Disclaimer: Hetalia Axis Powers es propiedad de Hidekaz Himaruya.
Advertencias: Uso de nombres humanos, lime, UA.
Notas de autora: No me hago responsable de enfermedades visuales por la calidad del lime. Pido piedad. (?)


El rubio estaba recostado sobre la extensa cama, con las piernas extendidas frente a él, y el dedo índice haciéndole un juguetón gesto para que se acercara y se lo devorara entero. Diablos, el castaño sí que lo haría. Este último se lamió los labios. Había esperado tanto, tanto tiempo para colocar sus manos sobre la piel del blondo, no desaprovecharía ni un solo momento de aquella situación. Poniéndose encima del cuerpo de este, le estampó un beso que demostraba todas las ganas que había estado acumulando, y se aseguró de rozar su entrepierna con la de su amante, quien no pudo más que soltar jadeos y corresponder el feroz beso.

—Toris, Toris... —lo llamaba con esa melodiosa voz, y él juraba que iba a volverse loco si seguía gimiendo su nombre en voz baja de esa manera. Iba a volverse loco y no iba a ser nada gentil con el rubio. Toris dirigió sus húmedos besos a la sección de su cuello, enloqueciéndose con el aroma del blondo, entregándose al embriagador olor que lo motivó a dibujar un hilo de chupetones que concluyó en las clavículas del de ojos verde-aqua, alentado por los gemidos de satisfacción de este.

Pero como siempre, Feliks intentaba tomar las riendas. Por eso le encantaba tanto, porque no se quedaba callado, ni era un chico sumiso, era explosivo y hacía lo que se le venía en gana, con él, con su corazón, con todo. Toris fue recostado en la cama con un empujón sin ser necesariamente brusco, y fue testigo de la seductora manera en la que Feliks quedó a horcajadas en sus caderas, con sus muslos presionando de forma insoportable la erección que se escondía en sus calzoncillos. Las muñecas del castaño fueron aprisionadas por las del blondo, quien tenía una sonrisa peligrosa en sus labios, y se acercó a la boca ajena, simplemente mordiendo el labio inferior de Toris.

—Me vas a matar —dijo el lituano, comiéndose con los ojos el hermoso cuerpo que se desplegaba encima de él, extendiendo el cuello hacia atrás para darle todo acceso posible al polaco que le besaba y lamía, bajando por su torso, manoseando las caderas, allí, donde la V tenía su inicio. Con rapidez quitó la camisa que le entorpecía la visión del pecho del lituano, aquel torso exquisitamente hecho, tenía un par de cicatrices y pecas pero, ¿realmente importaban? ¿O acaso enriquecían aún más la vista? Feliks paseó su serpentina lengua por allí y aquí, deleitando a Toris, porque joder, el polaco sí que era experto en lo que hacía. Con mucho gusto aceptaría que lo matara de placer.

Creyó que moriría al notar las manos juguetonas del polaco dirigirse a su propia camiseta, quitándosela con lentitud, para torturarlo, en los ojos verde-aqua del menor se expresaba la diversión que sentía de saber que era tan deseado por el mayor. La piel pálida y perfecta de Feliks se mostró, dándole más deseos a Toris de marcarlo y hacer que gritara su nombre, pero aún no podía, tal y como le indicó el divertido rubio, haciendo una seña de "no" con el dedo.

—No tenemos por qué apresurarnos —pronunció el polaco antes de empezar un tortuoso vaivén en el choque de caderas, sus glúteos atrapando deliciosamente la polla del lituano envuelto aún en los bóxers de este, que cada vez se sentían más apretados. Toris solo podía tener sus manos en las caderas ajenas para que a Feliks no se le ocurriera torturarlo más alejándose de él y deteniendo esa fricción deliciosa que a ambos les provocaba gemidos roncos, suspiros llenos de placer—. Hazme el amor, Toris, por favor...

