37. Magia blanca

Mientras volaban en escoba por encima del océano, las masas oceánicas se volvieron más oscuras y el aire más y más frío. El cielo estaba despejado, y podían ver con toda claridad el mundo ante ellos: todo alrededor, el océano azul cubría todo, hasta los horizontes todo alrededor.

Las dos escobas se movían hacia adelante, rápidamente, y sus cabellos, igual de largos, ondeaban tras ellos con el poder del fuerte viento. Harry y Hermione iban lado a lado, Harry con Tymicus abrazándolo por la cintura. Hedwig mantenía un vuelo veloz junto a ellos. Ante ellos, a lo lejos, se veía una línea de horizonte donde solo había océano. Y de pronto, una fina línea blanca empezó a aparecer allí. Era la Antártida. En concreto, la Antártida del Este, que se extendía al sur de Nueva Zelanda y Australia. El plan era ingresar por allí, y luego continuar atravesando el continente blanco hasta llegar a la Antártida del Oeste, la península Antártica, y de allí hacia el norte, hacia Argentina. Era, de hecho, la ruta más corta entre Oceanía y Sudamérica, atravesando el continente Antártico. Un hecho que podía resultar extraño al observarse sobre un mapa plano, pero que tenía sentido al observar el mundo en un globo terráqueo, ya que la curvatura de la tierra en el extremo sur del mundo acortaba la distancia entre estos dos puntos yendo por allí.

-¿Y ahora qué? -preguntó Hermione, cuando ambas escobas estuvieron a pocos metros de donde empezaba el continente. Estaban volando alto, muy alto, y la sensación era muy distinta a como había sido antes: Antes, cuando llegaban volando en escoba a algún continente nuevo, o cruzaban una masa de agua grande y llegaban a tierra firme, había ciudades, lugares de descanso, lugares agradables como playas o costas donde armar la carpa y descansar del arduo viaje. Ahora, en cambio, lo primero que vieron al llegar al nuevo destino de su viaje fue una enorme cantidad de gigantescos bloques de hielo como manchas circulares sobre el agua, en lo profundo bajo ellos. La nieve y el hielo cubrían todo, y no parecía haber nada allí que no fuera inhóspito. La misma idea de bajar de la escoba sobre esos masivos bloques de hielo se antojaba poco agradable.

Harry indicó con señas a Hermione una zona que se veía estable, con un bloque más grande que la mayoría. Tenía miedo de aterrizar en algún sitio inseguro. Hermione lo siguió y perdieron altura hasta alcanzar la masa de hielo continental. Bajaron vuelo hasta una amplia zona totalmente blanca, cubierta de nieve. El viento rugía en sus oídos.

Harry llegó a la altura del suelo, bajó de un salto de la escoba a un metro de este, y sus dos pies aterrizaron con fuerza sobre suelos antárticos. Hermione descendió también, a su lado, y ayudó a Tymicus a bajar de la otra escoba.

-Para esta parte del viaje es que uno anduvo cargando con gruesos abrigos que no usaba el resto del tiempo -bromeó Harry, temblando. Apuntó con su varita al interior de su bolso y extrajo dos gruesas capas de viaje de magos del grosor de una mano, una de las cuales pasó a Hermione y otra se puso él.

-Aquí, ten la que era de Ron -Harry sacó una tercera y se la pasó a Tymicus, que tiritaba. El elfo se la puso y le quedó tan grande que la llevaba arrastrando por el hielo, mientras caminaban. Harry le aplicó un encantamiento anti humedad a la parte inferior, para que no le quedara mojada.

-Me pregunto hacia dónde ir -musitó Hermione, vapor saliendo de su boca al hablar-. Si vamos hacia adelante, hay hielo. Si vamos por ese lado de allí, hay hielo. Si vamos para el otro lado, hay hielo. Casi que cualquier lugar al que vayamos será hielo, ¿verdad?

-Pues es Antártida -dijo Harry, encogiéndose de hombros-. Esa parejita que conocimos en Puponga dijo que había una colonia de magos por aquí. Deberíamos buscarla. Estamos en una zona próxima a Cabo Adare. Dijeron que la colonia quedaba en Tierra de Victoria, un poco más hacia adentro. Mira todos estos bloques de hielo separados entre sí, Hermione. ¿Ves como el agua está entre todos ellos? Es el calentamiento global. Si la gente del resto del mundo pudiera ver esto, no creo que se sintieran tan desinteresados en proteger el clima.

