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DIEZ CLASES
Solo fueron necesarias diez clases para enamorarme de ti, quizás fueron tus quejas continuas, quizás tu rostro sabio de adolescente o tu vivaz vida amical que impulso a que este corazón de hombre te dedicara palabras de amor.
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—Recuérdame porque sigo escuchándote.
—Porque eres mi amigo, Inuyasha.
—Eso no me obliga a escuchar las tonterías que dices —explicó muy calmado Inuyasha para luego entrar por la puerta de la oficina principal de la Academia y firmar su entrada antes que Miroku. Se lo había encontrado unas cuadras antes de llegar a su centro de trabajo y se puso a hablarle sobre su impotencia sexual.
No es como que le importase realmente, y de hecho se lo hizo saber muchas veces. Sin embargo, el hombre lo ignoraba olímpicamente y procedía a darle detalles sobre como era imposible quitarse de su cabeza la hermosa sonrisa de Sango y sus prominentes curvas. Le repitió constantemente que él ya no era cada vez de ver una mujer sin compararla con Sango.
Nada mas terminar de firmar le dio espacio a Miroku.
—Buenos días, profesores —saludó muy amable Kaede desde su computador. Tanto el pelinegro como Inuyasha inclinaron la cabeza con respeto al verla. La mujer siempre estaba muy ocupada y estresada pero aun a pesar de eso no perdía su amabilidad y respeto.
Ambos profesores salieron para entrar a sus salones.
—Te seguiré contando más tarde entonces.
—No, por favor.
—¡Dalo por hecho! —Miroku se perdió en el pasadizo e ingresó a una puerta que decía Anual 04 y cerraba tras él. Nada más cerrarla la volvía a abrir cuando un alumno le tocó la puerta. Sin embargo, Miroku lo miro de arriba abajo y le cerró la puerta en la nariz alegando que estaba tarde.
Inuyasha miró su reloj. Faltaban diez minutos antes de ser ocho de la mañana… pero él no iba a discutir su método de enseñanza, así que dando la vuelta se introdujo al Anual 02 donde le tocaba enseñar esa primera hora de la mañana.
Dado que era muy temprano —incluso para él— no había muchas personas en el salón y los únicos que había estaban durmiendo o enfrascados en su teléfono.
—Buenos días —se escuchó desde la puerta, Inuyasha volteó para chocar su mirada con Ayame, la pelirroja estaba mascando chicle como siempre y le daba una mirada mortal desde su posición. El peliblanco solo asintió al verla y ella pasó de frente hasta una de las sillas mas alejadas de la pizarra y se dejo caer como una delincuente. Su mochila hizo un ruido sordo al caer al suelo, pero a ella pareció no importarle por lo concentrada que se puso con su teléfono móvil.
Inuyasha tomó la única tiza blanca del salón y se dispuso a escribir en la pizarra hasta llenarla como ya era natural en él. Los alumnos fueron llegando poco a poco hasta que dio las ocho de la mañana en punto y el salón estaba rebosante de gente como era usual.
—Muy bien, empecemos la clase —tan pronto como dijo eso siguió su clase habitual. Las cosas sucedieron como ya era normal, Ayame se la paso semi dormida toda la clase con ese fastidioso chicle en su boca, Koga le enviaba papelitos a Kagome cada que podía y ella se los mandaba a Ayame detrás suyo. Koga se deprimía y la pelirroja le devolvía los papeles a Koga con fuerza y directo a su cabeza.
Sango conversaba sobre la clase muy bajito con Rin quien le ayudaba con las preguntas del libro. Kagura y su grupo del fondo reían demasiado fuerte incluso hasta para él que no se resistió de llamarles la atención. La única aparentemente tranquila de ahí era la menor, Kanna quien incluso vestía el uniforme de su secundaria.
Era curioso ver una estudiante de colegio en una academia de preparación para universidad… pero no totalmente raro y único.
Terminó su clase dando las respuestas del libro y con parsimonia espero el toque de la campana de salida.
—No pudimos hablar la semana pasada —se acercó Kagome a su asiento. Lleva un libro apegado a su pecho y envuelto por sus brazos. Inuyasha levantó la vista y le sonrió coqueto.
—Podemos hablar ahora.
—O más tarde.
