—¡Muy bien! —se levantó de su asiento el chico de cabello azul, el sonido de ambas palmas al unirse interrumpió el silencio estridente de la noche— ¡Esta decidido! ¡Debemos unirnos, Simón! —exclamo con una sonrisa en el rostro, mientras veía al frente.

Simón, quien se encontraba a un lado de él, dejo caer el colgante en forma de taladro, el cual segundos atrás estaba puliendo con un pedazo de tela, tratando de atraparlo, este reboto contra su palma abierta, para salir volando en el aire, así sin querer su vista se posó en la brillante sonrisa de su "hermano mayor", para luego caer en sus manos, las cuales se habían unido para atraparlo.

Kamina, quien había sido su hermano mayor a pesar de no ser familia de sangre era un chico que con su sola presencia podía destacar sin necesidad de algo más.

Apartando la vista, rio nerviosamente —Pero, qué cosas dices, her... —se detuvo cuando sintió la penetrante mirada del chico de cabello azul. Esta vez su sonrisa se había transformado en una línea recta en sus labios y sus facciones se habían endurecido, Simón paso saliva, sin querer su cuerpo retrocedió hacia atrás topándose así, con la roca en la cual se había apoyado para tomar asiento.

—¡Simón! —habló firme, su mirada seguía tan sería como muy pocas veces el excavador pudo ver en Kamina cuando se tomaba algo enserio— Esta vez —enfatizo— Hemos logrado salir victoriosos en el campo de batalla al poder unirnos como una sola fuerza, pero —su dedo índice le apunto— Creo que tú lo sabes mejor que nadie —Simón sintió un escalofrío recorrer su cuerpo— ¡Eso no basta si queremos seguir hasta nuestra meta! ¡Simón! —el chico trago duro— ¡Debemos estrechar nuestro vínculo aún más! ¡En otras palabras unirnos de verdad!

—¿Her...

—¡¿Quieren callarse?! ¡Algunos intentan dormir! —escucharon la voz de Yoko quien les regaño no muy a lo lejos, interrumpiendo sin querer la conversación.

~.o.0.o.~

—¡Muy bien, colócate encima de mí! —expreso diligentemente Kamina con una sonrisa confiada en el rostro. Ambos se encontraban a varios metros lejos del campamento, el único testigo que quedaba alrededor era Lagann quien les había llevado hasta esa ubicación: un terreno plano, desprovisto de alguna otra criatura viva además de ellos.

Simón miró a su hermano mayor desde la punta de la planicie donde había subido. Abajo de él, se encontraba Kamina, con los brazos extendidos hacía arriba, sus ojos brillaban con el propio brío de la esperanza que solía desprender bajo cada improbabilidad que soltaba de su boca -demasiado- floja.

Yendo hasta el borde, pudo ver que lo que estaban a punto de hacer era una mala idea.

Escuchando el sonido de un par de piedras cayendo desde donde se encontraba hasta donde Kamina se hallaba, solo pudo hacer una cosa, armarse de valor y hablar.

—¡Hermano, esto es una muy, pero muy mala idea! —grito desde el sitio donde se hallaba, sin embargo Kamina seguía con ambas manos hacia arriba y con aquella misma sonrisa socarrona que solía meterlos en problemas y al mismo tiempo en aventuras impensables que alguna vez podría imaginar al haber podido sobrevivir para contar en su vida.

Tratando de dialogar con su hermano solo escuchó el "daté prisa" de Kamina, quien desde la planta de abajo no podía oír la voz de Simón.

Así, los minutos pasaron hasta que sin querer ambos se frustraron.

—¡Simón! —le llamo por quinta vez, solo para ver como el chico retrocedía y pronto su imagen dejaba de ser visible para sus ojos.

Entonces, lo escuchó; el grito de Simón acercándose.

Así es, acercándose.

Primero vio un pie, luego su brazo extendido y su silueta haciéndose cada vez más grande al dirigirse hacia él.

En ese momento fue cuando Kamina se dio cuenta que no había sido del todo una "buena" idea decirle que saltase a sus hombros desde 5 metros por arriba de sus pies.

Más Kamina, siendo él, no retrocedería a su palabra, sin importar que fuese una locura de la cual sus huesos salieran rotos.

Eso era algo innegable.

