24. Gemelos en la magia, parte 1

Noviembre pasó como un rayo y se fue, siguiendo de largo y perdiéndose en la distancia. Diciembre llegó a la vida de Harry, y los días pasaron de largo también allí.

Todo cambió absolutamente. Ahora, Harry viajaba solo. Y hacia el oeste.

Etiopía había quedado atrás. Haciendo tramos en escoba y otros tanto también caminando, porque caminar parecía ser lo que más lo ayudaba a despejar la mente, a reflexionar y a encontrar lo que estaba buscando.

El pájaro con el que había enviado la carta, que no era una lechuza sino un pájaro desconocido para él de aquella zona de África que al ver que escribía una carta se le acercó desde un árbol, había regresado al día siguiente con una respuesta, donde sus amigos le pedían por favor que regresara, pero también le decían que si no quería hacerlo lo iban a entender, aunque tristemente.

Harry no les había escrito una respuesta para eso. En su lugar, había volado y caminado continuamente por semanas, rumbo al oeste, siempre. Dejó sus huellas en el barro de Sudán del Sur, donde transitó por el Southern National Park, en el que vio búfalos, jirafas, elefantes, leones, cocodrilos, rinocerontes y toda clase de animales salvajes, en libertad. Luego de eso estuvo en la República Centroafricana, a la que tuvo que entrar ilegalmente, ya que no hubo otra forma. En el paso fronterizo tuvo problemas, y si bien no le ocurrió nada, le negaron la entrada. Por lo que tuvo que sobrevolarlo bien alto, entre medio de unas espesas nubes a kilómetros de altura, para no ser visto y que no lo buscaran luego.

Allí, Harry se adentró en la selva y pudo ver especies en extinción y sumamente exóticas como el rinoceronte negro, el guepardo, elefantes de la selva y gorilas de llanura. Y lo que en un comienzo lo atemorizaba, que era conocer gente del lugar, acabó volviéndose una experiencia extraordinaria. Si bien el país tenía fama de haber sido saqueado incontables veces, de tener conflictos políticos e inestabilidad social, la realidad fue que la gente se mostraba totalmente abierta y simpática con él, y llenos de optimismo. La forma en la que conocer a esa gente le abrió la mente y el espíritu no tuvo comparación con nada que hubiera visto antes.

Algo similar pasó más allá de la República Centroafricana. En concreto, en Camerún y Nigeria. Harry se convirtió en todo un viajero trans-áfrica, tomando las rutas adecuadas por tierra cuando se podía, y montando a su escoba cuando sabía que se avecinaban riesgos o caminos imposibles de transitar. Empezó a pasar por rutas que atravesaban ciudades peligrosas, con policías armados deteniéndolo a cada rato para pedirle el pasaporte que no tenía. Como no quería entregar su principal arma, la varita, cada vez que lo detenían, solucionó ese problema comprando otra varita en una tienda de magos oculta en una aldea en medio de la selva, en un pequeño poblado de magos que había estado escondido por décadas y que causaba el terror de los muggles locales que habían tenido experiencias con magia en el pasado en Camerún. Utilizó esa varita adicional para entregar a los policías, y la otra la tenía oculta y pegada al cuerpo con un encantamiento indetectable, por si algún día llegaba a necesitarla.

Muchas de sus pertenencias también estaban ocultas mediante magia en su mochila, con encantamientos que las invisibilizaban. Cuando lo detenían, decía que era un mago viajero con poco equipaje. Algo que era la verdad, de hecho, por lo que no era difícil de decir, pero al momento de revisarlo siempre mostraba menos de lo que en verdad tenía. De cualquier forma, sus precauciones demostraron no ser tan necesarias, porque todas las cientos de veces que lo detuvieron, siempre le devolvieron su segunda varita sin problemas, más que hacerle algunas preguntas, y lo dejaron seguir viaje tranquilamente.

Cuando llegó la parte de los pequeños países del oeste de África, Harry ya era todo un experto en esquivar controles y evitar las ciudades con aspecto de ser las más peligrosas. Dormía siempre en la selva. Ahora que no estaba Ron, finalmente pudo dormir en carpa, cosa con lo que su amigo no hubiera estado de acuerdo. Con una tienda mágica que compró en otro pequeño poblado de magos oculto en Burkina Faso, realizaba encantamientos protectores que la volvían invisible e indetectable, y que provocaban que cualquier muggle que pasara por allí pronto recordara que había dejado la pava en el fuego, y se alejara corriendo. Entonces Harry pudo dormir plácidamente cada noche, porque la carpa era enorme por dentro, olía mucho mejor que la vieja carpa de los Weasley, estaba nuevita y la cama era muy cómoda. De hecho, estaba seguro de que incluso a Ron le hubiera encantado. No fue nada barata, pero no podría haber hecho una inversión mejor para un viaje por África. Le salvó la vida.

