«No creo que Yagami continúe molesto».

«Pero por favor, aléjese de él».

«Aléjese de…»

Antes de exigir una explicación, Shingo apresuró su paso y lo perdí de vista. Mejor dicho: dejé que lo hiciera.

[…]

Me encerré en mi departamento.

Las horas avanzaron, despojándome de mi tranquilidad.

Fui a la cocina y abrí el frigorífico. Lo cerré.

No me apetecía comer nada.

Volví a la sala y me acomodé en el sofá de tres.

Tampoco tenía deseo de dormir.

Con las palmas me presioné ambos laterales de mi cabeza.

Me levanté de nuevo, avancé al cajón que contenía el ungüento. Busqué algún analgésico para mi jaqueca. Encontré uno, la fecha de consumo había expirado.

Suspiré agotado.

Lancé el frasco a la basura.

Recargué mi espalda sobre la pared y agaché mi mirada; llevé las yemas del índice y pulgar para sobar mis párpados. Me replanteé visitar al médico.

Negué con brusquedad.

Salí. El cielo se tiñó de azul negruzco para despedir la tarde. Tomaría un poco de aire. Eso me faltaba.

Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, caminé por las calles saturadas de la ciudad, iluminado por las fluorescencias artificiales; chispeantes de luces neón por donde situara mi vista.

Muchos iban y venían, en solitario o con familia. Las parejas de extranjeros caminaban de la mano y los niños brincaban sobre el concreto. Resoplé nefasto, qué molestia andar entre la muchedumbre con dolor de cabeza. Debí quedarme en mi habitación.

A lo lejos, cabinas telefónicas perdiéndose entre las siluetas coloridas que, debes en cuando, se pasmaban en ellas.

Caminé por una, volteé a su dirección en automático. La mujer que la ocupaba colgó en ese momento y salió enseguida.

Yo seguí mi camino, con mis ojos puestos en el andén.

Me detuve. Justo al lado, un par de americanos haciéndose fotos como feliz matrimonio. Sin darme cuenta, permanecí ensimismado con ellos.

Jamás entendí las relaciones melosas. Eso nunca fue para mí, para nosotros.

Negué con mi rostro.

A zancadas me devolví. Entré a la cabina telefónica y entrecerré la puerta de cristal tras de mí. No tardó en abrirse.

No sabía por qué me encontraba ahí. A veces era bueno obedecer a nuestros reflejos. A veces, no era lo mejor.

Descolgué el teléfono, mis dedos deambularon por las teclas, dudando en presionarlas. Al final me obligué y procedí a marcar.

Ubiqué la bocina en mi oreja, casi sin querer hacerlo.

El timbre resonó una vez: esperaba que contestara, y al mismo tiempo, quería lo contario.

El timbre resonó dos veces: me vi tentado a colgar y huir.

El timbre resonó tres veces: escuché su voz. Apreté con fuerza el artefacto.

No respondí de inmediato. No creí que me contestara.

Por supuesto, lo hizo al no saber que era yo quien lo llamaba. Lo hizo al no ver mi número en la pantalla.

¿Quién habla?

—¿Ya… Yagami?

No obtuve respuesta. Aclaré mi garganta.

—¿Yagami? No he sabido sobre ti en las últimas horas. Necesitamos hablar.

Escuché su respiración tras la línea. Proseguí.

—No sé lo que ocurrió, ¿sí?; Fui a buscarte pero no te encontré.

«Decidiste no abrir» corregí en mi mente.

—No contestas mis llamadas, y en esta ocasión, no sé si fui el responsable... —el bullicio de afuera se coló, cerré la puerta—. Si no quieres resolver las cosas, lo entiendo. Solo necesito una explicación de tu parte. Hablemos en persona. Necesitamos hacerlo.

—¿Yagami?

El tono de llamada se escuchó; con repeticiones entrecortadas.

De nuevo comprimí el teléfono. Quedé aturdido.

¿Por qué me cortó?

Mis dedos se estamparon sobre la misma combinación numérica de antes.

Atendieron la llamada al segundo.

—¡Contéstame!

Mi respiración comenzó a desajustarse. Apreté el puño que tenía libre.

—Está bien si no deseas hablarme. No sé lo que hice, pero estoy seguro que no fue tan grave para romper cualquier contacto conmigo. Si no quieres saber nada sobre mí, no te puedo obligar a que lo hagas. Sin embargo, me debes una explicación. ¿No lo crees? ¿No consideras que la actitud que tomas sea muy idiota? —le solté de corrido.

