31. Colores de Asia
Con la amenaza fuera del mapa por el momento, un mail de parte de los aurores suizos informándoles que ellos jamás habían ido a casa de Malfoy a tomar ninguna declaración de ninguna persona desaparecida, motivo por el cual jamás investigaron si Neville estaba o no desaparecido; con los celulares de Ron y Jose vendidos a unos chicos de Arabia Saudita y con algo más de dinero conseguido trabajando en un local de hamburguesas (donde los tres se vieron bastante simpáticos y graciosos vistiendo gorritos con forma de hamburguesa, y uniformes que hacían juego); finalmente habiendo reparado el retrete y el techo de la carpa de la mejor forma posible por Harry; y, sobre todo, con un renovado entusiasmo por continuar el torneo ganado gracias a otro mail, en este caso de los realizadores del torneo, indicándoles que sus dos pepitas de oro encontradas eran válidas ya que eran de las originales, y adjuntándoles la verdadera pista que debió haber estado dentro de no ser alterada, para que pudieran continuar; Harry, Ron y Jose avanzaron por Asia y continuando sus aventuras por el Magic World Tour.
-¡Hola a todos! -saludó Harry, en un grito que hizo eco entre las paredes rocosas de la vieja ciudad de Petra, en Jordania. Ante ellos estaba el famosísimo Tesoro de Petra, en la entrada de la vieja ciudad escondida, luego de haber atravesado el desfiladero para llegar. Mientras recorrían esas escondidas construcciones talladas sobre la misma montaña de piedra roja, un guía turístico mago que contactaron les explicó que había un antiguo edificio de magos escondido allí. En él había valiosas reliquias del mundo mágico. Para entrar, se requería un salto de fé: El mago que se propusiera entrar tenía que caminar hacia el vacío desde lo alto de una montaña rocosa, y un puente invisible aparecía rápidamente bajo sus pies, impidiendo que cayera, y en cambio marcando el camino que lo llevaría a la puerta del edificio mágico.
-Vaya, esto es genial -dijo Ron, mientras los tres caminaban por el puente invisible-. Es una idea totalmente original.
-A veces saben tan poco del mundo muggle, que no dejo de asombrarme -comentó Jose, por lo bajo.
En Israel, recorrieron Jerusalén y el Mar Muerto, donde hicieron el experimento de flotar sin esforzarse en hacerlo. Sus aguas eran tan saladas que hacían que uno flotara en ellas sin proponérselo, sin hundirse. También fueron a Tel Aviv y su Ciudad Blanca. Luego de eso, se encontraron finalizando el mes de enero en Beirut, Líbano.
-Veamos aquí -dijo Ron una noche, desplegando un enorme mapa mundial arriba de la mesa de la carpa y recorriéndolo con un dedo, hasta ubicar en donde estaban. -De acuerdo a lo último que hemos visto en la app antes de quedarnos sin celulares, ¿en qué puesto estamos?
-Entre el treinta y cuarenta -dijo Jose-. Con diez pepitas de oro.
-¿Del mundo?
-De Inglaterra -dijo ella-. Aunque yo sea francesa, el equipo está inscripto como inglés, ya que ustedes son mayoría. Del mundo, estamos entre el puesto número ciento diez o ciento veinte, en base a pepitas encontradas.
-Estamos muy lejos de ganar el premio -dijo Harry, con pesimismo.
-No me importa -Ron tenía unos excepcionales y renovados ánimos esos días, y se lo veía emocionado mientras recorría el mapa-. Harry, ¿tienes la última pista?
-Sí -Harry sacó unos pergaminos donde habían anotado la pista que les enviaron por mail-. Dice así: "Descubre el camino, el largo camino. Más de 9 mil kilómetros nos separan del destino. El viaje es largo, y es en el norte. Y el oro centellará dentro del Número 1. ¿Qué mas pistas puedo darte, si aún no lo cazaste? Sube a bordo y disfruta del viaje".
Todos se miraron entre sí.
-Bien -Jose se aclaró la garganta-. Creo que entiendo por dónde viene esta. Esta última pepita la encontramos en los Emiratos. Dice que la siguiente pepita, a la que refiere esta pista, está a 9 mil kilómetros de distancia de esa, hacia el norte. Eso es muy lejos. No sé si convenga seguirle el rastro. Quizás sea mejor guardarla para cuando estemos por una zona 9 mil kilómetros al norte, si es que eso ocurre, y ahí podremos buscarla. Pero no vamos a viajar tan lejos de nuestro rumbo solo por una pepita, ¿no?
-Mmm… -Harry estaba pensativo-. No sé a qué se refiere con lo de Número 1. Creo que tiene algún acertijo por resolver. No es muy claro…
-Cuando dice "el oro centellará" habla de la pepita, está claro -dijo Ron-. Dice que la pepita está dentro de algo llamado Número 1. Quizás sea un objeto, una casa, un edificio…
-El punto es -siguió Harry, poniéndose de pie y caminando mientras pensaba-. Que, si bien no tenemos celulares para calcular esto, estoy casi seguro de que no hay nada 9 mil kilómetros al norte de los Emirates. No en línea recta, al menos. Miren.