El 14 de diciembre de 2019, Harry estaba sentado en medio de la noche en el centro de un claro de bosque en una parte de la selva guineana occidental de tierras bajas, en Liberia.

Había hecho contacto con una tribu de magos antigua y que, como ocurría con las tribus de magos en África, por lo que descubrió, estaba oculta del resto del mundo en lo profundo de la selva, incluso oculta de los otros magos del mundo. No eran magos a los que les gustara tener protagonismo, y mucho menos reconocimiento internacional. Estas pequeñas tribus existían solo como un rumor para los oídos de los magos del resto del mundo, según aprendió Harry. Y solo cuando se internó en la selva y luego de días y días recorriendo y buscando, pudo encontrar una de ellas. Por más extraño que le resultara a Harry, estando en la otra punta del mundo, el idioma oficial de Liberia es el inglés (bueno, no era tan extraño, si uno se ponía a pensar en que todos esos países habían sido históricamente asediados y asaltados por los europeos, imponiéndoles su cultura). Eso ayudó a que pudiera entablar contacto con los magic kru, como llamaban a esa tribu de magos que había descubierto, que en verdad era una rama mágica de la antigua tribu muggle de los kru, también de esa zona. Si bien ellos tenían su propio idioma, algunos de ellos también hablaban inglés.

Esa noche, Harry estaba en la selva, cerca de la aldea de la tribu mágica, tratando de abrir su mente. Había hecho amistad con un par de personas de la tribu. Eran gente que le caía muy bien, arraigados a su tierra y siempre dispuestos a defenderla y a cuidarse como una gran familia. Le contaron que aquel país había sido fundado como una colonia de esclavos, al igual que el lindero Sierra Leona. De hecho, eran los únicos dos países del mundo que habían sido fundados exclusivamente con ese propósito. De esta forma, incluso los magos que vivían allí, que no habían sido esclavizados, estaban marcados por una historia terrible. Su visión ante la vida era mucho más profunda que en la mayoría de los pueblos y personas que Harry había conocido antes.

-Detecto un torbellino en tu mente, un desastre -le había dicho Jheni, un hombre adulto calvo y flaco, con el que más había conversado allí-. Hay tanto caos en esta mente, que es casi imposible de entender su interior.

-¿Usted puede ver en el interior de una mente? -le había preguntado Harry, con una mezcla de miedo e interés ante aquello.

-La magia es algo que va mucho más allá de las varitas -le dijo él, con un inglés casi inentendible, pero lo suficiente para que Harry pudiera encontrarle sentido a sus palabras. Entonces, extendió sus manos, palmas arriba, ante el brillo de una hoguera que estaba humeando entre los árboles. -Nosotros no dominamos muchos de los trucos que ustedes los europeos dominan. Pero tenemos excelentes habilidades y entrenamiento en artes que ustedes apenas conocen.

-¿Se refiere a leer mentes? -en ese momento, Harry se dio cuenta de que el destino lo había colocado en una extraña concatenación de acontecimientos allí, yendo a parar justo a esa aldea, justo con esa gente. Después de tanto tiempo perdido en la selva, vagando sin rumbo, sin encontrarle sentido a nada, sentía finalmente que algo de lo que vivía tenía algún tipo de propósito para él.

-Puedo ver todo dentro de tu mente -dijo él, abriendo mucho los ojos. Tras él, dos mujeres de la tribu vestidas con raídas túnicas pasaron andando llevando una olla humeante, que Harry no sabía si contenía una comida o una poción. -Pero es tanto, y está en un estado tan caótico, que resulta indescifrable. Detecto un apuro que no tiene fin. Has estado corriendo una auténtica maratón, hijo mío. Tanto apuro, tanta prisa…

Harry lo contemplaba con los ojos muy abiertos, cansados. Se dio cuenta que no había dormido tan bien como creía esas últimas noches, allí solo.

