciano, él de ojos verdes. — aclaró algo cansado.
— Ah, ya lo recuerdo. — comentaba con una mueca. —Pensaba que estaba en el reformatorio.
— No, sigue aquí. — contestó mientras ordenaba todo en su bandeja.
— Pues buena falta le hace, ese niño es un gamberro y un malcriado.— le dijo franco. —Aún recuerdo la fiesta de cumpleaños del rey. La tarta acabo en boca de todos sin necesidad de cubiertos. Jajajaja. — rió al recordar aquel acontecimiento.
— Si, es un malcriado. — rió a su lado, Antonio — Pero gamberro o no, tenemos que alimentarlo si queremos que nos alimenten también. — dijo con una voz suave mientras ordenaba todo en la bandeja.
— Sí, tienes razón. Oye, ¿vendra tu amigo a ayudar con la cosecha?
— No lo creo, parecía ocupado. — contestó apenado.
— Es una pena, a ese niño si que le encantan los tomates. — contestó apenado también.— Pareciera tener sus manos bendecidas por los dioses, recoge a la velocidad del rayo y sin dañarlos.
— Si, si que lo parece. — dijo mientras tomaba la bandeja. — Bueno, voy a dejar esto en la habitación de su alteza imperial Lovino.
— ¿Eh? ¿Seguro que quiere hacerlo? Podría llamar a un sirviente y que lo deje. — ofreció amablemente.
— No, no te preocupes. Prefiero hacerlo yo mismo, así me aseguró de que sigue vivo y no nos mandan a la horca. — le dijo feliz mientras llevaba una sonrisa de oreja a oreja.
— Jajaja, tu mandas, jefe. — le dijo riéndose para después volver a su trabajo.
Antonio se despidió del resto de los cocineros y salió del edificio con la bandeja dando una última ojeada a las cocinas.
Mientras pasaba por aquel pasaje de flores iba recordando su conversación anterior con Lovino.
— Pero Feliciano es tu hermano, y en unos años será rey. Él te dará un título si te lo mereces y lo podrás ayudar en su trabajo. Espero que recuerdes eso.
— Lo tendré en cuenta, como tengo en cuanto los rumores que corren por palacio.
—¿A que te refieres? -preguntó confundido pero manteniendo su agarre firme.
—Rumores que dicen que te metiste bajo las faldas de mi madre; y por eso eres amable y paciente conmigo. — le contestó en apatía lo que dejó mudó al chef quien soltó su brazo instintivamente.
Había estado pensando en aquella conversación desde que Lovino se fue de las cocinas reales.
Se hirió la mano con el cuchillo en más de una ocasión mientras cocinaba por andar pensando en eso.
— Pero por el momento no lo creo, no me has dado razones para ello.
Mientras las otras palabras llenaban de remordimiento su corazón, las otras hacían brotar una alegría egoísta
— Aún no tienes motivos, y espero que nunca los tengas. — se dijo así mismo con una apática sonrisa. — Por lo menos así puedo estar contigo.
Ya había cruzado varios pasillos del palacio en dirección a la habitación de Lovino.
Algunos de los cuadros repartidos por las paredes tenían temática y estilo similar.
— Se nota que son de Feliciano, va mejorando. — decía admirado mientras buscaba con la mirada algún que otro de Lovino.— Cierto, él ya no pinta. Es una pena, eran realmente bonitos — dijo con una sonrisa apenada.
— Que lindo, Lovino. — decía mientras observaba el cuadro. — Es un sapo realmente bonito.
— Es una basura. — contestó fríamente el niño de 8 años.— La anatomía esta mal y los colores son demasiado brillantes.
— Bueno, eres pequeño. Ya mejoraras con el tiempo. — dijo mientras le acariciaba la cabeza. — Nadie nace sabiendo. — le regalo una sonrisa.
— ¡Mentira! ¡Feliciano dibuja y pinta mejor que yo y tiene 7 años! — gritó mientras agarraba el dibujo del sapo y lo arrugaba. — ¡Esto es basura!