—¿Yagami?

Su aliento sonó con mayor cercanía. Supuse que mi respiración alterada, también la escuchaba.

—¿Yagami? —insistí.

Deja de llamarme.

Colgó.

Por segunda vez.

El teléfono cayó de mi mano; se impactó con el cristal posterior de la cabina.

Di unos pasos hacia atrás, me detuve al sentir la puerta tras mi espalda.

Debí obedecer a lo que Shingo advirtió. Por algo me lo dijo.

[…]

Si tú no vuelves se secarán todos los mares

Y esperaré sin ti, tapiado al fondo de algún recuerdo

Me eché sobre la cama sin hacer, con mi pecho hacia abajo. Su colonia permanecía impregnada como un suave efluvio de adiós.

Restregué mi cara contra la almohada, clavé mis dedos en ella. Apreté mis ojos, con esperanza de caer rendido por el sueño, más no sucedió. Me giré, me cubrí, ajusté la almohada, me descubrí, volví a girarme. Suspiré agotado.

Finalmente, me acomodé boca arriba; contemplé la lámpara del techo. Viajé hasta los recuerdos compartidos con él…

Mis labios degustando los suyos, sin apartarnos.

Percibiendo su aroma, su piel cálida, su palpitar.

Vencidos por el deseo. Recorriendo mis manos por su cuerpo, el mismo que conocía con ojos cerrados. Él lo hacía igual, se entregaba con la misma pasión que le ofrecía.

Besaba mi cuello, estremeciéndome cuando mordía las zonas más sensibles.

Yo entrelazaba mis dedos en sus cabellos. Deleitándome con su perfume, fresco, delicado, varonil.

Abrazándome a él, atrayéndolo con fuerza.

Sintiendo su pecho bajo el mío. Hurgando por su ropa interior, deslizando mi mano por debajo de su vientre. Tocando su intimidad.

Él trataba de buscar mis labios nuevamente, para fusionarnos en un beso más posesivo que el anterior.

Yo bajando mi mano por su espalda, alcanzando un punto de éxtasis elocuente y entonces...

La avidez afloraba, las caricias y los sentimientos.

El aroma a sexo y la excitación.

Estar sobre él. En su interior. Con movimientos aprehensivos, desesperados por tenerlo. Sus labios húmedos, las manos enlazadas, nuestra respiración agitada, el calor en mi vientre. El momento del clímax.

Continuábamos con la presura y el dinamismo, esparciendo mi esencia dentro de él.

Envolviéndonos en dosis de placer que fluctuaban hasta desaparecer.

Al finalizar me acomodaba en sus brazos, y él acariciaba una y otra vez mi espalda.

Y escucharé por si algún latido le queda a ésta tierra

Que era tan serena cuando me querías

Había un perfume fresco que yo respiraba

—¿Continúas molesto?

—Sabes que nunca lo haría, Kyo.

«Kusanagi-san, no creo que Yagami continúe molesto».

Yo tampoco, Shingo.

«Pero por favor. Aléjese de él».

Me giré a mi costado, encogí mis rodillas y presioné mi estómago hecho nudos. Mi cabeza explotaría en cualquier instante.

«Aléjese de él».

¡Mierda! ¿Y cómo? ¿Cómo voy a creer que no sigue molesto?

Me levanté, con el cabello en desorden al igual que mis emociones. Lo arreglé un poco y me dirigí a la puerta principal.

Si tú no vuelves, mi voluntad se hará pequeña

Estaba dispuesto a hablarlo, a llegar a un acuerdo razonable y regresar a un estado pacífico. No importaba que de nueva cuenta nuestros problemas refulgieran entre nosotros. A veces creía que las discusiones nos impulsaban a seguir moviéndonos. Cuando me di cuenta que todo fue a base de nimiedades, no había razones para seguir enojados.

¿Y si Iori no regresaba? ¿Qué sucedería conmigo? ¿A dónde arrojaría todos los recuerdos, todos sus besos, todas sus caricias? ¿A dónde botaría mis sentimientos? ¿Por qué tenía que aceptar el rechazo? ¿Por qué cuando más quería solucionar la relación? Más cuando fue una tontería de por medio, no podía entenderlo. Hasta después.

