Tras dos veces de hacer lo mismo, tocó la puerta tres veces.
— Alteza Imperial Lovino, ¿estais en vuestro dormitorio? Os he traído el almuerzo.
Tras un minuto de no oir respuesta, volvió a tocar.
— ¡Su Alteza Imperial Lovino! ¿estais ahí? — preguntó más impaciente pero aún guardando la compostura.
Como no llegó respuesta, volvió a tocar.
— ¡Su Alteza Imperial! ¡Su almuerzo esta listo!
Y volvió a tocar una vez más pero con miedo en su interior.
— ¡Lovino! ¡¿Estas ahí dentro?! — le preguntó más fuerte y más preocupado.
A pesar del griterío siguió sin haber respuesta del joven.
— ¡Oh Dios mío, tal vez le pasó algo! — gritó preocupado y con rapidez tomó la manilla de la puerta y la abrió.
Antonio entró con prisa. Dejó la bandeja en el escritorio del joven y luego corrió a su cama que presentaba un bulto que seguramente era Lovino.
— ¡Lovino! ¡Lovino! ¡Despierta! — gritó preocupado mientras sacudía fuertemente al bulto para luego destaparlo y sacudir con fuerza al joven— ¡Despierta, por favor!
—¡Ahhh! ¡Socorro! — gritó asustado, despertando de su tercera siesta tras unos segundos de ser sacudido.
— ¡Lovino! ¡Menos mal que estas bien! — gritó con una sonrisa mientras lo abrazaba fuertemente con gran felicidad.
— ¡¿Se puede saber que te pasa, viejo asqueroso?! ¡Quitate de encima!
— Haber si me quedo claro, creíste que me había suicidado y por eso invadiste mi habitación. — dijo con franqueza mientras tomaba el bollo de su almuerzo.
— Jajaja, lo siento. — le dijo con una sonrisa, arrepentido. — Todavía me quedo registrado lo de la otra vez y me asuste.
— Se nota que eres imbécil, ¡¿como se te puede ocurrir algo así?!
— Nunca se me habría ocurrido algo así si nunca lo hubieras intentado. ¡Me asustaste cuando te intoxicaste con esa planta!
— ¡No me quería suicidar, solo calcule mal la medida para una cosa!
— ¿Y que cosa? Si se podría saber. — le preguntó enojado.
— ¡Eso no te importa! ¡Ya dejame en paz!
— ¡Me importa porque me preocupó por ti! ¡¿Como puedes ser un mocoso tan malagradecido?! — iba a continuar gritando hasta observo a Lovino estático sin moverse y a punto de llorar. — Lo siento, yo...
— Da igual, ya has dejado el almuerzo. Puedes irte, esta bien. — dijo mientras intentaba comer con una mano temblorosa y lágrimas en sus ojos.
Ante la escena, el chef no pudo hacer más que abrazarlo y acariciar le la cabeza.
— Perdoname, debería controlarme más. Lo siento. — lo consoló con una voz suave.
— ¡Deja de decir eso! ¡No tienes porque decir eso! ¡Aqui el único idiota soy yo! — gritó de frustración y explotó en llanto.— ¡Perdoname! ¡Lo siento, no debería haberte dicho eso!
Ante el llanto abrazó aún más al joven príncipe.
— Eso ya no me importa, estabas enojado y ya estaba siendo muy pesado. — le decía mientras intentaba calmarlo.
— ¿Por que tú y Feliciano se siguen quedando a mi lado? No lo entiendo. Soy una mierda de persona, ¿por qué seguís aquí? — preguntó mientras apretaba su cara contra el pecho de Antonio.
— Porque te queremos. — le decía con voz suave mientras acariciaba su cabello. — Aunque a veces seas molesto, te queremos.
— ¿Enserio? — preguntó con lágrimas en los ojos e hipo en su garganta mientras se acomodaba en el abrazo.
— Sí, ¿quien no querría un mono maleducado que necesita aprender modales? — le sonrió mientras le acariciaba la espalda. — Tienes suerte de que yo y tu hermano amemos los monos.
— Tenías qué arruinar lo con tus palabras otra vez. — dijo separándose un poco y se limpiaba las lágrimas con la manga de su chaqueta.
—¿Que quieres que te diga? sí de tal palo, da la astilla. — dijo entre susurros mientras observaba a Lovino secarse las lágrimas.
— ¿Eh? — lo observó confundido. — ¿Dijiste algo?
— No, nada.— sonrió. —Venga, será mejor que comas. Necesitas energía. — dijo mientras le pasaba el zumo. — Si necesitas algo, llamame.
Cuando Antonio estuvo a punto de salir de la habitación, fue interrumpido por una voz.
— Oye. — le preguntó el joven al chef con una voz más tranquila.
— ¿Si?
— Lo de la cosecha...
— Ah, eso. No tienes que ir si no quieres. — dijo mientras se reía nerviosamente.
— Iré. — dijo de forma directa mientras aún intentaba calmar su hipo.
— ¿Iras? — preguntó confundido ante la aceptación del chico.