Harry señaló el mapa. Sacó su varita, lo apuntó y unas chispas doradas salieron de la punta y cayeron sobre la zona de los Emirates. Harry pronunció unas palabras, y entonces una línea dorada se dibujó hacia el norte. Empezó a subir y subir, continuó más allá del límite norte de Rusia hacia el Mar de Barents, en el norte, y hacia el Océano Ártico. Luego continuó avanzando, se empezó a inclinar y avanzó bordeando Groenlandia hasta terminar en el norte de Alaska.
-¿Acabas de hacer un hechizo que calcula 9 kilómetros al norte?
-Vaya, tú si que puedes vivir sin celular -dijo Jose.
-Desde los Emirates hacia el norte de Rusia, parece haber unos 5 mil kilómetros -dijo Harry-. Si continúas 9 mil kilómetros al norte, avanzas más allá de lo que nos muestran los mapas planos. En un mapa esférico, bordeas Groenlandia y acabas en esta zona, al norte de Alaska. Es muy, muy lejos. No tiene sentido. Las pistas de las pepitas jamás nos mandan a lugares en la otra punta del mundo.
Todos se quedaron pensativos, y Jose desapareció unos segundos para regresar con una botella de algo que lucía como una bebida alcohólica.
-¿Qué es eso? -preguntó Harry.
-Pastís -dijo ella-. Bebida típica de Francia. La tenía en la maleta.
-Pensé que no tenías maleta -dijo Ron-. Como salimos de la cárcel y te viniste directo con nosotros…
-Mamá me la mandó por correo.
-¿Tienes mamá? -preguntó Harry, curioso.
-¡Claro que tengo mamá! Hablé de ella mil veces. ¿Nunca me escucharon?
-Yo sí te escuché -dijo Ron-. Harry es el que no lo hizo.
-Lo siento, fueron unos meses muy intensos -se disculpó Harry-. O años. O vida, de hecho. ¿Tienes hermanos?
-Luego hablamos de mi familia -Jose abrió la botella y sirvió tres copas de la bebida. Harry tomó una, empezó a beberla y al instante sintió que todo le daba vueltas.
-¡Es fuertísima!
-Sí, el pastís tiene mucho alcohol -dijo la chica-. Es ideal para pensar. Ahora bien, pensemos un poco más sobre esta pista. También creo que tiene alguna clase de acertijo que resolver. Léela de vuelta, Ron.
-Bien, aquí va -Ron bebió un trago y luego habló, con el pergamino en la mano-. "Descubre el camino, el largo camino". Esa frase parece afirmar la teoría de que tenemos que ir muy lejos para encontrar la pepita. Quizás hasta Alaska.
-No lo creo -dijo Harry, concentrado y testarudo, mientras bebía el pastís-. Podría significar otra cosa.
-¿Cómo qué? -preguntó Jose.
-Tenemos que pensar como si Hermione estuviera aquí -dijo Harry, concentrado-. "Descubre el camino…" "El largo camino…" Quizás la pepita no está en el final del camino, sino en el camino mismo. En algún punto entre Emirates y Alaska, por ejemplo. Sigue, Ron.
-De acuerdo. "Más de 9 mil kilómetros nos separan del destino". De nuevo lo mismo, Harry. Parece ser que la pepita está a 9 mil kilómetros.
-O en el camino, no en el destino. A ver, sigue.
-"El viaje es largo, y es en el norte".
-Esa esa una buena pista -dijo Jose, con ironía-. Nos aclara que es en el norte. Vaya ayuda, ¿no? Hay miles de kilómetros de lugares al norte.
-"Y el oro centellará dentro del Número 1"… -Ron hizo una pausa-. "¿Qué más pistas puedo darte, si aún no lo cazaste? Sube a bordo y disfruta del viaje".
Terminó de leer, y todos hicieron silencio nuevamente. Jose parecía concentrada, pero entonces bebió otro largo trago de pastís y se quedó mirando a Harry, su expresión impasible.
-No tengo idea -confesó.
-Ni yo -dijo Ron, dándose por vencido también con otro trago.
Harry no renunció tan deprisa. Se quedó pensativo un rato más, con el dedo índice en los labios. Parecía estar concentrado con todas sus fuerzas, rehusándose a dar por perdida la pista.
-Mira su cabeza, parece a punto de explotar -susurró Jose a Ron, en broma. Ron rio por lo bajo mientras terminaba su copa.
-Lo tengo -dijo Harry entonces, alzando la mirada con seriedad a los otros dos.
-¡Imposible! -rezongó Ron-. Me estás tomando el pelo.
-No puede ser -dijo Jose-. ¿De verdad lo tienes, Harry?
-¿Cómo es que siempre resuelves todo? -se quejó Ron-. No es justo.
-Como les dije, no se trata del destino -dijo Harry, que parecía tener la mirada perdida en otro lugar lejano, mientras pensaba y hablaba rápidamente-. Es el viaje. La pepita está en el viaje.
-¿En qué parte de los 9 mil kilómetros hasta Alaska, exactamente? -preguntó Jose.
-No, no es Alaska -Harry la miró a los ojos-. Para resolver el acertijo, no hay que leer cada parte por separado, sino todo junto. Escuchen esto: "Descubre el camino, el largo camino. Más de 9 mil kilómetros nos separan del destino. El viaje es largo, y es en el norte. Y el oro centellará dentro del Número 1. ¿Qué mas pistas puedo darte, si aún no lo cazaste? Sube a bordo y disfruta del viaje". Está clarísimo.
-No lo veo tan claro -Ron entornó los ojos.
