Hola!
Para mi lamento, los personajes no me pertenecen.
Esto esta ubicado como si nunca hubiese sucedido TJM, por si acaso.
Y eso, no mas rodeos.
Agradecida que entren a leer 3
Llovía. Muchísimo y hace días. Las clases comenzaban a ser apreciadas, ya que salir al patio no tenía mayor gracia si debían quedarse por los rincones para no mojarse. Para qué hablar del frío que parecía colarse entre los huesos. Todos tenían mas ropa encima de la que podían cargar. Si alguien se caía de espalda, era imposible que se parara por su propia cuenta.
Todos los padres estaban preocupados en extremo de que toda la familia se mantuviese caliente y con buena salud, ya que con el clima que los rodeaba, pescar un resfriado era mas fácil que respirar. Y sin embargo…
Helga salió de su casa sin ningún tipo de protección. Aunque hacía frío, ella ardía por dentro. Su madre se había deshecho de su único abrigo y no se tomó el tiempo de pensar que su hija necesitaría otro. Así que ahora, ella misma tenía que ir al centro comercial a ver si quedaba alguno. Como el clima pilló de sorpresa a la mayoría de la ciudad, la ropa de invierno desapareció en un instante de los estantes de las tiendas. Helga rogaba internamente que quedara algo útil para ella, no le importaba el color, mientras fuese de su talla… o mejor, que fuese mas grande de lo que necesitaba, así estaría más cómoda.
En el camino, se golpeó mentalmente por no sacar un paraguas, pero la discusión había sido tan repentina y como Helga intentaba con todas sus fuerzas no descargar toda su rabia contra su madre, salió sin pensar en nada más que alejarse del lugar y conseguir el maldito abrigo.
Cuando llegó a la puerta del centro comercial, su ropa estaba empapada. Sabía con seguridad que se resfriaría, pero si no compraba ahora su abrigo, el frío haría de las suyas igualmente. Se quedó quieta por algunos minutos antes de entrar bajo una estructura que la protegería del agua, escurrió lo que mas pudo su cabello que ahora estaba liso cayéndole por el rostro. Llevaba zapatillas, jeans y un polerón negro. El conjunto le daba un aire de matona… bueno, eso cuando estaba seca, porque ahora mismo parecía una niña; se notaba mas pálida de lo normal, con la ropa pegada al cuerpo como una segunda piel y el aire de desvalida que ella odiaba. Eso la hacía enfurecer aun más.
Obviamente, las cosas malas no vienen solas y cuando vio el auto que se detuvo cerca de ella, Helga suplicó que la tragara la tierra. No quería ver a nadie y menos a él… él se mostraría compasivo y la regañaría dulcemente por estar así bajo la lluvia. La rubia no tenía ni ánimos ni ganas de explicar la situación y aceptar sus sermones, así que se volteó, se colocó la capucha de su polerón y esperó por un milagro.
Le sorprendía que los abuelos de Arnold le prestaran el auto sin problemas a pesar de lo joven que era, pero bueno… era Arnold, el mas responsable de todos los chicos del planeta. Bufó con desdén.
Helga se quedó en dicha posición por unos minutos más. Comenzaba a tiritar de frío y necesitaba entrar. Ella pensó que él no la vio, que ya debería estar dentro y que no tendrían por qué encontrarse, así que con un suspiro se volteó para continuar su plan original. No contó con que el rubio que tenía por compañero estaría apoyado cerca de la puerta del centro comercial con la mirada fija en ella. Él vestía un jeans oscuro, zapatos y un abrigo azul que lo cubría casi por completo. Estaba de brazos cruzados y con una mirada de preocupación infinita, él estaba esperándola. La rubia puso sus ojos en blanco e ignoró la presencia del muchacho. Entró rápidamente como alma que lleva el diablo.
Lo único que sintió antes de sus palabras fue una mano rodeando su brazo, deteniendo su caminar.
- ¿Vas a seguir ignorándome? - comenzó Arnold. - ¿Por cuánto tiempo más vas a estar sin dirigirme la palabra? – continuó mirando a la rubia frente a frente.
- Honestamente no tengo mucho que decirte, Arnoldo – respondió ella soltándose del agarre. Caminó a paso lento, pues él la seguiría de todos modos, ya era inevitable. Este día no podía estar yendo peor.
Un trueno rompió el silencio que se formó entre ellos al caminar. La rubia se congeló en su lugar, se puso aun más pálida y tomó aire de un solo golpe. No emitió sonido alguno y trató de recuperar la normalidad lo mas rápido que pudo.
Arnold, que notó ese cambio, prefirió dejarlo pasar por ahora. El orgullo de la chica era bastante fuerte y no necesitaba peleas innecesarias, no después de todo lo sucedido entre ellos.
La confesión de Industrias Futuro había sido un quiebre entre ellos. Por mucho que él se repitiera a si mismo que había sido el calor del momento, que ella no hablaba en serio, la escena de ellos dos en ese edificio, las palabras de la rubia y ese beso no abandonaban su cabeza. Cada una hora volvían a pasar por su mente interrumpiendo cualquier actividad que estuviese haciendo.