Y cuando Toris Laurinaitis despertó aquella mañana con un problema en sus pantalones de pijama y un sonrojo fuerte en las mejillas, supo que nada volvería a ser igual en su amistad de años con Feliks Lukasiewicz.


Dicha amistad había comenzado hacía años, específicamente, cuando a sus madres se les ocurrió la brillante idea de colocarles en el mismo jardín de infantes. Bastó que el polaco dijera "¡vamos a ser mejores amigos!" para que el otro niño lituano aceptara tímidamente y desde ese día, ser inseparables. No había momento de su vida en el que el rubio no estuviera presente, dándole su apoyo incondicional en sus decisiones y cuidándolo, pese a que él era el mayor. Eran abismalmente diferentes, con el polaco siendo explosivo y el lituano, más bien tímido. No obstante, sus diferencias hacían que se complementaran y acoplaran el uno al otro, porque poseían lo que al otro le faltaba. Toris sabía que Feliks siempre estaría (y estaba) ahí para él.

Incluso cuando comenzó a gustarle Natalya Arlovskaya, una chica bielorrusia que no tenía ni el menor interés en su persona. Feliks aguantaba llamadas hasta las cuatro de la mañana de su gran amigo hablando de ella y de la frustración que le daba no saber qué hacer para gustarle. Toris bien sabía que a Feliks le gustaban los chicos guapos, y Feliks bien sabía que a Toris solo le atraían puras mujeres bonitas.

O al menos Toris pensaba así hasta aquella fatídica mañana en la que despertó luego de tener el sueño húmedo más excitante de su vida con su propio amigo de toda la vida. Para empezar, tenía un problema en sus pantalones de pijama del qué ocuparse, pero ni siquiera podía poner manos a la obra porque estaba demasiado avergonzado de lo que había soñado. ¿Por qué? ¿Por qué justamente su gran amigo, que además de serlo, era un jodido hombre? No había soñado jamás de esa manera con Natalya Arlovskaya, y sin embargo, la erección en sus partes bajas punzaba cuando se acordaba que el sueño había sido protagonizado por Feliks Lukasiewicz.

Decidió que solucionaría el problema con una ducha bien fría. No se tocó a sí mismo pese a que le dolía, y ocultó su pudor lo mejor que pudo mientras se vestía y se dirigía a desayunar con su familia. Pensó que al menos podría guardárselo para sí mismo, no era necesario que nadie supiera qué había soñado. Quedaría como un simple recuerdo y nunca hablaría de ello. Podía hacerlo, ¿verdad?

En cuanto apoyó un pie en el salón de clases de su curso, supo que no le sería tan sencillo como creyó. El polaco (a quien extrañamente le habían permitido usar el uniforme escolar femenino) fue a saludarlo al verlo llegar, con una sonrisa de lado, tal y como su rutina lo indicaba. Pero Toris no pudo más que emitir un simple "Hola" y escabullirse a su asiento al lado de Eduard. Cuando miraba a Feliks, el sueño se devolvía a su cabeza, tan vívidamente como si aún se encontrara en él. Debía evitarlo el mayor tiempo posible. Tan concentrado estaba en su cometido que no notó la mirada de extrañeza de su gran amigo, que luego se convirtió en una de dolor al ver que el lituano le ignoraba.

—¿Todo está bien entre ustedes dos? —preguntó el estonio, obviamente notando la ruptura en el comportamiento habitual de su amigo, este asintió distraídamente y con las mejillas sonrojadas—. No has saludado a Feliks con un abrazo ni has ido corriendo a preguntarle a Natalya cómo ha sido su fin de semana —el blondo de anteojos examinó con la vista a su castaño compañero, con un par de dedos sirviendo de aporte para su barbilla. Toris ocultaba algo, lo sabía.

El lituano dio un gemido de derrota por lo bajo y estampó la cara contra el pupitre. Estaba más ruborizado que antes, sabía que si alzaba la mirada, sus ojos buscarían inevitablemente al polaco y observarlo sería perder la cabeza de nuevo. Así que prefirió mirar a Eduard, que seguía con ojos interrogativos.