-Sí, lo sé -Hermione se colocó la capucha de la campera-. Hay que tener cuidado. Mejor andemos en escoba todo lo posible. Podríamos pisar hielos quebradizos, o caer en alguna grieta de metros de alto por accidente. Mejor volemos hasta Tierra de Victoria, Harry. ¿Será por allí adelante? -señaló en la dirección donde parecía extenderse el continente, hacia lo profundo del mismo, lejos del océano.

-Seguramente. Sí, vamos allí.

Montaron sus escobas nuevamente, y sobrevolaron la masa de hielos separados entre sí, volando nuevamente a muchos metros de altura. El clima era espeso y nublado, pero a medida que avanzaron se fue despejando y pudieron ver con más claridad. Llegaron a una zona donde el suelo era ya uniforme, más sólido, y el sol golpeaba la nieve y el hielo permitiéndoles ver con claridad: Ahora todo era una planicie blanca bajo ellos, los hielos quebradizos con líneas de océano glaciar entre ellos quedaron atrás, y todo era una única masa blanca de tierras antárticas, con ciertos relieves en algunas partes, pero casi todo llano.

Harry sacó de su bolso, en pleno vuelo, un pergamino que le había dibujado la pareja de magos que habían conocido en Puponga. Lo apuntó con su varita, y esta, al percibir la localización descrita allí, automáticamente se separó de los dedos de Harry, quedó flotando ante él y apuntando en la dirección correcta, marcando el camino. Volaron hacia allí, y la varita los guio en la dirección a la colonia de magos que había por esas tierras.

Llegaron a Tierra de Victoria, la varita apuntó de forma más vertical, indicando que debían perder altura, y descendieron hacia los hielos bajo ellos.

-¡Vaya! -escuchó que gritaba Hermione, asombrada-. ¡Qué hermoso, Harry, mira!

Señalaba hacia abajo, donde el blanco estaba mezclado con tierra marrón, sin hielo, había algunas lagunas de agua con hielo flotando en ella, pero sobre todo, lo que llamó la atención de la chica, fue una cantidad de lo que parecían ser mil manchas negras como palillos de pie en la nieve. Harry se dio cuenta, luego de bajar vuelo y enfocar la vista mejor, que se trataba de pingüinos. Miles de pingüinos.

-Wow… -llegaron al nivel del suelo y descendieron de las escobas en medio de ellos-. Increíble.

Los pingüinos estaban llenando todo el lugar. Eran simplemente demasiados. Todos caminaban torpemente, agitando un poco sus alas, pisando con una pata y luego con la otra, balanceándose de lado a lado. Parecían estar hablando entre sí, si es que eso era posible, y muchos se zambullían en el agua glaciar desde los bordes de hielo. Otros levantaban vuelo algunos centímetros. Los más cercanos a ellos se les acercaron, caminando torpemente y lanzando chillidos con sus picos abiertos y mirando hacia arriba.

-Son tan lindos… -Hermione se acercó y acarició a uno de ellos. Tymicus los miraba con terror en sus ojitos desorbitados y aferraba la capa de Harry con ambas manos, temeroso.

Luego de sacarles fotografías y caminar entre ellos un rato, volvieron a emprender vuelo para acortar la breve distancia que había hacia donde apuntaba la varita de Harry.

Cuando finalmente llegaron, vieron que la varita los había conducido a una zona con menos nieve, donde había tierra seca, sin hielo, mezclada con piedras, con solo algunas manchas de nieve en ella. Y allí habían montado algunas casitas, construidas en piedra.

Caminaron por entre las casitas, y vieron un grupito de personas en gruesos abrigos de piel, sentadas en círculo en lo que parecían ser bloques de piedra. Alzaron la mirada hacia ellos de inmediato al verlos.

-Espero que sean amigables -dijo Hermione, algo nerviosa.

Se acercaron y Harry levantó la mano, saludando.

-Hola, ¿qué tal?

El hombre más próximo a ellos, de cabello largo hasta mitad de la espalda atado en una cola de caballo, mucha barba y rostro curtido, de piel gruesa, asintió con la cabeza y alzó una mano saludando también.

