.

DIEZ CLASES

Solo fueron necesarias diez clases para enamorarme de ti, quizás fueron tus quejas continuas, quizás tu rostro sabio de adolescente o tu vivaz vida amical que impulso a que este corazón de hombre te dedicara palabras de amor.

.

La campana sonó mientras Kagome se retorcía sobre su asiento. Era la señal que le indicaba que era la hora del almuerzo —después de todo ya eran las dos de la tarde—, pero esta vez no comería sola como era usual. Tendría que comer con su profesor.

Un golpe seco atrajo la atención de Sango, cuando la castaña volteó hacia la carpeta de su lado; ni siquiera se sorprendió al encontrar la frente de Kagome estrellarse repetidas veces contra su carpeta.

—¿Sabes? Esa carpeta no te ha hecho nada.

Un grave gruñido salió de la garganta de la pelinegra al escuchar a Sango. Estaba bastante vulnerable como para aceptar que le bromearan ahora. Lo que ella tenia que pensar era lo que haría ahora. Le echo un vistazo a sus ropas disimuladamente. ¡Estaba horrible! ¿Cómo es que había salido de casa así en primer lugar?

Oh, claro. Había tenido que llevar a su agonizante madre al hospital. ¿Quién se fija en su vestimenta cuando tienes una moribunda en tus brazos?

Sin embargo, no pensó en ningún momento en que se rompería en los brazos de su profesor —uno muy sexy hay que agregar— y mucho menos que él la invitaría a comer sin darle ninguna salida para negarse. Quiero decir, ¿Quién se negaría a esa perfecta sonrisa y ojos miel brillantes? Solo una ciega; y aun así una ciega dudaría al sentir su colonia entrar por sus fosas nasales.

Con un suspiro ruidoso levanto la cabeza. Ahora solo le quedaba rogar a cualquier Dios que quisiera escucharla que no pasara nada que la avergonzara y aprovechar el momento con ese hermoso espécimen masculino todo lo que pudiera.

—Oye —la pelinegra volteo la cabeza al sentir que Ayame le picoteaba las costillas.

La pelirroja bostezó antes de hablarle.

—Tengo unas mentas, ¿quieres?

Kagome se mordió los labios. Por lo general lo hubiera rechazado porque a ella no le gustaba recibir cosas de los demás, pero esta era una razón de emergencia. Tenia que ser precavida y evitar tener un aliento apestoso cuando su maestro…

No, eso no pasaría.

—Gracias —fue lo único que dijo ella mientras recibía las mentas envueltas en pedazos de plástico. En serio estaba loca si creía que alguien como Inuyasha se acercaría para besarla. Él era demasiado sexy y perfecto para ella, tenia una carrera profesional magnifica, un trabajo estable y seguramente muchas mujeres que babeaba el suelo que él pisaba.

¿Qué le garantizaba a ella que él tenía siquiera una pizca de interés en ella?

Bueno si, le había invitado a comer; pero era porque la había visto triste y decaída. No había otra razón superior a esa, ¿verdad?

Kagome se levanto de su asiento, cuando supo que había sido suficiente todo el tiempo que se tomo rebuscando una respuesta a su pregunta interior. ¿Si quiera podría responderla algún día? A lo mejor la respuesta la tendría ese día antes o después de comer. Nada perdía con intentarlo y asistir. Ella tomo su mochila y salió del lugar, no sin antes despedirse de Sango y de Ayame.

Sus pasos la guiaron hasta la dirección, desde la puerta exterior pudo ver la forma en como oscilaba el largo cabello de Inuyasha. Estaba de espaldas a ella conversando con Koga y con Kikyo. Ella arrugó el cejo, así que ahí está Koga. El muchacho en cuestión no se había presentado durante la clase de Trigonometría, que era en la última hora.

La pelinegra se dio la vuelta y apoyó su espalda contra la pared. Iba a esperar a que Inuyasha saliera para ir a comer. Tampoco es que quisiera entrar e interrumpir como toda una malcriada su conversación. Pasaron algunos segundos de mas murmullos y risas hasta que finalmente Koga salió del lugar. Ella lo vio salir rascándose la nuca y corriendo hacia las escaleras.

