25. Disparo y sangre
Harry tomó la decisión de continuar su viaje en dirección norte, hacia Guinea. Al momento de despedirse de los magic kru, realmente se sintió como toda una despedida. Se sintió triste, inclusive, como si estuviera dejando a una nueva familia con la que había vivido varios días.
Ellos, sin embargo, no parecían entristecerse con su partida. Tenían otra forma muy distinta de despedirse: Le hicieron un baile que duró horas y horas, tocando música con bombos y cánticos a la luz de una hoguera. Feliz, Harry bailó con ellos, a pesar de que era muy consciente de que no sabía bailar, pero no le importó. La pasó espectacular compartiendo ese momento con aquellos magos y brujas.
Luego, Jheni le regaló un collar hecho con materiales que parecían haber sido sacados de los árboles que rodeaban el lugar, semillas y piedras. Harry se lo puso y se despidió de él, el mejor amigo que había hecho en todo el Magic World Tour después de Jose.
-Extrañaré tus enseñanzas -le dijo Harry-. Lamento no haber podido usar la legeremancia. Supongo que lleva mucha más práctica que la que he tenido, y alcanzar un estado mental para el que no estoy preparado aún.
Jheni sonrió ante esas palabras.
-Querido Harry -le dijo, con su extraño acento-, prácticamente todo lo que acabas de decir es incorrecto. La legeremancia está totalmente a tu alcance, lo único que necesitas para lograrlo es quitar todo ese torbellino de tu mente, y sé que lo lograrás. No necesitas práctica, solo solucionar tu mente. Por otro lado, no tienes nada que extrañar.
-¿Quisieras venir conmigo? -le preguntó Harry entonces, sin poder contenerse-. Unirte conmigo al Magic World Tour. Recorrer el mundo…
Ante eso, Jheni empezó a reír. Harry se sintió un poco avergonzado.
-Lo siento -se disculpó-. Sé que estás muy arraigado aquí, a tu tierra. Pero supongo que el deseo de que puedas continuar entrenándome es más fuerte que mi necesidad de continuar el viaje.
-Debes continuar tu viaje -le dijo él-. Y yo puedo seguir entrenándote, por supuesto.
-¿De verdad?
-Claro -le dijo él-. Podemos vernos cuando quieras, hijo. No necesito ir contigo para eso.
Harry se quedó en silencio, meditando esas palabras.
-Cuando lo desees, puedes encontrarme -continuó Jheni, alzando las cejas mientras lo miraba fijamente y sin pestañear, tratando de ver si Harry entendía el mensaje-. Si quieres verme, no necesitas una escoba, ni un traslador, ni una varita.
Señaló con un dedo su cabeza, y Harry entendió. Se refería a la legeremancia.
Harry asintió, dio un paso adelante y lo abrazó. Aunque Jheni podía leerle la mente, no pareció haber visto venir aquello, porque se sorprendió mucho.
De esa forma, Harry continuó su viaje, solo, alejándose de la aldea y hacia el norte, por caminos de tierra embarrados y con charcos de agua, pozos, y rodeados de selva.
Mientras avanzaba caminando, mochila al hombro y escoba en mano, Harry se preguntó si sería cierto lo que había dicho Jheni, que podían contactarse siempre que quisieran. ¿Acaso tenía confianza en que Harry lograría contactarlo por medio de la legeremancia? ¿O él sería el que lo haría, como había hecho Lily? ¿Y cómo haría para saber cuándo Harry lo necesitara? ¿Acaso podía leerle la mente a la distancia? Todas preguntas que sabía que no tendrían respuesta por el momento.
Los días pasaron, y el viaje de Harry seguía de forma solitaria, rumbo al norte y al oeste. Atravesó volando con su escoba lugares como Flumpa, Ganta y luego el Diécké Forest Reserve; lugares de los que jamás había oído. El paisaje era de un verde intenso dominado por el espeso bosque y la asombrosa vegetación. Desde lo alto, Harry sentía que flotaba encima de un escenario de película. Por momentos bajó el vuelo y se metió entre los árboles para asombrar la vegetación y la fauna. Había animales de todo tipo.