—Cuando quieras —la pelinegra esbozó una pequeña sonrisa antes de estirarle su libro extracurricular y preguntarle acerca de un tema que no entendía, Inuyasha fue muy paciente al explicarle y ella agradeció eso. Por lo general los maestros te daban la respuesta y cuando te acercabas a preguntar porque, se alzaban de hombros y te decían "está en tu libro" o "eso ya lo dije" así que Kagome, por lo regular, se esforzaba un poco más para evitar molestarlos.
Aunque Inuyasha era distinto, sonrió pensando que definitivamente era la vocación predilecta del peliblanco.
—No te lo pude decir en la fiesta —sonrió Inuyasha— pero te veías preciosa.
Un delicado sonrojo corrió en el rostro de Kagome de extremo a extremo. La sonrisa arrogante de Inuyasha era bastante para ella quien estaba acostumbrada a que la halagaran, pero no que le dedicaran una mirada madura de verdadero ligue.
Se mordió los labios notando por primera vez lo apuesto que era su profesor. Era ancho de hombros y tranquilamente le llevaba una cabeza, sin contar su extravagante color de cabello y sus ojos dorados hipnotizantes. Él podía tener a cualquiera a sus pies y Kagome sabia que si la estaba buscando a ella era probable que cayera redondita ante él con un poco de tiempo.
Lo cual no estaba nada bien, ¡era su profesor!
Dándose un sacudón mental, quitó todos sus extraños pensamientos de la cabeza y le contestó—T-Tu también te veías bien.
—Gracias —un pequeño colmillo sobresalió de la sonrisa de Inuyasha, y solo entonces fue señal para Kagome de que era hora de retirarse de ahí. Un enorme "corre mujer" salió de sus pensamientos cuando los ojos del peliblanco frente a ella brillaron en reconocimiento a su nerviosismo. ¡Ella no quería estar nerviosa por él! ¡Era su profesor!
Era ridículo que tan siquiera él intentara coquetear con ella y cayera como si fuera una adolescente hormonal, ¡ya había pasado esa etapa como para volver a las andadas! Sin embargo, ahí estaba, paralizada y sin dejar de ver esos hermosos ojos color miel que la derretían por completo.
—¿Tienes alguna otra pregunta? —Kagome le respondió con un simple ademán con la cabeza e Inuyasha entendió nuevamente que la chica frente a él estaba paralizada. Inuyasha era consciente de que era considerado guapo por muchas féminas, por lo general evitaba que loa acosaran comportándose como un idiota tímido, eso por alguna extraña razón espantaba a las mujeres.
Pero esa jamás fue su personalidad. Era solo un muchacho arrogante de veinticinco años después de todo.
La pequeña Kagome, sabiendo que ya estaba demasiado tiempo de pie al frente de Inuyasha y la campana de salida ya estaba sonando… se tragó su propio sonrojo y regresó a su asiento agachando la cabeza. Inuyasha se limitó a sonreírle a su espalda. Ella era demasiado sexy y bonita… era increíble que alguien así reaccionara a él. Por supuesto Inuyasha no iba a dejar eso pasar.
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—¿Puedes dejar de comportarte así? —espeto Inuyasha mirando como Miroku chocaba su propia cabeza contra una de las mesas de la cafetería. Era ya el segundo descanso y hacían decidido darse esos minutos para relajarse con una humeante taza de café en las manos. Aunque Miroku no se veía muy relajado por la forma en cómo se autoflagelaba.
—Es que…
—Ya escuché toda tu historia, Miroku. Lo único que puedo sacar es que estas enamorado de Sango y no quieres aceptarlo porque tu historial de perversiones no te lo permite.
—¡Eso no es…! —Miroku levantó el dedo índice para refutarle, pero luego lo bajo—Creo que tienes razón.
—¡Keh! Claro que tengo razón.
Tan pronto como dijo eso, se acercaron a la barra de dulce dos preciosas féminas que eran muy conocidas para él. La pequeña Kagome estaba acompañada por Sango quien le tomaba del brazo mientras elegían que comprar.
No tuvo que ver dos veces a Miroku para saber que iba a llamar a la castaña—¡No la llames, idiota!
—¡San-! —antes de que pudiera terminar, Inuyasha le estampó la mano sobre la boca.