Por ello, las plantas de sus pies pisaron firme el suelo en espera a que Simón llegase a su encuentro sin esperar que no fuesen sus piernas las que cayeran primero por la gravedad, sino su cabeza.

Fue solo por unos segundos, el choque de sus rostros y por consecuencia sus labios, dando como resultado al primer beso de los dos.

Ninguno de ellos pensó que así sería, sin embargo no hubo tiempo para pensar las cosas cuando ambos cayeron en el suelo.

~.o.0.o.~

Un par de moretones, y un certero golpe en la cabeza por parte de Yoko, quien antes de dejarles a solas les dio un buen sermón.

—Eres el rey de los idiotas imbéciles —miró despectivamente al chico de pelo azul, para pronto dirigir una mirada al pequeño— Y parece que lo idiota se va propagando.

Ninguno de los dos había dicho ni una palabra durante todo el camino de regreso al ser encontrados por los demás, si bien no hubo momento para hablar con las constantes preguntas de la tropa, el mismo notó que esta vez el silencio de Simón no era normal, siendo Kamina alguien que detestaba el silencio, aún más si provenía del malestar de su hermano menor alzo su voz con un efusivo "Oi" sin mirarle.

Simón, a diferencia de él, solía pensar mucho las cosas, cuestión que solo generaba duda en su interior y al final le hacía desistir en hacer las cosas.

Él en cambio era un hombre hecho y derecho, o, al menos había aprendido que para serlo debía pararse bien firme sobre sus propios pies y seguir su propia palabra sin importar el reto que pudiera presentarse.

¿Por qué eso hacían los hombres no?

Sin indagar tanto en el tema que le estaba dando jaqueca, miro de reojo a Simón quien seguía en la misma posición, sentado con las piernas cruzadas encima de la cama. Sin querer su entrecejo se frunció ante el irritante silencio.

Si bien Simón se quedaba en silencio, era la ocasión dónde Kamina podía ver como se formaba en sus cejas un surco, mientras pensaba con detenimiento, analizando la situación entre pros y contras hasta encontrar la solución más factible.

En esta ocasión, no hubo ese sin fin de cambios precipitados que se arremolinaba en el rostro del chico al pensar.

Desde, preocupación, interés, solución, duda y regresando por sobre sus pasos otra vez la solución que venía caída del mismo cielo invitándoles a seguir en marcha -a pesar de tener todas las de perder-, impregnando así en sus ojos el brío de la esperanza llamada posibilidad.

En esa ocasión, en cambio, su "pequeño hermano" seguía con la mirada desviada y sin tener intención de mirarle.

—¡Simón! —le llamó, su voz resonó fuertemente dentro de la habitación al encontrarse solos y sin ningún otro ruido ajeno que les pudiera perturbar. Pero Simón siguió con la mirada curveada sin querer mirarle. En cambio la mirada de Kamina se estaciono en él, notando así que Simón tenía un raspón en la rodilla izquierda, y algunos más en los costados de los brazos. En su mejilla se hallaba una curita, y su flequillo había ocultado parte de su rostro al mantenerlo cabizbajo.

¿Acaso se había sobrepasado? Fue lo único que pudo pensar Kamina en ese momento, reconociendo que no era la primera vez que metía a Simón en una situación así.

¿Tal vez estaba molesto?

Llevo su mano derecha sobre su mentón, mientras pensaba con detenimiento hasta que simplemente decidió que era todo una pérdida de tiempo. Puesto que los hombres debían hablar las cosas de frente.

Mientras, Simón siguió estático en su lugar, aún tenía los ojos bien abiertos, su mandíbula seguía temblando de una forma estrambótica, sin poder dejar de pensar en lo que había pasado.

Sí, efectivamente Simón sabía que había sido un error, un jodido error de cálculos, pero eso no desmeritaba el hecho de que había recibido su primer beso antes de lo esperado y por supuesto con la persona que menos imagino.

Sin embargo, a pesar de ello no se sentía mal, -no al menos de la forma que creyó se sentiría-, después de todo si hubiese pasado con otro hombre tal vez hubiese sentido aquella punzada de "que desperdicio" y hasta hubiese dejado de lado el tema desde hace varias horas atrás.

Pero no había sido cualquier hombre con quien había recibido su primer beso, sino que había sido con Kamina, su hermano mayor.

Kamina, el hombre más capaz que había conocido, el hombre que nunca le miro como un bicho raro como los demás habitantes de su aldea al amar su profesión de excavador.