-La pepita está en alguna parte del tren Transiberiano -reveló Harry, seguro de sí mismo.
-¿Qué? -dijo Jose, atónita.
-Es imposible que hayas deducido eso por ti mismo -dijo Ron.
-No, es lógico, si lo piensan. El tren Transiberiano es el único tren del que haya oído alguna vez que tiene una longitud de 9 mil kilómetros. Atraviesa todo Rusia, de oeste a este, todo a lo largo. Es el mayor sistema único de transporte terrestre del mundo.
-¿Cómo sabes eso?
-Me gustan los trenes -Harry se encogió de hombros-. Desde que subí al Expreso de Hogwarts por primera vez, me han interesado. Así que había leído un poco sobre ellos. Cuestión que todo concuerda. Es un viaje largo, es en el norte, en Rusia. "Sube a bordo y disfruta del viaje". Está claro. Tenemos que tomar ese tren.
-Brillante -dijo Jose-. Eres muy inteligente, Harry.
-Muchas gracias.
-¿Y cómo sabemos qué tren tomar? -dijo Ron-. Debe haber muchos. Podemos registrar cada vagón si nos lo proponemos, pero debe haber más de una unidad haciendo el recorrido.
-¡La Número 1! -dijo entonces Jose, dando un golpe a la mesa.
-¡Claro! -dijo Ron-. ¡Genial! Lo adivinaste, amor.
-Bien, ya sabemos a dónde ir -concluyó Harry, más optimista-. ¿Quieren que vayamos ahora mismo?
-¡Espera un poco, ansioso! -dijo Jose, riendo-. Que apenas empezamos la fiesta.
Rellenó las tres copas, y los tres siguieron bebiendo mientras la chica ponía música fuerte.
Esa noche, Harry acabó ebrio en su cama y al día siguiente no podía recordar ningún detalle posterior a esa situación.
Emprendieron viaje hacia el norte, atravesando Turquía y el Mar Negro. Luego pasaron por una parte del este de Ucrania, y finalmente llegaron a Rusia, un par de días después. Viajaron todo el tiempo en escoba, que ahora que no estaba Luna alcanzaban exactamente una para cada uno. En Ucrania, tuvieron un empleo temporal de un día en una industria metalúrgica, para juntar dinero. Luego, cuando llegaron a Rusia, avanzaron directo hacia Moscú, donde tomarían el tren.
La rusia europea les resultó interesante. Ya que estaban allí, recorrieron El Kremlin de Moscú, la Plaza Roja y la Catedral de San Basilio. Luego de un día de excursiones, estaban listos para descubrir la siguiente pista. Por ello se dirigieron hacia la estación ferroviaria de Yaroslavsky, de donde salía el Transiberiano. Allí, descubrieron que el tren número 1, conocido por el nombre de Rossía, partía al día siguiente hacia la ciudad de Vladivostok, en la otra punta del continente asiático, limitando con el Mar de Japón, luego de atravesar todo Rusia de punta a punta en el recorrido de 9 mil kilómetros. Así que hicieron tiempo hasta el otro día, en que finalmente tomaron el tren.
Los paisajes empezaron a mutar a medida que el tren avanzaba, perdiéndose en el interior de Rusia. Desde el interior, en unas pequeñas camas dispuestas en filas, unas sobre otras y a lo largo, podían ver los campos extenderse por la ventana. Pasaron sobre el río Volga, Nizhny Nóvgorod, Perm, y los campos estaban compuestos por árboles pelados y nieve. El invierno era nublado, frío y con noches largas, como comprobaron mientras los días transcurrieron a bordo del tren.
-Harry, mira lo que encontré -dijo Ron, apareciendo una noche con una pepita de oro en la mano, de regreso del baño en su litera.
-¿Qué diablos? -dijo Harry, atónito. Estaba sentado en una cama, y frente a él Jose dormía en otra.
-Estaba bajo el retrete -dijo Ron. Entonces, ambos se miraron fijamente… y empezaron a reír.
Fueron al menos diez minutos en que los dos no pudieron parar de reír a carcajadas. La gente los miraba de formas raras desde las otras camas, y algunos se despertaron, pero no les importó.
Ron sacó la pista del interior y la leyó en voz alta. Para alivio de ambos, era una pista tradicional del torneo, y no una amenaza de muerte ni nada parecido. Como no pudieron resolverla, la guardaron y enviaron la pepita por medio de una lechuza por una de las ventanas del tren.
-A ver… -Harry sacó un celular de su bolsillo y empezó a mover el dedo por la pantalla.
-¡Harry! -lo reprendió Ron-. ¡¿Te compraste otro teléfono?! ¿Luego de todo lo que habías dicho?
-Tranquilo -dijo Harry-. Ya aprendí como hacer. Un tipo con el que estaba hablando ayer en el otro vagón me dijo que me inventara otra cuenta de Google sin mi nombre para usar el celular, y que desactive todos los rastreos de ubicación, voz y todo eso, y me enseñó cómo hacerlo. Le compré un teléfono que estaba vendiendo casualmente él mismo, y ya configuré todo.
-Claro, casualmente vendía uno -Ron revoleó los ojos.
-Mira, hemos subido en el ranking, con esta pepita -dijo Harry, mirando la pantalla-. Hay que seguir así.
