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DIEZ CLASES

Solo fueron necesarias diez clases para enamorarme de ti, quizás fueron tus quejas continuas, quizás tu rostro sabio de adolescente o tu vivaz vida amical que impulso a que este corazón de hombre te dedicara palabras de amor.

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—Es extraño verte tan temprano por aquí —sonrió Kikyo mientras recibía una buena cantidad de papeles en sus brazos de parte de Koga. Por supuesto no se estaba dirigiendo al joven ayudante de la Academia, sino al profesor Inuyasha. El peliblanco estaba firmando su asistencia muy tranquilamente antes de darle una suspicaz mirada.

—Muy extraño —secundó Koga para luego salir de la oficina y echar a correr a su salón.

Kaede dejo de teclear sobre la computadora y recibió los documentos que le estiraba Kikyo con una sonrisa de agradecimiento.

—Estoy adquiriendo nuevos hábitos —contestó Inuyasha para luego acomodarse la tira de la maleta y caminar hasta el escritorio de Kaede. Sobre esta había un folleto de publicidad que supuestamente atraería nuevos estudiantes para la Academia. El peliblanco alzo la ceja al verlo. Se veía horrible y anticuado.

—¡Oh! ¿Ya viste mi volante?

El Taisho levantó la mirada para ver la tranquila sonrisa de la pelinegra. Sus resplandecientes ojos le decían a Inuyasha que la muchacha estaba esperando una opinión, sin embargo, él no tenía nada que decirle. ¿Qué podía hacer? Todo menos ser sincero.

—¿Tu lo editaste y lo escribiste?

—Si —su asentimiento lleno de orgullo fue un golpe directo a su estómago.

—Es… colorido —y no mentía, los colores rojos, morados y verdes limón dominaban el papel por completo, sin contar las letras que variaban entre el blanco y el negro. Entrecerró los ojos al reconocer la fuente utilizada. ¿Comic Sans? ¿En serio?

Inuyasha no era publicista, pero tenía que reconocer que podía hacer un mejor trabajo que eso.

Temiendo que Kikyo buscara otra opinión de él, levanto su mirada color miel para ver los fríos iris de la muchacha. Esta había borrado su sonrisa y lo miraba sin pestañear; ¿tenía que preocuparse? ¿quitar la mirada, tal vez?

Sin embargo, Kikyo volvió a sonreír—Tus ojos son geniales. ¿Sabías que brillan constantemente?

De alguna retorcida manera, Inuyasha agradeció que el tema se cambiara por completo, aunque ahora se trataba de él. Prefería tragarse los halagos de Kikyo a que ella insistiera en una opinión suya y después se sintiera ofendida.

Ni siquiera tuvo tiempo de responderle algo a la pelinegra cuando detrás de ella, Kaede se levanto para tocar la campana que daría inicio a las clases. Tenia que irse ahí, se despidió rápidamente de las dos y salió como alma que lleva el diablo de la oficina. De lo rápido que iba, no noto que todavía en su mano estaba el volante de publicidad para la academia de Kikyo.

Ingreso a su salón solo para recuperar el aliento y el color.

Estar meramente cerca de aquella muchacha siempre le atraía problemas. Es decir, él agradecía que ella se fijara en él —eso estaba clarísimo—, solo podía sentirse halagado. Pero la forma en que ella tenia para buscarlo era… muy extraña. Kikyo se le aparecía hasta por debajo de las piedras. Solo gracias a Miroku se había librado de otras tantas veces que le pidió volver a almorzar.

En serio, ni siquiera podía acostarse con ella y darle el gusto porque sabia que la mujer, si es que le hacia el amor, nunca se volvería a separarse de él. Prefería mantener las distancias, aunque ella se negará a eso. Estaba seguro de que Kikyo notaria en algún momento notaria sus miradas incomodas y por si misma se haría para atrás. Solo le quedaba esperar porque ese momento llegara más pronto que tarde.

—Buenos días —suspiró al ver la cantidad de alumnado en sus asientos.

Algunos de ellos le devolvieron el saludo, otros no.

Koga estaba sentado muy cómodamente en su silla mientras escribía algo en su libro extracurricular, a su lado estaba Sango mirando lo que hacia y Rin, conversando con Ayame. Inuyasha noto la ausencia de Kagome como un lunar dentro de un cuerpo sin imperfecciones. Su mirada desvarió entre todo el salón sin llegar a notar totalmente aquella cabecita negra que lo traía loco.