-Vives la vida con una intensidad… -Jheni puso cara de preocupación, como si la mente de Harry lo perturbara, quitándole su paz-. Una intensidad que aquí no conocemos en absoluto.

-Imagino que no. Todo aquí se ve tan… tranquilo.

-Y lo es -dijo él-. Los magic kru buscamos la paz sobre todas las cosas. Paz que no veo aquí en tu mente. Estás terriblemente perturbado. Corriendo, día y noche. Incansablemente. Corres hasta en tus sueños. Corres en tu mente, en tu cuerpo, en todo lo que haces.

-Siento que todo ocurre a mi alrededor a una velocidad imparable, sin control -reveló Harry entonces. Sintió que Jheni era una persona confiable, amigable, alguien con quien hablar después de semanas de soledad en la selva. -No siento tener el control sobre nada de lo que pasa a mi alrededor. Y ocurren muchas cosas. Demasiadas cosas.

-¿Cosas lindas? -preguntó él-. ¿Cosas placenteras?

-No necesariamente.

-¿Cuál es el sentido de correr tanto, entonces? -le dijo, acercándose a él, con una nariz que tenía un aro enorme en medio, brillando ante el fuego-. Veo que intentas aprender el noble arte de la legeremancia.

-Así es… ¿Cómo lo sabe?

-Lo vi en tu mente. Veo que luchas con eso, continuamente. Quieres hacer contacto. Con alguien. Su sombra está aquí, en tu cabeza.

-Malfoy.

-Pero, quien quiera que sea ese tal Malfoy, jamás lo lograrás. No así.

-Pude hacerlo con mi madre. Sé que puedo…

-¿De verdad? -Jheni entrecerró los ojos-. ¿Puedes?

Entonces, Harry bajó la mirada. Respiró hondo y negó con la cabeza.

-Lo sabes -dijo él-. Sabes la verdad…

-Lo sé -dijo Harry entonces, y supo la verdad a medida que la decía, como una revelación que había sabido todo el tiempo, pero no había sido capaz de admitir, siquiera ante sí mismo-. Fue ella quien hizo contacto conmigo. No yo.

-El poder de un receptor no debe ser subestimado -dijo Jheni-. Sin una mente abierta lo suficiente para recibir, ningún mago puede emitir mensaje alguno.

-Estoy cansado de recibir -dijo Harry entonces, mirándolo a los ojos-. Antes, cuando un mago oscuro puso pensamientos en mi cabeza, no fui capaz de reprimirlos. Jamás pude aprender la oclumancia. No soy un receptor porque tenga algún tipo de habilidad. Soy un receptor porque soy incapaz de reprimirlo, de cerrar mi mente. Snape quiso enseñarme… Jamás lo logré. Ni siquiera puedo cerrar mi mente, mucho menos puedo abrirla para contactar a alguien. Pensé que lo había logrado, pero la verdad es que no fue así. Mi madre fue la que me contactó. Ella sí tiene la capacidad. Debería escribirle y pedirle que haga esto por mí, que se meta en la mente de Malfoy…

-Sólo si es una persona que conozca bien, con la que tenga un contacto previo, podría hacerlo. Eres tú quien debe superar tus problemas y lograrlo. Esta magia puede aprenderse. Cualquier mago puede lograrlo. Se necesita entrenamiento. Y mucha paciencia. Y, sobre todo, arreglar tu mente primero. Tu mente perturbada jamás podrá lograrlo, Harry. Solo cuando encuentres paz interior podrás extender tu mente para que vuele más allá, para que flote tan lejos como tu quieras y sea capaz de penetrar en la mente de otros magos y brujas…

Y así fue que, esa noche, Harry estaba solo en medio de aquel claro de bosque, solo, cruzado de piernas y con los ojos cerrados. Había estado en esa posición durante horas, meditando, tratando de despejar la mente como le había dicho su nuevo amigo Jheni.

Pero, ¿cómo podía lograrlo? Le resultaba imposible. La frustración venía a él una y otra vez. Quería hacerlo. Quería expandir su mente, aprender a hacer la legeremancia como solo la gente de ese pueblo y su madre podían hacerlo. No creía que fuera tan sencillo como decía Jheni, que cualquier mago podía lograrlo con paciencia y paz interior. Harry no conocía a nadie más que pudiera hacer eso aparte de a ellos.

