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DIEZ CLASES

Solo fueron necesarias diez clases para enamorarme de ti, quizás fueron tus quejas continuas, quizás tu rostro sabio de adolescente o tu vivaz vida amical que impulso a que este corazón de hombre te dedicara palabras de amor.

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—¿No son esos demasiado libros, Kagome?

La pelinegra no le respondió hasta que finalmente pudo descubrir la respuesta del problema matemático que estaba resolviendo en esos momentos. Luego de varios minutos, levantó la cabeza para observar a una de sus amigas más allegadas, Sango.

La castaña tenía una de sus cejas levantadas en una expresión de duda, mientras la miraba como si le hubiese salido un cuerno en mitad de la cara. Kagome se tomó el rostro con una de sus manos libres, por reflejo.

—¿Tú crees? —inquirió con una sonrisa nerviosa mientras miraba su pupitre, el mismo tenía dos libros abiertos, una de teoría de trigonometría extracurricular y el otro era el libro otorgado por la academia, además de tres libros más, cerrados, en la esquina derecha y dos más en la esquina izquierda, casi cayéndose de su carpeta—Yo considero que estoy siendo muy complaciente conmigo misma.

—Te estas forzando más de la cuenta, eso es lo que veo —le respondió preocupada.

Sango sabía que no era la primera vez que Kagome postularía a la universidad, y aunque la expresión estaba demás, en realidad, si se le estaba yendo el tren. Kagome más que nadie, estaba poniendo todo de su parte para alcanzar una vacante en la carrera y universidad que ella deseaba. Sango eso lo sabía muy bien, sin embargo, no iba quitar la mirada de su forma en obtener esa vacante, estaba estudiando hasta quemarse las pestañas, ya no salía, pocas veces usaba su teléfono y estaba convocando tantas reuniones de estudio que estaba preocupándola.

Lo último que necesitaba era que Kagome le dijera que necesitaba una maratón.

—¿Forzándome? Supongo que tienes razón. Pero considero que es mi deber, además tengo que dar de todo para ingresar a la universidad, no haré esto todo el tiempo, puedo sacrificar algunas cosas.

Sango suspiro, en parte tenía razón. Su sacrificio le permitiría acceder a un lugar que ella quería.

Kagome, sin embargo, no se detuvo ahí—Necesito una maratón.

—¡No, definitivamente no! —le reprendió la castaña. Las maratones eran sesiones de estudio con un profesor encargado a partir de las ocho de la noche hasta las seis de la mañana del día siguiente. Si tenían suerte podían conseguir dos profesores que los orientasen en dos cursos distintos, pero lo usual era solamente uno, y también se dan más que nada para cursos matemáticos, que eran donde más penaban los alumnos. Dado el estrés que acarreaba no dormir por estudiar, no era exactamente muy recomendado y la academia no solía realizarlos, sin embargo, no se oponían si una parte del alumnado y un profesor deseaban utilizar sus instalaciones para dicho fin.

—¿Por qué no? —insistió Kagome.

—¡No dormir no es recomendable en lo absoluto, demasiada cantidad de estrés solo disminuirá tus posibilidades!

—Pero…

—Pero nada. En eso sí que no estaré de acuerdo contigo.

Mientras Kagome y Sango discutían sobre ese tema, por la puerta atravesó una buena cantidad de alumnos y detrás suyo, ingresó el profesor de turno, que en ese momento seria Inuyasha dictando su asignatura estrella: Literatura.

El peliblanco avanzó hasta su carpeta usual donde dejo su maletín y extrajo la tiza que utilizaría para escribir en la pizarra. Como era usual para todas las mañanas, el alumnado no reparó en seguir comentando entre ellos temas de diversas situaciones, a pesar de encontrarse una autoridad en mitad del aula. Inuyasha tampoco se molestó, eran jóvenes aun, aunque él también lo fuera. Sin embargo, teniendo la edad que tenía, al igual que muchos de sus alumnos presentes, no iba a convertirse en un ogro al callarlos cuando todavía no dictaba su clase.

Habían demasiados profesores estrictos a rabiar como para que él también se convirtiera en uno de ellos. Con ese pensamiento, siguió escribiendo en su pizarra sin detenerse.