Ella pestañeó. Ni siquiera la había visto ahí parada, había salido corriendo como un rayo.

Su curiosidad fue mas grande, después de todo ahora solo estaban Inuyasha y Kikyo ahí adentro. ¿Por qué ellos no salían? Tan solo echaría un vistazo para saber lo que estaba ocurriendo ahí. En serio, acababa de salir Koga y aún seguían ahí adentro.

Ella estiró su largo cuello para pasa el umbral de la puerta. Inuyasha estaba entregándole un papel muy colorido a Kikyo y esta lo recibía con un aura de confusión. Kagome solo pudo preguntarse que cosa era ese papel que tenia en la mano; es decir, ¿era algún tipo de invitación a algo? En serio era colorido.

Kikyo recibió el papel con algo de duda al principio, lo escaneó rápidamente y luego le sonrió con agradecimiento. Contra todo pronóstico, se le abalanzo; logrando que Kagome jadeara y volteara la cabeza hacia adelante.

Kikyo había abrazado a Inuyasha. Lo último que vio Kagome fue como la pelinegra aplastaba sus… cosas en el pecho del peliblanco. No supo si él la separo, le correspondió o paso algo, porque ella volteo tan drásticamente. Se quedo muy quieta hasta que luego de algunos segundos, pudo oír unos pasos acercarse.

Su corazón se aceleró, pero no se movió.

—¿Buscas a alguien? —le dijo Kikyo mientras ella saltaba en su sitio.

Kagome volteó su rostro y le sonrió débilmente—Si, estoy esperando al profesor Inuyasha.

—Oh —emitió la pelinegra para luego sonreírle dulcemente—, debes tener una consulta. No le quitaré más tiempo.

Sin nada mas que decir, la asistenta de la institución salió de la oficina por completo y se perdió entre los pasadizos. Kagome respiro una gran bocanada de aire y luego lo expulso; se había sentido como una criminal cuando Kikyo la observo con esos enormes ojos chocolates. Eran tan grandes, pero tan vacíos que parecían estarte mirando directamente al alma. Fue sorpresivamente aterrador.

—¿Kagome? —sus pensamientos fueron fácilmente interrumpidos cuando volteo a ver a Inuyasha. El hombre estaba a su lado, apoyado en el umbral con una ceja arqueada. Ella alzo los hombros imperceptiblemente y dirigió su vista hacia otro lado antes de responderle.

—Te… estaba esperando.

—Eso veo —rápidamente el peliblanco le sonrió y con un ladeo de su cabeza le señaló la salida—. ¿Nos vamos?

Ella solo asintió sin verlo.

.

—¿Puedo tomar sus pedidos?

Kagome cerró el cartón en sus manos y miro a la camarera, tenia una sonrisa profesional en sus labios y una sedosa cabellera rubia. Sin querer, desvió su vista hacia su cuerpo. Perfectas caderas, generosos pechos y largas piernas. Con un suspiro devolvió su mirada hacia el liso mantel blanco de flores. ¿Acaso ella era la única fea de por ahí? ¿No podía aparecer una chica regular como ella misma para que le suba la autoestima?

Con pesar, observó la interacción entre Inuyasha y la joven camarera. Si tenia que admitir algo es que hacían una bonita pareja, extravagante pero bonita. Frunció el ceño y desvió la vista, también se veía bien con Kikyo.

—¿Kagome, no vas a ordenar? —un respingo al escuchar su voz llamándola, la trajo a la realidad.

—S-Si.

Rápidamente le pidió una ensalada francesa y un jugo de naranja. Cuando la camarera le pregunto sobre un plato de fondo, ella rápidamente respondió que solo quería una tortilla. Ni siquiera había pensado en su almuerzo por lo que había visto… no podía quitarse de la cabeza el abrazo de Kikyo.

Esa sonrisa vacía tampoco, ni mucho menos la sonrisa dulce que le dirigió. Como si aquella mujer supiera algo que ella no.