No tenía idea de cómo lo había conseguido su madre, pero sin dudas muchos estarían de acuerdo en que Lily era una bruja excepcional. ¿Acaso él no lo era? ¿Acaso él no había derrotado a Voldemort, al Cazador de Brujas, y a tantos magos oscuros? Pero parecía que era la misma acción que llevaba en la sangre, ese apuro que lo había hecho correr a velocidades suficientes para conseguir semejantes actos heroicos, la misma adrenalina que ahora le impedía ser un buen mago en la legeremancia.

Quizás debía rendirse. Después de todo, no podía ser bueno para todo. O era bueno para la acción, o era bueno para la meditación. No podía ser bueno en ambas cosas, ¿o no?

Pero le resultaba tan tentadora la idea de despejar su mente, de alejarla de todos los problemas…

La partida de Hermione había dejado un hueco enorme en él. Se lo había contado a Jheni. Quizás no fuera lo único que lo perturbaba, pero era lo más doloroso y reciente. Estaba seguro de que eso lo había hecho partir a él también, y ambas despedidas habían sido igual de dolorosas, por más necesaria que hubiera sido la suya.

Mientras meditaba sobre esto, allí sentado, con el sonido de los insectos y animales nocturnos como su única compañía alrededor, y la vasta extensión de naturaleza salvaje que se desplazaba hasta el oscuro horizonte en la distancia, Harry llevó su mente volando hacia Hermione.

-Siento una conexión especial hacia ella -le había contado Harry, una de las noches pasadas allí-. No se parece en nada a lo que he sentido antes, por otras personas. Creo haber sentido amor, ese amor que te hace desear reír junto a la otra persona, compartir con ella. Pero con Hermione es diferente. Hermione… Siento que es otra parte de mí mismo. Siento que hay mucho de mí en ella, y de ella en mí. Sé que ella también lo siente, pero no quiere aceptarlo. No puede dejar ir el pasado, como yo lo dejé ir. Se aferra a la muerte de Guerrero, no puede dejarlo ir y avanzar, seguir adelante.

-Tu prisa por avanzar y seguir adelante, tu maldición puede ser -le advirtió Jheni, apuntándolo con un torcido y huesudo dedo-. Recuerda siempre, Harry, que para tener éxito debes alcanzar la paz. No puedes hallar la paz si estás continuamente queriendo avanzar, avanzar, avanzar… ¿Qué hay allí adelante, que tanto corres? ¿A dónde es que quieres llegar? Debes desacelerar, frenar, detenerte. Detente por completo y contempla el paisaje…

Harry abrió los ojos, en el presente. Estaba en medio del claro del bosque, rodeado de oscuros árboles. No había una sola luz más que la de las estrellas. Contempló el paisaje a su alrededor, el oscuro bosque, pudo sentir la hierba bajo él. Trató de abrir sus sentidos a todas las cosas naturales que existían a su alrededor.

-Necesito estar con ella -le había dicho Harry-. Es por ella que estoy hecho este desastre. Mi mente… Desde que ella se fue, todo se descarriló por completo. No es que no estuviera por descarrilar en cualquier momento, pero eso fue lo que finalmente lo detonó. Antes al menos la tenía conmigo, en medio de mi caos mental. Pero ahora todo se fue… bueno, se fue al carajo. Disculpe la expresión.

-Esta muchacha, Hermione -le dijo Jheni-, ella quizás sea… -se quedó pensativo, examinando a Harry con atención.

-¿Sea qué?

-Por lo que describes, quizás sea tu gemela en la magia -dijo él, con tono misterioso.

-¿Y qué es eso?

Harry quería que Jheni responda enseguida, de inmediato. Estaba muy ansioso. Necesitaba saber qué era eso. Pero claro, Jheni se quedó en silencio y no dijo nada. Siempre hacía eso cuando detectaba ansias en su mente. De verdad podía leer a Harry como un libro, era un mago sumamente habilidoso. Y Harry, lejos de estar asustado por eso, se sentía completamente rendido ante aquello. Le permitía meterse en su mente y verlo todo. No tenía ningún tipo de control, nada de lo que Snape había querido enseñarle una vez.

Cuando Jheni vio en la mente de Harry que las ansias disminuían, finalmente respondió:

-Un gemelo en la magia es la otra persona con la que compartes tu esencia mágica -respondió, como si fuera una obviedad, con mucha simpleza. Pero a Harry no le pareció nada obvio. Meditó unos instantes esas palabras, tratando de encontrarles sentido, y finalmente, tratando de esperar primero y ser paciente, preguntó:

-¿Tu esencia mágica?