De todo eso… años. Habían pasado ya seis años. Uno creería que era tiempo suficiente para que los recuerdos se enterraran en el fondo de la memoria, pero no. Helga aun se sentía mortificada cuando estaba con el rubio a solas e intentaba por todos los medios no pasar por dichas situaciones, pero desde que sus mejores amigos comenzaron una relación formal, se encontraban frecuentemente. La rubia no había olvidado sus sentimientos por él, pero la sensación de rechazo y el dolor de haberse retractado de su confesión hicieron una mella en su corazón. Ella estaba decidida a no volver a caer en eso, decidida a dejarlo ir. Arnold, por su parte, se sonrojaba al verla, él no podía olvidar sus labios sobre los suyos, el dulce sabor de su confesión y lo idiota que había sido por hacerla retractarse, por no ser lo suficientemente valiente para descubrir toda la pasión de la chica. Tenía vergüenza de si mismo la mayoría del tiempo, lo que lo hacía comportarse muy torpe frente a ella; se le caían las cosas, tropezaba constantemente y también solía quedarse sin respuestas cuando le hablaban. Mas vergüenza le daba cuando escuchaba la risa de la rubia por su actuar, esa risa sarcástica que él odiaba. Siempre se preguntaba qué tenía ella que lo podía hacer pasar por todas las emociones en un minuto. Él nunca había sido muy emocional, pero cuando ella estaba, parecía descontrolarse. El descontrol llegó hasta tal punto que…
Rhonda acostumbraba a hacer fiestas y no hace mucho había hecho la última, menos de dos semanas. Todos estaban invitados, incluso la rubia. Ese día también llovía así que estuvieron en el salón principal de la pelinegra todo el tiempo. Al ser adolescentes las fiestas ya incluían alcohol, aunque no todos bebían, menos en exceso. Arnold nunca había bebido, sin embargo ese día no había pasado una hora del inicio de la junta y ya llevaba cinco pequeños vasos de tequila en el cuerpo. Cinco "tequilazos", con la sal y el limón correspondiente. Gerald estaba preocupado por su mejor amigo, pero también le causaba gracia, quería saber cómo sería el rubio con alcohol, el rubio que siempre era la voz de la razón… ¿cómo se comportaría sin inhibiciones? El moreno nunca se preguntó el motivo de Arnold para estar en ese estado. Ni siquiera reparó en que Helga había llegado con Brainy a la reunión. No obstante, para el rubio eso era todo lo que podía ver. Había tanto pasando dentro de él, tantas preguntas, tantas emociones. Salió de la casa hacia el exterior para sentir el frio y aclarar su mente. No entendía el sentimiento de posesión sobre la rubia, no entendía el fuego ardiente que recorría sus venas cuando Brainy acarició el rostro de Helga. Menos entendió la tristeza que embargó su corazón cuando la chica le sonrió en respuesta a la caricia. Se sentía avergonzado, ¿quién era él para velar por el área romántica de ella? Era un egoísta porque, a pesar que rechazó la confesión de ella, él seguía sintiéndose importante. Ella estaba enamorada de él, ¿cierto? Solo de él... ¿seguía enamorada o ya había superado todo eso? ¿acaso no recuerda ese beso? Algo en él estaba mal, muy mal. Cerró los ojos y dejó que la lluvia apagara el calor que sentía en su boca al recordar. Eran niños, por el amor de Dios, ¿por qué todo eso lo perseguía?
- Maldita seas, Pataki – murmuró Arnold con rabia. Ella estaba en cada rincón de su mente, incluso al pasar de los años. Se preguntó si quizás esta era una manera mas adulta de molestarlo. Quizás ese había sido su plan todo este tiempo, meterse tan profundo en su mente que no pudiese pensar en otra mujer. Porque no, él no podía pensar en alguien más, ni siquiera había podido besar a otra chica. - Maldita, maldita seas -.
- ¿Qué diablos te hice, camarón con pelos, para que me maldigas de esa manera? - respondió la rubia que había seguido al chico. Ella no comprendió que lo llevo a él a salir con semejante lluvia. Por culpa de él ahora estaban ambos empapados. Iba a recriminarle aun más, pero jamás se preparó para lo que vino en seguida. Arnold volteó a verla y Helga se paralizó, lo que había en sus ojos era furia pura, era confusión y una dominancia intensa. La rubia nunca se había sentido tan indefensa y solo con una mirada. El chico se acercó a ella y tomó su rostro sin dejar lugar a dudas de lo que planeaba hacer. La besó con rudeza, se acercó a su cuerpo y la acorraló contra la pared para que no pudiera escapar. Solo soltó su rostro para llevar las manos a su cabello rubio y mojado y apretar sus manos en esas fibras. Su boca ardía al reconocer esos labios que ya no eran infantiles. Arnold sintió el éxtasis de tenerla en sus brazos. Helga reaccionó segundos después, ella sintió el fuerte agarre del chico, la pared fría en su espalda y esos labios que la besaban dando a entender que nadie mas nunca la besaría de esa forma. Todas las barreras que había puesto la rubia durante los años se derrumbaron y devolvió ese beso con la misma pasión. Mientras las manos de la chica subían hacia el rostro del muchacho, las manos de él bajaron recorriendo su cuello, sus hombros y brazos hasta llegar a la cintura. Él agarró la tela de la blusa entre sus puños pegándola aun mas a su cuerpo. Separó sus labios y recorrió la boca de la chica con su lengua. El calor de la situación los hizo olvidarse que la lluvia caía a cantaros sobre ellos.
- Mira lo que me haces, maldita sea – susurró Arnold antes de acariciar la lengua de la chica con la suya. El beso parecía no acabarse aunque sus pulmones dolieran por la falta de aire. Solo un segundo para tomar una bocanada y el rubio volvía al ataque. Helga no caía en si de gusto, pero también de la sorpresa. ¿Qué diablos le había pasado al chico para que reaccionara así? ¿habrá sido realmente por Brainy? Ella solo lo acompañó porque él le rogó una y otra vez. Además, eran amigos. ¿Qué era tan terrible en esa situación?
Helga soltó el aire de golpe cuando sintió las manos del muchacho tocar su vientre y subir por ese camino. Abrió los ojos solo para encontrarse con la visión mas hermosa que ella podía imaginar; las mejillas de él estaban enrojecidas, sus ojos fuertemente cerrados y una expresión de placer en cada una de sus facciones. Helga soltó un gemido de satisfacción y ese sonido hizo explosión dentro de la mente de Arnold. Lo instó a querer fusionarse con ella, sintió que no la tenía tan cerca como quería. Él mordió su labio inferior para marcarla. - Eres mía, por la mierda, eres solo mía – murmuró el rubio en medio del beso. Helga lo empujó rápidamente. ¿Quién se creía él para hacer semejante aseveración? Ella no era de nadie. Aunque el corazón de la chica latía con fuerza, comenzaba a hervir su cabeza por la rabia. ¿Acaso eso era? ¿él todavía creía que la manejaba a voluntad? ¿qué esperaba él de ella, que lo amara por siempre y no estuviera jamás con otro? Era un estúpido. Intentó formular una frase, pero tenía los labios hinchados y el corazón estrujado y pisoteado. Se sentía desilusionada, no pensó que Arnold alguna vez tomara ventaja de los sentimientos de la rubia.
Él abrió los ojos sin entender qué había pasado, por qué ella lo había alejado, pero al mirarla supo que no debía volver a acercarse. Los ojos de la chica flameaban en rojo. La vio alejarse pisando con fuerza, con la ropa y el cabello mojado.
Dios, si que se descontrolaba cuando estaba con ella.
Otro trueno cuando entraron a la tienda en donde aun quedaban abrigos. Helga no soportaba mas la tortura de estar al lado del chico que la besó tan apasionadamente hace menos de dos semanas. Sin embargo, si lo echaba de su lado era aceptar que todo lo sucedido había sido importante para ella. La rubia no le daría ese gusto, menos cuando el beso solo había sido egoísmo del muchacho. Solo había sido para demostrar un punto; que ella seguía enamorada de él.
