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DIEZ CLASES

Solo fueron necesarias diez clases para enamorarme de ti, quizás fueron tus quejas continuas, quizás tu rostro sabio de adolescente o tu vivaz vida amical que impulso a que este corazón de hombre te dedicara palabras de amor.

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—Acabo de descubrir que tengo cierta debilidad con esa chica —mencionó Miroku mientras cerraba los ojos lentamente, Inuyasha solo acomodó el cuello de su camisa mientras veía como el mayor pervertido de esa academia acomodaba sus manos sobre el puente de su nariz. Tenía una mirada seria y escalofriante.

En serio. ¿Es que acaso Miroku era un tipo de espécimen de laboratorio?

Tenía que ser ilegal ser tan raro. Joder.

—¿Te refieres a Sango?

Listo. Inuyasha acababa de lanzar sus cartas sobre la mesa, ahora le tocaba callar y recepcionar la sarta de tonterías que diría su compañero de trabajo. Aquí viene…

—Sí.

Inuyasha esperó pacientemente a que continuará. Pero eso no pasó. El tipo de la pequeña coleta en la nuca no dijo absolutamente nada más e Inuyasha se preguntó, irremediablemente, si el sujeto, en cuestión, había tomado su desayuno esta mañana. Es decir, ¡el tipo estaba tan conmocionado o concentrado que no percibió la campana que sonó dando el comienzo a la segunda hora de estudio!

—Bueno… ya me lo contaras después… supongo.

Miroku no se movió de su sitio y siguió mirando hacia el frente con las manos sobre su cara. Concentrado y muy quieto.

—Raro —dijo Inuyasha mientras salía por la puerta de la cafetería y se colaba con el resto de estudiantes. Antes de darse cuenta ya había sido empujado hasta el Anual 02, el cual estaba repleto de gente; había un montón de adolescentes tirándose papelitos como verdaderos estudiantes de secundaria.

Suerte que ya había pasado su primera hora con ellos, tenía que avanzar.

—¡Profesor!

Una de las alumnas al verlo en la puerta, se acerco a él para preguntarle algo referente a su asignatura. Como buen profesor no se negó y respondió todas sus dudas; aunque tenía que admitir que no fue para nada un problema. No reconocía a la chica aunque tenía que admitir que su perfume era atrayente.

—¡Kagura!

La muchacha de perfume atrayente y preciosos pendientes en las orejas volteo al escuchar su nombre. Automáticamente Inuyasha supo que ese nombre lo había escuchado antes, o mejor dicho leído… pero donde lo había… ¡la lista de simulacros!

—Gracias, profesor —la chica le sonrió coquetamente y regresó a su asiento a conversar con otra chica que parecía ser de fácil sonrisa.

Dado que se encontraba junto a la puerta decidió checar el historial de los puntajes. Encontró a la muchacha al final de la lista. Al menos no había sido capaz de sacar una nota negativa como el último nombre escrito en el papel. Suspiró, era increíble la cantidad de alumnos que había reprobado los exámenes. De verdad, increíble.

Ignorando el hecho de que se estaba haciendo tarde y la mayor parte del alumnado ya había entrado a sus respectivos salones, le dio una última mirada al Anual 02 de la academia. Kagome y Koga estaban enfrascados en una candente discusión, cada uno con el libro en la mano mientras Ayame hacia el papel de réferi entre los dos. Sango estaba al costado de Koga asintiendo fervientemente con respecto a lo que el chico decía, mientras una muchacha muy parecida a Kagome, que sabia que se llamaba Rin apoyada a la pelinegra y discutía con Sango en el proceso.

Ayame estaba impávida, pero hubo un gesto que Inuyasha pudo notar muy bien. Le daba miraditas extrañas a Koga que él no podía ignorar así nada más. Él ya no tenia quince años como para andar preguntándose lo que significaba eso, podía reconocer el interés cuando lo veía. Y esa pelirroja de uñas pintas que mascaba chicle como si su vida dependiera de ello, tenía un extraño interés en el alumno mayor de la academia.

Inuyasha no se molesto en seguir mirando cuando sintió que el ruido disminuía y todos miraban en su dirección. Detrás de él estaba Hakudoshi. Sudó frio al verlo.

—Profesor Hakudoshi.

—Inuyasha, ¿hay alguna razón para que no estés en el Anual 01 en estos momentos?

—Eh… no, profesor. Voy ahora mismo.

Inmediatamente se separo de la puerta y avanzo a paso rápido hasta el Anual 01 donde se posiciono a recuperar el aliento. Nunca le había terminado de agradar el coordinador de la academia que a su vez enseñaba Historia Universal; además de que Hakudoshi tampoco tenía mucha simpatía por él.

Dio una última mirada al Anual 02 desde su posición, Hakudoshi ya había entrado y lo único que podía ver era la puerta abierta y pared.