Era, en cierta forma para Simón, un diamante en bruto, que cualquier persona que le mirase por donde le mirase podía asegurar que Kamina tendría un futuro brillante con su fuerte personalidad.

En cambio él, solo era Simón, un simple excavador que había tenido el privilegio y suerte de tener a Kamina como su "hermano mayor", y sin querer había tomado algo más de su persona que no hubiese sido su tiempo o su compañía.

Su primer beso, porque ¿Así a si lo era no?

Bajando la mirada, negó fuertemente con la cabeza.

"¿Qué estoy pensando?" "Que haya sido mi primer beso no significa que sea el suyo, digo él debe tener un montón de experiencia y..." Sus pensamientos fueron detenidos abruptamente cuando alzo el rostro y se encontró el de Kamina enfrente.

Tan cerca como muchas veces habían compartido juntos, sin embargo, esta vez no pudo evitar que sus mejillas se sonrojaran al ver la escena del crimen con detenimiento.

Los labios de Kamina, no eran ni gruesos ni delgados, tampoco eran suaves o rosados, solo eran los labios de Kamina y ya.

Y por ende perfectos.

Retrocediendo un par de centímetros de su posición se apoyó de ambas manos por sobre la cama, solo para escuchar su voz fuerte en un simple "Oi".

—Her... —balbuceó torpemente y sin querer su mente le jugo mal.

—¡Hey Simón, que suce…! —vocifero, una de sus cejas se había levantado, el comportamiento de su hermanito era demasiado inusual. Rascándose la mejilla con el dedo índice, chasqueo la lengua, cuando le vio retroceder. En su cabeza cientos de pensamientos surcaron. Entre los más lógicos como inverosímiles y entre ellos se hallaba el estúpido pensamiento de Simón pidiéndole ser responsable.

En ese momento, Kamina rio por lo inverosímil de la situación. Ambos eran dos hombres hechos y derechos. Por supuesto que Simón nunca diría algo como eso.

O al menos eso creyó.

Porque efectivamente Simón nunca diría algo así, pero tal vez sus acciones serían más honestas.

Como en ese instante donde su cuerpo había retrocedido, pero su rostro no, y sus labios habían quedado al frente, mientras cerraba sus ojos con fuerza y sus mejillas ardían con intensidad.

Entonces Kamina pudo recordar sus propias palabras.

"La unión de un hombre debe estar llena de fuerza y pasión"

La misma que solía sentir cuando estaba en medio del campo de batalla junto a Simón y la energía corría por Gurren y Lagan hasta formar uno solo.

El rojo de sus mejillas, solo pudo compararlo con el rojo del Gurren Lagan, aquel imponente robot que confería la unión de sus sueños e ideales en uno solo cobrando vida a través de su voluntad.

Y por unos segundos Kamina al verlo así, pensó que si Simón le dijera algo cómo; "¡Hazte responsable¡" No podría hacer menos. Porque se trataba de Simón.

Tal vez el primer beso había sido un error. Pero el siguiente no lo era. Lo supo en ese instante cuando sus manos tomaron su rostro y esta vez él acerco sus labios a los de Simón.

Esta vez no fue un simple roce, Kamina tanto Simón se permitieron disfrutar de la piel del otro para comprender la disparidad de ambos y de sus propias ilusiones.

Dándose cuenta que la perfección soñada había estado más cerca de lo imaginado hasta que sus labios no bastaron y simplemente quisieron más del otro.

Torpemente, sus lenguas se adentraron en la boca del otro, en un disparejo juego de auto conocimiento, Simón siguió con los ojos bien cerrados, sintiéndose inmerso de lo que podía jurar solo era un sueño y nada más, sintió las fuertes manos de Kamina e ímpetu regresándole a la realidad cuando le atrajeron a su pecho.

Kamina en cambio no se permitió simplemente apartar la vista de cada una de las facciones que Simón le regalaba.

Ya antes las había visto, su rostro cambiando tan diversamente ante la situación. Pero ahora, era todo tan diferente. No era la alegría o tristeza opacando su rostro.

Era el gozo y placer invadiendo cada uno de sus poros hasta que simplemente no pudo aguantar más cuando lo escuchó.

El suave suspiro que dejo escapar entre el éxtasis cuando sus labios se separaron por unos segundos.