Ella continuó caminando mirando cuidadosamente cada abrigo, cada chaquetón y sopesando que sería mejor para pasar esta temporada. Había muy poca gente alrededor, todos debían estar en sus casas con semejante clima y siendo domingo en la tarde mas encima. Apenas veía a una cajera en el piso de ropa femenina, la cual estaba hablando por teléfono con mucho interés. Helga pensó que ella podía robar sin problemas un abrigo y la cajera jamás se daría cuenta. Bufó. La situación la estaba llevando al limite.
- Hel… - susurró Arnold para llamar su atención mientras ella se probaba un abrigo rosa palo. La chica seguía mirándose al espejo de manera estoica, aunque nunca nunca lo hacía, pero era lo único disponible para no tener que mirar a su acompañante.
- Jamás te he dado el permiso de ponerme un sobrenombre, cabeza de balón – respondió ella.
- Lo siento – continuó Arnold acercándose a la rubia. - Te queda hermoso – dijo refiriéndose al abrigo. Helga se sonrojó y volteó para que él no se diese cuenta, pero Arnold tenía la mirada fija en ella y se percató del bonito rosa que estaba en sus mejillas. Que daría por volver a tener ese rostro entre sus manos. Se cacheteó mentalmente. Ese tipo de pensamientos eran los que lo había llevado a cometer esa falta de respeto con su compañera en cuestión. Lo perseguía la culpa.
Helga decidió que sería bueno también cambiar su polerón para evitar tener el torso helado camino a casa, así que se encaminó a la sección correspondiente. No pensó demasiado y escogió uno color negro, tal como el mojado. La talla no la convencía del todo porque aunque decía que era Large, ella creía que era Small… era imposible que tan pequeña cosa le quedara cómoda y, para su mala suerte, no había nada más. Suspiró. Odiaba probarse ropa en esos lugares, pero no tenia otra opción.
Arnold que había estado detrás de ella todo este tiempo, se apoyó en la entrada del probador siguiendo con la mirada los pasos de la rubia. Vio que la ropa de ella estaba pegada a su cuerpo y supo que ya mañana la chica estaría bastante enferma. Él le iba a recomendar que tomase inmediatamente algún analgésico para sobrellevar desde antes el cuadro, pero se detuvo cuando ella se iba acercando al probador. La situación lo estaba volviendo loco, necesitaba hablar sobre lo sucedido, darle explicaciones, que ella lo perdonara, que por ultimo lo insultara, pero que le diera alguna respuesta. Sentirla tan lejos lo estaba poniendo mas ansioso de lo normal, muy irritable, casi insufrible. Cuando ella pasó a su lado y entró, él supo cuál era la única alternativa. Acorralarla.
Tampoco había gente controlando el probador. Sorpresa. Helga apenas entró al pequeño cuarto notó que no había espejo. "Genial" se dijo mentalmente y se volteó para salir de allí, pero la puerta ya estaba cerrándose gracias a su acosador. Se sobresaltó por cómo él se acercó a ella.
- Responde, por la mierda, dime algo – dijo Arnold con rudeza. Nuevamente ya estaba descontrolado. La rubia trató de tragarse el nerviosismo que sentía por estar con él en un lugar tan estrecho donde los separaba apenas unos centímetros y soltó una maldición con toda la ira que pudo reunir.
- Sal de aquí, idiota, tú no puedes estar en este probador -.
- No me iré de aquí hasta que hablemos de lo que sucedió en la fiesta de Rhonda – declaró él. La rubia se estaba exasperando y probó otra estrategia.
- Bueno, si no te vas… - dijo mientras tomaba el cierre de su polerón, - tendré que probarme esto contigo aquí -. Al ver que Arnold se transformó en piedra en el lugar y que sus mejillas se colorearon lo máximo posible, supo que era la estrategia correcta. El chico no abandonaría su caballerosidad innata y se iría rápidamente de allí para darle la privacidad y, si tenia suerte, irse del centro comercial dejándola por fin en paz.
- Adelante – respondió Arnold después de poner encontrar su voz. Admitía que estaba completamente abochornado, que tenia ganas de salir corriendo y darle su espacio, pero también tenia una vasta curiosidad de saber si ella cumpliría su amenaza. ¿Se quitaría la prenda con él mirándola? Eso significaría que vería mas de su blanca piel, que podría apreciar su sostén y cómo aprisionaba sus pechos. Maldito sostén, era un suertudo. O quizás… quizá no llevaba nada debajo.
Helga se sorprendió en demasía al ver el cambio del rubio; primero estaba paralizado frente a ella, luego se notaba avergonzado y finalmente… él estaba ¿ansioso? ¿expectante? Desafiante, él estaba desafiándola a quitarse la ropa frente a él. Su mirada recorrió su torso y ella ya sintió desnuda. Todo un calor se instaló en su pecho y sintió que la temperatura del ambiente estaba subiendo peligrosamente. Tragó saliva con dificultad, pero el reto la llamaba. Jamás huiría de un reto. Bajó lentamente el cierre de su polerón esperando con diversión el momento en que el chico no pudiese de la vergüenza y saliera de golpe del lugar, pero llegó hasta el fin del cierre y él seguía allí, cada vez mas sonrojado y con una mirada que no podía descifrar. Mas bien que no quería descifrar. Podría jurar que había deseo. Helga tomó con cuidado el polerón mojado y dejó que se deslizara hacia el suelo dejándola solo en un corpiño de encaje negro. No podía de la sorpresa, ¡él seguía allí! La miraba con un calor que hacía arder su piel.
- Hermosa… - susurró el rubio al ver a la chica con su torso semidesnudo. Jamás creyó tener la oportunidad de ver a su bully personal de esa manera… su piel era tan blanca y se preguntó si sería tan suave como se veía. Podía ver como su tórax se hinchaba cada vez mas rápido, ella estaba agitada. - Tan… tan hermosa -. Arnold sintió cómo se revolvía su estomago y cómo sus manos estaban picando cada vez mas fuerte. Todo su cuerpo ansiaba acercarse a ella y tocarla. Miró el rostro de la chica y vio sus ojos grandes, sorprendidos, con un azul flameante, pero ahora no de ira… Sus labios estaban separados y escuchaba el aire salir de su boca. Arnold mordió su labio inferior, estaba enloquecido, su cuerpo reaccionó ya sin tomar en consideración toda la falta de respeto que sería atacarla nuevamente. Dio un paso en su dirección y le preguntó con la mirada. No quería abusar de la vulnerabilidad que era que no tuviese una prenda sobre su torso.