Pero la mayor parte del tiempo la pasó en el Parque nacional del Alto Níger, uno de los lugares más increíbles que hubiera visitado en todo el viaje. Allí había especies como el cerdo gigante del bosque, el antílope acuático, y el caracal, este último un animal felino que pudo ver y reconocer gracias a una app en su celular que identificaba especies animales al sacarles una fotografía, y que resultó en lo más extraño que hubiera visto nunca. Era un felino, pero con las orejas más extrañas, que parecían alargarse hacia arriba. Harry quedó tan maravillado con su avistamiento que le tomó como cincuenta fotos.
Esa parte del viaje fue particularmente solitaria, pero no por eso menos disfrutable. El bosque y la sabana proporcionaban un paisaje perfecto para aislarse y despejar la mente. Hizo largas caminatas, dejando un poco de lado la escoba. Se notaba que no era un lugar para pasear solo a sus anchas, ya que había peligros como algunos animales carnívoros salvajes merodeando. Sin embargo, el privilegio de ser mago es que estaba preparado para cualquier eventualidad con sus dos varitas siempre encima, y su escoba en mano casi siempre por si tenía que salir volando de alguna situación.
Por la noche, Harry armó su carpa en el espeso bosque. El sonido de la naturaleza a su alrededor era asombroso. Lo bueno de su carpa era que, si bien era invisible e indetectable para cualquiera que pasara por allí, no filtraba los sonidos y sensaciones que venían de afuera, y Harry estaba agradecido de no sentirse aislado del entorno, porque este ofrecía sonidos tranquilizadores de naturaleza, río, pisadas, insectos, viento y murmullos que eran estimulantes y relajantes a la vez.
Una noche, Harry acababa de salir de la ducha luego de darse un reconfortante baño de agua caliente. Salió del pequeño baño que tenía la carpa, tomó su varita de arriba de la mesita de la sala, y caminó a la cocinita que había allí mismo y empezó a agitar su varita para cocinar. Desde el exterior, empezaron a ingresar distintos ingredientes que Harry fue moldeando y transformando. Sus conocimientos de cocina ya estaban mucho más avanzados, y era capaz de hacer muy buenas comidas de las que estaba orgulloso. Convocó verduras y queso, al tiempo que con su varita amasaba una masa de pizza que había hecho con harina que guardaba en una alacena. Si bien Hermione les había explicado años atrás que los magos convocaban los ingredientes de las comidas directo de la naturaleza, y no los hacían "aparecer por arte de magia" como decía la ley número no sé cuánto de algún mago que Harry no recordaba el nombre, luego él había descubierto que esa comida no era gratuita tampoco. Había campos de cultivos de magos en todo el mundo, y uno podía convocar lo que quisiera de ellos, pero debía pagar una cuota por hacerlo que era debitada de su cuenta de Gringotts y le daba derecho a usar todas las plantaciones e industrias mágicas de alimentos del mundo. También, ahora que los muggles sabían de la existencia de los magos, se podía extraer productos del campo o las fábricas de los muggles, aunque era un poco más engorroso ya que había que pagar en dinero muggle al momento de convocar cada cosa. Hacerlo sin ese pago previo era ilegal y el ser detectado podía derivar en severas multas.
Cuando su pizza acabó de ser horneada por su propio hechizo, realizado en menos de treinta segundos con su varita, Harry guio con la varita la humeante pizza y la dejó en el medio de la mesa, sobre una tabla. Luego hizo levitar un plato, cubiertos y un vaso allí también. Todos los utensilios habían venido con la carpa, al comprarla.
-Es un poco grande para uno solo -se lamentó en voz alta.
Luego de comer, refrigeró las sobras con un encantamiento refrigerante (lo que los magos usaban en vez de neveras) y las guardó en la alacena. Limpió, lavó y guardó absolutamente toda la mesa con tres movimientos de varita perezosos, y se dejó caer en el pequeño sofá que tenía la carpa.