—¿Todavía estás pensando en eso?

La pregunta hizo que le diera un escalofrió directo a la espalda y que todo su cuerpo se enfriara rápidamente. ¿Como sabia él lo que estaba pensando? ¿La había visto detrás de la puerta, acaso? ¿La regañaría por espiar? A lo mejor y la dejaba plantada por eso.

—Comprendo que todavía estés mal por tu madre, pero dijiste que se mejoraría, ¿verdad? —agregó el peliblanco para luego sonreír—¿No debería estar feliz por eso? No pasó a peor.

Ella largó un suspiro después de escucharlo. Por supuesto, ella estaba preocupada por su madre…

Es decir, el estado fatal de su madre había sido preocupante, pero lo que mas le dolía y no quería recordar eran sus alaridos de dolor, la forma en cómo se retorció toda la noche pidiendo medicinas —que no se le podían dar— que la ayudaran a menguar su sufrimiento. Había sido horrible la forma en como ella se quejaba, y tuvo que soportarlo sola porque ella no pensaba dejar que su hermanito menor viera eso. Si ella se sentía mal, no quería pensar en lo que sentiría Sota.

—Lo sé —respondió ella—. Estoy feliz porque ella volverá pronto a casa y ya no… sufre.

Inuyasha le sonrío—Para celebrar eso, ¿me permites engreírte con un postre?

El sonrojo que invadió sus mejillas fue todo un espectáculo. Ella bajó la mirada muy lentamente y asintió ante los ojos miel de Inuyasha. Ese hombre causaba estragos no muy gratos en su estómago y pecho, ¿acaso no veía lo que le estaba haciendo con ella?

Oh, por supuesto que Inuyasha lo sabía, y le encantaba.

Fueron cuestión de minutos hasta que llegó el almuerzo. Ellos comieron muy tranquilamente mientras charlaban de todo y nada a la vez. Se dedicaron a conocerse mutuamente. Cosas básicas como sus cumpleaños, sus edades, acerca de su familia, sus estudios y en el caso de Inuyasha, sobre su trabajo en general.

Cuando la conversación se torno amena, Inuyasha no supo de donde saco la idea así que le pregunto a Kagome si quería que le contara una anécdota de su secundaria. Ella solo asintió mientras engullía una lechuga.

—Veras, cuando estaba en secundaria, tenia una chica que me gustaba mucho. Un día, ella me ofreció saltearme todas las clases para beber y fumar en el tejado.

Kagome pestañeó mientras se metía un tomate en la boca.

—Te haré una pregunta, ¿crees que acepté o la rechacé?

—No tengo idea.

Inuyasha sonrió—¿Pero si tuvieras que escoger una, sí o sí?

—Bueno, lo correcto seria quedarte a atender tus clases, pero tenías quince años, ¿no?

Él asintió.

—Entonces aceptaste. A esa edad todos cometemos locuras alguna vez.

La risa que salió de la garganta de Inuyasha fue música para sus oídos—Tienes razón. Me saltee todas las clases y logre impresionarla.

—¿Valió la pena?

Su sonrisa se borró mientras veía como Kagome cortaba su tortilla, lo juntaba con un poco de arroz y se lo metía a la boca sin más miramientos. Su voz había sonado un poco seca, él podía reconocer ese tono de voz de donde sea. Estaba celosa.

Lamentablemente para Kagome, a Inuyasha le encantaba meter el dedo en la llaga, muchísimo.

—Valió. Cada. Segundo.

No pudo evitar notar que la mano sobre el cubierto de Kagome empezaba a apretarse ligeramente. Su ceño se fruncía sin que ella se diese cuenta y empezaba a masticar con fuerza. Inuyasha sintió un picor en su estómago. Se veía adorable.

—Pero por supuesto eso solo fue cuando era un chiquillo. Actualmente no tengo pareja, ¿y tú?

La pelinegra sacudió la cabeza muy lentamente.