Helga estaba tan confundida, tan enojada, pero todo eso eclipsado por una sensación hormigueante en su boca, en sus manos, en su viente… y mas abajo. Cuando él se acercó, pero no lo suficiente, miró directamente a sus ojos y vio la pregunta en ellos. - ¡Al diablo! -. Helga eliminó la distancia entre ellos, rodeando su cuello con sus brazos y haciéndolo golpear la puerta de dicho probador. Junto su boca con la del rubio uniéndose en un beso apasionado que encendió cada chispa en el cuerpo de la chica. Ella sintió las manos de su acompañante recorrer su cintura y subir por su espalda hasta sus hombros y luego volver a bajar. Arañaba su piel y su boca la devoraba. No caía duda de quien estaba siendo el mas apasionado.
Arnold trató de memorizar cada zona de Helga, trato de memorizar lo suave que era su piel y lo cálida que estaba aunque estuviera ligeramente húmeda. Odiaba como el broche de su sostén cortaba el camino, quiso arrancarlo de un solo tirón, pero se contuvo. Prefirió disfrutar de la sensación de estar tocando la ropa interior de la muchacha.
Ya no había marcha atrás. Eran jóvenes y las hormonas dominaban cada acción. Los sentimientos de cada uno guiaron cada movimiento. Helga se separó para sacar el abrigo azulado y este cayó con un sonido suave sobre el suelo, casi cubrió todo el piso. Sin demora comenzó a desabrochar los botones de la camisa que llevaba el chico, ella se sentía en desventaja, necesitaba que él estuviera en la misma posición. Arnold no opuso ninguna resistencia e incluso ayudó a la rubia en los últimos botones. La prenda acompañó al abrigo y así volvieron a abrazarse y besarse. Helga estaba extasiada, recorrió los firmes brazos del chico, aprovechó de acariciar sus hombros, su pecho y tocar incluso su vientre. Ante los roces de la chica, él respiraba cada vez mas fuerte. Movido por el deseo, bajo sus labios al cuello de Helga y succionó intensamente la piel, mordió y lamió. Quería probar todo de ella. Todo. Arnold notó el pulso de la rubia en sus labios, cada vez mas acelerado.
Los suspiros de ella no se hicieron esperar. La boca de él estaba matándola de deseo, quería más y no sabía cómo pedirlo, así que, ya que las palabras no salían, tomó el broche de su corpiño y lo soltó con un ágil chasquido. El sonido paralizó al rubio. Tuvo que parar y mirar a la muchacha para comprobar que no había sido su imaginación. La visión era maravillosa; Helga estaba sin prenda en la parte superior, sus pechos desnudos y la respiración agitada que hacía que se movieran con un suave vaivén. El cabello de la chica cubría ligeramente los laterales de su torso lo que hacía aun mas erótica la visión. Era impresionante todo lo que lo hizo sentir.
Arnold no dudó en bajar su cabeza y besar alrededor de esos montes. Apretaba con fuerza su cintura y dejaba húmedos besos por la piel circundante. Aunque tenía claro su meta, no se dejó apresurar. No podía ir tras sus deseos sin pensar en lo que ella deseaba. Los gemidos ahogados de Helga lo alentaban a seguir en su tarea.
Sintió que tomaban su rostro y lo dirigían a otra zona, justo donde él quería. Agradeció a todos los dioses que conocía que ella estuviera en la misma sintonía. Aprisionó entre sus labios ese tierno y suave pezón, no pudo evitar rodearlo con la lengua mientras estaba cada vez mas duro en su boca. Todos los pensamientos sobre lo peligroso de la situación, sobre lo poco caballero que era tenerle así en ese lugar se fueron por la ventana. Él quería tanto esto. Succionó el pezón por última vez dejándolo húmedo antes de darle la misma atención al otro.
Helga mordió su labio para no gemir mas fuerte. Solo soltaba el aire de golpe y respiraba boqueando. Sentía como la lengua del chico acariciaba esas partes tan sensibles y ver su cabello rubio entre sus pechos fue espectacular. Agarró con rudeza algunos mechones para instarle a continuar. Sabia que las manos del muchacho apretaban su cintura con tal intensidad que dejaría marcas, sobre todo porque su piel se colocaba morada con bastante facilidad, así que las tomó para bajarlas hacia sus caderas, justo al inicio de sus jeans, dando un pequeño indicio de a dónde quería ella que se encaminase la situación.
Arnold, al tener las manos en las caderas de la chica, cayó de rodillas sobre su abrigo. Quedó a la altura de su vientre el cual también llenó de besos. Tomó el botón del jeans para soltarlo y luego bajó el cierre con cuidado, mientras su boca bajaba un poco también. Tironeó del pantalón para bajarlo y Helga, con un movimiento de piernas, lo ayudó para que saliese con facilidad. Otra compañía para el polerón mojado.
Por fin, por fin él la vio solo con ropa interior. Sus bragas combinaban con el sostén. Eran negras, rodeaban sus caderas con gracia. El encaje estaba mayormente en dicha zona, esa transparencia era aun mas enloquecedora. Arnold besó con suavidad su vientre bajo, sobre la ropa. Ya no eran frenéticos, sus besos eran suaves, casi castos si no fuese por dónde estaba besando. Las manos del muchacho bajaron por las piernas de la rubia, acariciando con delicadeza. Ella era para adorar. Cuando subió sus manos se transformó en un descarado y fue a parar a su trasero donde dio un pequeño golpe. Él rio muy bajito.
Helga, que estaba en otro mundo, se sobresaltó ante el golpe. Mas que por dolor, por el sonido de su mano contra su trasero. Sabía que él estaba tomando ventaja de tenerla así de desnuda, así que creyó que debía igualar la cancha. Tomó los hombros del chico y lo hizo levantarse con ligereza. La rubia tenía una fuerza impresionante producto de practicar variados deportes. Él volvió a soltar una ligera risa, pero que se acabó cuando fue ella quien estuvo de rodillas. Todo el nerviosismo comenzó otra vez. También estaba avergonzado, pues durante todo este tiempo había crecido algo en sus jeans que luchaba contra la tela. Incluso dolía un poco. Y ahora… ella estaría frente, justo en frente de eso. Se le calentaron las mejillas y cerró los ojos.