— Por supuesto que sí, si no te vigiló probablemente acabarás dañando algún tomate con tus manazas. — le dijo con una sonrisa orgullosa. — Alguien tiene que vigilar que no rompais ninguno.
— Definitivamente de tal palo da la astilla. — se dijo en susurro con una sonrisa de oreja a oreja.
— ¿Que has dicho? — preguntó confundido ante el susurro.
— Nada, nada.
— Dijiste algo, ¿que era? — preguntó molesto.
— No dije nada.
— ¡Dilo! — le exigió con impaciencia cuando se le negó la información.
— Que no fue nada, Lovi. — se río para luego abrir la puerta de la habitación. — Nos vemos en la comida, hasta entonces.
— ¡Antonio, vuelve aquí y dime que dijiste!
— Jamás ~ — canturreo mientras salia de la habitación y cerraba la puerta.
— ¡Antonio!
Un grupo de soldados cabalgaban con prisa hacia un campamento cargando varias mochilas en los animales.
Al ver la entrada detuvieron a sus monturas y se bajaron de éstas con agilidad. Uno de ellos, quien tenía un traje blanco vistoso, avanzó hasta quedar frente a los guardias.
— ¿Quienes son y que buscan? — preguntó con voz grave unos de los guardias.
— Jinete Juárez, soy un emisario del Imperio Io. Traigo, noticias de vital importancia para su emperador. — le respondió firme sacando el emblema oficial del Imperio.
Ante la información, el guardia le dió una mirada de consentimiento a su compañero y ambos abrieron la puerta de troncos.
— El emperador se encuentra en el campamento central. — le comentó el otro de los guardias al verlo pasar por la puerta.
— Gracias por la información. — agradeció con tranquilidad para luego avanzar a su destino, seguido por su grupo.
El campamento del emperador era más vistoso que el de los generales y aún más que el de los soldados de bajo rango.
Dada su elegancia y la información otorgada, no fue difícil localizarlo.
Dentro de éste, el emperador se encontraba hablando con su general de más confianza.
— Estoy ansioso por volver a casa y ver a Feliciano. Ese niño tiene una sonrisa que me alegra el alma. — decía con felicidad y orgullo.
— Esas son las ventajas de ser padre, mi señor. Y he de felicitarlo, su hijo será un gran sucesor. — decía con una sonrisa de oreja a oreja.
— Eso esperemos. — iba a continuar hablando con su general hasta que el emisario entró en la cabaña seguido por los guardias del emperador.
— Señor, este hombre es un emisario. Busca comunicarle algo importante. — le dijo uno de esos guardias.
— Pues que hable, que no se quede callado. — ordenó el emperador.
— Mi señor, el emperador del Imperio Io acaba de confirmar que todos los preparativos para la llegada están listos. — le comunicó con voz alta y firme. — El arca esta preparada para las ofrendas.
— ¡Maravilloso! ¡Ya era hora¡ — aplaudió de alegría. — ¿Oyeron eso? ¡Ese es el primer paso a nuestra bienaventuranza! — habló a todos los allí reunidos. — ¡Pronto aplacaremos la ira de los dioses primordiales y la desgracia desaparecerá una vez más!
— ¡Si! — vitorearon.
— ¡Deprisa! ¡Preparadlo todo, no volveremos en cuatro días, lo haremos en tres! — ordenó a su general.
— ¡De inmediato! — obedeció su general.
— Ahora, fuera. Necesito descansar antes del viaje de regreso. — ante sus palabras, todos abandonaron el campamento del emperador. — Por fin, por fin llegó el día. — se decía a si mismo orgulloso. — Lovino por fin harás algo útil para el mundo.— habló con una voz sería. — Y por fin te irás de mi casa antes de que me arrepienta de ello.
— Señor, este hombre es un emisario. Busca comunicarle algo importante. — le dijo uno de esos guardias.
— Pues que hable, que no se quede callado. — ordenó el emperador.
— Mi señor, el emperador del Imperio Io acaba de confirmar que todos los preparativos para la llegada están listos. — le comunicó con voz alta y firme. — El arca esta preparada para las ofrendas.
— ¡Maravilloso! ¡Ya era hora¡ — aplaudió de alegría. — ¿Oyeron eso? ¡Ese es el primer pasa a nuestra bienaventuranza! — habló a todos los allí reunidos. — ¡Pronto aplacaremos la ira de los dioses primordiales y la desgracia desaparecerá una vez más!
— ¡Si! — vitorearon.
— ¡Deprisa! ¡Preparadlo todo, no volveremos en cuatro días, lo haremos en tres! — ordenó a su general.
— ¡De inmediato! — obedeció su general.
— Ahora, fuera. Necesito descansar antes del viaje de regreso. — ante sus palabras, todos abandonaron el campamento del emperador. — Por fin, por fin llegó el día. — se decía a si mismo orgulloso. — Lovino por fin harás algo útil para el mundo.— habló con una voz sería. — Y por fin te irás de mi casa antes de que me arrepienta de ello.