Transcurridos seis días, el paisaje se hizo más nevado, pasaron por montañas, prados interminables, bosques nevados, lagos y ríos, y muchas ciudades. Decidieron seguir en el tren, a pesar de tener ya la pepita, porque era cómodo y placentero, y estaban disfrutando del viaje. Además, la siguiente pista parecía apuntar a algún lugar oriental en la dirección en que viajaban.
Luego de pasaran por lugares completamente cubiertos de nieve, montañas y más ríos y lagos, pasaron por las ciudades de Chitá y Jabárovsk. Luego de eso, el sexto día de emprendido el viaje, llegaron a Vladivostok.
Ya estaban cerca del océano Pacífico. Habían cruzado todo Eurasia, desde el Atlántico en Europa hasta el Pacífico en Asia.
Sin hablar ya demasiado, agotadísimos por el largo viaje y muy cansados, los tres jóvenes anduvieron por la ciudad, buscando pasear y estirar las piernas un poco antes de armar la carpa nuevamente.
Aunque no quisiera admitirlo, Harry no sentía que esa ciudad fuera tan especial ni emocionante después de las cientos de ciudades que había conocido, sobrevolado, y por las que había pasado en los últimos seis meses. Había un lugar llamado Cuerno de Oro, una bahía con la forma de un cuerno en la que estaba emplazada la ciudad. Pasearon un rato por allí, y luego armaron finalmente la carpa.
Harry se sentía extraño estando recostado en una cama sin movimiento bajo él, sin vibraciones ni con el suelo moviéndose, luego de seis días durmiendo en un tren. Se durmió casi enseguida, y los tres durmieron muchas horas.
Pareció que habían pasado semanas. ¿O meses? ¿O años? Todo lo que sabían es que cierto tiempo después de todo aquello, los tres amigos se encontraron de pie ante un mar intranquilo con rocas sobresaliendo de su superficie bajo un brillante rayo de sol. El mar de Japón estaba ante ellos, y ahora tenían que decidir hacia dónde ir a continuación.
-Pues… A Japón, ¿no? -dijo Ron, algo inseguro.
-¿Siquiera has pensado en algún motivo para sugerir ese país? -preguntó Jose, que lo tomaba de la mano.
-Pues no. Jamás lo hacemos. Solo vamos al primer lugar que se nos cruza por la cabeza. Así fue como llegamos hasta aquí, ¿no es así?
Mientras avanzaban por el mar, en ferry, hacia aquel país asiático (no tenían muchas ganas de volar ese día), Harry repasaba la última pista que habían encontrado de la pepita de oro.
-¿Estás con deseos de ganar el torneo de pronto? -preguntó Jose, mirando a Harry con curiosidad.
-Sería interesante -dijo Harry, repasando la pista-. Es uno de los propósitos por los que nos anotamos en esto. ¿No es así? Bueno, y para disfrutar de unas buenas vacaciones alrededor del mundo, descansar de todo lo que hemos vivido estos años… Claro que no sabíamos que acabaríamos teniendo como compañero a unos monstruos asquerosos transformistas con patas de cabra que querrían matarnos, pero aun así…
Harry hablaba casual, como si comentara algo totalmente normal, mientras leía el pergamino y los tres avanzaban en el ferry, rodeados de personas que miraban hacia afuera, donde el mar rompía contra los bordes de la embarcación.
-Tenemos que buscar empleo cuando lleguemos a Japón -dijo Ron-. Me quedé sin dinero otra vez.
-Puedo ir a otro banco de magos y sacar de mi cuenta, no se preocupen -dijo Harry, con tranquilidad.
-No, no de nuevo -dijo Ron-. Te estás gastando toda tu fortuna de Gringotts en este viaje, Harry. Mejor busquemos empleo.
-La recuperaremos cuando ganemos -dijo él, con optimismo-. Miren, escuchen esto -leyó el pergamino en voz alta-: "Esta pista les permitirá encontrar la pepita del país del Este. Está escondida en el bosque, allí donde todos mueren. Dentro del árbol donde Hideto dejó su corazón. No es fácil, es una de las pistas más difíciles de encontrar. Pero si buscas en tu corazón, la hallarás".
-Realmente tiene toda la pinta de ser la pepita más difícil de encontrar hasta ahora -opinó Jose-. Es que la pista en sí no dice mucho.
-Con eso de "donde todos mueren", me deja pensando si no es otra pista alterada -dijo Ron.
-No, no lo es, ya mandé un mail a nuestros amigos en Alemania -dijo Harry.
-Deben estar hartos de que les escribamos -dijo Jose.
-He estado pensando -siguió Harry-. País del Este podría ser Japón. Además, Hideto parece un nombre japonés.
-Sí, pero podría ser también Corea, Taiwán… De hecho, también China es un país del Este, y Mongolia -Ron se interrumpió a sí mismo-. No, esperen. Creo que lo estoy haciendo otra vez. Una vez más, Harry debe estar yendo por la verdadera pista y yo como un idiota alejándonos de la verdad lanzando teorías erróneas. ¡Debe ser Japón! ¡Vamos allá! Hideto definitivamente es un nombre japonés.
Jose rio.
-¿Conocen algún Hideto famoso en Japón?
-No, ni uno -dijo Jose-. Estas pistas siempre se han referido a cosas muggles. ¿Se dieron cuenta? Es extraño, siendo un torneo de magos.