Con un suspiro, ingreso al Anual 01. Se había librado de una muy gorda de haberse tardado solo unos cuantos segundos más. Hakudoshi no soportaba la impuntualidad, así que Inuyasha estaba en su lista negra desde hacía muchísimo tiempo, pero lamentablemente no podía retirarlo de la academia por una razón muy ridícula, al menos para él.

El hermano de Inuyasha, Sesshomaru era un reconocido abogado de las firmas Taisho, había invertido en la academia hacia muchísimo tiempo logrando sacarla de la bancarrota con su apoyo, por ende, se volvió unos de los accionistas mas activos de la academia.

El único favor que pidió por su cortesía fue que aceptaran a su hermano menor como trabajador en la academia. Hakudoshi gruñía cada vez que lo veía, a sabiendas que Inuyasha no debía estar ahí por su edad y su inexperiencia, pero dada las palabras de Sesshomaru no le quedó de otra que aceptar.

Había maestros muchísimos mas eficientes que él, pero tenia que quedarse con ese muchacho por un favor que debía y eso lo molestaba. Onigumo, el director de la academia era un poco más condescendiente; después de todo, su hermano gemelo Naraku estaba trabajando en la academia por el mismo motivo que Inuyasha.

Si, Hakudoshi no los soportaba a ninguno de los dos, ni a Naraku que era un engendro del mal; ni a Inuyasha que se hacía pasar por un muchacho tímido cuando era un tremendo vándalo.

Pero… con un suspiro tuvo que aceptar, que no todos pueden tenerlo todo en la vida y sus plegarias nunca serian escuchadas.

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Inuyasha recogió su largo cabello en una coleta cuando el calor abrasador de la mañana le dio de golpe al salir de la academia Shikon. Frente a él había un automóvil negro deportivo que Inuyasha podría reconocer muy bien, aunque lo viera desde la lejanía. Los estudiantes de la academia estaban maravillados por tremendo y hermoso ejemplar, dando vueltas a su alrededor y preguntándose quién sería el misterioso dueño.

No paso mucho tiempo hasta que un señor que rozaba los cuarenta años se subiera al auto negro sin decirle nada a los que rondaban su vehículo.

—Es un señor.

—Se parece al profesor Inuyasha.

El susodicho los escucho cuchichear antes de finalmente decidir subirse al asiento del copiloto. Eso solo generó un jadeo grupal.

—Recuérdame porque acepté que me recogieras —susurró Inuyasha con unas ansias horribles de darse un palmazo a la frente.

—Izayoi.

—Si… tiene sentido.

Tras la ventana del auto, y antes de que este encendiera, reconoció la menuda figura de Kagome saliendo de la academia con una sonrisa, Sango la tomaba del brazo y ambas reían por un chiste que seguramente había contado Koga; quien por supuesto andaba tras de ellas y al lado de Ayame.

Los cuatro dieron una mirada al auto e Inuyasha se hundió en su asiento mientras se le coloreaban las mejillas.

Que no me reconozcan, que no me reconozcan, que no me reconozcan, que no me reconozcan.

Lamentablemente su largo cabello blanco era fácilmente identificable.

Vio de reojo como Kagome lo miraba con la boca abierta y decidió girar totalmente la cabeza para no verla. ¡Era totalmente ridículo, no era ningún maldito crio para que su hermano mayor fuera a recogerlo! ¡Y más si todo el mundo los veía!

El carro arrancó y solo se limitó a respirar tranquilo cuando ya no podía ver, ni asomándose, la academia Shikon. Por suerte ese día no le tocaba trabajar en la otra academia porque había perdido permiso para la tarde debido al evento social.

Inu no Taisho, su padre; e Izayoi, su madre, organizaron un evento social con fines caritativos para el hospital de guerra de la ciudad. Sus hijos, que eran tanto Sesshomaru como Inuyasha estaban obligados a asistir.

—Odio cuando mamá usa los ojos de cachorro con nosotros.

—Si no querías que te viniera a recoger debiste aceptar cuando papá te ofreció el crédito para un auto propio.

—No quiero coger dinero de ellos —murmuró Inuyasha dándole una mirada a su hermano.

—Ya lo sé. Por cierto, mamá te compró un traje a medida para la ceremonia, esta en el asiento de atrás —con lo dicho por su hermano, Inuyasha estiró la mano hacia atrás y tomó la bolsa blanca con las palabras de una reconocida tienda de trajes impresa en ella.

Metió la mano en la bolsa y retiró la ropa. Estuvo tentado a negarse al sentir la exquisita tela con la que se había confeccionado el atuendo, pero Sesshomaru lo cayó con una mirada.

—No intentes rechazarme a mí, porque yo no te lo compré. Llámale a mamá y díselo, no seré tu mensajero.