Helga hizo exactamente lo mismo que Arnold había hecho con ella. Sacó su jeans con fluidez dejándolo solo con su bóxer color azul. Noto inmediatamente lo hinchada que estaba la zona y mordió su labio al saber que él estaba así por ella, solo por ella. Ahora entendió ligeramente la posesividad. Ahora que lo había visto así supo que no quería que nadie mas lo provocara de esa manera, que toda excitación fuera por y para ella. Besó con suavidad el borde de la tela haciendo que Arnold soltara un gemido que ahogó con su mano cubriendo su boca, posiblemente avergonzado por encontrarse en esa situación, en ese lugar. Helga apoyó su frente en el vientre del muchacho intentando encontrar la valentía que necesitaba para terminar de deshacerse de su ropa. Miró hacia arriba y vio el rostro de Arnold; los ojos cerrados, una mano cubriendo su boca mientras se rompía a respirar, su pecho con una ligera capa de sudor y su otra mano apoyada en la pared para mantenerse estable. Tan vulnerable… tan suyo. Él era suyo. Un calor llenó el pecho de Helga y le golpeó la realidad. Él estaba completamente entregado a ella, tal como ese día en casa de Rhonda. Quizá mencionó solo una parte de la verdad, pero ella no vio el corolario de sus palabras. Sí, ella era suya… porque él era de ella. Los pensamientos tan intensos hicieron que Helga bajara sin dudar el bóxer del chico. Lo hizo con cuidado mientras liberaba la erección del rubio, quien empuñó su mano contra la pared.
Ella nunca había estado en una situación parecida y le sorprendió todo lo nuevo. Jamas había visto el miembro de un hombre in situ y tragó pesado ante la imagen. Sí, mas de una vez había visto porno por curiosidad, pero no se imaginó que prontamente estaría ella en esta situación… y posición. Se sintió observada y miró hacia el rostro del muchacho. Él estaba suspirando mientras la miraba y puso sus manos en su cabello, recorriendo lo largo de los mechones rubios. Helga pensó que tal como ella lo hizo antes, él la guiaría hacia adelante… sabía para qué, así que separó sus labios esperando que él empujara sus caderas para encontrar su boca. Sin embargo, eso nunca sucedió. Él se colocó de rodillas frente a ella, lo cual hizo que pegaran sus cuerpos por lo estrecho del espacio y Helga sintió los labios del rubio sobre su boca… y algo mas que empujó contra su vientre bajo. Gimió ante tanto calor.
Arnold se separó de ella un poco. - Por mucho que añoro que me tomes con tu boca, porque honestamente es lo mas caliente que puedo imaginar… quisiese… quisiese algo más… - susurró el rubio. Su voz estaba ronca. Los ojos verdes contra los azules. Sus respiraciones mezcladas mientras ella tomaba la decisión. Él ofreció su virginidad y era decisión de ella si tomarla o no y a la vez entregar la suya. ¿Aquí? ¿de verdad ella quería que su primera vez fuera en un probador de una tienda cualquiera? Helga bajó la cabeza, cerrando los ojos. La recorrió un escalofrío y no supo qué decir.
Prontamente sintió como Arnold la abrazaba con fuerza, la pegó con delicadeza a su pecho e hizo que colocara su cabeza en su cuello. Él besó su frente y tomó el polerón nuevo para colocárselo. No hablaron. No había ningún sonido. La tela del polerón seco acarició la piel desnuda de la muchacha, Arnold había olvidado que debía colocarle el sostén primero. Una sonrisa muy sutil apareció en los labios de la chica. Él estaba siendo todo un hombre. Ni siquiera insistió una vez, solo entendió el mensaje que dictaban las pequeñas acciones y por eso comenzó a vestirle con delicadeza. Cuando Arnold iba a subir el cierre del polerón, Helga tomó sus manos. Él la miró confundido, pero expectante. Sin embargo, la rubia no pudo emitir palabra, no importaba lo mucho que quisiera decir algo, ella no podía encontrar su voz. Arnold cerró el polerón y se levantaron ligeramente las comisuras de sus labios, dándole una sonrisa apenada. Se colocó nuevamente la ropa interior y el jeans en menos de 30 segundos, lo cual le permitió volver a preocuparse de vestir a su chica. Las preguntas golpearon la mente del muchacho, comenzaban a subirle todos los colores al rostro por analizar, ahora racionalmente, lo que había sucedido y lo que había estado a punto de suceder. De verdad que era un idiota, ¿cómo había llevado a Helga a estar así, aquí? ¿acaso no le preocupó que pudiesen encontrarlos? La parte mas traviesa del rubio mandó la respuesta; no, no le importaba en lo mas mínimo, mientras tuviese esa piel entre sus manos. No obstante, las buenas costumbres de Arnold lo hacían sentirse cada vez mas culpable. Había sido tan egoísta.
Helga miraba al rubio mientras ya terminaban de vestirse. La expresión del chico había ido cambiando cada segundo, pasó desde la vergüenza, la picardía y finalmente la culpa que hizo latente las arrugas de su frente. Él cerraba sus ojos, suspiraba y luego sus orbes encontraban las suyas. El verde estaba ligeramente mas oscuro de lo usual y la rubia enrojeció al hipotetizar cuál sería la causa. Siempre escuchó que eso sucedía, pero no creyó jamás comprobarlo en los ojos del acompañante, en el chico del que siempre estuvo enamorada.
- ¿Lista? - preguntó Arnold. Su voz estaba entrecortada y carraspeó para hilar una frase mas larga. - No creo que sea buena idea quedarnos aquí mas tiempo -.
- Lo sé, cabeza de balón. Vamos – respondió la rubia llevándose el polerón ya húmedo solamente en los brazos envolviendo el sostén que el rubio había olvidado colocarle.
Cuando salieron se dieron cuenta que prácticamente el piso seguía vacío. La cajera seguía hablando por teléfono. ¡Por Dios! ¿cuánto tiempo había pasado? Arnold miró el reloj y con sorpresa vio que solamente habían estado media hora dentro de ese probador, aunque él lo sintió como una eternidad. Que relativo es el tiempo.
Helga, que estaba evitaba la mirada del rubio lo que mas podía, se acercó a la caja a terminar el proceso de compra. Estaba contenta con encontrar el abrigo, aunque el polerón le quedaba mas ajustado de lo ella acostumbraba, pero no existía algo que reemplazara la prenda y además… ya se la había puesto. Pagó con la tarjeta de crédito adicional que le había dado su padre tras una gran pelea y la cajera empaquetó sus cosas con poca delicadeza. Helga bufó, tomó la bolsa y con un "gracias" bastante falso se encaminó a la salida.