Una vez allí, convocó con la varita una revista que había tirada en un rincón. En verdad era un catálogo. Empezó a pasar las páginas, y se vieron en ellas imágenes en movimiento de tortas y postres de chocolate.
-Creo que hoy quiero… esta -dijo en voz alta. Apuntó con su varita una particularmente apetitosa torta de chocolate que se veía en una fotografía, y de pronto, de la nada, la torta empezó a materializarse delante de sus ojos, en la mesa. Ya estaba preparada, y lucía fresca y recién hecha. Harry bajó la mirada y miró el precio de la torta, que también figuraba en el catálogo, bajo la foto. -Oh, rayos -se quejó-. Espero que lo valga… Eso va a dolerle a mi cuenta de Gringotts.
Harry generalmente no gastaba el dinero de su bóveda a la ligera, pero en el 2019 existían muchos medios por lo que los magos podían comprar todo tipo de cosas y estas eran debitadas directamente de las bóvedas y los productos aparecían mediante magia al instante ante ellos, incluso estando en África, con lo cual se hacía cada vez más difícil resistirse. Solo en el Sahara no habían podido acceder a ese servicio, que por algún motivo no funcionaba en todos lados.
-Maldito 2019… -protestó, mientras se servía una porción de torta y se la llevaba a la boca, cerrando los ojos mientras disfrutaba cada bocado-. Pero es tan delicioso.
Más tarde, cuando ya no tenía nada que hacer, habiendo comido y ordenado la carpa con su varita, se recostó en la cama y apagó las luces. Quedó sumido en la oscuridad, solo, escuchando los sonidos de la naturaleza. Su mente empezó a dar vueltas, yendo de aquí para allá.
Desde afuera parecían venir ruidos de toda clase de animales que Harry moría de ganas por conocer. No sabía lo mucho que le gustaba la naturaleza y los animales hasta que estuvo en África. Se fue quedando dormido mientras escuchaba el sonido de los insectos afuera, de los crujidos de las ramitas de los árboles del bosque mientras pequeños animales pasaban por allí, alrededor de la carpa, que estaba sumergida en medio de la naturaleza.
Harry tenía los ojos cerrados. La carpa estaba oscura y silenciosa.
Mientras su mente volaba por doquier, aun sentía como si su cuerpo estuviera volando por los aires a toda velocidad, en su escoba, por arriba de grandes extensiones de tierras de sabana. La sensación le había quedado en el cuerpo y en la cabeza, a pesar de estar acostado en su cómoda cama nueva.
La tranquilidad se fue apoderando de él, en la noche. Su mente se despejaba. Poco a poco, día tras día, sentía que conseguía un poco más alejar el tormento de su mente, dejarla más tiempo en blanco, despejarla.
Harry era un mago solo en una carpa, en su cama, en una carpa en medio de la mismísima nada.
Se iba quedando dormido lentamente.
El sueño pronto iba llegando a él…
Su mente se alejaba de allí, ajena a cualquier cosa que pasara en la carpa, a su alrededor.
Los sonidos de la naturaleza eran intensos en sus oídos.
No había nada más allí, ninguna otra persona más que él y todos los cientos de animales y criaturas…
Y entonces, de pronto…
Harry se quedó dormido.
…
Al día siguiente, despertó muy descansado y con un humor renovado y lleno de optimismo, temprano en la mañana.
Voló lejos de allí en su escoba, esta vez hacia el oeste. En poco más de una hora, Harry cruzó a Guinea-Bissau. Allí, se quedó en la ciudad de Bissau, donde pasó una noche, y luego en las islas Bijagós, donde pasó dos noches más. Finalmente, decidió que era momento de finalizar esa parte de la ruta africana que había consistido en atravesar el continente por el centro, desde el este al oeste, e ir en dirección sur para continuar con los países que restaban hacia el sur.