Corrí a su departamento.

[…]

Mi respiración se interrumpió.

Mi motocicleta estaba aparcada afuera de su vivienda.

Me apresuré a ella para confirmarlo.

Era la mía, todavía con su retrovisor deshecho y los arañazos.

¿Por qué mierda él la tenía?

Negué con desaprobación.

Más importante: ¿Supo lo que pasó y no fue capaz de preguntar por mí?

Golpeé la puerta. No atendió.

Exclamé su nombre y volví a timbrar.

Hurgué por mis bolsillos traseros, y extraje el llavero. Busqué una y otra vez la llave correcta. Quizás en un ambiente relajado la hubiera encontrado a la primera.

Cayeron al suelo, resoplé molesto y fui por ellas. Odiaba entorpecerme en casos así.

Por fin logré introducirla en el cerrojo.

Al entrar no había nadie. Me aseguré bien, esta vez no se encontraba.

El olor a humo se discurría por el ambiente. No tenía mucho de haber salido, supuse.

Me pareció extraño el desorden en la sala. Nunca fue propio de él.

Tomé asiento en el sofá alargado. Me recosté un poco hacia uno de los coderos. ¿Qué fue lo que hice para caerle tan mal? La discusión no había sido importante.

Mis ojos deambularon por el lugar hasta detenerse en la mesa rinconera.

Fruncí mis cejas.

Me levanté y fui hacia ella.

El cenicero albergaba una pila de colillas de cigarrillo. Uno de ellos próximo a extinguirse. La ceniza, incluso, manchó fuera del recipiente.

En un lado, el licor abierto, una copa a medio servir y los cristales de otra más con el líquido derramado. ¿La estaba pasando mal como yo?

Al retroceder, un crujir se escuchó bajo mis pies. Tirado sobre la alfombra, un papel corrugado que me resultó familiar. Me acuclillé para tomarlo y lo desarrugué. Me incorporé poco a poco mientras lo leía con titubeo en mis manos.

Cuando estés de mí ausente,

Háblale a las estrellas,

Llámalas con fervor latente,

Sin temores, ni querellas,

Y seré tu fiel oyente.

Había temporadas que no podíamos estar juntos. Más por cuestiones laborales de él. Lo extrañaba durante esos periodos, y sabía que él hacía lo mismo, aunque no me lo externara. Cuando nuestras caras se volvían a ver, nos buscábamos mutuamente; nuestros labios lo hacían, nuestros cuerpos igual.

Lo anterior lo escribí en broma, para hacerlo enojar y divertirme por su reacción. Aparentemente, él no le daba importancia a mis manuscritos; sin saber que siempre lo llevó con él. Hasta este momento.

Despedacé el escrito, lancé los restos al cesto de basura. Como mis sentimientos por él.

Salí del lugar, no soporté quedarme por más tiempo.

No tenía nada que hacer en su departamento. Tampoco en su vida.

Tras cerrar la puerta a mis espaldas, miré mi motocicleta y seguí mi camino. Se la arrebataría después.

Traté de ordenar mis pensamientos.

No era difícil entender cuando el cariño que han sentido por ti, se termina. Lo difícil era aceptarlo y cargar con ello. Dejar de amar a la persona solo porque ella lo hizo antes que tú. Las decisiones nunca han sido de dos, eso es una terrible falacia. Si uno decidía no continuar la relación, el otro tenía que respetarlo sin oponerse.

Si no me necesitaba, yo tampoco a él.

Tan solo estaba alargando lo inevitable. Si Iori no me quería a su lado, no tenía por qué aferrarme a reparar lo que ya no funcionaba.

De entre las mil y una vueltas que le di al asunto, concluí que se cansó de la rutina que llevábamos. No fue la discusión de aquella madrugada, fue el conjunto de todas.

Recordé el recado de mi padre. Sí, pasaría por allí, y a lo mejor me quedaría un par de días. Estaría bien, me alejaría de todo, y con suerte, calmaría mis malquerencias. Todo se compondría. Todo volvería a como antes de conocer a Yagami ¿cierto?

¡Qué terrible fue el golpe de realidad!

Emprendí mi visita al hogar Kusanagi. Sin imaginar lo que me encontraría.

El cielo se coloreaba de tonos fríos y oscuros. Sin luna y con estrellas.