El rubio estaba mirando el suelo, moviendo su pie inquieto. Ahora si que no sabia cómo afrontarla, ahora si que no sabia qué decir. ¿Cómo fue posible que se dejara llevar de esa manera, cómo expuso a la muchacha así? Otra vez se golpeó mentalmente. Notó que la rubia se retiraba y la siguió. Aun se escuchaba la lluvia así que él debía ofrecerse a llevarla hasta su morada, aunque le llenara de nervios preguntarle. Posiblemente ella lo mandaría al demonio con las palabras mas desagradables que encontrara y se iría cargando ese orgullo que siempre había llevado encima. Mientras estaba formulando un millón de propuestas en su mente, la rubia interrumpió:
- Me llevas a casa – afirmó. Arnold suspiró con alivio, no tuvo que rogar, suplicar y no se vio lastimado de ninguna forma por la chica.
- Por supuesto, continua lloviendo – respondió él.
Helga se subió de copiloto rápidamente evitando que la lluvia volviese a empaparla. Arnold se sacó su abrigo y lo tiró en el asiento trasero para luego sentarse en su lugar. Hizo partir el auto con facilidad. Helga, sin preguntar, encendió la calefacción. Ahora estaba sintiendo los estragos de haber salido sin protección alguna contra el frío. Tembló mientras se frotaba las manos para entrar en calor. Tragó en seco, necesitaba hablar y le estaba costando el alma entera no ser grosera ni actuar ofendida, porque lo que pasó fue cosa de dos.
- Arnold… - comenzó la rubia. Entrelazaba sus dedos sin mirarlo, aprovechó el momento, pues él tampoco podía mirarla fijamente si estaba conduciendo. Sabia que no era justo, pero ella no podría enfrentarse a esos ojos ahora, sobre todo porque no tenía idea que estaba pasando por la cabeza del conductor y eso la exasperaba aun mas. Intentó controlar su tono lo mas posible. - ¡¿QUÉ DIABLOS PASÓ ALLÍ?! - explotó la rubia golpeando sus propios muslos en frustración por haber perdido la tranquilidad. - ¿Acaso te golpeaste en tu gran cabeza? - continuó siseando la muchacha elevando cada vez mas la intensidad de su voz.
- Hel – llamó Arnold -, jamás quise faltarte el respeto de esa manera, lo juro – se disculpó el rubio apretando el volante en sus manos. No quería perder la concentración, manejar era de extremo cuidado y sobre todo si llevaba a alguien tan importante como ahora. Quería decir tantas cosas, pero por el rabillo del ojos miró la expresión de la rubia y sabía que las palabras equivocadas haría que ella gritase hasta dejarlo sordo, así que meditó sabiamente qué seguiría diciendo, qué respondería.
- ¡Ah, que bueno saberlo! - escupió la chica con ira, la cual estaba escondiendo la verdadera emoción que la embargaba. - Eres un pervertido de primera, Arnoldo – siguió mirando por la ventana, pues al recordar por qué le decía de esa forma, ella temblaba -, siempre dicen que los callados son los peores -.
Arnold mordió su labio con vergüenza. Tuvo que detenerse para no responderle que ella no se negó precisamente y que tomó el control la mayoría del tiempo, pero sabía que mencionar eso haría que la rubia le cortara la cabeza apenas se detuvieran. Su mente se iluminó de pronto. Quizá si sabía que responderle… bueno, al parecer esta estrategia ya había funcionado… esperaba que volviese a funcionar.
- Lamento muchísimo si estas ofendida, Helga, pero yo no me arrepiento de nada precisamente -. La voz de Arnold tomó un tinte peligroso, escondió con éxito toda la culpa, lo embarazoso y difícil que había sido decir esas palabras. Ante no escuchar respuesta rápida de la rubia, la cual parecía estatua a su lado, continuó: - ¿Cómo voy a arrepentirme de haber tenido la gran suerte de ver tu hermosa piel? -. En su última frase bajó la intensidad de su voz, volviendo a ser lo caballero que lo caracterizaba. Quería demostrarle que lo sucedido había sido importante, que para él nunca había pasado ni sentido algo parecido.
Arnold se comenzó a poner mas nervioso que nunca. La rubia no había contestado ante su afirmación, no había gritado, no lo había golpeado, de hecho no dijo ninguna palabra y de no ser porque él escuchaba su respiración, pensaría que ella había desaparecido del coche. ¿Se equivocó? ¿Fue mas allá de lo que tenía permitido? Ella no lo perdonaría esta vez. "Realmente eres un estúpido, Shortman, ¿acaso no puedes comportarte como corresponde con ella?". El rubio estacionó frente a la puerta de la copiloto. No se atrevió a emitir otra palabra, se mordió la lengua con fuerza para callarse. Cada vez que abría la boca parecía meter mas la pata. Una tristeza le embargó en el corazón. Quizás esto era lo ultimo que vivirían juntos, quizá nunca mas tuviese la oportunidad de ver a la rubia tan expuesta. Posiblemente ya no volvería a escuchar su nombre con cariño y solo habría resentimiento. Incluso podría no volver a dirigirle la palabra tal como lo hacia estas dos semanas… Si ya estos días lo estaban volviendo loco, no sabía cómo enfrentaría lo que venía. La rubia abrió la puerta del auto dispuesta a bajarse y los ojos verdes se aguaron. Ni siquiera pudo ver su rostro por última vez. Escuchó el sonido de la puerta al cerrarse y cerró sus ojos también, no podía soportarlo. ¿Cuándo había calado tan profundo la rubia en el corazón del muchacho?
Por Dios que no se lo esperó. La rubia abrió su puerta con fuerza. Arnold en toda la sorpresa no pudo hacer nada cuando la chica se acercó a su cuerpo para soltar el cinturón de seguridad y tironear de él.
- Cierra el maldito auto, Arnold -. La peligrosidad en su voz hizo que el rubio temblara de pies a cabeza y lo hizo sin cuestionarse absolutamente nada. Por seguir escuchándola así, él haría lo que ella le pidiera. Todo lo que ella quisiera.
El camino hacia la habitación de Helga fue algo borroso. Caliente. Arnold recorría cada parte del cuerpo de su compañera y ella no se quedaba atrás. La camisa del muchacho quedó en la puerta de entrada, el polerón de ella en la escalera. La rubia agradeció al cielo que sus padres no estuvieran y que no llegarían, pues habían ido a visitar a su queridísima hermana.