El peliblanco introdujo un poco de arroz a su boca y observo como su pequeña estudiante se obligaba a si misma a respirar y a calmarse. Inuyasha tuvo que hacer un gran esfuerzo para no reírse en su cara. En serio que se veía totalmente adorable mordiéndose los labios de celos. ¿Alguien podía culparlo?

Kagome era la cereza de un pastel que él había estado esperando por años. Él quería disfrutar admirándolo antes de metérselo en la boca y engullirlo.

Si, podía aceptar que le gustaba Kagome, como nunca había sentido por ninguna mujer antes. Ella era simplemente… Kagome. Era agradable, simpática, y de unos preciosos ojos chocolate que lo envolvían en el mas delicioso sentimiento de protección. Jamás había experimentado algo remotamente parecido con otra chica. ¿Debía dejarla ir? Por supuesto que no.

Un pedazo de su ternera se deslizo por su garganta antes de retomar la conversación.

—¿Cuándo serán los exámenes de ingreso a la universidad?

—El domingo de la misma semana que acaban las clases.

—Cuatro semanas, ¿eh?

Kagome se mordió el labio inferior al pensar en eso.

—¿Te sientes lista para tomar el examen?

La pelinegra negó con la cabeza y el peliblanco suspiro. Estaba acostumbrado a ese tipo de baja autoestima, todos los estudiantes se auto decían que nunca era suficiente estudio para poder ingresar. Se esforzaban hasta el último día y seguían diciendo que nunca era suficiente. SU propia mente les jugaba una mala pasada y sus nervios desaparecían todos sus conocimientos de la cabeza. Conclusión: No ingresaba.

—Kagome —ella subió la mirada ligeramente. Sus ojos estaban vidriosos—. He visto tus notas en los simulacros. Yo creo que estas más que lista.

—La verdad es que yo también creo que estoy lista, en ciencias y comunicaciones, pero… no soy muy buena en matemáticas.

—Si sabes que no tienes que hacer un examen perfecto, ¿verdad?

Ella frunció el ceño—Claro que lo sé. Pero saber todas las materias me da una ventaja contra la competencia. No soy la única que postula a la universidad, y las vacantes son limitadas solo a los primeros puestos.

—¿Carrera?

—Arquitectura —respondió ella rápidamente. Esa había sido la carrera de su padre, él había hecho que ella se enamorara de esa profesión.

—Tienes razón, para arquitectura la competencia es horrible.

Que su profesor le confirmará lo que ya sabia no la hizo sentir mejor. Sus puños se apretaron en su regazo mientras recordaba a sus compañeros de salón. No era la única que postularía a la universidad de Tokio, ni mucho menos la única que lo haría para conseguir una vacante en la carrera de Arquitectura.

Si ella quería ingresar tenía que conseguir ser una de las primeras y para eso tenía que estudiarlo todo. Tenia que perfeccionarse, tenia que sacar un puntaje perfecto en los exámenes de prueba solo para saber que estaba lista para los verdaderos exámenes. Ella no veía otra solución, de otra manera ella no podría ingresar a la universidad.

Y nuevamente seria tiempo desperdiciado.

—Estas pensando que necesitas saberlo todo para ingresar, ¿verdad?

Ella detuvo su carril de pensamientos y subió la mirada.

—¿Sabes también que no eres la única que piensa así? Todas las personas que postulan tienen ese miedo. ¿Podré ingresar? ¿Estudié lo suficiente? Pero solo unos cuantos ingresan, ¿quieres saber quiénes ingresan? —Inuyasha metió un poco de arroz a su boca y solo después de tragar, continuo—Solo aquellos postulantes que sabían que iban a ingresar.

Ella pestañeo.

—Todo está aquí —él subió su índice y señalo su propio cerebro— y en la confianza que te tengas a ti misma. Si te deprimes y sigues pensando en que no serás capaz, te vas a bloquear. Apuesto lo que quieras a que cuando postulaste, pensabas así, ¿verdad?

—¿Cómo sabias que ya había postulado a la universidad antes?

—No es muy difícil de deducir —señaló el mas joven de los Taisho mientras se alzaba de hombros—. Tienes veinte años, ¿verdad? Has debido intentarlo al menos una vez después de salir de preparatoria.