—No puedes llamarla ahora —le susurró—. No te discuto todo lo que tienes con ella afuera de esta Academia, pero recuerda que eso aquí no está permitido.
—Solo quería que nos acompañara…
—Mira por la ventana y por amor a todos los dioses, disimula.
Tal y como Inuyasha se lo dijo, subió su taza de café y los labios y estiro su cuello hacia la ventana, casi escupe al ver a Hakudoshi apoyado sobre esta observando todo lo que hacían las personas dentro de la cafetería… incluyéndolos.
—Oh, joder.
—¿Ahora entiendes? —entrecerró sus ojos Inuyasha mientras volvía a tomar un sorbo de su café. Era amargo justo como a él le gustaba.
—Me acabas de salvar la vida, hermano. Si la traía lo mas probable era que le metiera mano y-
—Ya —interrumpió rápidamente—, he escuchado suficiente.
De todas formas y a pesar de intentar por todos los medios detener a Miroku, no había nada en el mundo que detuviera a Sango. Mucho menos Kagome al ver como quien estaba el profesor Miroku.
—Buenos días, profesor —con una especie de caricia coqueta, Sango se acercó al asiento de Miroku y se agachó para depositar un tierno beso sobre la mejilla del pelinegro—. Me hubiera encantado que fueras tu quien nos dictara clases…
Inuyasha levantó las cejas.
—Eh… sin ofender profesor Inuyasha.
Estaba demás decir que era imposible que Miroku e Inuyasha dictaran clases en el mismo salón debido a que ambos impartían la misma asignatura. Literatura.
—Pues —replico Kagome—, a mi m-me parece que el profesor Inuyasha es muy bueno en lo que hace. Es atento, considerado y paciente, me gusta tenerlo de profe-
Para cuando se dio cuenta acababa de soltar un montón de cosas que definitivamente nadie iba a mirar con buenos ojos. Ni siquiera ella podía saber de donde había salido todo eso. Sango la miraba como si le acabara de salir un tercer ojo mientras Miroku alzaba las cejas sorprendido.
Por otra parte, Inuyasha tenia una sonrisa encantadora—Gracias, dulzura. Por eso tu eres mi alumna favorita y no Sango.
El puchero de Sango fue bastante gracioso. La campana sonó rápidamente y aun así Kagome no fue capaz de quitar su rostro de "trágame tierra" durante todo el resto del día. Cuando se anunciaron el final de las clases completamente y Kagome no se movía para salir, Ayame la golpeó con un libro en la cabeza.
—¡Oye!
—¿Qué tanto pensabas?
Kagome se volvió a sonrojar y golpear su cabeza contra el escritorio.
Sango respondió por ella con una picara sonrisa—Lo que pasa es que esta avergonzada, dijo un par de cosas sobre el profesor Inuyasha que… la verdad es que parece que le gustara.
—¡Él no me gusta!
—Ese sonrojo en tu cara me dice lo contrario —canturreó Sango.
Kagome se volvió a estrellar contra el escritorio—Solo estoy avergonzada.
—¿Sabes que es lo peor? —continuó Sango con una coqueta sonrisa—Es que el profesor le siguió la corriente, le dijo dulzura y le dijo que ella era su alumna favorita.
El grito de Kagome no se hizo esperar mientras se tapaba la cabeza con su libro de Aritmética.
—No te culpo —se dirigió Ayame a Kagome—, el profesor Inuyasha es demasiado guapo, incluso hasta para él.
Otro grito de vergüenza.
—A este punto estrellará su cabeza contra el suelo como un avestruz…
—Sobrevivirá —terminó Ayame para luego dar la vuelta y salir de ahí. Dejando a una muy sonrojada Kagome mientras Sango la consolaba con palmaditas en su espalda y susurrándole que solo estaba bromeando.
Lamentablemente para Kagome, quien sabía que estaban bromeando, también sabia que había un poco de verdad en lo que decían. Inuyasha era un sujeto agradable cuando lo conocías, a lo mejor escondía un lado gruñón, quien sabe. Era inteligente y eso le encantaba, y eso le sumamos el plus de que era guapo a rabiar.
Kagome no tenia nada que hacer contra eso. Tenia todas las cualidades que a ella le gustaba de un chico. Con un suspiro mental, aceptó que su profesor empezaba a gustarle.
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Review?