Tuvo que parar luego de algunos minutos al sentir que una vocecita femenina lo estaba llamando. Dio vuelta a su rostro para notar a una castaña de mirada decidida llamándolo desde su asiento. A su lado Kagome tenía el rostro escondido entre sus palmas en un aparente estado de vergüenza. Atrás de ellas, Ayame seguía mascando su chicle.

—¡Profesor! —insistió la castaña. Obligando a Inuyasha a dejar la tiza sobre su carpeta y limpiándose las manos brevemente con un pañuelo de tela que siempre llevaba consigo, se acercó a la muchacha.

—¿Tienes alguna consulta? —pregunto él luego de llegar a su lado, no fue muy difícil, Sango estaba en la segunda línea más cerca del frente.

—¡Profesor! ¡Mire la cantidad de libros que tiene Kagome! —reclamó ella mientras señalaba los siete libros esparcidos en la carpeta de la susodicha. Kagome seguía escondida entre sus manos y no decía nada, Inuyasha notó que ahora Ayame estaba dándole golpecitos en la espalda a la pelinegra en señal de apoyo.

—Comprendo… —dijo él sin llegar a entender cuál era el punto.

—Pues que luego de estar estudiando tanto, ahora quiere unirse a una maratón.

—¿Qué? —dijo él sorprendido al escucharla. Le dio otro vistazo a la pelinegra, ella seguía sin moverse.

—Está muy empecinada en unirse a una maratón, ya le dije que no estoy de acuerdo pero insiste en asistir a una, ¡ayúdeme a convencerla de que es una mala idea!

—¡Por favor, Sango, ya basta! —dijo Kagome mientras despegaba sus manos de la cara, estaba roja como un tomate y pequeñas lágrimas de vergüenza se asomaban por la comisura de sus ojos, con mucho cuidado le tomo el brazo a la castaña y le rogó con el tono de voz temblando.

—Solo si me prometes no ir a una maratón.

Kagome no dijo nada.

—Kagome… —el tono de voz endurecido de Inuyasha hizo a la pelinegra saltar en su propio asiento.

Él dio un suspiro antes de continuar:

—Escucha, hay una razón por la cual las academias no practican activamente este tipo de sesiones. No se recomienda que los estudiantes pierdan horas de sueño importantes por estudiar, el grado de estrés al que son sometidos por dedicarse a un tema específico, genera un inconsciente desagrado por lo que hacen en ese momento. Y cuando haces algo complicado de mal humor, repercute como algo negativo más adelante, cuando realmente quieras intentarlo.

Mientras Inuyasha decía todo esto, Sango asentía fervientemente desde su posición. Kagome solo lo miraba silenciosa.

—Yo te recomendaría, si quieres estudiar extra, que puedas tomar los seminarios de las tardes, son realmente útiles.

Los seminarios usualmente se daban en las tardes en algún salón vacío, los profesores enseñaban un tema en particular que fuera dificultoso para los alumnos y a través de folletos incitaban al alumnado a que asistiese. Si era un curso demasiado sencillo, muy pocos alumnos asistían, y si era uno muy complicado, los salones solían llenarse a tal grado que muchos estudiantes tenían que estar parados para escuchar la clase. Este tipo de reuniones para estudiar siempre eran gestionadas por el profesor que daría la clase y los alumnos decidían si asistían o no.

Realmente era vergonzoso que un profesor pactará un seminario y menos de cinco alumnos se presentaran. Era debido a ese motivo que Inuyasha nunca había hecho uno.

—¿Usted tendrá algún seminario en estos días? —consultó Kagome luego de escucharlo.

—¿Yo? —el peliblanco se señaló con sorpresa. Un ligero rubor tiño sus mejillas antes de contestarle con una sonrisa nerviosa—No, ninguno.

—¿Cuándo tendrá uno? —insistió Kagome, estirando su cuerpo para ver mejor a su maestro. Este retrocedió un paso.

—No creo hacer uno… pronto. No tengo nada planeado.

—Oh…

—En fin… si eso es todo, regresaré a la pizarra.