—Si te cuento un secreto oscuro... —Laurinaitis se mordió el labio inferior debido al nerviosismo y bajó el tono de su voz—, ¿podrías prometer jamás contarle a nadie? ¿Ni siquiera a Raivis? —añadió refiriéndose al tercer miembro del trío de amigos bálticos, que aún no había arribado a clase. Von Bock asintió, no solo por amistad, sino porque la curiosidad iba a matarlo a este lento paso—. He tenido un sueño húmedo.

Eduard alzó las cejas para después bajarlas rápidmente. Se esperaba algo más inconfesable, quizá morboso; ellos estaban en la plenitud de la adolescencia y sabía que era normal o esperable tener sueños de esa clase...

—Con Feliks —concluyó tímidamente Toris, provocando que Eduard se atragante con su propia saliva y por fin entendiera por dónde iba la cosa—. ¡No grites! —reclamó el lituano la ver las intenciones del estonio, que no daba en sí de la impresión por su confesión.

—¿Con Feliks? ¿El mismo Feliks que es nuestro amigo? —von Bock estaba que no se creía una palabra y no era para menos, por eso, Laurinaitis no lo culpaba de estar tan asombrado. Todo el mundo, incluyéndose a sí mismo, era testigo de la evidente orientación heterosexual del castaño, y su notoria atracción por la chica bielorrusia de cabellos claros. Pero ya no estaba seguro de nada, y aquello lo asustaba—. Quiero que me cuentes bien, porque no entiendo nada —exigió el rubio de lentes.

Lanzando un suspiro que procuraba no ser ruidoso para no llamar la atención de nadie (afortunadamente, todo el curso estaba ocupado en sus propios asuntos y nadie les prestaba atención a su misteriosa plática), Toris se inclinó sobre el pupitre para hablar más cerca de su amigo de origen báltico.

—No sé cómo sucedió, pero solo... soñé con él, estábamos en un cuarto, besándonos, él estaba sobre mí y ahora... ni siquiera puedo verlo a la cara —a von Bock le daba algo de lástima el rostro avergonzado de Laurinaitis, podía notar a la perfección que no tenía idea de qué hacer con lo que le había pasado, y todavía peor, el muchacho protagonista de su sueño mojado no era alguien fácil de llevar, era Feliks Lukasiewicz—. Tengo que evitarlo, Ed. Si lo miro a la cara, fijo, no sé qué soy capaz de hacer.

El estonio colocó la mano delante de su propia boca para callarse, porque aunque adoraba a su amigo, él debía darse cuenta de que la situación no era tan mala como él pensaba. Al parecer, el lituano apenas empezaba a darse cuenta de que le gustaba el polaco más de lo que estaba dispuesto a admitir. No era adecuado meterse en el medio y forzar a Toris a caer en cuenta de ello, a recapacitar que el amor era más que encasillarse en una orientación sexual.

—¡Toris, Toris, Toris! —y hablando del rey de Polonia, este apareció como invocado y alterando todos los nervios restantes del lituano, aquellos que aún no se habían enloquecido. El polaco se arrojó a los brazos de su amigo, como era costumbre, y Eduard observó en primer plano el rubor en el rostro del castaño hacerse más intenso—. No me diste mi abrazo —Feliks hizo puchero y los ojos del mayor se dirigieron a esos labios que se abultaban en ese infantil gesto, recordó el contacto hechizante de la boca de su amigo durante su sueño, la forma en la que lo había besado, como si quisiera arrasar con él y con gusto se lo permitiría. Antes de que pudiera pensar en qué contestarle, la campana escolar lo salvó, ocasionando que el rubio bufara y se apartara de sus brazos.

