Dime amor, amor, amor.

Estoy aquí. ¿No ves?

—「❀❀❀」—

Que no se ve, que no puede ser tocado: Inmaterial, impalpable, intocable, incorpóreo, imperceptible, etéreo.

Es el concepto de Intangible.

Aquello que el tacto no percibe, como la poesía, el tiempo y la tristeza. La música, el dolor y los fantasmas.

Intangible cual ellos; intangible como el afecto que en ambos creció.

Como la manifestación de aquel sentimiento inadvertido.

Los detalles indetectables a simple vista; que deben analizarse para que renuncien a su forma abstracta, y se conciban como lo que son.

Cariño; afecto; deseo; pasión.

Amor.

Invisibles siempre fueron. Motivados por la lucha, el desenfreno y el afecto mutuo.

Se conocieron; no de la mejor manera, pero sí en el tiempo preciso. Cuando los demás sabían que algo más existía entre ellos, y que irónicamente, fueron los últimos en darse cuenta.

La silueta del amor se presentaba descarada, sin dejar de ser intangible. Sin dejar de ser tan fugaz que subyacía en el temor por aceptar lo inevitable.

Pero aquello quedó en el pasado.

Podrían desinhibirse donde quisieran, no existían más secretos. Simplemente se correspondían.

Dejaron sus intereses atrás por descubrirse a sí mismos. Por abrirse el uno al otro.

Dejar de ser invisibles, dejar de ser incorpóreos.

Aceptar el reto sin desfallecer. Quererse sin herirse. Amarse sin odiarse.

Convertirse en tangibles.

Una pena que las relaciones no siempre funcionen. Así como se percataron de sus sentimientos, también de los tragos amargos. Las discusiones aparecieron con mayor frecuencia. Aquella desilusión, aquel desamor, aquel infortunio… También era imperceptible ante sus ojos. También intangible.

Tan intangibles como las insignificancias por las cuales discutían.

Quizás el miedo por perderse con otras personas; quizás la monotonía de que nada ocurriera, los llevaba a confrontarse.

Dejaron de lastimarse con golpes y contusiones; para dañarse con reproches e insultos.

Al principio fueron desacuerdos sin relevancia. Disputas que han tenido todos. Luego se volvió más y más tormentoso.

Tal vez era demasiado pronto o demasiado tarde para cambiar. Demasiado para pedir perdón y solucionar. Para vivir juntos y morir separados.

Demasiado para ambos.

「❀❀❀」

—¡Basta, Kyo! Es suficiente, ¿no lo crees?

El desajuste en sus respiraciones disonaba en aquella pieza.

—¡Oh! ¿Ya tienes suficiente? —subió la cremallera de sus jeans—, ¿Estás harto de mí?

Iori empezó a suavizar su voz, contrario a Kyo, quien parecía alterarla más.

—No. Sabes bien que no me refiero a eso.

Kyo cogió de mala gana su cinto del suelo y lo metió bruscamente por las presillas.

—No le veo otra razón —espetó sin mirarlo, mientras Introducía la aguja de la hebilla por uno de los ojales de aquella tira de cuero, terminando de ceñirse el pantalón al cuerpo.

El otro se mantuvo observándolo.

—¿Por qué lo haces más difícil? —soltó con fastidio.

Iori mantenía su torso y pies desnudos, a diferencia de Kyo, que le faltaba poco para vestirse por completo.

—¿Yo? —sonrió incrédulo. Antes de aventar la puerta y salir por ella para ingresar a la sala.

Iori tomó aire y fue tras él. Se detuvo en el umbral de la puerta con brazos cruzados, apoyando su costado en el marco.

—Kyo, ¿no será que tú eres el que está harto?

El Kusanagi rodó los ojos y se dio la vuelta para encararlo.

—Ahora el problema soy yo —rio irónico. Tomó la chaqueta tirada sobre el respaldo del sofá y metió su brazo por la manga correspondiente.

—¿A dónde iras? —preguntó con gesto indiferente que encubría preocupación.

Kyo se interrumpió por un segundo para mirarlo a los ojos.

—¿Te interesa mucho? Tienes suficiente de mí —se colocó la prenda por completo—, no veo que te importe.

Iori negó con su rostro, relajó sus brazos y se acercó despacio.

—Quédate aquí, mañana a primera hora te marchas.

—¡Vaya! En realidad te importo —arrojó sarcástico—. No soy bienvenido en este lugar. Nunca lo fui.

Iori guardó la calma, sabía que Kyo haría lo opuesto a sus palabras. Observó el reloj de pared.

—Es tarde —giró sus ojos a las facciones endurecidas del contrario—. Puede ocurrirte algo.

Kyo bufó sin darle importancia.

—Ojalá. Así dejo de ser un estorbo para ti —partió a la salida, giró el pomo y abrió la puerta.

Quería irse por allí: divertirse, pasarla bien entre copas y olvidar el mal rato. Lo que no era propio de él, y que bien conocía, fastidiaría al otro hombre. Buscaría un sitio nuevo y lejano, uno de preferencia alejado del Yagami. Donde no lo conocieran ni lo interrumpieran.

Antes de salir por completo, sintió su muñeca aprisionada y atraída hacia el interior. Sus pies retrocedieron pasos cortos que lo adentraron de nuevo al departamento. Volteó su cara enseguida, alzando la voz.

—Suéltame, idiota.

Permanecieron de esa manera sin irrumpir en el silencio. Iori aferrado a la piel de Kyo y borde de la chaqueta; y Kyo clavando su mirada en los ojos carmesí.

Esperaban que uno cediera ante el otro.

—Yo no te intereso, tú no me interesas —habló el Kusanagi—. Lo nuestro puede irse a la mierda y mantenerse ahí.

Iori no respondió, una ligera desazón coloreó su mirada. Hundió ligeramente sus uñas en la piel de Kyo, sintió el palpitar de sus venas.

—Y sí, estoy harto—continuó—. Harto de ser quien sostenga esto, de enmendarlo yo, de tolerar tus enojos, de las discusiones, de ti. ¡Harto de nosotros! —resopló, para luego bajar la voz—. Y no quiero que me busques, Yagami, porque yo no lo voy a hacer.

Iori soltó su muñeca y suspiró profundo, agotado. El castaño sabía darle buenos dolores de cabeza.

Kyo rodeó la muñeca liberada con su otra mano, sobándose del agarre.

—Haz lo que quieras, Kyo. Vete, piérdete, regresa, déjame, háblame. No te detendré.

Kyo asintió con burla. Por un segundo creyó que le seguiría insistiendo.

Al parecer, la paciencia de ambos se hizo añicos.

—Perfecto.

Estrelló la puerta al salir, cogió las llaves de su bolsillo y emprendió la marcha en su motocicleta.

No era la primera discusión, pero sí la última.

Kyo se encargó de ello.

—「❀❀❀」—