-No todas -dijo Ron-. Recuerden esas de Europa que referían a lugares mágicos. Creo que Hideto podría ser el nombre de algún mago famoso. Pero no tengo idea, porque no sabemos mucho de la cultura de aquí en Inglaterra.
El ferry se acercó a tierra firme, y prepararon sus cosas. Con bolsos en mano, y escoba voladora bajo el brazo, los tres bajaron de la embarcación. Mientras lo hacían, unas chicas muggle asiáticas los detuvieron para pedirles unas fotografías con ellos, en japonés.
-¡Potter ¡ ¡Potter! -decían, señalando a Harry e indicándole con señas que querían una foto con él.
-Sí, claro -dijo Harry. Abrazó a una de las sonrientes chicas por los hombros, y ella alzó dos dedos, muy feliz, mientras Harry sonreía también a la cámara. -¿De dónde me conocen? -preguntó Harry, inseguro de si le entenderían algo-. ¿Voldemort? -les hizo una seña hacia su nariz, simulando que se la quitaba, para indicarles con señas de quien hablaba-. ¿Me conocen por matar a Voldemort?
-¡Tú famoso! -dijo una de ellas, a los saltitos, hablando muy mal inglés. Buscó en su cartera y sacó una revista. Harry la tomó y vio que en la portada estaba él, posando en ropa interior. -¡Tú famoso! ¡Famoso modelo, en Japón! ¡Ropa interior!
Ron rompió en carcajadas, y Jose también. Se abrazaron mutuamente mientras se desternillaban de la risa detrás de Harry.
-¿De dónde sacaron esto? -dijo Harry, confundido-. Esto es de otro universo.
Harry miró el nombre de la revista. El título estaba en japonés. No recordaba haber posado para revistas japonesas en su época de famoso modelo de ropa interior, en el Universo 5.
Pasó un largo rato hasta que Jose y Ron dejaron de reírse.
-No puedes culparnos, amigo -decía Ron, llorando de la risa, mientras caminaban por la zona portuaria de la ciudad de Niigata-. Es lo más gracioso que nos haya pasado en semanas.
-¿Cómo rayos llegaron esas fotos a este universo, y a Japón? -se preguntó Harry, algo enfadado.
Pero resultó evidente, mientras caminaban por el centro de Niigata, que Harry era muy famoso allí. Mientras andaban por las calles cubiertas de nieve, abrigados hasta el cuello en camperas y bufandas, varios grupos de chicas japonesas los detuvieron para pedirles fotografías con él. Y cuando pasaron por un puesto de revistas, Harry se vio a sí mismo en las portadas de algunas de ellas, siempre posando en ropa interior.
-¡Esto es ilegal! -se quejó, mirando las revistas, asombrado-. No pueden poner mis fotos sin autorización. Al menos que me paguen por ellas, así usamos el dinero para el viaje.
-No creo que existan leyes inter-universales -dijo Jose, divertida-. Es como las aguas internacionales, zona sin ley. Si las fotos son de alguien de otro universo, al demonio. Ninguna ley debe prohibir el robo a otro universo.
-¡Pero estoy aquí! No entiendo cómo consiguieron estas fotos. Pero si Hedwig tuvo algo que ver, juro que me las pagará.
Ron no pudo parar de reír la siguiente media hora, mientras recorrían el Bandai Bridge.
Los siguientes días, recorrieron gran parte de Japón, desde Niigata hasta Tokyo, donde pasaron varios días más disfrutando de la comida callejera, las atracciones turísticas y la gran urbe. Una de las cosas que más le gustó a Harry de la cultura japonesa fue la forma en que construían paisajes en miniatura, en parques y templos. Había parques urbanos construidos con fuentes, agua y rocas donde nadaban pequeños peces; que, en verdad, según les dijeron, representaban enormes montañas, lagos y ríos, a los ojos del creador, en versión pequeña. Algunas casas, también, estaban construidas con una arquitectura que en realidad simulaba elementos más grandes de la naturaleza. E incluso había edificios de madera que eran desarmados en ciertas épocas del año y rearmados en otro sitio, por cuestiones culturales relacionadas casi siempre con la naturaleza y la religión.
Una de las cosas que más le gustó a Ron y Jose, por otro lado, fue que en Tokyo hordas de veinte a treinta chicas japonesas frenaban a Harry en cada esquina, gritando frenéticas, corriendo hacia él y agitando fotos suyas en ropa interior mientras este tenía que escapar de allí a toda velocidad para no morir aplastado por ellas.
Un día, cansado de aquello, Harry envió a una lechuza japonesa a que buscara a Hedwig, con una nota que le pedía acudir al encuentro de Harry, para pedirle explicaciones.
-Casi no has pasado tiempo con Hedwig desde que volvió a la vida -dijo Ron-. Tampoco le has escrito a nadie de los otros universos por medio de ella. Más grave que eso, no la has convocado para preguntarle quién le dio esa carta que supuestamente Neville nos había enviado, diciendo que estaba en una dimensión infernal. Pero sí la llamas para que te explique cómo es que te has hecho famoso en Japón, ¿verdad?
-Exacto -dijo Harry, encogiéndose de hombros e indiferente.
Después de Tokyo, siguieron su viaje en escoba, sobrevolando los cielos hasta zonas menos urbanas. Mientras volaban por encima de un lugar llamado Ōtsuki, Jose pegó un grito y los hizo frenar en seco.