Durante mi recorrido, rogaba no encontrármelo por el camino. Quizás ya vendría de donde estuviera y me notaría saliendo de su calle. Y no, no quería que pensara que fui a buscarlo para solucionar nuestras diferencias. Aunque, técnicamente, había ido por esa razón.

Intenté detener un taxi, pasó de largo. Lo hice con un par más, ninguno me obedeció.

¡Maldición! Nada me salía bien.

Llegué a casa de mis padres, la iluminación interior proyectó más de una figura por los ventanales. Tal vez no era buen momento para visitarlos.

Me encogí de hombros, ya estaba allí. ¿Qué podría pasar con toda esa gente, además de empeorar mi jaqueca?

Mientras me aproximaba, observé los cambios en su arquitectura. No era el mismo templo viejo en el que vivía, era cierto el proceso de remodelación. La fachada tenía un toque más occidental.

Le resté importancia.

Tras cruzar la puerta, abrí mis ojos hasta su límite y mis labios se entreabrieron por menos de un segundo.

Desde ese momento mis planes se fueron a la mierda. Olvidar, ignorar, sanar, aceptar, conocer nuevas personas. Todo, incluido mi orgullo.

—Yagami…

Pronuncié suave, poco perceptible.

En aquel espacio recubierto en penumbra, decorado con flores ovadas de pétalos dentellados; reconocí su silueta envuelta en una gabardina de matices bermellón, dándome la espalda. Con su atención puesta en el butsudan*. No le di importancia a lo que estaba mirando.

—Yagami —repetí, más audible—. ¿Tú…?

No respondió. Mi mirada cayó a mis pies.

¿Por qué?

Erguí mi rostro y me acerqué a él, sin invadir su espacio personal. El aroma del incienso se mezclaba con el humo del tabaco entre sus dedos.

—¿Por qué no simplemente me dices las cosas a la cara? ¿Es tan difícil? —esperé respuesta, no la hubo—. Quiero escucharlo de tu voz: di que no me quieres y listo. Lo entenderé. No puedo obligarte a nada. ¡Deja de alargar mi angustia!

Mi corazón perforaría mi pecho, sin duda.

—¡Yagami!

Mi respiración se trastornó, como aquella vez en la cabina.

Un suspiro salió de él. Se dio la vuelta sin darme la cara y se dirigió a la entrada contigua.

¿Por qué?

—¡Estoy aquí! Hazme caso.

Me ignoró.

—¡Iori!

Oprimió su cigarrillo. Se detuvo en el umbral de la puerta.

—Kyo… —pronunció casi en duda, con voz delicada y ronca. Dolida.

Se giró hacia mí.

Entre la oscuridad que las velas alumbraban, observé su gesto destrozado, ligeramente pálido y enflaquecido. Se veía mal.

—¿Quién más? —titubeé.

Nunca me vio a los ojos, tal cual intentara evadirme. Como Shingo.

—No deberías estar aquí. Vete.

Sus palabras me llegaron como agujas.

¿Por qué?

Permanecí mirando cómo subía por las escaleras.

Tragué saliva, la suficiente para lastimar a mi garganta. Mis ojos se aguaron, pero no les daría permiso de cometer alguna estupidez.

Mordí mi labio, respiré profundo. Mis piernas por fin me respondieron y ascendí por el mismo trayecto que él.

Si tú no vuelves no habrá esperanza ni habrá nada.

Caminaré sin ti, con mi tristeza bebiendo lluvia.

Sonaba idiota, sonaba egoísta; pero exigía que cambiara de opinión, y luego sellar nuestra reconciliación con un beso profundo.

Si él no regresaba a mi lado, no sabría qué hacer. A dónde ir. Lo acepto: me dolería perderlo. Me odiaría si no lo volvía a ver, si no lo volvía a abrazar, si no lo volvía a sentir cerca de mí.

Que era tan serena, cuando me querías.

En el primer descanso, lo observé inclinado, con sus antebrazos recargados sobre el balcón a medio construir; contemplando la noche vacía.

Caminé con pasos pequeños, sin ningún gesto en mi cara.

Siempre fue distinto a todas las relaciones en las que estuve. En ninguna de ellas, me brotó la necesidad de ir tras la persona. De tener la sed que no sacia por verla; querer dialogar, querer solucionar, querer continuar. Querernos.

Me situé a su lado. Apuntando mi mirada a la misma dirección que él.

