No me percaté del accidente.

Me encontraba al margen de la autopista, sentado. Acompañado de las señales de tránsito y el cercado de protección. Mis manos palparon el suelo duro; la tierra fría y reseca.

Giré mi rostro por todas direcciones. Tras de mí, a una distancia media: mi vieja motocicleta.

La parte delantera tumbada sobre el suelo; con la rueda aun girando sobre su eje, y el faro alumbrando las piedrecillas a su alcance. Así mismo, la parte posterior no tocaba el suelo. Estaba incrustada entre las barras paralelas de la valla de seguridad.

En un parpadeo, volví el rostro a mi cuerpo. Miré las palmas de mis manos, las giré hacia abajo. No descubrí heridas importantes. Mi ropa se encontraba casi intacta; mi piel ilesa. En ciertas zonas relucían roces y arañazos. Nada grave.

Me llevé la mano al pecho y resoplé con alivio. Sin saber que lo anterior me repercutiría más adelante.

No recordaba con detalle lo ocurrido. Mis pensamientos se arremolinaban entre ellos, sacudiendo mi cabeza; creando un caos dispuesto a colapsar.

Mi mente solo dibujaba imágenes donde la cólera me había cegado. «Me cegó», en tiempo pasado. Ahora mi respiración era tranquila, dejándome con retazos que se reunía como piezas difusas de rompecabezas...

Esto cada vez empeora y lo sabes.

¿A dónde quieres llegar?

A la verdad.

Jamás te mentiría, Kyo.

El zumbido progresivo de un auto recorriendo frente a mí, me trajo a la realidad. Ese lugar no era precisamente el más seguro. Mis pies rozaban el pavimento, no debía permanecer más allí.

Me levanté; todos mis huesos crujieron en una dolorida consecuencia.

Me dirigí a la motocicleta. Al acortar la distancia, observé los añicos de espejo esparcidos por el suelo. Arqueé mis labios, tendría que conseguir un retrovisor nuevo.

Me incliné hacia ella y la tomé por los manubrios, atrayéndolos para conmigo. Traté de zafarla. Sin éxito.

Me hinqué para divisar el problema más de cerca. La horquilla trasera, encargada de sostener el neumático, se encontraba aprensada entre las estructuras torcidas de metal. Aproveché para apagar el faro y extraer la llave, pero no estaba dentro del switch de encendido.

Regresé a estar de pie, tenté los bolsillos de mis jeans, y luego, los de la chaqueta.

Al no sentir lo que buscaba recorrí el suelo con mis ojos, primero cerca de mí, y después más allá de mi sombra. A un par de metros di con ellas. No entiendo cómo llegaron allí.

Fui al lugar y me incliné para tomarlas. Eran seis llaves sujetas por un aro de metal. Una de ellas, abría el departamento de él. Las guardé.

Volví, pensé en la manera de desatrancar mi motocicleta.

Repetí la acción unas cuantas veces. Esperando a que saliera de allí.

Jamás lo hizo.

Deslicé el brazo por mi frente. No me rendí, coloqué un pie sobre la valla y tomándola de nuevo por los manubrios: la halé con fuerza hacia mí, removiéndola.

Mis dedos resbalaron del agarre y caí de espaldas.

Tumbado sobre la tierra, mis ojos apuntaron al cielo: los rayos abrasivos del sol de abril, despejaron la oscuridad. Anunciando el fin de la madrugada.

Posicioné mis antebrazos en el suelo, uno a cada lado, y ejerciendo fuerza logré incorporarme.

Lancé un golpe con el pie a la motocicleta. Extraerla, sin duda, era un trabajo que no me correspondía.

Con mi respiración agitada, la observé por última vez, mientras sacudía las piedrecillas incrustadas en mi piel.

No estaba tan lejos de la ciudad, podría volver a ella sin necesidad de transporte.

No tardaría el tránsito; no los esperaría, si querían tratar conmigo, me buscarían por la clave de la matrícula. Tampoco demoraría la ambulancia; no quería tener a los paramédicos hurgando por mi cuerpo.

Me sentía en perfecto estado, solo tenía molestia en mi sien izquierda.