-¿Qué ocurre? -preguntó Harry, asustado. Los tres se habían detenido en el aire, a cientos de metros de altura, ante el grito de la chica. Harry pronto tuvo un súbito recuerdo del disparo que había recibido en la cabeza volando en escoba, y miró a Jose convencido de que vería un agujero en la cabeza de la chica.
Pero no. Ella estaba bien.
Molesto, Harry se cruzó de brazos, esperando la explicación de ella.
-¡Ya sé! -dijo, mirando a ambos.
-¿Descubriste la pista de la pepita? -preguntó Ron.
-¡Sí! -dijo ella, contenta-. Miren, justo estaba pensando que estamos volando en dirección hacia los bosques de Aokigahara, y me dio un poco de miedo.
-¿Miedo? ¿Por qué? -preguntó Ron.
-¿No sabes que son esos bosques?
-No.
-Yo tampoco -confesó Harry.
-Son los bosques suicidas de Japón -dijo ella-. Son famosos por ser el lugar donde cientos de personas se han quitado la vida. Es terrible. Cuando me di cuenta que estamos yendo hacia allí, me sentí un poco extraña, porque recordé que había visto videos en internet sobre ese lugar. Pero entonces, me puse a pensar, y…
-"Esta pista les permitirá encontrar la pepita del país del Este. Está escondida en el bosque, allí donde todos mueren" -recitó Harry de memoria. No lucía demasiado sorprendido. -Pues, creo que no caben dudas.
-No te veo muy emocionado -dijo Jose.
-Lo estoy, lo estoy -dijo Harry-. Pero luego de tantas pepitas, tampoco voy a gritar de sorpresa.
-Además, la perspectiva no es muy alentadora -dijo Ron-. ¿De verdad queremos ponernos a buscar una pepita en un lugar tan terrible? Quizás sea mejor saltearnos esta.
-No, no podemos -dijo Jose-. Tenemos que ganar. Para pagarle a Harry todo el dinero que le debemos.
-Está bien, no se preocupen -Harry hizo un ademán, quitándole importancia a la cuestión.
-Sí, es verdad -dijo Ron, ignorando a su amigo-. Mejor vayamos, entonces. Dijiste que era cerca de aquí. ¿Verdad, amor?
-Sí, sí, estamos cerca. Claro que es un bosque grande, por no decir enorme. Y no tenemos idea de quien es Hideto.
-Ni por qué se quitó la vida -dijo Harry, atando cabos-. Probablemente, ¿no? La pista dice que la pepita está "dentro del árbol donde Hideto dejó su corazón".
-Quizás amaba a una chica, esta lo dejó, y entonces su suicidio en un árbol simboliza que dejó su corazón allí -reflexionó Ron.
-Que romántico, y perturbador -dijo Jose, remarcando la última palabra.
Lo siguiente fue frustrante: Fueron a Aokigahara, como se lo habían propuesto, y buscaron por todo el bosque. Realmente se recorrieron todo, una tarde entera caminando entre medio de muchos árboles. No había animales, y no se sentía viento. No era difícil imaginar por qué algunas personas habían tomado la terrible decisión de terminar sus vidas en un lugar así.
-Resulta tan horrible -decía Jose, mientras caminaban perdiéndose entre los árboles-. Jamás entenderé por qué alguien podría decidir suicidarse…
-A veces la vida puede ser difícil -dijo Ron, y Harry se sorprendió al ver la seriedad en su amigo, que generalmente no mostraba signos de sensibilidad. Harry tuvo un súbito pensamiento sobre toda la muerte que los había rodeado a ellos mismos últimamente, en especial el año anterior. Ron también había salido muy afectado por todos aquellos que habían perdido.
-Sin embargo, siempre se puede seguir adelante -reflexionó Harry, serio también-. Aunque por momentos pueda parecer imposible… Vale la pena seguir.
Continuaron avanzando, los tres muy serios y afectados por el entorno. En la entrada, había un cartel que, según les dijeron un grupo de personas que sabían inglés y japonés y pudieron entenderlo; decía toda una reflexión sobre la vida y el valor de esta, tratando de persuadir a posibles personas que hubieran decidido ir allí a quitarse la vida, que no lo hicieran.
Cuando estaba atardeciendo, se fueron. Jamás pudieron encontrar ninguna pista que indicara dónde estaba la pepita, quién podía llegar a ser Hideto, o nada que hiciera referencia a ningún árbol ni a ningún corazón.
-Bueno, lo intentamos -dijo Harry. Ya se habían marchado y la noche caía sobre ellos. -No podemos encontrar todas las pepitas. ¿Verdad que no? Además, esta era muy difícil.
-Sí, quizás no ganemos el torneo -dijo Ron-. Pero si no lo hacemos, el año que viene conseguiré un empleo para pagarte todo lo que te debo, Harry.
-Ya olvida eso -dijo él-. ¿Armamos la carpa?
Jose abrió grandes los ojos.
-¿De noche? ¿Aquí? ¡Ni loca!
-Vamos más lejos -dijo Ron.
-Viajemos de noche -dijo Jose-. Yo no estoy cansada. ¿Y ustedes?
-No -admitió Harry, mirando a Ron, que se encogió de hombros.
Volaron en la noche, lejos de allí, dejando el monte Fuji tras ellos y avanzando hacia Nagoya, a donde llegaron ya caída la noche, mucho más tarde.