Con cuidado Simón abrió los ojos, sin entender como las cosas se había tornado así, sin embargo ese no era el momento para pensar en ello, con las mejillas ardiendo y los labios hinchados, se atrevió a mirar a su hermano mayor sólo para verlo su rostro completamente rojo.

Hermano ¿Pasa algo? —habló en un suspiro. Kamina en ese instante solo pudo pensar en una sola cosa; que tomar la responsabilidad no era del todo mala. No, si se trataba de Simón.

~.o.0.o.~

Búsqueda y encuentro.

Así pudo definir Kamina al hallazgo que habían encontrado en medio de su viaje: Un hotel donde pasar la noche.

Y entre las embriagantes siluetas de las chicas que les daban la bienvenida con una sonrisa cordial, observó la gran oportunidad de tomar un baño en las aguas termales del lugar.

En medio de la comodidad, -después de haber degustado de los exquisitos aperitivos y la comida que habían servido en la enorme mesa rectangular-, respiro hondo y lleno sus fosas nasales con el vapor que ondeaba por arriba del agua.

Frente a él parte de su tripulación se encontraba degustando de la paz que querían volver suya ante la guerra inminente de la cual no se atreverían a dar marcha atrás.

Porque después de todo, era de humanos soñar con lo imposible ¿No?

En ese instante rememoro a su padre invitándolo a salir de aquella metrópolis debajo de la tierra que llamó por largo tiempo hogar.

Dudoso, rechazo su mano y ante el miedo simplemente creyó que las palabras de su padre eran una locura.

Locura que se apoderó de su corazón sin querer al verse tan débil y por lo tanto humano al temer.

Chasqueando la lengua, sin querer en su rostro se formó una mueca, la cual solo se enmarco aún más cuando a él, llego el recuerdo del cadáver de su padre en medio de la tierra infértil. Y por primera vez se vio ante la terrible realidad.

Que todo ser vivo muere.

Pero no era la muerte a lo que temía Kamina, era el hecho de ver pasar su vida sin haber logrado ver la plenitud de lo que había más allá de la oscuridad subterránea.

Y estaba seguro que eso no era lo peor a lo que a un hombre podría enfrentarse. Porque ¿Cuánta gente vivía en la ignorancia de lo que había más allá de ese mundo lleno de oscuridad y suciedad?

Como simples parásitos a la tierra fueron arrojados sin oportunidad alguna de hacer nada.

Pero, ese ya no era el caso, como si la conciencia del hombre empezara despertar sin darse cuenta de sus propios actos y fuerza Kamina había encendido el espíritu que yacía dormido en cada uno de los corazones de las personas que les vieron pasar.

Porque por más ilógico que fuese, Kamina podía sentirlo.

El cómo Simón abriría aquella puerta que se mantuvo cerrada para su gente por tanto tiempo.

Alzando su mano en forma de puño, sus labios bosquejaron una sonrisa llena de satisfacción al darse cuenta que ya habían dado el mayor paso de sus vidas al iniciar su viaje.

Deshaciendo su puño, con el dedo índice apunto al cielo, podía decirlo ciento de millones de veces y nunca se cansaría de hacerlo.

«¡Simón perforara el cielo con su taladro!»

Como si fuese un movimiento inherente de su cuerpo, sin darse cuenta, mientras apuntaba hacia el cielo celeste, había tomado a Simón del cuello para atraerlo hacia él.

Pronto escuchó los balbuceos del chico que pedía por un poco de aire.

Bajando su mano derecha, le soltó, Simón se hundió un poquito más en el agua, llevando sus manos al cuello tosió un poco, mientras Kamina trataba de disculparse con su peculiar forma enérgica de hablar.

—¡¿Simón te encuentras bien?! —le tomo de los hombros y zarandeo un poco. Segundos después el chico de goggles soltó una carcajada al aire, sorprendiéndole.

—Lo estoy, hermano —se limpió un par de lágrimas que salieron por sus costados. En sus labios se dibujó una hermosa y honesta sonrisa que dejo a Kamina con un extraño sabor de boca.

Porque eran esos pequeños momentos donde Simón mostraba su ímpetu que le enorgullecían aún más el estar a su lado.

Momentos donde la confianza del chico no se mermaba o estaba por los suelos. Momentos que esperaba algún día Simón pudiera mostrar al mundo entero.