-Hola -les dijo.

-Somos Hermione y Harry -se presentó-. Nos indicaron que había una comunidad de magos aquí.

-Pues no hay mucho más -bromeó el mago, señalando alrededor, donde, más allá de esas casitas, había kilómetros de hielo y nieve, y nada más-. Somos la única comunidad de magos hasta el polo sur geográfico, amigo.

-¿Qué tal? -saludó Hermione, caminando tímidamente hacia los magos también. Había dos brujas adultas también, un par de magos más, y unos niños. Todos iban bien abrigados, y los niños jugaban con unas escobas voladoras de juguete que solo se alzaban unos cuantos centímetros del suelo.

-¡Hola! -saludó una de las brujas, acercándose para estrecharles la mano-. Soy Rosalda. Ella es Ginevra. Han tenido un viaje largo, imagino. ¡Lidia, haz unos tés bien calientes para los dos chicos!

En medio de un lugar tan frío, fue agradable recibir una cálida bienvenida como esa. Los invitaron a tomar un té y a comer una especie de masa horneada bien caliente. Les contaron que sus ancestros llevaban allí generaciones, a pesar de ser tan pocos, y sobrevivían cocinando animales, criaturas y algas que había sobre y bajo el hielo.

-De vez en cuando nos llegan otros suministros -explicó Mikel, el hombre de cabello largo-. Una vez al mes viene nos traen provisiones de la base muggle de Jang Bogo, que pertenece a Corea del Sur. La inauguraron en 2014. El Estatuto del Secreto ya había caído, así que saben que somos magos y desde que están por aquí nos facilitan las cosas trayéndonos comida y cosas que antes no podíamos tener.

-¿Y por qué deciden vivir aquí? -preguntó Harry.

-Pues estamos acostumbrados, vivimos aquí toda la vida -explicó Rosalda-. No imaginamos vivir en otro sitio. Además, nos encanta esto. Una vez que te acostumbras a vivir en el frío, todos los demás lugares del planeta te parecen muy calientes. No podemos soportar otro clima.

-Nosotros hemos estado por todo el mundo estos meses -les contó Hermione-. Ahora estamos aquí, y hace pocos meses estábamos caminando por el desierto del Sahara.

Todos los magos allí se miraron entre sí con expresiones de horror, o estremeciéndose.

-Qué espanto -musitó la bruja que se llamaba Ginevra-. Si me llevaran a un desierto, creo que moriría ni bien pisarlo.

-La Antártida es como ningún otro lugar en el mundo -dijo Rener, un hombre gordo y bigotudo que tenía un hijo idéntico a él. Todos estaban sentados en un círculo. -Ustedes no vinieron en la mejor época, aunque tampoco la peor. Estamos casi en abril. Hoy podemos decir que el día dura desde las ocho de la mañana hasta las siete de la tarde, más o menos. Es lo más normal que encontrarán aquí. Si hubieran venido un mes después, estaríamos ya en la época de la noche polar.

-¿Y cómo es ahí? -preguntó Harry.

-Pues es de noche las veinticuatro horas -explicó Ginevra-. El frío es el peor. No podemos estar afuera, como ahora. Se registran temperaturas de hasta 70 grados bajo cero.

-Wow -Hermione quedó boquiabierta-. Eso es mucho frío.

-Sí, al menos no vinieron en esa época, aunque también hay mejores. En diciembre o enero habrían estado mejor. Durante el verano, el sol de medianoche garantiza temperaturas más cálidas. El sol jamás se pone, tú solo lo ves en el horizonte descender, como un atardecer, pero en vez de esconderse empieza a salir nuevamente, siendo de día las 24 horas.

-Increíble -exclamó Hermione.

Luego del té, otro mago que era un excelente cheff preparó una gran cena para todos. Harry y Hermione estaban famélicos, la aceptaron y comieron tanto como pudieron. Luego de cruzar el océano entero entre Nueva Zelanda y Antártida en escoba voladora, e internándose en el continente antártico, morían de hambre. Se pusieron a hablar del torneo, que los había llevado allí, y les contaron que ellos sabían dónde estaba la pepita de oro de allí.