¿Había decidido faltar a lo mejor?

Decidido a terminar de cruzar el umbral y dejar de estar parado ahí como un estúpido, dio un paso adentro solo para sentir un empujón a su espalda. Automáticamente se agarro del umbral y su pie sobresalió hacia adelante.

El salón completo se quedo callado viendo los brazos alrededor de su profesor y como este se incorporaba muy lentamente, se había salvado de caer bocabajo al suelo de no haber sido por sus rápidos reflejos.

Inuyasha sintió los temblorosos brazos a su alrededor y dobló lentamente su cuello, una cabecita pelinegra ondeaba detrás suyo junto a unos…

Abrió los ojos fuertemente y se alejo al sentir la suavidad de cierta parte de la anatomía de la chica que había chocado con él. Termino de girarse por completo y notó los ojos brillosos de Kagome y su temblorosa sonrisa. Sus manos estaban levantadas, aferrándose a la zona donde estaba su corazón, arrugando la ropa en el proceso por la presión que ejercía.

El salón seguía en completo silencio.

—Disculpe la tardanza, profesor —menciono ella bajando la mirada.

Inuyasha solo se limito a arquear la ceja, esto no era normal en ella en lo absoluto, tenia unas ojeras horribles en la cara, sin contar que tenía los iris brillosos como si quisiera llorar y su labio inferior temblaba con fuerza.

Su ropa, por otra parte, era mucho mas holgada que la habitual, como si se hubiera vestido rápidamente y sin pensar. Además de que no llevaba su mochila consigo, solo una pequeña cartera donde lo máximo que podías colocar sería un pequeño cuaderno y un lápiz. Inuyasha era muy bueno viendo a las demás personas, así que solo pudo asumir que Kagome no había dormido por algo y que estaba triste.

—Sal —la sola palabra generó un cuchicheo rápido entre los alumnos mientras Kagome abrió mucho los ojos al escucharlo. Inuyasha no dijo nada y tomándola del brazo la llevo a afuera.

Estaba temblando.

—Voy a llevar a su compañera a la enfermería, no se muevan de aquí.

Tan pronto como dijo eso, arrastró a Kagome hacia la dirección. Lamentablemente no había nadie presente así que la hizo sentarse en el sillón de los profesores y le tomó la temperatura posando su mano sobre su frente. Estaba cálida pero no era nada del otro mundo.

—Estoy bien —susurró ella para luego aspirar con fuerza. Su voz se escuchaba temblorosa y decaída.

—No. No lo estas —contesto él para luego acercarse al botellón de agua donde los profesores se servían agua mineral—. ¿Qué pasó?

—No es nada.

Inuyasha sirvió un vaso de agua y se lo entregó a Kagome, quien le agradeció el gesto con un asentimiento. Los ojos chocolates de la chica estaban desorbitados, como si escuchara todo a su alrededor, pero no estuviera presente totalmente.

—¿No hay nada que quieras comentarme?

Kagome dudo—Solo estoy cansada, no dormí bien anoche.

—No es bueno que te amanezcas estudiando —regaño el peliblanco en un falso tono de molestia que solo saco una sonrisa falsa en la chica.

—No… no es eso.

—¿Entonces?

Los ojos de la muchacha volvieron a brillar con confusión. Inuyasha estaba seguro de que, si insistía un poco más, la chica iba a soltar prenda. Así que, con eso en mente, se sentó junto a ella y apoyo su áspera mano sobre su pequeño hombro con confianza.

Las lagrimas estaban empezando a llenar sus achocolatados ojos.

—Quiero escucharte. Anda, suéltalo todo.

Sin nada mas que decir, las gruesas lágrimas que se agolparon en sus ojos se resbalaron por sus mejillas sin mas miramientos; se escurrieron hasta su mentón y cayeron sin control a su regazo. La pelinegra bajó la cabeza y trato de reprimir las enormes ansias que tenia por hipar y gritar.

Se había estado guardando todo lo que sentía desde la noche anterior para no preocupar a su hermanito menor, sin embargo, esa mujer en aquella cama del hospital también era su madre. Ella no era de piedra ni todo el tiempo mostraría una sonrisa tranquilizadora para complacer a los demás o a si misma. En algún momento se iba a romper.

Al final lo terminó haciendo sobre su profesor.