Durante toda la clase no fue capaz de mantener el ritmo como el resto de sus compañeros y sus traicioneros ojos seguían desviándose hacia el pupitre donde estaba el blondo. ¿Por qué nadie de los docentes que tenían se quejaba de la vestimenta femenina de Feliks? Incluso sus compañeros no decían palabra alguna y hasta les parecía correcto que el polaco usara el uniforme escolar para niñas. Bueno, eso sonaba un poco hipócrita de su parte, porque él había ayudado al rubio a hablar con la secretaría de la escuela para que le permitieran usarlo, pero aquel día le parecía intolerable. Sobre todo porque si no se controlaba a sí mismo, se lo iba a comer con la mirada.

Apenas volvió a sonar la campana de clases, recogió hábilmente sus cosas, metiéndolas de forma apurada en su mochila, y se fue corriendo a esconderse a la biblioteca, porque sabía que el polaco lo buscaría en otros sitios antes que ahí. Requería ordenar sus pensamientos antes de hacer cualquier estupidez que condenara al diablo la amistad de años que tenía con el polaco. Y aunque no le gustaba la idea, tenía que replantearse sus sentimientos por él.

Podría excusarse que el sueño húmedo que había tenido no había significado nada, pero él internamente no podía mentirse a sí mismo. Era el único sueño erótico de toda su vida, y nunca había sentido los deseos que ahora experimentaba por su gran amigo, ni siquiera por Natalya. No deseaba acorralarla y marcarle el cuerpo entero como de su propiedad, no deseaba arremeter contras las caderas ajenas de la forma en que se soñó haciéndole a Feliks. Ese rubio iba a ser su causa de muerte.

No parecía tan mala idea reconocer que podría llegar a sentir una ligera atracción por su amigo de la infancia. No sabía si eso significaba que era homosexual, porque ningún otro hombre le gustaba de la manera en la que el polaco lo hacía. Además, él no tenía ningún problema con eso, no era alguien homofóbico (de lo contrario, no sería amigo del blondo, quien hacía más que evidente su gusto por los hombres). Podía admitir que era físicamente hermoso, reconocía que no en vano Feliks se cuidaba el pelo con los mejores productos que encontraba, cuidaba sus uñas y en más de una ocasión le había mostrado que se hacía manicure, también cuidaba de sus prendas, para no verse descuidado.

Toris se dejó caer contra un estante de la biblioteca, aprovechando que esta estaba bastante solitaria, y enterró su rostro entre sus manos. Y como parecía invocar al polaco con sus pensamientos, este apareció por uno de los pasillos de la biblioteca, más rápido de lo que el lituano esperó que tardaría.

—¡Toris, Toris!

—Toris, Toris...

Cerró los ojos al mismo tiempo que se levantaba, temía lo que estaba pasando en ese momento: que cualquier clase de contacto con el menor le provocara rememorar los recuerdos de su sueño. Y al mismo tiempo sabía que no podría evitarlo eternamente, tendría que enfrentarlo algún día, y no quería que Feliks pensara que estaba enojado con él, a decir verdad. El rubio era una persona que sacaba conclusiones apresuradas.

—¿Por qué has estado evitándome? ¿He hecho algo que te molestara? —en cuanto abrió sus ojos, se encontró con los verde-aqua del blondo, quien se inclinó y le observó entre preocupado y ceñudo—. ¡No me gusta que me ignores!

—Perdóname, Feli —se disculpó el castaño, recibiendo entre sus brazos al rubio que seguía profiriendo quejas. Puso su nariz en el sedoso pelo de su amigo y el aroma a shampoo que estaba ahí lo emborrachó. Sabía que no podía contenerse durante mucho más tiempo, pero no quería asustar a Lukasiewicz con lo que estaba a punto de decirle—. Yo... ya no estoy tan enamorado de Natalya como creía —comenzó a decir, un poco inseguro.

El de ojos verdes se separó de él con sorpresa y al instante sonrió.

—¡Ese es mi Toris! Sabes que yo te apoyo en todo, o sea, pero ella no te merecía, tú eres el mejor hombre que he conocido, mereces más que malos tratos... ¿qué sucede? —quiso saber de repente Lukasiewicz, porque Laurinaitis le había tomado del rostro y ahora le miraba fijamente, poniéndole nervioso—. Toris, ¿qué pasa?