-Hay una sola pepita de oro en Antártida -dijo Rosalda-. Lo cual es curioso, porque aquí no hay ningún país, como tal. Solo hay bases científicas pertenecientes a diferentes países, y un par de comunidades de magos, como nosotros. Pero tengo entendido que el motivo por el que pusieron aquí una pepita es para darle alguna al continente. Lo que hicieron fue colocar la pepita perteneciente a uno de los países que tienen base aquí, en la cima de los montes Transantárticos. Son los que separan Antártida Oriental de Antártida Occidental, podemos anotarles la ubicación si quieren, un mago que habló con los organizadores del torneo para planificar dónde pondrían la pepita nos lo dijo.

-Vaya, eso es genial, pero, ¿no sería como hacer trampa? -preguntó Harry-. Nosotros estamos justo a una pepita del primer puesto.

-Pues no hemos visto otros concursantes por aquí -dijeron ellos, mirándose entre sí con sonrisitas-. Antes de que vinieran ustedes, habíamos pensado que no vendría ninguno. Si no la toman ustedes, quizás nunca la vaya a buscar nadie.

Harry y Hermione compartieron una mirada. Tymicus se mordía las uñas junto a ellos, en silencio, nervioso.

-De acuerdo -dijo Hermione-. Iremos por ella. Supongo que, aunque nos digan la ubicación, es merecido obtenerla a cambio de cruzar todo el continente. No es trampa.

Harry no dijo nada, pero estaba bastante seguro de que sí era trampa. Todavía debía haber magos devanándose los sesos para encontrar la pepita de China, que era la joya imposible del torneo, y ellos estaban por obtener una servida en bandeja. Pero no se quejó, ya que nada le interesaba más que ganar el torneo de una vez y derrotar a Malfoy, para regresar a casa a descansar finalmente.

Rosalda tomó tinta y una pluma, y les escribió las coordenadas en un pergamino.

-Haz un hechizo de geolocalización -le dijo a Harry, entregándole el pergamino-. Tu varita te llevará hasta allí.

-Muchas gracias -dijo él-. Es en la cima de las montañas de aquí, dices. ¿Es un lugar peligroso?

-Tan peligroso como cualquier otra parte del continente -explicó ella-. Sobre todo, el principal enemigo es el frío. Estamos en la parte más fría y seca de todo el planeta. Recomiendo que se apliquen hechizos calefactores bajo las capas, para no sufrir hipotermias. En especial cuando vayan a dormir, por las noches. ¿Tienen una tienda, verdad? Si van a acampar aquí en algo que tiene paredes de tela, es obligatorio calefaccionarlo bien. Podrían quedar hechos hielo por la noche y no despertar jamás.

Hermione pareció asustarse un poco ante ese comentario.

-Conozco hechizos calefactores -dijo, nerviosa-. Pero no servirán. Solo lanzan calor durante el tiempo que el mago apunta con su varita, luego no. Es decir, si nos quedamos dormidos…

-Oh -se miraron todos entre sí, como recordando algo de pronto, y se pusieron a hablar entre ellos, compartiendo murmullos-. Ellos no saben…

-Debemos explicarles.

-Sí, claro.

-Para que no tengan problemas.

Esa clase de murmullos hizo que Harry y Hermione se sintieran incómodos. ¿Qué era aquello que ellos no sabían, y debían decirles para que no tengan problemas?

-De acuerdo, explícales tú, Mikel -dijo un mago bajito que estaba sentado más atrás, desapercibido.

-Bien -Mikel los miró con astucia-. Tenemos otra pequeña ayuda para darles -sonrió-. Harry, ¿por qué no me lanzas un Avada Kedavra?

Eso descolocó completamente a Harry. ¿Qué rayos le estaba pidiendo ese mago que haga?

-No entiendo -dijo, finalmente, concluyendo por dentro que el mago le estaba jugando una broma muy mala o algún truco.

-Vamos, hazlo -insistió él, haciéndole señas, como invitando a que le dispare.

-No voy a hacerlo -negó Harry, ceñudo-. No voy a lanzarte un Avada Kedavra. ¿Cómo crees?

-Prueba.

-Pero no soy un asesino.

-Prueba otra cosa, menos letal -dijo él entonces-. Pero igual de oscura. Lánzame un cruciatus.

-Tampoco.

-Vamos, muchacho, confía en mí, verás lo que te digo.