El peliblanco cruzó su mano desde su hombro hasta su espalda, acariciándola de arriba abajo en un acto consolador hasta que encontrara sus propias palabras para desahogarse.

—M-Mi madre —dejo entrever Kagome sin dejar de llorar e Inuyasha se limitó a acercarse un poco mas a ella sin detener su caricia sobre su espalda.

—¿Ella está mal?

Un asentimiento perdido fue suficiente para que a Inuyasha se le estrujara el corazón. Inuyasha nunca fue una persona empática con los demás, era más bien mucho más frio que una persona antisocial, sin embargo, ver el aura de tristeza de Kagome le dolía. Ver sus lagrimas creaban un agujero en su estómago. Era doloroso sentir como su dolor traspaso su cuerpo en forma de gotas saliendo de sus ojos.

Inuyasha sintió que el corazón se le oprimía aun mas al sentirla temblar bajo su tacto.

—T-Toda la noche… estuvimos en e-el hospital.

El peliblanco asintió, aunque ella no pudiera verlo.

—Tenia q-que tranquilizarme por Sota, pero… —un hipo salió de su garganta y ella aferró la ropa sobre la zona del centro de su pecho, entre su puño—mi madre se v-veía tan demacrada.

Sus llantos no se detuvieron ni menguaron.

—Tan triste y t-tan enferma. S-Se que ella saldrá bien de esto, pero… sus chillidos…

Inuyasha noto como empezaba a hiperventilar así que la abrazo en un intento de apaciguarla, la mano sobre su espalda jamás se detuvo. Tampoco se molesto en decirle nada cuando ella mojo su camisa, prefería que hiciera eso a que pasara todo el proceso ella sola.

Nunca era bueno que alguien llorará sola.

—M-Mi madre gritaba de dolor. Estaba s-sufriendo —su voz se rompió—y me dolió m-muchísimo verla así.

—Ella estará bien, Kagome. Su dolor será efímero en cuanto la sanen. Tu y tu hermano se encargarán de hacerla feliz, ¿verdad?

Un solo asentimiento en su hombro fue suficiente para sacarle una sonrisa. La pequeña Kagome estaba desecha en lágrimas sobre su pecho, contándole cosas muy personales sobre ella y su madre, compartiendo una vivencia dolorosa con él. Inuyasha no debería estar feliz, pero lo estaba.

Porque sentía que había derrumbado una pared entre ellos. Un grueso muro de separación acababa de caer.

Los temblores de la muchacha poco a poco empezaron a descender. Para cuando Inuyasha se dio cuenta ya había pasado poco mas de cuarenta minutos abrazado a la chica y ella, aunque hipaba ligeramente, no se veía incomoda con su cercanía. Sin embargo, todavía tenia una clase que dictar.

—¿Estas mejor?

Kagome se separó lentamente de él como si se estuviera pensando que alejarse de su cálido pecho era una mala idea. La chica de bellos ojos chocolates tenia sombreados los ojos, además que su nariz estaba roja. El peliblanco solo agradeció porque sus temblores hubieran concluido. Ahora se veía mucho mejor después de haberse desahogado.

Kagome aspiró con fuerza y luego de un suspiro, asintió.

—¿Quieres regresar a clase? —ella solo negó ante su pregunta.

—V-Volveré después de ir al baño. Quiero lavarme la cara.

Inuyasha se levantó luego de escucharla, ella se vio reacia a moverse mientras pasaba la manga de su casaca sobre su cuello, en un vago intento de deshacerse del resto de lágrimas en esa zona.

Ella levanto su rostro al ver que él no se movía.

—Kagome.

—¿Hn?

—Me gustaría invitarte a comer.

Ella abrió los ojos sorprendida.

—¿Qué dices? ¿Quieres almorzar conmigo y ver el ridículo que hare para verte reír?

Un pequeño sonrojo recorrió sus mejillas antes de responderle con un asentimiento. La sonrisa que le brindó Inuyasha en respuesta fue algo que nunca quitaría de su memoria.

Abrió la boca al verlo salir, pero nada sonó.

Sus hebras plateadas fueron lo último que vio detrás de la puerta antes de que este desapareciera en dirección a su salón de clases. Solo entonces se dio cuenta de la cantidad de tiempo que Inuyasha había perdido en ella, en vez de dar su clase. Con un sonrojo en la cara que le calentó hasta el cabello, se levantó para ir hacia los servicios.

Ahora tenia que comer con su profesor…

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Review?