Ella bajó la mirada luego de asentir. Su madre la había consolado mucho después de ese intento perdido y la instó a seguir intentándolo para conseguir una vacante en la carrera que ella siempre soñó. Fue por esa mujer —que ahora estaba en el hospital— que ella decidió volver a ingresar a una academia y prepararse para la universidad.

—Deja de darle vueltas —continuo su maestro—; eres joven y tienes muchas oportunidades de intentarlo. Lo único que te puedo aconsejar ahora es que te convenzas a ti misma. Repítetelo una vez al día: Yo ingresaré.

Ella asintió.

—Porque tú no irás a intentarlo, tú irás a dar un misero examen de cortesía solo para que te den el pase oficial. Tu ya estas adentro, ¿verdad?

Ella no pudo evitar reírse de lo que él dijo. Así es, ella tenia que pensar en positivo. Ella definitivamente ingresaría, haría que su madre llore de emoción con la noticia. Que su hermanito prepare una fiesta por ella y que a su abuelo le de un infarto, bueno… eso último no, pero se entendía, ¿verdad?

—Y recuerda. Nunca estudies un día antes del examen. Descansa, diviértete y se feliz. Para que cuando llegue el gran día estés totalmente fresca para la presión que te caerá ese día.

Ella soltó un suspiro y una sonrisa—Gracias… lo necesitaba.

—No te preocupes.

Antes de que cualquiera de los dos pudiera darse cuenta habían terminado de comer. Había sido un almuerzo agradable para los dos, bastante liberador para ella y muy complaciente para él. Cuando ambos se dirigieron a la caja, rápidamente Inuyasha acercó su tarjeta y pagó toda la comida; cuando ella se quejó, él le recordó sus palabras.

—Yo te invite, ¿recuerdas? Yo tengo que pagar.

A ella solo le quedo asentir.

Ambos salieron del restaurant. Ella con una pequeña caja en la mano y él con una sonrisa satisfecha en el rostro.

—No tenias que comprarme el dulce.

—Teníamos que celebrar la recuperación de tu madre, te lo había dicho, ¿no?

Ella asintió—Aun así.

—Ya déjalo.

—De todas formas, gracias por haberme apoyado y escuchado. Fue de mucha ayuda, profesor —sonrió ella mientras miraba el postre entre sus manos. Inuyasha había insistido en comprarle una tajada de pastel de chocolate para ella. En primer lugar, se negó, pero fue imposible resistir por más tiempo.

Su sonrisa se ensanchó al recordar lo amable que había sido con ella, tan maduro y paciente. Era un hombre coqueto y arrogante también, no íbamos a mentir; pero todo eso formaba parte de él y por mas que pensaba que eso debía alejarla, la atraía. Le gustaba muchísimo su personalidad. La forma en como le sonreía, como gruñía y esos chistes raros subidos de tono que decía en mitad de la nada. Su mirada cansada cuando le preguntó sobre el profesor Miroku o ese brillo en su mirada cuando hablaba de su madre.

Todo Inuyasha era genial para ella.

Era un hombre que moriría por conocer mas a fondo y que la abrazara otra vez. Pero que esta vez no sea de consuelo.

—Me gusta cuando mis estudiantes me dicen profesor —sonrió él para luego agacharse y rozar ligeramente su nariz con la de ella. Kagome tragó sin despegarle la mirada—. Sin embargo, cuando te escucho decirlo… solamente tú… no me gusta. Solo dime Inuyasha, dulzura.

Un alocado latido sonó en sus orejas antes de que él terminara de separarse de ella. Estuvo tentada de preguntarle porque no quería que ella lo llamara así cuando también era su estudiante, pero él se despidió rápidamente luego de ver la hora en su teléfono y corrió lejos de ahí.

Estiró la mano en un vago intento por atraparlo, pero él ya estaba muchos metros lejos de ella.

Un suspiro salió de sus labios—¿Por qué yo?

¿Algún día él le contestaría?

.

.

.

.

.

.

Review?