¡Maldición! Tenía razón Yagami. Ahora debía reparar mi motocicleta y pagar el guardarraíl afectado. Solo por dejarme llevar por el enojo. Quería alejarme de los problemas. ¡Claro, como si de esa forma se anularan!

Miré el señalamiento: kilómetro 17. Lo memoricé por si acaso.

Emprendí mi camino a la ciudad. Anduve en contra del sol; refulgía sobre mi rostro, pero no me incomodaba. Lo sentí como una caricia cálida.

Tenía la energía suficiente para correr una maratón, a pesar de lo acontecido. Era contradictorio, pero habitual en mí. Encontrarme al borde de la muerte, estar en el peligro; me nutría de adrenalina para sobrellevar lo que viniera.

Caminé sin tregua.

[...]

Pronto me adentré a los suburbios, con sus calles estrechas y viviendas angostas, empalmadas una sobre otra, con tonos claros en sus fachadas.

Anduve por la acera, observando cada línea que cruzaban mis zapatos.

Un leve temblor me tomó por sorpresa.

Me detuve.

Miré a todos lados: nada ocurría.

Desapareció.

Estaba agotado, tuve una discusión, no dormí, choqué, me caí de la motocicleta, caminé sin descansar. Era mi imaginación.

Así continué, camino a casa.

Volvió a suceder a pocos metros, cuando giré en una esquina. Otra sacudida me aprisionó de pies a cabeza.

Perdí el equilibrio; mi mente giraba en círculos. Mi sien era taladrada de adentro hacia afuera.

Me allegué a rastras al primer poste frente a mí. Me tumbé sobre él, mis manos lo abrazaron para no caer.

El gorjeo de los pájaros se deformaba en mis oídos; volaron ante mí, con su aletear ralentizado.

Dejé de asirme a la columna, me di la vuelta y apoyé la parte posterior de mi cuerpo sobre ella. Deslicé despacio mi espalda hasta sentir el suelo firme.

Incliné mi cabeza hacia atrás, mis ojos se posaron en las marañas de conductos eléctricos que vestían aquellos barrios. Se expandían y deformaban.

Escuché murmullos y risas quedas; resonantes. Centré la mirada. Dos jóvenes, quizás un par de años menores que yo, pasaron a pocos metros de donde estaba, sin voltear a verme.

Entiendo.

Echado sobre la acera, con mi ropa revolcada en suciedad y rasgaduras en ciertas zonas. Proyecté una imagen errónea.

Cubrí mis ojos con mis palmas y ejercí presión.

Poco a poco, la molestia se esfumó. Mis latidos volvieron a la normalidad.

Me sujeté nuevamente del poste para incorporarme. Todo estaba en su lugar.

Me puse en marcha.

No volví a experimentar nada extraño. No por el momento.

Proseguí.

[...]

El alboroto se propagaba cuanto más me adentraba a la ciudad. Debes en cuando la gente tropezaba conmigo y seguía su camino sin disculparse, entre ellos, un viejo con un estuche de ¿guitarra?, ¿bajo?, en sus manos.

De nuevo mi mente viajó hasta él.

En esta ocasión la culpa no pertenecía a ninguno. Esta vez se trató de un mal entendido estúpido. Fuera de lugar.

A pesar de que el turno para pedir perdón oscilaba entre uno y otro, hoy no estaba dispuesto a dar ese paso.

Seguía un poco molesto, quizás confuso. Toda nuestra relación, o cualquier palabra que definiera lo que éramos, caía en la monotonía de siempre: siempre discutir, siempre lamentar. Siempre juntos.

Sí, yo era quien reparaba las cosas. Sin embargo, no lo llevaría a cabo. No esta vez.

Trataba de encontrar una salida para sosegar las aguas turbulentas, pero con el tiempo me cansé; me agoté de ser quien tuviera lista una solución para vivir sin rebato.

Por fin llegué a mi departamento. Estaba tal cual lo imaginé. Sin él, sin su rastro. Ciertamente, no había razón para que estuviera. Él se quedó en el suyo, yo me fui de ese lugar.

Tomé asiento sobre el sillón-butaca, me recargué sobre el respaldo y descansé mis brazos en las coderas. Cerré mis ojos por unos segundos, al abrirlos, mi atención se dirigió al teléfono fijo de al frente, sobre la mesita contigua al sofá de tres.