Sintiendo que sus mejillas volvían a calentarse, rápidamente tomo la tiza de su escritorio y le dio la espalda al resto del alumnado. Su escritura fue pulcra y sencilla, era una suerte que fuera entendible, muchos profesores tenían una letra que podía compararse a los jeroglíficos del antiguo Egipto. Sobre todo la de Hakudoshi, muchas veces Inuyasha había escuchado a los alumnos decir que la letra del profesor Hakudoshi era completamente ilegible. El pelinegro recordaba haber estado sonriente todo el día, luego de escuchar eso. Realmente detestaba a ese hombre.

Cuando hubo terminado de escribir sobre la pizarra, dio media vuelta y con dos aplausos atrajo la atención que quería. Era hora de empezar su clase habitual.

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—Y eso es todo —al escucharlo, el alumnado se desperezo rápidamente, finalmente había terminado la última clase del día y era hora de partir a sus hogares, o en el caso de algunos otros, salir a comer. Kagome, quien ya había terminado de guardar sus cosas, se sentía preparada para disparar de ese salón en cuanto tocara la campana.

A su lado, Sango le dedico una pequeña sonrisa.

—¿Ya estas lista?

—Más que lista —le aseguró la Higurashi poniendo su mochila sobre sus piernas, lista para correr hacia la salida cuando fuera el momento. La castaña se posicionó igual que ella, y Rin delante de Sango, empezó a guardar sus cosas tardíamente.

—Quiero llegar a casa rápidamente…

—Y que lo digas.

Sin que se den cuenta, la campana empezó a sonar, haciendo que todos los alumnos se levantaran rápidamente y desaparecieran por la puerta principal, de pronto el aire llenando sus pulmones era agradable y especial, nunca se cansaban de disfrutar esas ansias de libertad luego de haber estado encerrados en el mismo edificio durante horas.

Kagome, Sango y Rin ya habían logrado escapar del tumulto y se encontraban muy cerca de la salida, donde la dirección permanecía con sus puertas enteramente abiertas y algunos profesores se detenían para marcar el final de su estadía. Sin notarlo, la pelinegra Higurashi, detuvo su mirada en la Dirección, buscando rápidamente algún cabello peliblanco dentro de esta. No lo halló, y se sonrojó al notar su propio pensamiento… sin ella quererlo, estaba buscándolo.

—Tiene que ser una broma —murmuró mientras negaba con la cabeza, delante suyo Sango y Rin no notaron el comportamiento de su amiga. Tampoco pudieron notar cuando esta fue agarrada fuertemente por un brazo masculino. Y no fue hasta que cruzaron la puerta de salida, que se dieron cuenta de que Kagome ya no las estaba acompañando.

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De pronto en un salón vacío, se hallaron dos personas. Kagome, siendo una de ellas, tenía el corazón acelerado por el reciente ataque, el corazón le bombeaba directamente en la garganta; realmente no entendía porque él la había tomado casi del cuello para arrastrarla hacia un salón vacío sin que pudiera avisarle a sus amigas de que no podría acompañarlas. Pronto sintió su teléfono vibrar, seguramente eran ellas.

Ella sostuvo su cuello y lo sobó ligeramente, luego miró a su acompañante, él estaba parado y apoyado sobre la única puerta de salida como un chulo.

—Podrías haberme pedido que te acompañará en vez de arrastrarme, ¿sabes?

Él no le contestó.

—No recuerdo haberte dado esas confianzas —dijo ella con el ceño fruncido. Realmente solo estaba bromeando pero él se crispó.

—Ah, lo siento, Kagome… realmente no quería… ¿te lastimé?

—Déjalo, está bien.

—Ahora me siento de la mierda...

—Esa boquita —regañó la chica con el dedo alzado, luego de un segundo lo bajó—, ¿entonces que necesitas?

—¿Porque asumes que necesito algo de ti? Podría solo haberte secuestrado para robar tus órganos.

—Kouga… —susurró ella sosteniéndose el puente de la nariz con molestia—Si tu plan fuera robarme los órganos, me hubieras desmayado con cloroformo. Además por alguna razón no querías que Sango o Rin se enteraran de que estarías conmigo, ¿quieres algo en secreto?

El castaño bajó la mirada y empezó a jugar con sus dedos—Me atrapaste.

—Solo habla claro.

—Quiero… que me ayudes a saber los sentimientos de Ayame.

Ella entrecerró los ojos, ¿él estaba hablando enserio?