— ¿Eh? ¿Y eso quien lo dice? — le preguntó con un ceño fruncido y con algo de ira en su corazón.
— ¡Lo digo yo! — se alejo con furia. — ¡Es basura!
— ¿Tu crees que es basura?
— ¡Si! ¡Porque lo es!
— Bueno, pues para mí es una obra de arte. — sonrió mientras tomaba la bola de papel de las pequeñas manos del niño y abría la hoja que ahora estaba arrugada. — Y la guardaré como un tesoro. — comentó mientras le secaba las lágrimas con un dedo.
— Eres un idiota, ¿como puedes amar la basura? — le preguntó confundido.
— Porque no es basura, es arte. — le dijo mientras lo abrazaba.
— Eso era arte, yo soy basura y siendo basura cree arte. Irónico.— dijo parado mientras observaba la puerta del cuarto de Lovino. — O por lo menos eso quiero creer.
Antes de tocar, tomó unas cuantas respiraciones para controlar sus emociones.
Tras dos veces de hacer lo mismo, tocó la puerta tres veces.
— Alteza Imperial Lovino, ¿estais en vuestro dormitorio? Os he traído el almuerzo.
Mientras tanto, Feliciano se encontraba estudiando la historia de su reino acompañado por su tutor personal.
Por el momento ya había resumido hasta la Guerra de los olivares, un enfrentamiento que tuvo su gente con antiguas tribus originarias del Bosque de Pélope, un bosque que rodeaba la actual capital del imperio.
— Esta historia seria mas entretenida si solo tuviera que leerla una vez. — comentaba entre bostezos. — Y no tantas.
— Una buena historia siempre debe ser leída dos veces, su alteza. — le dijo su tutor con una voz seria.
— Si, dos veces pero no treinta. ¡Me aburro! ¡Quiero dormir! — se quejó Feliciano.
— A menos que quiera dolores de espalda de estar sentado, le sugiero que termine de una vez. No se levantara, hasta que lo acabé.— le regaño su tutor.
A regañadientes, obedeció a su tutor pero mientras pasaba a limpio sus resúmenes, se oyeron toques en su puerta.
— Esta abierto, puedes pasar. — le confirmo con una voz suave y cansada.
La puerta se abrió revelando a un hombre con un atuendo muy recatado y elegante.
— Joven amo, el mensajero real ha traído una carta para usted. — comunicó el hombre.
— Una carta, pues traela para que la vea. — le pidió a su mayordomo mientras veía a su tutor indicándole que tenia un minuto para atender la carta.
— Por supuesto, joven amo.— obedeció sin tapujos y le entregó la carta.
Una vez con la carta en su manos, abrió el sobre y leyó su contenido.
Con cada párrafo ampliaba su sonrisa y con el último estalló de jubilo y alegría.
— ¡Esto es maravilloso! — gritó de alegría.
— Perdoné mi osadía, pero ¿que dice, joven amo? — le preguntó su mayordomo.
— ¡Papa, vuelve a casa! ¡Es genial! ¡Debo decirle a Lovino! — decía lleno de felicidad.
Cuando estuvo a punto de levantarse de la silla, su tutor le tomo de la chaqueta impidiendo su marcha.
— Le comunicara el mensaje cuando termine sus obligaciones, alteza.
— ¡Pero! — iba a rogarle pero su tutor le dió una mirada frívola que lo acobardo y volvió a sus estudios. — Esta bien...
— Puedes retirarte.— ordenó el tutor al mayordomo.
— Si, señor.— obedeció abandonando la habitación.
— No es justo. — se quejó en voz baja.
— ¿Ha dicho algo? — pregunto serio con su voz gruesa.
— ¡No, no dije nada! — le respondió asustado.
Bueno, aquí dejó el capítulo tres. Espero que les haya gustado.
Sombrero Volador se despide.
Hasta la próxima.