-Sí, eso mismo -él asintió-. Todos tenemos uno. Y es uno solo en todo el mundo. Esta conexión que describes, con ella… Sí, creo que podría ser…

-No -Harry negó con la cabeza-. Esto es terrible de decir, pero yo sé quién era mi gemelo en la magia. Y es algo horrible. Era Lord Voldemort, un mago terrible que asoló Europa…

-Sé quién era Lord Voldemort -dijo él-. También conozco tu historia con él.

-¿La conocen? ¿Aquí?

-Pues sí, fue famosa en todo el mundo -él le sonrió-. Pero, ¿por qué dices eso? ¿Por qué crees que él sería tu gemelo en la magia?

-Teníamos todo en común -le explicó Harry-. Como una parte de su alma estaba dentro de mí, yo podía hablar pársel. Y nuestras mentes estaban conectadas. Pero sobre todo, nuestras varitas. Compartían el mismo núcleo, y cuando una apuntaba a la otra, no podíamos lastimarnos mutuamente.

-Hijo, escucha -dijo Jheni, con mucha calma-. Recuerda lo que te digo: Las varitas no hacen a los magos. Las varitas no son las que realizan la verdadera magia. En esta aldea, apenas sí usamos varitas, casi nada. Y somos de los mejores magos que conocerás. La verdadera magia está dentro tuyo, Harry. Cualquier tipo de conexión que hayas sentido con este mago tenebroso, no fue más que un artilugio de magia negra, un trozo de alma dentro tuyo, o un trozo de madera que perteneció a ambos… Eso no es nada. No es trascendental.

-¿No lo es?

-Por supuesto que no. Yo hablo de algo real, algo que va mucho más allá que unos trucos de varita o un maleficio oscuro. Hablo de la conexión innata entre dos magos elegida por la misma esencia mágica, por la magia misma en su estado puro. Todos tenemos un gemelo en este mundo con el que compartimos el vínculo más especial que dos magos o brujas pueden compartir: el hecho de haber sido elegidos ambos por la magia, para ser magos o brujas. Algo que siempre ocurre de a pares, de dos en dos. Y los dos que son bendecidos con el don de la magia al mismo tiempo, al nacer, se convierten para siempre en gemelos en la magia.

"No tienen por qué ser parientes, no se trata de lazos de sangre. No tiene nada que ver con la familia, ni con el linaje, ni nada que hayas oído antes. Es naturaleza pura. La pura naturaleza mágica.

Harry miró el bosque en torno a él. Su mente se estaba expandiendo, lo sentía. Podía ver más allá de todas las ataduras sociales. África, la selva, la naturaleza… El mundo era muchísimo más que las condiciones culturales que le habían impuesto toda su vida. La vida era muchísimo más que los relatos, historias y discursos que oía repetidamente en su cabeza, día tras día, en el "mundo normal". La naturaleza a su alrededor tenía historias y relatos maravillosos que jamás en toda su existencia podría haber soñado ni en sus más salvajes sueños.

-Y si ella es mi gemela en la magia… -reflexionó Harry.

-Entonces, es en su mente en la que deberías intentar mirar -le había dicho él, exhibiendo sus deformes pero muy interesantes dientes-. Si lo es, tendrás una oportunidades especial y mucho más fácil de mirar dentro de su mente que en la de nadie más.

Por eso mismo, esa noche, en el bosque, Harry decidió ignorar a Malfoy. Cuando alcanzó el máximo punto de concentración, cuando logró percibir el viento en la piel como lo que era, la naturaleza absoluta en torno a su cuerpo dándole la bienvenida al lugar del que había venido, que lo había convertido en el ser humano que era, Harry cerró nuevamente los ojos e intentó que su mente flotara lo más alto posible en el cielo, a las estrellas y a la distancia…

Que entrara…

Que entrara en Hermione.

Y los minutos pasaron. Y las horas. Y el sol empezó a salir, en el horizonte.

Y nada pasó.

Decepcionado, Harry cayó a un lado. La luz de la mañana cayó sobre él. Tenía ojeras y le dolía cada una de sus articulaciones.

No había funcionado.

Aunque hubiera hecho todo lo posible, no había podido contactarla.