—Quiero saber… si ella siente algo por mí —dijo él con un bonito sonrojo pintando sus mejillas. Sus dedos seguían jugando entre ellos y detenía su mirada en cualquier lugar que no fuera la cara de su compañera. Ella realmente no podía creérselo, a pesar de estar escuchándolo, ¿él estaba realmente hablando enserio o estaba jugando con ella?

—No puede ser… ¿es que acaso eres ciego? —consultó mientras entrecerraba los ojos. Al ver la cara confundida de Kouga, volvió a tomarse el puente de la nariz—Déjalo, no te voy a ayudar en algo que es más claro que el agua.

—Pero…

—Déjame ir o te golpearé.

—¡No entiendo! ¡Sabes algo y no quieres decírmelo! ¿Es eso?

—¡Kouga, por favor! ¡Ayame ni siquiera está ocultando quien le gusta!

—¡¿Y quién se supone que le gusta?! —insistió él desesperado, realmente no se estaba enterando de nada. Además Kagome actuaba como si eso fuera muy obvio, cuando él realmente no lo sabía.

—Averígualo por ti mismo. Solo te diré que está más cerca de lo que piensas. De las personas con quien ella más se junta, ese hombre le gusta.

Kagome sintió que podría chocar su palma en la frente por la imbecilidad de Kouga, acababa de darle una pista clarísima al chico y él parecía no enterarse. Ayame solo se juntaba con Rin, Sango, Kagome y Kouga… él solo tenía que sumar dos más dos para descubrir que era él a quien más quería Ayame. Escuchó al chico murmurar algunos nombres y ella empezó a darle migraña. ¡Solo quería regresar a casa!

Con un cantico de ángeles, la puerta se movió y finalmente fue abierta; Kagome sintió como si no pudiera contener las lágrimas de felicidad, Inuyasha, su maestro preferido, acababa de abrir la puerta. El peliblanco los miro a ambos como si fueran algún tipo de espécimen raro en extinción.

—Quiero pensar que no han hecho tonterías en este salón —gruñó él mientras le daba la peor de sus miradas a Kouga. El castaño tembló en su sitio. Kagome también pero de una manera imperceptible.

—P-Profesor…

—¡Salgan! ¡Ahora!

Tan pronto como los dos pasaron el umbral, Inuyasha cerró la puerta y con la llave que traía en la mano, la cerró con llave. Kouga entonces comprendió, era a Inuyasha quien le tocaba cerrar con llave los salones vacíos. Era por eso que estaba abriendo las puertas antes de cerrarlas por completo.

Kagome por otra parte, sentía que el corazón había vuelto a su garganta, jamás había escuchado la voz enfadada de Inuyasha antes.

—Ahora… —el peliblanco se dio la vuelta y los vio, la chica tenía la cabeza gacha y Kouga estaba muy recto, como un soldado siendo reprendido—¿Qué se supone que hacían los dos solos en un salón vacío que no es el suyo?

Kagome se mordió los labios. ¿Sería factible contarle a su profesor que hablaban sobre el prospecto amoroso de una de sus compañeras? ¿Sería creíble siquiera?

Kouga a su lado también estaba silencioso, de ninguna manera pensaba decirle a su maestro que había secuestrado a Kagome para que le confirmara quien era la persona que a Ayame le gustaba, solo para comprender si sus sentimientos eran correspondidos. Ambos notaron que el pie de Inuyasha empezaba a golpear el suelo con impaciencia.

—Si no empiezan a hablar, los llevaré a dirección.

Como si hubiera presionado un botón, ambos empezaron a rogarle que no hiciera eso, que no soltará prenda, que guardará el secreto y que los ayudará. Inuyasha, por supuesto, siempre había sido muy condescendiente con sus alumnos, seria mentira si decía que era la primera vez que encontraba alumnos en situaciones comprometedoras.

Usualmente le pedían que no lo contara al director e Inuyasha, guardaba silencio. O al menos eso sucedía de tratarse con alumnos normales… pero en la pareja que había encontrado semi encerrada en un salón, estaba Kagome. De ninguna manera, Inuyasha lo dejaría pasar. Si bien no los había encontrado de forma comprometedora, no sabía exactamente que pensar. Tenía que saber porque maldita sea estaba los dos solos en un salón que no era el que les correspondía.

Una sola mirada los hizo callarse.

—No lo repetiré, ¿qué hacían ahí adentro?