La puerta de la habitación se abrió con vida propia y rápidamente estaban sobre la cama de la muchacha. Arnold la besaba hambriento de su sabor, mordisqueaba con delicadeza sus labios y acariciaba su lengua con la suya ahogando los suspiros. Helga, por su parte, arañaba la espalda del chico, marcándolo. Volvía a sentir la posesión, quería que todos supiesen que él le pertenecía. La rubia gimió cuando él besó su cuello y bajó aun mas. Estaba volviendo a recorrer sus pechos tal como lo había hecho en ese bendito probador. Ella arqueaba su espalda para ofrecerle su cuerpo. Dejó cada inhibición atrás porque supo que él estaba adorándola, porque sentía el cariño en cada roce del rubio. Se sentía deseada y la sensación era poderosa y embriagante. Las manos del chico quemaban en su cintura, recorría cada línea con extrema precaución lo cual la hacia sonreír. Aun en esta situación, él no podía dejar de ser el chico tierno del cual ella se enamoró.
La muchacha lo hizo voltearse y él quedó sobre la cama. Se acomodó a horcajadas sobre las caderas del chico. Sin esperar besó su cuello, sus hombros y acarició su pecho que se movía cada vez mas rápido por lo agitada de su respiración. Helga creyó que no había sonido mas excitante que los suspiros ahogados que emitía el rubio. Algo en escuchar la lluvia en sintonía de lo que estaban haciendo le dio el toque romántico que el alma artística de la rubia añoraba. Él primero cerró los ojos, pero cuando la rubia bajó hasta besar su vientre, los abrió y Helga sintió que la traspasó con la mirada. Esos ojos verdes brillaban, había algo tan oscuro en ellos y a la vez reflejaban una inocencia que la chica amaba. ¿Cómo era posible que hubiesen dos personalidades tan distantes dentro del mismo muchacho?
Arnold se estaba colocando ansioso. Ya se sentía tan listo como en el probador y esta vez quería que la rubia pusiese sus labios un poco mas abajo que en el borde de su bóxer. De solo imaginarlo se estremecía. La imagen de ella de rodillas en frente de su erección en ese probador lo estaba matando. Cuando miró su rostro, vio que la boca de la chica estaba hinchada por la fuerza de sus besos y lo mucho que la mordió, pero no podía contenerse. Le encantaba su sabor. Helga desabrochó el botón de su jeans y Arnold se tensó esperando sus siguientes movimientos. Ella parecía no dudar esta vez y bajó la prenda sin problemas y continuó con su ropa interior. Él la ayudó meneando sus piernas y empujando sus zapatos fuera de sus pies. Cuando el chico quedó completamente desnudo, Helga se detuvo unos segundos a mirarlo. No había parte de él que no apreciase y las mejillas de Arnold llegaron a picar de lo rojas que estaban, de hecho él no pudo seguir mirando y cerró los ojos con fuerza. La rubia sonrió ante el gesto tan dulce, tan inexperto del chico. Entendió que él debía estar igual de nervioso que ella, pues también era la primera vez y que había cierta vergüenza en mostrarse desnudo, expuesto y a merced del acompañante. Entonces, ella se colocó encima de él para alcanzar sus labios y besarlo, acción que tuvo rápida respuesta.
Él no esperó para poner a la muchacha en igualdad de condiciones; retiró su jeans, sin embargo dejó sus bragas, había algo sensual en dejar dicha zona tan deseada aun algo cubierta. Recorrió la piel de su viente, de su cintura y mas abajo con sus besos húmedos y mordió el encaje que tenía en frente de él. Tironeó, jugando.
Helga gimió cuando sintió el tirón en su ropa interior. Golpeó sus zapatillas fuera de ella y separó sus piernas para que él se acomodase mejor. La lengua del rubio bajó un poco mas y toda inhibición de la chica voló muy lejos. Con ayuda del rubio, ella separó aun mas sus piernas y él pudo bajar un poco mas. No creyó jamás que los besos sobre la ropa serían tan excitantes. El juego previo estaba siendo mas entretenido de lo que jamás pensó. Cada segundo se le hacia eterno, en espera del siguiente movimiento. Sintió morir cuando él dejó un casto beso sobre la tela que cubría su intimidad. No sabia si quería que siguiera con esos suaves roces que la hacían temblar o que él sacara lo que quedaba de ropa de un tirón y besara directamente donde tanto lo necesitaba. Mordió su labio imaginando lo que sería que la lengua del rubio recorriera dicha zona. Tan húmedo y caliente.
Las manos de Arnold tomaron los bordes del encaje que cubría a la rubia y lo tiró con extrema lentitud. Él quería que sintiese segundo a segundo como la estaba por fin desnudando. Tragó pesado al ver las piernas de la chica. Nunca se le había cruzado por la mente que las vería por completo. Él asumía que ya al entrar en edad no veía con tanta inocencia cuando ella usaba vestidos, cuando mostraba un poco mas de la cuenta, sin embargo, jamás confesaría eso… eso lo hacía oficialmente un descarado sin respeto. Y ahora, él se sintió el chico mas afortunado del mundo; tener la posibilidad de ver a esa mujer sobre la cama, respirando profundamente, su cabello desordenado que rodeaba su rostro y sus labios separados casi esperando que él volviese a besarla lo hacían sentir poderoso y con una confianza única. Un sonido rompió la quietud del momento y Arnold esperaba ver a su compañera sobresaltarse por el miedo que él sabía que sentía por los truenos, pero se le llenó de calor el pecho cuando vio que Helga parecía estar en otro mundo, pues solo estaba mirándolo y no se percató para nada de eso que tanto la asustaba. Al terminar de sacar sus bragas inmediatamente se acercó a besarla. La abrazo y estrechó con fuerza contra su pecho devorando su boca. Lo que no calculó correctamente fue que al subir su erección chocó de forma directa con lo húmedo de la entrepierna de la rubia. El contacto los hizo gemir a ambos en la boca del otro. Asustados, sorprendidos, elige tu palabra. No esperaron jamás una electricidad así, no esperaron que un simple toque entre partes tan privadas fuese tan agradable, intensamente agradable.