Aunque, tenerlos solo un poco más solo para sí mismo no estaba del todo mal, puesto que, era ese vínculo íntimo lo que atesoraba más desde el fondo de su corazón.

El cómo sus espíritus se volvían uno y el sonido de sus corazones se fundían en un solo son cuando luchaban codo a codo en el campo de batalla.

El rugir de su puño, el estruendo de su taladro rompiendo los límites y como con sus neutransmisores podían sentir cada pequeña, pero grata sensación en la tierra que había sido su prisión.

El viento recorriendo su pelo, la luz del sol iluminando sus rostros, el brío de las estrellas y la luna cobijando su sueño, y por supuesto el sonido al unísono de la vida moviéndose a través de cada uno de sus sentidos.

—Hermoso —musito sin querer, mientras Simón seguía riendo por los chistes de los chicos, quienes se burlaban a sus costas en el otro extremo de las aguas.

—¿Hermano? —preguntó Simón dubitativo.

"¡Rayos!" maldijo internamente Kamina al haber sido escuchado.

Buscando una forma de arreglar las cosas, sus ojos se encontraron con el enorme satélite encima de ellos.

—¡La luna! —rio estrepitosamente— ¡Es jodidamente hermosa! —dijo en voz alta, tras volver a tomar a Simón para llevarlo contra él -como algo tan natural, el hecho de siempre estar juntos-, y ahí estaba otra vez, al sentir su hombro tocar su costado y mirar el astro junto a él, sintió esa peculiar sensación cosquilleando en la punta de su lengua.

—Sí, si es hermosa —asintió Simón con la vista al frente.

Kamina lo miró con el rabillo del ojo.

—La más hermosa del mundo —añadió aun con la mirada fija en Simón.

Porque a través de la luz de la luna y estrellas, el recuerdo inocuo pululó por sobre su mente y corazón dando como resultado un enorme "ba-dum", como cuando le vio desde atrás en medio de intermitente luz de la lámpara escarbando una y otra vez hasta que la luz se hizo más grande e intensa.

Y su figura resplandeció con un fulgor que reconoció como grandeza.

"Ba-dum"

Si, efectivamente, las palabras correctas eran búsqueda y encuentro al reconocer lo que al fin había logrado entender.

Porque aquel cosquilleo seguía extendiéndose sin poder detenerse y parecía que acabaría consumiéndolo.

Como una fiera llevándolo al límite, impulsos que observo en el pasado como inocentes, se volvieron el arrastre que empezó carcomer su ser.

Deseos que poco empezaron a tomar forma entre la confusión de su ser.

Porque la conexión que Simón y él era demasiado profunda y fuerte, lo pudo comprender cuando ambos se fusionaban hasta que Gurren Lagann tomaba forma.

La forma de sus más puros deseos.

Pero hasta él pudo entender lo excitante que era el flujo de energía recorriendo cada recóndita parte de su cuerpo cuando Simón perforaba la coraza de Gurren, como la materia cuántica que circulaba a través de la interfaz de ambas máquinas y fluían en una sola dirección.

Nunca hablo con Simón abiertamente sobre la situación. Como un sentimiento unilateral, quiso imaginar que solo era su impuro deseo siendo satisfecho hasta que simplemente no hubo oportunidad de nada más.

Porque en el campo de batalla era ganar o perder y nada más.

Siendo la pérdida el final de todo.

Y mientras sentía en cada parte de su cuerpo el dolor esparciéndose por cada parte de su destrozado cuerpo, mandando a su cerebro la alerta de peligro, una que sin importar el riesgo no haría retroceder a Kamina, pudo sentir la calidez en sus heridas siendo abrazadas por el espíritu de Simón.

Como el beso ansiado, acariciaban cada parte de él, dándole la seguridad de que todo estaría bien.

Porque Kamina lo supo desde un principio.

Él no era el protagonista de lo que aseguraba seria el mito vuelto realidad, porque la leyenda de lo que Simón y compañía harían sería contado por generación.

Como el Dios apolo otorgándole a la humanidad la luz de la esperanza.

Dejándose esta vez inundar por la radiante luz, suplicó a sus músculos moverse una vez más y ser uno con su hermano hasta el final.

Y mientras encestaban el golpe final, en sus labios no hubo la muestra de arrepentimiento alguno.

No cuando había logrado todo lo que quiso, aún menos cuando la antorcha había sido pasada y está, estaba seguro que ardería con mayor fuerza.