Planificó el viaje, que sería la ruta más larga en escoba desde que llegara a África, incluso más que la que habían hecho en El Magreb; sentado en una playa llamada Ponta Anchaca, en Rubane, una de las islas Bijagós de Guinea-Bissau. Allí, tendió en la arena un mapa que había comprado en un puesto turístico y trazó una línea con tinta sobre el pergamino, que iba desde ese país por sobre el océano Atlántico, hacia el Sur, y luego hacia el Este, a Luanda, Angola, su destino.
La ruta era incalculable en Google Maps. Si elegía opciones por carretera en destinos que se encontraran sobre el continente, en vez de en las islas, le daba una media de 109 horas en vehículo, lo que equivalía a unas seis horas o más en escoba. En avión podía hacerlo en menos tiempo, pero no había vuelos muggle disponibles para la ruta. Así que Harry se preparó para el viaje más largo de su vida en escoba voladora. Consultó en un par de lugares de magos si se podía viajar allí en algún traslador o apareciéndose de alguna forma, pero le dijeron que era imposible. Los gobiernos no tenían ningún acuerdo para trasladores de un país a otro, y el gobierno de Angola establecía, de forma algo exagerada, pensó Harry, la pena de muerte a cualquier mago que se apareciera allí sin un permiso expreso del gobierno que se tramitaba con semanas de anticipación. Por un segundo se le ocurrió aparecerse en aguas internacionales cerca del país y luego ingresar en escoba, pero se dio cuenta que sería imposible captar una imagen concreta del océano para aparecerse: el océano era casi igual en todas partes.
De esa forma, la travesía comenzó. Harry emprendió vuelo con su escoba por encima del océano, asegurándose primero de estar bien cómodo, con suficiente comida y agua para el viaje largo. Su varita flotaba ante él por arte de magia, gracias a un encantamiento que había estado perfeccionando últimamente, y giraba como una brújula ante él señalando el camino.
Fue un día agotador y largo. Cuando decidió viajar sobre el océano, Harry había tenido dos cosas en mente: primero, esquivar controles migratorios o evitar que algún gobierno le disparara un misil o algún hechizo si lo identificaban volando sobre el espacio aéreo del país sin un permiso o sin haber hecho migraciones; segundo, acortar camino, ya que eran menos kilómetros en línea recta por sobre el océano que yendo por tierra hacia el Este para luego tener que girar hacia el Sur. Lo que no tuvo en cuenta, sin embargo, es que en el océano no había ningún lugar donde parar para armar su carpa y descansar un rato, cargar el celular, o nada en absoluto. Se vio obligado, gracias a su propio plan, a tener el trasero pegado a la escoba las seis horas de corrido.
A pesar de que volaba tan rápido como podía, por momentos acelerando a velocidades que solo había alcanzado en sus partidos de quidditch más osados, al divisar una snitch centellando en la distancia y salir despedido frenéticamente hacia ella; a pesar de todo el viaje no duró menos de lo estipulado. Seis horas exactas después, la varita de Harry empezó a vibrar, señalando siempre hacia adelante, indicando que faltaba poco.
Harry, que ya tenía el océano grabado en la retina y todo lo que veía desde hacía horas era el azul claro del agua y las manchas blancas de las nubes bajo él, distinguió en la distancia una línea que parecía indicar que había tierra firme adelante. Aceleró tanto como pudo, hasta que la misma escoba empezó a vibrar por no soportar más velocidad que aquella, y el continente se fue formando poco a poco ante él.
Un rato más tarde, finalmente, llegó a tierra firme. Exhausto, Harry apuntó con su escoba hacia la primera orilla que apareció ante sus ojos: la bahía de Luanda.
No se tomó demasiado tiempo en acampar. Si bien estaba en pleno centro de una ciudad, era más cómodo y barato armar la carpa que ir a un hostel u otra cosa. Además que no había demasiada oferta en esa ciudad. Así que Harry se puso de pie en medio del paseo de piedra decorado de bonitas palmeras que había frente a la bahía, y a pesar de que había gente pasando alrededor, algunos de los cuales se lo quedaron mirando, sacó su varita y empezó a hacer los hechizos protectores, sin importarle nada. Estaba muy cansado para disimular.