Inuyasha se mordió los labios, si él llamaba a su madre con esa idea, la mujer le rompería todos los huesos. Con un suspiro abrazo la bolsa, no le quedaba de tora que aceptar el regalo.

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La fiesta ceremonial que dio inicio a la festividad principal fue bastante corta. Solo se presentó un baile tradicional de una hermosa mujer envuelta en un kimono de sacerdotisa. Su rostro era blanco por la pintura y sus labios rojos como la sangre. Sus ojos achocolatados estaban continuamente entrecerrados mientras se movía con el bastón de campanas en la mano. Su cabello negro estaba recogido en un peinado que usaban las geishas de las antiguas épocas, y también las damas de altas sociedades tradicionales.

Al lado de la mujer danzando, había un anciano rezando con varios pergaminos en las manos. Y al lado de este anciano, cumpliendo la misma obligación, había un muchachito de cortos cabellos negros enfundando en unos hakamas oscuros y un haori blanco; al igual que el anciano.

Los aplausos se hicieron sonar fuertemente cuando la ceremonia de apertura hecha por la danza de la muchacha acababa luego de darle una supuesta aura de bendición al comienzo de la festividad caritativa.

La sacerdotisa, el anciano y el niño desaparecieron luego de los aplausos, perdiéndose tras unas pesadas cortinas que hacían de bambalinas.

—Estuvo increíble —sonrió Izayoi al lado de Inuyasha.

Este cesó de aplaudir para luego observar a su padre y a su hermano.

—La muchacha es muy hábil y ha sido entrenada en lo que hace desde que era una niña —menciono Inu no Taisho sonriéndole amablemente a su esposa e hijos.

—¿Sabías que vivía en un templo, querido?

—¿Es así?

—Si —dijo Izayoi con convicción—, me gustaría preguntarles más sobre eso.

—Tienes un apego extraño por lo sobrenatural —susurró Sesshomaru a su madre tras beber un largo sorbo de su copa de vino.

—Es mi debilidad, no te mentiré —sonrió ella dichosa.

—Ahí vienen.

Después de lo dicho por el cabeza de familia, se acerco el anciano mientras detrás de él, se apareció el niño en un pequeño terno y al lado la señorita que había bailado, enfundada en un precioso vestido de seda blanco. El anciano también vestía un terno mas tradicional y elegante para la ocasión.

—Muchas gracias por permitirnos dar comienzo a la celebración.

Los tres se agacharon con respeto mientras Inu no Taisho solo negaba con humildad.

—Esta bien. Fue un gran espectáculo.

—Lamentablemente mi hija no pudo venir con nosotros, pero me gustaría presentarles a mis nietos —los chicos detrás del anciano dieron un pequeño paso al frente, y solo entonces Sesshomaru e Inuyasha se fijaron en ellos—, son Higurashi Sota y Higurashi Kagome.

Inuyasha quedó perplejo al verla, su rostro ya no estaba pintado de blanco ni sus labios eran rojo como la cereza como cuando estaba bailando, sus largas pestañas y suaves labios de durazno ahora eran fácilmente reconocibles por él.

—Es un placer conocerlos —empezó Sesshomaru inclinando levemente la cabeza.

Era turno de Inuyasha, pero lamentablemente la chica que obstruía sus pensamientos justamente levanto la cabeza para chocar sus ojos contra él. Ella también se sorprendió.

—¿Profesor? —tan pronto como ella dijo eso, los integrantes de la familia Taisho miraron al menor. Él era el único que era profesor en esa familia.

—Hermana, ¿lo conoces?

—Si —sonrió ella—, es mi profesor en la academia. No pensaba encontrármelo aquí.

—Yo tampoco esperaba verte por aquí —sonrió divertido Inuyasha luego de recomponerse de la sorpresa; se limitó a girar hacia Sota y su abuelo—. Un placer conocerlos.

—Igualmente —mencionó Sota.

—Perfecto. Esperamos que disfruten de la velada —dijo Izayoi mientras tomaba del brazo a su esposo y se inclinaba con respeto.

—Gracias, así lo haremos.

Ambas familias separaron su camino, pero antes de fueron totalmente inconscientes de si mismos, tanto Inuyasha como Kagome voltearon para encontrarse con la mirada del otro. La mirada chocolate de ella brillo con fervor al chocar con la de él, mandándole una risita de diversión. Inuyasha por su parte, le sonrió arrogante para luego darse de la vuelta y seguir su camino.

Para su mala suerte, no pudieron encontrar un solo momento para charlar a solas, pero Inuyasha estaba seguro de tener ahora una excusa para hablar la próxima vez que la viera.

Con una sonrisa, aceptó que al parecer no había sido una mala idea asistir al evento.

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