—¿Yagami?

Su indiferencia me destrozó más que cualquier reproche.

Estaba ahí, de pie. Y él no quería verme.

Dime amor, amor, amor.

Estoy aquí. ¿No ves?

La ligera inclinación de su cara y el cabello que cubría parte de ella, me impedía verle los ojos. Me hubiera gustado que me prestara atención a lo que iba a decir.

—Iori… —mis labios apenas se abrieron.

Tragué saliva.

—Sé que ya fuiste claro conmigo. Pero… ¿lo ves? No puedo hacer lo que yo quiero. Te llamé, te busqué… Nuestra discusión fue idiota. Yo soy un idiota —suspiré—. Dejémoslo atrás y comencemos de nuevo, ¿qué dices? Yo en tu departamento, o tú en el mío. Dejaré de escribirte poemas absurdos, y trataré de calmarme cuando inicie una discusión… No. Por mi parte evitaré discutir. Quiero estar bien contigo —me relamí los labios—. En este tiempo… toqué fondo. No quiero a más personas en mi vida, solo quiero tenerte a ti. Nada más tú me haces falta y…

—Kyo. Largo.

Me rompió.

El silencio se adueñó de ambos, acompañado por el cantar de las cigarras.

—Está bien —asentí un par de veces mientras mordía mi labio para no sucumbir al llanto—. Está bien.

Ninguna otra palabra salió de mi garganta.

—Tú no perteneces aquí. Lárgate de una vez.

Me dio la cara y miré sus ojos apagados. Más fríos que nunca.

Subí por las mismas escaleras que aún continuaban.

No volví mi rostro.

Cada escalón me martirizaba. Mi cabeza latía en una sintonía punzante. Quería arrancarme la sien, no lo soportaba.

Esto no estaba bien.

Me detuve al llegar al segundo descanso. Ejercí presión en la zona con mis dedos, sentí la humedad tibia resbalarse por mi piel. Percibí su olor sanguinolento. Bajé las manos para comprobarlo, no había nada en ellas.

Me tambaleé, traté de mantener el equilibrio. El vértigo que tuve al inicio se repitió. Mi visión se volvió como un túnel: ensombrecida en los bordes, enfocada al centro; con luces zigzagueantes irrumpiendo.

Parpadeé repetidas veces.

Sentí desfallecerme, sofocarme.

No era extraño que todos me evitaran a excepción de Shingo.

La trágica verdad se coloreaba ante mí. Descarada, cínica, burlesca.

Iori no me ignoraba, más bien, no podía verme.

Me aferré a mis últimas fuerzas y corrí hacia el corazón del templo, donde seguramente encontraría a mis padres. Antes de que fuera tarde. Más de lo que era.

Estaban ahí, con trajes ceremoniales y gesto húmedo. Acompañados de personas con vestimenta similar y tosca seriedad. Shingo, Yuki, Beni, Daimon, varios más de K.O.F.

Les grité a los presentes, nadie se inmutó.

Lo había comprobado.

Avancé por la habitación colindante, entrecerrada por las puertas corredizas. Apreté mis puños y tomé un hondo suspiro.

Sabía lo que me encontraría tras ellas.

Frente a mí: el fallecido, postrado en el ataúd. Con la cabeza apuntando al norte.

Las memorias se incrustaron en mi mente como proyectiles.

El departamento de Iori, mi visita, nuestra intimidad, los cigarrillos, la charla después del sexo, la discusión, mi cólera, el viaje en motocicleta, el exceso de velocidad, la desviación, el kilómetro 17, las vallas de protección, mi impacto en ellas. El cráneo destrozado.

Mi muerte.

No fue una casualidad ser invisible para la mayoría. Tan solo estaba prolongando mi estancia aquí.

Me acerqué al cuerpo, mi cuerpo. Fue extraño verme en ese lugar, inmóvil. Muerto; con la cicatriz en la sien izquierda, zurcida con hilos recubiertos de maquillaje.

Sonreí.

Soy algo que no se ve, que no puede ser tocado.

Algo inmaterial, impalpable, intocable, incorpóreo, imperceptible, etéreo; como la poesía, el tiempo y los fantasmas.

Soy Intangible.

—「❀❀❀」—

*Butsudan. Mueble para la meditación. Puede incluir incienso, ofrendas, fotografías de los difuntos y/o placas con los nombres esculpidos.