Daba igual, después de todo, ya que al hacer los hechizos los muggles que pasaban por allí pronto recordaron que tenían que ir a buscar a sus hijos a la escuela (a pesar de que eran las siete de la tarde y muchos quizás ni tenían hijos, y además era domingo) y el lugar empezó a despejarse hasta que ya no quedó nadie. Con todos los encantamientos protectores en su lugar, Harry armó la carpa tan rápido como pudo, se metió adentro y se fue derecho a la cama. Estaba exhausto y necesitaba descansar.
Al día siguiente, recorrió un poco la ciudad, y por la tarde decidió abandonarla. Estaba viajando rápido y con un ritmo que se acrecentaba con los días. Para Navidad, ya estaba en Zambia. Pasó el día de Navidad conociendo Livingstone y las cataratas Victoria, en la frontera con Zimbabue; lo que resultó un espectáculo impactante. Más adelante, uno de los días entre Navidad y Año Nuevo, se encontró en Harare, capital y ciudad más poblada del país. Había decidido cruzar el país por el norte, para luego ingresar a Mozambique también por el norte y recorrerlo hacia el sur, algo que más adelante descubriría fue un grave error.
El 29 de diciembre, Harry despertó en un paisaje algo árido y desértico, no muy diferente a tantos otros que ya había visto últimamente, llamado Nyampanda, prácticamente en la frontera con Mozambique. Su carpa estaba armada virtualmente en medio de la nada, a excepción de una pequeña comunidad de ese nombre que estaba a unos kilómetros de donde él acampó.
Cuando salió de la cama, desayunó con mucha tranquilidad y meditación. De hecho, permaneció con los ojos cerrados mientras movía lentamente su varita haciendo que tazas y platos flotaran hacia él, se llenaran solos con café y panes flotaran hacia la mesa, al tiempo que se untaban con mantequilla por arte de magia. Él, en tanto, estaba sentado con toda tranquilidad, apenas moviéndose.
Abrió los ojos y contempló el desayuno servido ante él. Ese día le había quedado mucho mejor, a pesar de que no había abierto los ojos en absoluto. Todos esos últimos días (¿o ya iban semanas?) había estado practicando la meditación día y noche, despejando su cabeza, en cada viaje, en cada momento. Había logrado, creía, olvidar todo lo que antes había sido un embrollo en su cabeza. No había sido fácil, y había llevado tiempo, pero ahora, cuando se iba a dormir por las noches, su cerebro ya no divagaba por todos y cada uno de los problemas de su vida, uno a uno, sin descanso, sino que se dormía casi de inmediato. Había logrado un progreso significativo, y el viaje lo había ayudado mucho en eso. El estar continuamente en movimiento, atravesando un continente brutalmente rápido y en pocos días, volando y moviéndose por los países, era un ejercicio agotador. Y ese agotamiento, a su vez, lo hacía dormirse como un bebé, y despertar siempre renovado, con energías. Dormía muy bien, y todo eso lo acompañaba por momentos de meditación y concentración siguiendo las indicaciones que le había dado Jheni.
Luego del desayuno, tomó sus cosas, empezó a volar hacia el este y cruzó la frontera con Mozambique. Luego de mostrar su varita a unos policías armados, estos asintieron y lo dejaron pasar, con muy buena predisposición, y le hicieron una recomendación a la que no prestó mucha atención: que no viajara por el norte, y que si podía se dirigiera al sur del país tan rápido como pudiera, sin detenerse allí.
Harry no tenía miedo: ya había recorrido todo África. Sobrevoló Changara y avanzó volando a baja altura y sin encantamiento desilusionador por Chemba y hasta Megaza, y luego más hacia el Este. Quería llegar hasta el Canal de Mozambique, antes de viajar en dirección Sur.
Fue allí cuando ocurrió su primer incidente en su viaje africano. No supo bien en qué lugar se encontraba. Sabía que aún no había llegado al mar, y que ya había cruzado más de la mitad del país volando hacia el Este. En un momento, que lo tomó totalmente por sorpresa, oyó un disparo.