Incliné la espalda hacia adelante, junté mis manos, entrelacé mis dedos y jugueteé con ellos.

Quizás podría...

Negué con la cabeza.

Me levanté y me aproximé al cuarto de baño. Me saqué la chaqueta y las demás prendas.

Dejé empaparme por el agua tibia de la regadera y proseguí con lo demás.

¿Por qué no llamaba? ¿Por qué no preguntaba si regresé con bien? Es decir, si fuera yo el que no supiera acerca de él, no me importaría preguntarle. Aun cuando hayamos discutido.

Froté mi cara con ambas manos, retirando la espuma del jabón.

Agaché mi cabeza, recibiendo el agua de lleno en mi nuca. Me distraje con los residuos yéndose por el desagüe.

¿Qué harás ahora, Kyo? ¿Con qué excusa tonta te justificarás?

¿Ahora me inculpas?

No lo hice, no quiero seguir discutiendo. Dejémoslo así.

No. Lo hablaremos.

Giré la llave, el agua dejó de caer.

Al terminar envolví la parte baja de mi cintura en la toalla. Tomé una más pequeña y la restregué por mi cabello, cuidando de hacerlo con cuidado por la zona lastimada.

Entré a mi habitación, al abrir el guardarropa, noté las pocas prendas de él, me dio un poco de esperanza mirarlas en el mismo lugar donde las dejó. Estuvo durmiendo hace una semana en mi departamento. La última vez, yo lo hice en el suyo.

Me hice de unos vaqueros, una camiseta sencilla y le adjunte una cazadora.

Después de calzarme, me paré frente al espejo, era tiempo de limpiarlo. Suspiré, sería para otra ocasión. Cogí el peine y mientras lo deslizaba por mi cabello, revisé la parte que me dolía. Me acerqué más a mi reflejo y aparté los mechones castaños de la zona. No había nada, ni una contusión.

¿Sería un golpe interno? En lo absoluto, me convencí.

Cogí el cajón por la manija y la impulsé a mi dirección. Metí mis manos en el desorden y lo revolví aún más. Lo encontré.

Me apliqué el viejo ungüento en mis dedos y sobé en círculos mi sien. De algo tenía que servir mientras debatía en ir o no a observación médica.

Regresé a la sala, de nuevo el teléfono retozaba ante mis ojos, gritando por mi atención. Accedí a mis impulsos.

Me acerqué al artefacto y ladeé mi rostro al notar la inscripción en él. Tenía dos mensajes en el buzón de voz.

Presioné el botón para escucharlos, con la tenue esperanza de que cierta persona fuera el remitente. Era imposible, tenían fecha del día anterior.

¡Kusanagi-san!, ¿todo bien? Espero que sí. Por cierto, mañana llevaré tamagoyaki* para el almuerzo. Por favor asista. Lo estaré esperando en...

Interrumpí el mensaje. Nunca prestaba atención a lo que Shingo enviaba. Generalmente, siempre expresaba lo mismo.

Dejé que el otro mensaje se reprodujera.

¡Hey, Kyo! Tu madre y yo te estamos esperando. No has venido por aquí, muchacho. Llega cuando gustes, puedes traer a Yagami.

Sí, claro. Con lo mucho que le encanta visitarlos...

Suspiré. Mi atención se posó en el reloj de pared: un cuarto para las once. Las puntas de mis dedos rozaban el teléfono.

El viejo tenía razón: ¿cuándo fue la última vez que fui a mi antiguo hogar? ¿Un mes? ¿Dos? Debía lucir diferente, si no mal recordaba estaba en proceso de remodelación. Quizá pasaría a saludar más tarde.

Y respecto a Shingo... Sí. Iría a la escuela. Si es que me permitían entrar a esa hora y con ropa no acorde. Pero antes llevaría a cabo lo que tenía en mente.

Enseguida cogí el teléfono y marqué el número. El único que logré memorizar.

Los tonos largos resonaban, y nunca dejaron de hacerlo.

Remarqué. Timbró un par de veces, luego, me indicó número ocupado.

Estreché mis cejas. Volví a marcar, se repitió lo anterior.

Traté de llamarlo por más ocasiones, pero nunca respondió. Tal vez se averió su teléfono, tal vez lo extravió, o cambió de número de un día a otro.