—Ya no estoy enamorado de ella porque... me di cuenta... de que tú me gustas más.

Y lo besó, sin esperar una respuesta del rubio, porque no se sentía seguro de querer escucharla en caso de que lo rechazara. El siempre correcto Laurinaitis se dedicó a recorrer la boca impropia con una impaciencia que no parecía suya, adentró su lengua para explorar todos los rincones posible, y notó con satisfacción que Lukasiewicz tenía una urgencia al momento de corresponder su demandante beso. El polaco terminó de espaldas contra un estante de la biblioteca, jadeando cuando el lituano le mordió el labio inferior y volvió a arremeter contra sus indefensos labios que nada más podían corresponder.

Y lo besó, sin esperar una respuesta del rubio, porque no se sentía seguro de querer escucharla en caso de que lo rechazara. El siempre correcto Laurinaitis se dedicó a recorrer la boca impropia con una impaciencia que no parecía suya, adentró su lengua para explorar todos los rincones posible, y notó con satisfacción que Lukasiewicz tenía una urgencia al momento de corresponder su demandante beso. El polaco terminó de espaldas contra un estante de la biblioteca, jadeando cuando el lituano le mordió el labio inferior y volvió a arremeter contra sus indefensos labios que nada más podían corresponder.

—Toris... —si seguía llamándolo de esa forma iba a volverse loco como en su sueño, ya no procesaba qué estaba haciendo, solo se dejaba llevar—. ¿Es de verdad? ¿No estás jugándome una broma, cierto? —el lituano negó con la cabeza, ¿cómo podría?, él nunca le mentía. Permitiendo que el polaco pudiera respirar después de un minuto entero besándose desenfrenadamente, este continuó con la respiración agitada—. Yo, yo, ¿soy tan obvio para ti con mis sentimientos? ¿Te dabas cuenta cuando me ponía celoso de Natalya?

—¿Significa que tú también gustas de mí? —le preguntó esperanzado el castaño, cuya alegría aumentó considerablemente al ver que el rubio asentía con la cabeza agachada y las mejillas rojas. Quién diría que el carismático Lukasiewicz se vería convertido en un chico pequeñito y adorable con temor a confesarse. Parecía que ambos podían sacar del otro, lados que usualmente la gente no tenía siquiera la posibilidad de ver, o que ni se imaginaban que existieran—. Eso me hace muy feliz, Feli.

Y de nuevo lo besó, dejando al blondo anonadado con lo agresivo y activo que podía ser su amigo, ¿podría seguir diciéndole así con todas las cosas que se habían declarado y hecho? Dieron rienda suelta a sus más ocultos deseos; los del blondo, porque jamás creyó que podría llegar a gustarle a su gran amigo, siendo siempre opacado por cualquier mujer bonita que se cruzara en el camino del castaño; los de este, porque por fin se sentía en paz y al lado de la persona correcta.

—¡Toris, Feliks! —las voces de Raivis y Eduard se oyeron por la biblioteca y tuvieron que separarse, aunque no a tiempo para no ser vistos por el letonés y el estonio—. Oh... ¿interrumpimos algo? —aquel había sido el pequeño Galante hablando, sonrojado y nervioso por haber interrumpido quizás una confesión amorosa. Von Bock se veía orgulloso del lituano, sabía que este terminaría enfrentando sus emociones y haciendo caso a su corazón.

—No, Raivis —lo tranquilizó con una sonrisa el castaño, que entrelazó sus dedos con los del rubio y este ocultaba su cara ruborizada en el hueco de su cuello—. Imagino que nos buscaban para volver a clases, vámonos...

Volviendo entre risas y un par de bromas al salón, los cuatro sospechaban mentalmente que después de terminar el día escolar, Toris y Feliks tendrían mucho de qué hablar.