A continuación, vio sangre. Su sangre. Y luego, después de eso, sintió cómo su mirada se ponía borrosa y empezaba a caer de su escoba.
Y caía más y más, con una velocidad brutal hacia el duro y firme suelo.
…
Cuando abrió los ojos, vio tres cosas: tierra, césped y sangre. Y oyó tres cosas: gritos en un idioma desconocido, producidos por hombres adultos, pasos acercándose corriendo, a metros de distancia, y un zumbido fatal en sus oídos.
Giró la cabeza rápidamente hacia la fuente de las pisadas y gritos, ignorando por completo el dolor, dejando que su instinto de supervivencia tomara el control. Allí, a unos cincuenta metros, vio que un grupo de hombres africanos corría hacia él. Algo en ellos le causaba una muy mala señal: llevaban armas de fuego largas, sostenidas en ambos brazos mientras corrían, pero no parecían policías; su actitud, movimientos veloces y ropas los hacían lucir más como guerrilleros o terroristas.
Harry buscó su varita rápidamente, y al mover el brazo sintió un dolor paralizante extenderse por todo su cuerpo. Pero no sabía de dónde provenía. Sabía que no podía moverse, y que bajo él había un charco de sangre.
Tomó su varita, y actuó sin pensar: Por algún motivo, de todos los miles de hechizos que pudo haber hecho, siendo un mago hábil, lo que eligió hacer fue lo mismo que hacía todos los días y que tan bien sabía hacer, casi sin pensar en absoluto: hizo rápidamente una serie de hechizos a su alrededor idénticos a los que usaba para esconder su carpa y hacerla indetectable. Con los hechizos hechos, nadie podría verlo o acercarse a él.
Efectivamente, cuando los guerrilleros llegaron, finalmente, parecieron recordar que tenían algo más que hacer. Aterrado, Harry los miró, respirando muy agitado, como a tres metros de distancia de él de pronto bajaban sus armas y se rascaban las cabezas, confundidos, mirándose entre sí. Luego de intercambiar unas palabras en un idioma extraño para Harry, se alejaron de allí. Poco después, se habían perdido de vista.
Quizás había sido el hecho de que tuvieran armas de fuego en vez de varitas, pero Harry había deducido por instinto que eran muggles, y que no sabrían burlar una protección básica como aquella. La verdad era que tampoco tenía fuerzas ni capacidad para pensar en ninguna defensa más compleja que esa. Porque ahora restaba descubrir lo más complicado de la cuestión: ¿Qué le había pasado?
Toda la sangre bajo él no auguraba nada bueno. Además, ahora sentía que perdería el conocimiento nuevamente. En cualquier momento…
No. No podía permitírselo. Había caído muchos metros de altura, había recibido un disparo y estaba solo e invisible y con encantamientos que no permitirían que nadie lo viera. Si se desvanecía, si se permitía a sí mismo desvanecerse allí, inconsciente, lo más probable era que eso significara su muerte.
De pronto, en aquel momento, vino a su mente un pensamiento, o recuerdo tal vez, totalmente al azar, como suele ocurrir en esos momentos: Malfoy, contándole la historia de la muerte de sus padres, en un simple accidente de auto muggle. Aun siendo magos, no habían podido sobrevivir a aquello. Por más que uno fuera mago, una lesión podía causarle la muerte. Y en especial si no se recibía ayuda a tiempo.
Harry decidió luchar por su vida. Decidió que su principal prioridad sería no quedar inconsciente. Apuntó con la varita ante él e hizo otro encantamiento estúpido pero que quizás era también necesario: uno que convocó ante él un espejo, que salió de su mochila extensible y quedó flotando delante de él. Necesitaba analizar su cuerpo, ver qué tenía.
Casi se desmaya. Se dio cuenta de que había sido una mala idea. Verse reflejado en un espejo fue peor que todo el intenso dolor que sentía. Lo bueno del dolor en un momento así es que es parcialmente entumecido por el cerebro, que de alguna forma anula parte de este, en esas situaciones extremas, para poder sobrevivir, para no sucumbir ante tanto dolor. Pero el ver un agujero en medio de su cabeza del que brotaba sangre a chorros abundantes, que caían por un costado de su cabeza hacia el suelo, y su pierna rota en un ángulo imposible e inhumano, así como su cadera, que estaba desplomada de lado y notoriamente rota también, no ayudó a que Harry consiguiera las fuerzas para sobrevivir a la situación.