¿Qué? Cualquier pretexto era mejor a creer que ignoraba mis llamadas tras visualizar mi número en la pantalla.

Lo intenté por última vez. En esta ocasión ni siquiera se escuchó el tono. Lo había descolgado. Seguro.

Tomé una bocanada de aire. Intenté no darle vueltas al asunto y salí.

Permanecí quieto. Mis pies apuntaban a la dirección opuesta.

Definitivamente, antes de la escuela iría a con él.

Sonreí. Fui yo quien dijo que no lo buscaría.

Antes de la escuela iría a con él.

Llegué en veinte minutos.

Timbré. No hubo respuesta.

Golpeteé con mi palma la puerta. Tampoco la hubo.

Quizás ya había salido.

No.

Escuché ruidos tras la puerta.

Estaba en casa.

Hundí mi mano en el bolsillo, apreté las llaves.

Las solté.

No. No tenía por qué abrir su departamento.

Tal vez no escuchó mi llamado.

Me di la vuelta y me alejé de allí.

Me dirigí a la escuela con la mente en blanco. El camino me pareció eterno sin la motocicleta.

Entré a ella. Había logrado entrar fuera del horario y con ropa casual.

Troté por las escaleras hasta llegar a la cúspide del edificio. Unos cuantos estudiantes charlaban y compartían el almuerzo. Recorrí el lugar con mis ojos: ¿dónde estaba Shingo?

Anduve por la zona para intentar encontrarlo. Observé a la distancia a una de sus compañeras, sus dedos se entrelazaban en su cabello mientras conversaba con otro estudiante. Traté de llamar su atención un par de veces, pero no me atendió.

Dejé de insistir.

Tal vez Shingo creyó que no iba a venir. Me encogí de hombros, regresé por donde vine.

Avancé despreocupado por el pasillo, buscando mi aula.

Cuando encontré mi clase, me detuve en la puerta y traté de escuchar a través de ella. Tenía tiempo de haber comenzado.

Resoplé. Ya estaba ahí, no esperaría afuera por más de cuarenta minutos.

No me importó, giré el picaporte y entré. Todas las miradas se volvieron a mí, y después, continuaron escribiendo.

El docente no me dijo nada. Se acercó a mi dirección y cerró la puerta por mí.

Nada me sorprendía. En experiencias previas con el personal del instituto, terminaban cediendo ante mí. Al parecer la gente se cansaba de mí con facilidad. Sonreí con amargura.

Tomé asiento en mi lugar, el mismo de siempre.

Después de aludir sobre el clima contradictorio y cerrar las ventanas, el profesor continuó con sus lecciones.

Sin darme cuenta, comencé a garabatear el pupitre con mis dedos. La clase se escuchó en segundo plano.

No estaba allí para prestar atención; tampoco para complacer a Shingo. Solo deseaba olvidar por unas horas lo acontecido.

Los minutos transcurrieron, la clase terminó.

Cuando mis compañeros salieron, permanecí poco más en el salón. El tiempo no sosegó mi ansiedad. No quería regresar a casa y seguir pensando en lo mismo.

Llegará el momento en que esto se termine.

A como van las cosas, no queda mucho.

¿Quieres llegar a eso, Kyo?

El chirrido del zíper cerrando la cartera ancha con libros, me trajo de vuelta. El docente se la colocó en el hombro y salió del aula sin despedirse.

Me levanté y me dirigí a la ventana, deslicé el cristal, situé mis antebrazos en el descanso y asomé medio cuerpo por ella. El viento apenas sacudía mi cabello.

Desde el tercer piso se podía contemplar mejor el patio y el cúmulo de alumnos dispersados. Reconocí a Yuki. Se dirigía a la salida junto a sus amigas.

Cerré la ventana y me apresuré al pasillo.

Tras bajar las escaleras, volteé a mí alrededor.

Las encontré. Noté inquietud en ellas, no podía escucharlas, pero se leía en sus caras. Yuki solo asentía quedamente a lo que decían.

Exclamé su nombre, pero se extravió entre el bullicio de los estudiantes.

—¡Yuki! —repetí con mayor fuerza.

Creí que no escucharía de nuevo. Sin embargo, ralentizó sus pasos y su cara giró para conmigo.