- Hel… Hel – murmuró Arnold en medio del beso. La llamaba y no sabía honestamente para qué, pero la necesitaba, necesitaba escuchar que ella estaba sintiendo lo mismo que él. - Hel, por favor – prosiguió. No entendía qué diablos estaba suplicando, pero en un momento de lucidez cayó en cuenta de la situación y cómo todo esto iba a terminar… pero… - Helga, no… -, él tuvo que tomar aire profundamente para poder seguir hablando, - no tengo… mmm… no tenemos protección – finalizó sintiéndose un estúpido. Continuaba haciendo cosas estúpidas. ¿Cómo no pensó que debían tener un preservativo? Ahora deberían detenerse por su ineptitud. Arnold hervía de ira y frustración. Helga soltó una risa nerviosa, besó suavemente sus labios y se acercó a su oído a hablarle.
- No se me frustre – se burló la rubia en un susurro -, estoy con pastillas anticonceptivas hace un tiempo – confesó. La confusión cruzó por el rostro del muchacho y ella explicó velozmente que eran solo para regular su ciclo. Una parte de ella gritó que no tenía porqué estar dando explicaciones, pero fue acallada cuando él empujó sus caderas hacía adelante para volver a sentirle. El mundo se paralizaba cuando el calor los invadía de tal forma. Él ahogó un gemido en el cuello de la rubia y volvió a empujar solamente explorando, sin penetrarla formalmente. Sin embargo, eso era en lo único que podía pensar ella. Sintió un extraño vacío, algo completamente nuevo, pero a la vez sabía qué era lo necesario para sentirse mejor.
- Estoy lista, Shortman – murmuró ella. Arnold la miró temeroso. No quería arruinarlo, quería que fuera especial y lo mejor para ambos. Comenzaron a sobrevenir un millón de inseguridades que antes no se habían presentado. Helga que estaba en perfecta sintonía con su compañero, se percató del cambio y se enterneció. Los ojos de él solo mostraban una preocupación infinita… la misma que vio en el centro comercial cuando ella estaba mojada por la lluvia. Sintió que le corría una lágrima por la mejilla, una lágrima de emoción. Sin decir nada más, ella tomó el rostro del muchacho y sonrió. Eso fue todo lo que necesitó él para darse cuenta que esto no podría ser arruinado, porque era perfecto, porque con ella todo sería perfecto, no había lugar para malos sentimientos.
Arnold se acomodó entre las piernas de Helga, se apoyó con una mano sobre la cama para que ella no soportase nada de su peso y con la otra mano tomó su miembro para dirigirlo a la entrada de la rubia.
No hay absolutamente ninguna palabra que alcance a definir la cantidad de placer que sintió el muchacho cuando la calidez rodeó su erección. El canal era estrecho y se resistía a la intrusión, pero él siguió empujando. Estuvo atento a la expresión de su compañera, pues muchas veces había escuchado que la primera vez de las mujeres no era solo placer, que había una cuota de dolor. Era completamente entendible que se sintiese incómoda si no había sucedido algo como esto antes. Sin embargo, el rostro de Helga seguía impasible, solo había separado sus labios tomando bocanadas de aire a medida que él daba ligeras embestidas para lograr entrar por completo.
Las manos de la rubia se empuñaron cuando él dio el golpe final que lo hizo acomodarse por completo en su interior. Una solitaria lágrima se escapó, la cual preocupó en extremo al muchacho.
- Hel… cariño, ¿estas bien? -. Arnold apenas pudo reconocer su voz, ésta estaba ronca y muy inestable. - ¿Necesitas que salga? - preguntó. No había ni chispa de intenciones de salir de ella por voluntad propia, pero él debía comportarse tal como ella quisiese, debía respetar los espacios y decisiones. Helga botó un suspiro entrecortado y abrió por fin sus ojos. Sus pupilas estaban dilatadas y Arnold nunca había visto un azul tan puro, tan hermoso. Se le encogió el corazón ante el honor que era verla en ese estado.
- Nunca me había sentido tan bien – contestó ella. Su voz tenía la misma melodía que la de Arnold, posiblemente consecuencia del placer que estaban experimentando. - Continua… -ordenó la rubia. Imposible olvidar que ella era quien mandaba, ella era quien tenía el control. El muchacho sonrió y retrocedió sus caderas solamente para volver a empujar, esta vez sin contemplaciones, entró de golpe en ella. Helga soltó un gemido desde el fondo de su garganta, la mezcla entre placer y muy ligero dolor hacían que su mente no pudiese seguir una linea coherente de pensamientos. Lo único que era real ahora era saber que él y ella eran uno. A medida que él continuaba embistiéndola, cada vez se sentía mas fácil, sin embargo, eso no significaba que el placer fuese disminuyendo, al contrario, el gusto iba en aumento y parecía no acabar.
El rubio estaba extasiado. Era lava lo que corría por sus venas. Se estaba quemando. Había algo divino en cómo el cuerpo de la chica lo aprisionaba, ella se sentía tan cálida, húmeda y suave. No quería hacer esto con nadie más porque dentro de si supo que nunca, con nadie mas se sentiría tan bien. Y no solo era el toque, estaba seguro que los sonidos que escuchaba estaban sacados del mismo cielo; los suspiros, los gemidos y cómo sonaba su nombre entre medio de estos eran estimulantes, lo hacían empujar contra ella mas fuerte, mas rápido.
Los truenos intentaron por todos los medios sonar mas fuerte e imponer su presencia, pero no había nada que sacase de semejante ensoñación al par de enamorados. La luz del rayo no podía contra la luminosidad que había en los ojos de ellos cuando se miraban. Las gotas de lluvia caían sobre la ventana, pero no superaban la suavidad con la que las manos de la rubia acariciaban el rostro de él.
El culmine los golpeó sin consideración alguna. Si antes habían sentido la electricidad recorrer sus cuerpos, ahora era un shock de energía. Cada parte de sus cuerpos se tensó. Ella gimió cada vez mas fuerte sobre el hombro del muchacho y él apenas lograba controlar su respiración. Sentía que se ahogaba y no le importaba, viviría feliz sin oxigeno mientras sintiese esto. Le caían gotas de sudor por su cuello. Arnold tomó el rostro de Helga y puso su frente contra la suya y fue en el momento que el verde se encontró con el azul que no pudieron mas de placer. Ella casi gritó el nombre de él mientras que él gemía suavemente el nombre de ella. Fue lo único que se necesitó para confirmar que de ahora en adelante siempre se pertenecerían.
Ah. Helga se resfrió efectivamente. Ibuprofeno cada 8 horas por 5 días.
Los finales nunca son lo mío. Realmente intento mejorar, pero los finales abiertos son tan entretenidos, dejan harto para la imaginación xd
¿Comentarios?
Cuídense del virus del momento y aprovechemos la cuarentena para leer fanfics asdfg
Cariños 3
Amanda.