-Dios mío -dijo en voz alta, aterrado. Empezó a temblar y sacudirse. No podía apartar la mirada del espejo, del mar de sangre que salía de su cabeza, del agujero que tenía allí donde había entrado la bala.
Supo que tenía pocos segundos antes de morir.
Aquello sería una carrera contra el reloj. Sabía, porque era una persona hábil e inteligente, que si fuera muggle, aquello hubiera sido su fin. Siendo mago, sin embargo, tenía unos treinta segundos.
Treinta segundos, calculaba. Y luego sería su fin también.
Siendo un mago hábil e inteligente, actuó a toda velocidad: Primero extrajo la bala con un encantamiento convocador, que salió del interior de su cabeza y cayó empapada en sangre sobre la tierra seca del suelo. Eso aumentó el torrente de sangre que salía a chorros del costado de su cabeza.
Si no había muerto de inmediato, quería decir que la bala había hecho un orificio no mortal en su cabeza, un milagroso orificio que no había sido letal para su cerebro más allá del hecho de que se estuviera desangrando. Por lo tanto, su siguiente acto fue detener la hemorragia: con un encantamiento, hizo que todo el costado de su cabeza y el orificio empezaran a secarse a velocidad acelerada, hasta que todo el hoyo en su cabeza se convirtió en una bola de sangre seca, una costra. Y dejó de perder sangre.
Sabía que había ganado unos segundos, quizás minutos, con eso. Pero aún debía continuar, a toda velocidad.
Hermione apareció ante sus ojos. Era una imagen, un recuerdo. No más que una figura ante él, imaginada, que apareció de la nada, allí mismo. Si no lo lograba, jamás podría volver a verla. Ella jamás sabría qué había pasado con él…
A continuación, y a toda velocidad, Harry agitó su varita y empezó a hacer encantamientos que enderezaron su pierna, soldaron sus huesos, acomodaron su cadera y detuvieron las hemorragias causadas por la fractura expuesta en su pierna, causada por la caída.
Cuando todo estuvo en orden de la cintura para abajo, volvió a concentrarse en su cabeza. Solo faltaban unos segundos para que la hemorragia interna llenara su cabeza más allá de toda posibilidad de recuperación, causándole la muerte.
Harry no tenía conocimientos para curar aquello. Había usado unos segundos en curar sus piernas para intentar ponerse de pie, girar en el lugar y aparecerse ante San Mungo.
Pero no pudo. Las piernas no le respondían. No se sentía capaz de aparecerse, ni siquiera podía imaginar la distancia tan remota y lejana que había hasta San Mungo. Y su cuerpo no tenía siquiera la capacidad de hacer ese pequeño movimiento, ese pequeño giro en el lugar, que era necesario hacer para poder aparecerse. Ni de pie, ni tampoco allí tendido en el suelo.
Solo se le ocurrió una cosa. Una sola cosa. Y apostó sus últimos segundos de vida a aquella poco probable carta.
Harry cerró los ojos, se concentró, y trató de aplicar la legeremancia. La que nunca había podido hacer.
Fue algo muy extraño: Al estar tan seguro de que iba a morir, de pronto todas las preocupaciones se borraron de su mente, al instante. Todas. No quedó ni una sola. Porque, si iba a morir, entonces ya nada importaba. Ese razonamiento hizo que su mente se terminara de despejar por completo, quitando del camino los mínimos restos de preocupaciones que aún no había podido dominarse para abandonar, y entonces lo pudo conseguir, después de tanto tiempo.
Su mente quedó tan libre de todo, tan en blanco y despreocupada, al estar al borde de la muerte, donde ya nada importaba; que pudo alejarla de su cuerpo, enviarla flotando por el aire y pedir ayuda.