Pasaron el siguiente día allí. Y al siguiente llegaron a Osaka. Las distancias no eran tan grandes en Japón, en especial viajando en escoba. Habían llegado de una ciudad a otra en menos de treinta minutos volando.
-Qué hermoso -comentaba Jose, mientras los tres visitaban el castillo Osaka, con la típica arquitectura japonesa y rodeado de hermosas plantas y árboles coloridos.
Se sacaron fotos con el castillo de fondo, y los coloridos árboles rosados a un lado, que a pesar de ser invierno tenían algunas flores.
-Creo que Japón entra dentro de mis países favoritos -dijo Ron.
-Todo el viaje por Asia fue increíble -dijo Harry-. Bueno, está siendo increíble. Aun no acaba.
-A la vuelta podemos abrirnos una agencia de viajes -sugirió Jose-. Estamos más que capacitados luego de esto, ¿no creen? Podríamos crear un paquete turístico por Asia. Le pondríamos de nombre: "Colores de Asia".
-Suena atractivo -dijo Ron.
-Así podríamos juntar el dinero para devolverle a Harry.
-¡Ya dejen eso! -protestó él.
En ese momento, mientras caminaban hacia la salida, oyeron gritos. Chillidos de niña, para ser más precisos.
-¡Corre, Harry! -gritó Ron, rompiendo en carcajadas-. ¡Corre por tu vida!
-Mierda.
Harry empezó a correr, y al mirar hacia atrás vio que quince niñas chillando y agitando los brazos en el aire iban tras él.
Esa noche, Hedwig apareció en la carpa, tomándolos por sorpresa. La pequeña lechuza colorida que la había ido a buscar regresó con ella, batiendo las alas, muy contenta de haber logrado su misión. Hedwig, en cambio, parecía algo enfadada con Harry.
-Lo siento -le dijo Harry, tratando de acariciarla, pero ella no lo dejaba-. Sé que te he ignorado un poco. Estábamos con todo este viaje y todo. ¿Me disculpas?
Ella lo miró un poco reacia aun, pero ligeramente más blanda.
-Necesito un favor, amiga -le pidió Harry-. ¿Puedes decirme quién te dio la carta, la que me trajiste en Lisboa, que supuestamente había escrito Neville?
La lechuza agitó las alas un poco, y se quedó mirando a Harry.
-Bueno, es inútil -dijo Harry, a sus amigos-. Es solo una lechuza. No es como que va a tomar una pluma y escribirme una carta contándomelo todo, ¿no? -se dirigió de vuelta al ave-. ¿Y tienes idea de cómo mis fotos en ropa interior llegaron desde el Universo 5 a Japón?
Entonces, Hedwig empezó a batir las alas muy emocionada, se puso a revolotear todo alrededor y todos se asustaron cuando empezó a hacer un desorden en toda la carpa.
-¿Qué le pasa?
-Es como si… -Jose entornó los ojos-. Es como si se estuviera riendo, Harry… ¡Riendo de ti!
Eso lo logró: Ron estalló en carcajadas más que nunca. Harry explotaba de furia. Ron cayó al piso y tuvo que sujetarse el estómago mientras se ponía rojo de la risa, haciendo que su cabello combine con su cara.
Hedwig bajó volando de regreso a Harry, que echaba chispas, y entonces, de la nada, se esfumó.
-¿Qué rayos? -Harry se asustó. Hedwig había desaparecido en el aire, de la nada, por completo. -Parece que no le afectan nuestros encantamientos protectores, que impiden que uno se desaparezca… Quizás tiene una magia similar a la de los elfos domésticos…
Y entonces, Hedwig volvió, tan rápido como se había ido. Apareció ante Harry, así sin más, pero ahora con algo bajo el pico… Una revista.
Harry tomó la revista y la miró. Era una de las revistas en que Harry posaba en ropa interior en el Universo 5. Esta vez la reconoció. No era una revista japonesa, sino una edición de Corazón de Bruja.
-Eso fue rápido -comentó Jose.
-Así que eso pasó -dijo Harry, mirando a Hedwig con los ojos entornados-. Viajaste al Universo 5 y trajiste fotos mías a este universo, ¿verdad?
Hedwig batió las alas y ululó, al parecer confirmando lo que decía Harry.
-¿Por qué, Hedwig? ¿Querías llamar mi atención? ¿Qué te prestara más atención?
El ave se acercó a Harry y refregó su cara con su mano, en una caricia que le indicó que había dado en el clavo.
-Awww -dijo Jose, con ternura-. ¡Pobresita! Eres un terrible amo, Harry. Abandonaste a tu ave, y ella te extrañaba tanto que trajo fotos tuyas de otro universo en ropa interior y las esparció por este universo, quien sabe por cuantos lugares, para que algo como esto pasara, y entonces tú te fijaras nuevamente en ella. Y te hizo un sex symbol famoso en Japón.
-¿De verdad? -dijo Ron, muy sorprendido-. ¿Hedwig planificó todo esto? ¿Puede hacerlo conmigo también? Sácame unas cuantas fotos, Jose, que me pongo en ropa interior. Luego se las damos a Hedwig.
-Amiga, lo siento -Harry acarició al ave, que pareció derramar una lágrima mientras Harry se fijaba en ella y la acariciaba. ¿O era su imaginación?