Alcé mi mano y la agité hacia los lados; y enseguida la bajé, cuando no me correspondió el saludo.

Por supuesto. Aún seguía molesta; después de todo, la cambié por Yagami.

[...]

Poco a poco el edificio se fue desalojando.

Yacía sentado sobre el tercer peldaño, con brazos cruzados y agitando mi suela en el escalón.

¿Por qué Shingo tardaba tanto? Nadie más quedaba allí.

Él siempre esperaba por mí; era extraño que ahora hiciera lo mismo por él. ¿Así era cómo se sentía?

Pronto vi su silueta aproximarse.

Miré su cara larga.

No le di importancia. Me puse de pie y me acerqué a donde él.

Al momento de verme, abrió sus ojos fugazmente; y en un instante, cambió su semblante por una sonrisa con aire melancólico. Bajó el rostro.

Caminó sin decirme nada. Y fue por ese hecho que me percaté que algo ocurría.

Él siempre conversaba conmigo. Cuestionaba cómo fue mi día y yo me limitaba a responder con palabras sencillas. Al terminar, iniciaba con su charla entusiasta, explicándome hasta el último recóndito de sus anécdotas.

Yo solo escuchaba y eso era suficiente para él.

Shingo jamás dejó de ser un buen chico. En bastantes ocasiones me declaró su admiración. Por esas palabras deduje, de manera estúpida, que pasara lo que pasara, él siempre sería mi aliado; me apoyaría aunque no tuviera la razón.

Nunca fue así, y se lo agradezco.

Desde que Yagami y yo sinceramos nuestros sentimientos. Shingo fue el primero en apoyar esa decisión.

En más de un momento, se enteró de algunas discusiones entre nosotros. No negaré que en muchas fui el culpable. Cuando esto último sucedía, Shingo se trasladaba a la razón; y si mi lado testarudo se presentaba más aferrado que nunca, él apenas pronunciaba palabra.

Supongo que prefería no hablar antes que contradecirme. ¡Era impresionante que estuviera de parte de Iori! Cuando a mí me debía apoyar.

Tiempo después, al entrar en razón, caía en cuenta de mi comportamiento tan patético.

Anduve por un buen rato al lado de Shingo y él no cruzó palabra. Ni siquiera preguntó cómo fue mi día.

Sus palabrerías eran incómodas, sin duda, pero su silencio lo era más.

¿Tan pronto se había enterado Shingo? Era tan imprudente que de seguro lo llamó por teléfono. Quizás por eso Iori no me contestó, ¿cierto?

Negué a mis adentros.

Shingo había entrado a la escuela desde temprano.

Resollé.

Qué importaba, escucharía su sermón y quizás entraría en razón, o me enojaría. No con shingo, sino con la versión que tuviera de los hechos. Si se había enterado, que me lo dijera; si fui el responsable, también.

No le reprocharía nada. Él no tenía que llevar las consecuencias mías y de Iori.

Lo observé.

Sus ojos fijos por el camino, sin parpadear. Sus labios curvados en una sonrisa inversa.

En una de sus manos, sus dedos se removían con nerviosismo. Mientras que la otra, oprimía el asa del maletín.

Intentaba evadirme. ¿Tan malo fui?

Pensé en Yagami, esta vez no era mi necedad la que me cegaba. Yo no tenía culpa alguna. Ni siquiera recuerdo muy bien lo sucedido, solo recuerdo algunos fragmentos. No había sido para tanto ¿o sí?

Por estar alojado en mis pensamientos, Shingo se adelantó, dejándome unos metros atrás.

—¿Shingo?

Quiso detenerse pero no lo hizo.

Esto no marchaba bien.

Volví a llamarlo.

Se detuvo, y aun con los temblores en sus puños, me miró por el rabillo del ojo.

Con mis labios a punto de articular palabra, regresó su rostro a mi dirección. Lágrimas humedecían sus mejillas.

—Kusanagi-san, no creo que Yagami continúe molesto. Pero por favor, aléjese de él.

—「❀❀❀」—

*Tamagoyaki: Tortilla gruesa hecha con huevo, enrollada con caldo Dashi y salsa de soya. Habitual entre los japoneses para el desayuno.