Entonces, de la nada, Jheni apareció ante él.
Harry lo vio, tan sólido como el árbol que estaba a cuatro metros de él. Jheni estaba ahora delante suyo, y lo miraba con mucha preocupación.
-Harry… -el mago levantó ambas manos, las acercó a él y las apoyó en su cabeza. Harry cerró los ojos y sintió cómo un calor invadía todo su cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. Jheni estaba recitando unas palabras extrañas, en otra lengua, mientras sus manos tocaban la cabeza de Harry, el cabello empapado en sangre, y ese agradable calor bañaba a Harry de una forma placentera por todo el cuerpo.
Su cabeza se sentía mejor. El dolor disminuía. Sus piernas también parecían sanar.
Harry miró en el espejo, pero no vio a Jheni en él. Solo se veía reflejado a sí mismo, pero el agujero en su cabeza se iba limpiando cada vez más. La costra desaparecía y daba lugar a piel nueva, que cubría toda la zona. Parecía como si las células en su interior también se regeneraran.
Los ojos de Harry se apartaron del espejo y se clavaron en Jheni, que estaba allí ante él, recitando hechizos con las manos, sin una varita. La sangre empezó a limpiarse, de todo su cuerpo. Desaparecía de la nada. Parecía volver a su cuerpo, si eso era posible, porque de pronto se sentía mejor. Ya no había dolor. Su cuerpo estaba bien.
-Un segundo, Harry -le pidió Jheni, cuando Harry quiso ponerse de pie. Obediente, Harry permaneció inmóvil unos instantes más, hasta que el mago abrió los ojos y quitó las manos de su cabeza. -Listo -dijo.
Harry se miró en el espejo. Estaba como nuevo. Tenía una parte de la cabeza calva, pero con piel nueva, y ya sin sangre. Se pudo poner de pie también. Ya no tenía huesos rotos.
Se había salvado.
-Jheni -masculló Harry, la voz temblando por el susto y el miedo, que de pronto se apoderaron de él-. Lo siento -dijo, sin saber por qué-. Lo siento mucho. Gracias. Me salvaste la vida.
No sabía qué decir. Las palabras se agolpaban en su garganta.
-Lo lograste, Harry -dijo Jheni, clavando en él sus ojos-. Me contactaste.
-Esto… ¿Yo hice esto?
-Sí, tú -dijo él, y esbozó una leve sonrisa-. No he sido yo… Has logrado contactarme.
Harry permaneció en silencio. Respiraba agitado. Se recuperaba, lentamente. Sentía que su cuerpo se reponía de algo terrible, mortal. Pero estaba vivo, y eso era lo que importaba.
-Has completado tu entrenamiento -le dijo entonces su amigo, desde una distancia de miles de kilómetros, pero de pie allí, visible, ante él-. Eres capaz de usar la legeremancia, Harry. No podrás contactar con todo el mundo. Solo con aquellos sensibles a ti o a la legeremancia. Como has comprobado este día, es un poder que puede salvar la vida de una persona. Espero que sepas usarlo correctamente… Y, Harry, ten mucho cuidado en tu viaje.
-Lo siento -repitió él, que no sabía que decir, y se atragantaba con disculpas y agradecimientos-. He sido torpe… Tendré más cuidado. Muchas gracias.
Jheni le sonrió una vez más y se despidió.
-Descansa, Harry -le dijo-. Tardarás en reponerte por completo. Descansa mucho, y cuando estés en una ciudad segura visita un sanador, cuando puedas. Ahora rompe nuestra conexión, y no uses la legeremancia por unos días. Necesitas descansar la cabeza.
-Sí, Jheni -dijo Harry.
Luego de agradecerle infinitamente por salvarle la vida, Harry rompió la conexión con él. Entonces, sintió de golpe un enorme agotamiento mental.
Se dejó caer sobre el suelo otra vez, y se quedó mirando el azul cielo con los ojos abiertos de par en par.
Sentía que acababa de volver a nacer. Y la vida era un regalo maravilloso.