-Es un ave muy inteligente -dijo Jose-. Mira que para hacer que te conviertas en una estrella de la ropa interior en Japón solo trayendo revistas de otro universo hacia aquí…
A partir de ese día, Harry no abandonó al ave, y continuaron el viaje con ella. Muy contenta, Hedwig iba a todos lados con Harry, y de vez en cuando aparecía o desaparecía de la nada, aparentemente yendo a otros universos. Aprovecharon también para mandar unas cuantas cartas a la gente que existía en ellos. Nadie tenía la más remota idea de por qué Hedwig tenía esa habilidad o cómo la había adquirido, pero ahí estaba.
Como ahora tenían celulares nuevamente (con identidades falsas y todas las opciones de recopilación de información desactivadas), se hospedaron con worldhosts, en la casa de unas chicas universitarias de Okayama. Resultó que eran brujas que estudiaban la carrera de botánica en la universidad de magos de esa ciudad. Se hicieron muy amigos, las chicas los invitaron a tomar algo y a bailar, resultando en una noche de alcohol y fiesta muy atípica en ellos, pero que disfrutaron.
A mitad de la noche, Harry descubrió que todo el grupo de chicas eran fans de él. Cuando una de ellas quiso besarlo en la discoteca, lo dudó, porque tenía la impresión de que le debía fidelidad a alguien. Pero entonces recordó que Hermione no había querido salir con él, y que se había ido por su cuenta, y que Luna había resultado ser un monstruo mitad insecto, mitad cabra gigante. Por lo tanto, era soltero y estaba sin ataduras.
Ese pensamiento resultó en Harry, totalmente ebrio, besando locamente a la bruja japonesa, mientras el resto del grupito la envidiaba fervorosamente y se notaba desde donde Harry estaba que estaban planificando matar a su compañera por la noche, por haber conseguido semejante hazaña.
Sin embargo, Harry pensó, en su ebriedad: "¿Por qué, chicas? ¿Por qué envidiar a su amiga y desear matarla, cuando hay suficiente Harry para todas?" Esa nueva idea no podía acabar bien, y definitivamente no lo hizo.
Una hora después, Harry estaba en la habitación de Aiko, habiendo sido lanzado a la cama, y en torno a él había otras cinco chicas japonesas desnudas. Todos reían por el efecto del alcohol. Aiko, la anfitriona, encendió unas extrañas luces mágicas de colores que parecían salir de su varita y se reflejaron en el techo, mientras se ponía un erótico disfraz de colegiala. Una de sus amigas se puso uno que parecía ser de un hada, y la otra se disfrazó de Pikachu.
-Vaya, esto es increíble -dijo Harry, bebiendo otro vaso de licor de sushi, bebida de magos japoneses, hasta el fondo, y tragando un pescado vivo que había nadando en el vaso, como era la tradición-. ¿Siempre usan el cosplay en el sexo?
-Casi siempre, nosotras -dijo una que se llamaba Ohara. Otra rio a su lado y le lanzó un almohadón con forma de Pokémon a la cara.
Empezaron a reír y lanzar chillidos y comentarios en japonés, mientras ponían la música más fuerte en la habitación y sus disfraces de cosplay se movían por arte de magia, el Pikachu lanzando attacks truenos que parecían de verdad, si bien eran una ilusión hecha con magia, y Harry sospechaba que su mente llena de alcohol estaba acabando algunos detalles en la animación. Ohara y Aiko entonces empezaron a bailar a escasos metros de él, con sus cuerpos desnudos visibles en sus trajes eróticos.
-Vaya, qué fiesta hay ahí -se lamentaba Ron, en el cuarto de al lado, a oscuras y en silencio acostado junto a Jose. Ambos estaban mirando el techo, con unos pijamas que parecían de gente mayor, con dibujos de rombos, mientras sentían vibrar las paredes por la música que venía del cuarto de al lado-. Me siento tan deprimido.
Jose le dio una golpiza por debajo de las sábanas, enojada.
-¡ARIGATOOO! -gritaba Harry con terrible pronunciación, saltando en la cama y lanzando almohadones de Pokémon por toda la habitación, hacia las chicas desnudas, que reían y gritaban, mientras bailaban. Un almohadón con forma de Bulbasaur pareció cobrar vida y mordió el trasero de una de ellas, lo que hizo que todas rompan en carcajadas.
Con un muy mal inglés, todas empezaron a gritar:
-¡ROPA INTERIOR! ¡ROPA INTERIOR!
En el momento previo a quitarse la camiseta, de forma sensual, Harry miró hacia la ventana y le pareció ver que Hedwig le guiñaba un ojo desde el lado de afuera, convirtiendo aquel en el momento más bizarro que hubiera experimentado en toda su vida y sus largos veinte años de existencia. ¿Acaso era real? ¿Era efecto del alcohol? No lo sabía. Pero sonrió, y de un tirón se quitó la camiseta, provocando que los chillidos de las chicas bañaran cada centímetro del cuarto y retumbaran en sus oídos.
-¡ROPA INTERIOR! -gritaron de nuevo, al parecer lo único que podían pronunciar en inglés-. ¡ROPA INTERIOR!
Harry finalmente se quitó los pantalones, y quedó en boxers delante de ellas, que empezaron a gritar y dar saltos, como locas. Todas se lanzaron encima de él a la vez, arriba de la cama, y lo último que Harry sintió fue su vaso vacío caer al suelo y hacerse añicos antes de que decenas de manos japonesas tocaran cada centímetro de su semidesnudo cuerpo.