Ambos muchachos empezaron a sudar.

—Se lo diré —menciono la pelinegra alzando la mirada decidida, a su lado Kouga empezó a temblar.

—Kagome… —chilló él en voz baja. De ninguna manera podría aceptar que la chica contará algo donde él formará parte como alguien inseguro, desesperado y vulnerable.

—Tranquilízate. El profesor Inuyasha sabrá entenderte.

El susodicho maestro alzo una ceja. No supo que pensar al escuchar que su alumna preferida fuera capaz de confiar plenamente en él. De alguna forma, se sentía bastante bien.

Unos momentos después…

—¿Eh? —Inuyasha frunció el ceño—¿Acaso a Ayame no le gusta…?

Kagome asintió vehementemente antes de interrumpirlo—Exacto, sí.

Kouga, por otra parte, se sintió como un estúpido. Resulta que ahora su maestro también sabia sobre el prospecto amoroso de Ayame y él no, que supuestamente, era su amigo cercano. ¿Era una especie de broma? ¿Él realmente no es un estúpido, verdad?

Aunque tuvo que admitir, que se sintió un poco avergonzado e idiota al sentir la mirada sin emociones de Kagome y de su peliblanco maestro. Era como si le tuvieran lastima. El castaño no se sintió bien sabiendo eso.

—Agh… —se quejó el castaño—No soporto esto, sino me lo dirás, está bien, lo averiguaré por mí mismo. Me voy.

Rápidamente y sin esperar la respuesta de su amiga, se marchó de ahí sintiendo que las mejillas se le calentaban. ¡Lo miraban como si fuera un idiota, de ninguna forma se quedaría más tiempo allí para que lo humillaran!

Kagome dio un suspiro al verlo marcharse. Se sentía un poco mal por los sentimientos de Kouga, pero ella no podía decirle que Ayame estaba enamorada de él, eso no le correspondía para nada. También tenía que pensar en los sentimientos de la pelirroja. Kagome se consoló a si misma pensando que no haría falta mucho tiempo para que Kouga supiera sobre los obvios sentimientos de Ayame y pudiera corresponder a sus sentimientos.

Inuyasha, al lado de la chica, supo leer su rostro y adivinar qué era lo que pensaba. Con una sonrisa, concordó con los pensamientos de la chica. No faltaría mucho tiempo para que Kouga y Ayame estuvieran juntos, él esperaba que fuera más temprano que tarde.

—Entonces, señorita…

Ella dio un respingo al escucharlo.

—Sera mejor que vuelvas a casa, ya no hay nadie en la academia. Puede ser peligroso…

Kagome asintió sin verlo a la cara. Las mejillas se le estaban coloreando y lo último que necesitaba era que Inuyasha la viera y pudiera burlarse de ella por eso.

Hasta pronto.

Un largo escalofrió la recorrió de pies a cabeza al escuchar la voz de su maestro como un susurro cerca de su oreja. Sabiendo que la voz se le había desaparecido después de eso, aun así trato de despedirse, sin mucho éxito. Inuyasha solo logró escuchar algunos balbuceos y murmullos sin sentido de parte de la chica.

Él no se molestó en preguntarle que significaban. Estaba disfrutando del olor que emanaba su cabello, de la cercanía que tenía con ella y como ella reaccionaba con nerviosismo a su presencia. Los brazos empezaron a picarla, se moría por envolverla en sus brazos y olvidarse de que él tenía que almorzar y trabajar en otro lado. Olvidarse por completo que ella tenía que volver a su hogar.

Y mientras Inuyasha quería olvidarse de eso, Kagome se obligó a no olvidarlo.

—H-Hasta pronto —ella se tragó sus nervios y susurró casi en un hilo de voz—, Inuyasha.

Escapó. Corrió lo más rápido que podían sus piernas hasta la salida y escapo para no notar la reacción de su maestro. Perdiéndose, de esta forma, de la mayor sonrisa que Inuyasha podría poner alguna vez. El peliblanco seguía maravillándose por ella, y era probable que nunca dejara de hacerlo.

La sonrisa pasmada en su cara no dejaba de crecer e incluso una ligera risita escapó de lo más profundo de su ser. Ella era adorable…

Inuyasha, definitivamente, no la dejaría escapar.

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Review?