Harry respiró hondo y sacó su varita. Se imaginaba que había algún truco allí, sino no le pediría algo así. No quiso ser descortés, así que obedeció, apuntó a Mikel con su varita, cerró los ojos, para no ver lo que estaba por hacerle al mago que lo había recibido tan bien, lo había alimentado y enseñado la ubicación de la pepita que necesitaban; y en cambio se imaginó a Malfoy para poder hacer el hechizo.

Hermione tenía los ojos desorbitados y levantó una mano hacia Harry, queriendo detenerlo.

-¡Crucio! -gritó Harry, apuntando a Mikel y cerrando los ojos con fuerza.

No pasó nada. Harry abrió los ojos.

-Quizás lo hice mal -dijo entonces, al ver que el hechizo no le había hecho nada a Mikel.

-No, lo hiciste perfecto -dijo Rener, sonriendo-. Puedes intentarlo cuantas veces quieras. Cruciatus, maleficio asesino, o cualquier magia negra que se te ocurra. No funcionan aquí.

-¿Cómo dices?

-No puedes hacer magia negra en la Antártida, simplemente no funciona -explicó Mikel-. Es muy difícil de explicar, pero intentaremos hacerlo de forma resumida. Disculpen si esto suena muy científico, pero, acostumbrados a hablar con los muggles de aquí, que son todos científicos, es como que hablamos un poco esa lengua también. Bueno, como quizás ya saben, la magia es un extraño fenómeno que se originó con la creación del mundo, del universo, de hecho. Quién sabe exactamente qué es, ¿verdad? Pero suponemos que algún elemento, físico, químico, o lo que sea, con la capacidad de generar cambios en la materia, se adhirió a materia viva, que luego evolucionó en los seres humanos; de esa forma, algunos de los seres humanos que nacían tenían la capacidad de hacer magia. ¿No es así? Y otros no. Bien, eso es algo de hace mucho tiempo ya.

"Como decía, eso no ocurrió aquí en Antártida, sino en África, y luego en Oriente Medio; es decir en los lugares donde había seres humanos. Sea cual fuera esa materia que compone la magia, no funciona igual en todo el mundo. Funciona de igual forma en el 90% del mundo. Pero creemos que la magia está vinculada al planeta, en esencia, que surgió o se desarrolló en vinculación con la posición astronómica del planeta, o con su geología, nadie lo sabe bien. Lo que sí es cierto es que la magia presenta alteraciones en algunas zonas extremas del planeta Tierra. Esta es una.

-En verdad no se sabe mucho -siguió Rener-. No sabemos si se puede hacer magia en el espacio, porque nadie ha ido. Habría que enviar una expedición de magos a la luna un día, ¿verdad? Pero por ahora los muggles van más adelante que nosotros en eso. Lo que sí sabemos es que un mago que viaja a Antártida, ve alterada su magia. Ya no funciona como antes.

-Creemos que, por el magnetismo polar, o por otras influencias físicas, los magos que hemos decidido vivir aquí hemos experimentado una magia totalmente diferente en nosotros que la que los magos podemos tener en cualquier otro sitio.

-Solo ha habido otros fenómenos similares en algunas zonas del norte de Rusia y de Dinamarca -explicó Rosalda-. Pero aquí es más extremo. Lo que ocurre, en resumen, es que todos los hechizos y la forma de hacer magia funcionan de forma diferente. El fenómeno ha sido llamado "magia blanca", por los primeros magos que llegaron al continente y lo experimentaron. Le pusieron ese nombre porque una de las primeras alteraciones en la magia que comprobaron fue que no podía hacerse magia negra.

-Siempre pienso en ese fenómeno como algo que no habla bien de nuestro ancestros -dijo el mago bajito del fondo-. Si le pusieron ese nombre, quizás fue que lo primero que intentaron hacer al llegar aquí fue matarse mutuamente, y no pudieron -rio a carcajadas, de su siniestra broma.

-Pues es una alteración de la magia muy buena, creo yo -dijo Hermione-. Es muy bueno que no pueda hacerse magia negra. Me gusta eso.

-Hay mucho más -dijo Mikel-. Si quieres calefaccionar tu tienda, solo haz un encantamiento calefactor tradicional, pero quita el hechizo de tu varita y hazlo que quede flotando en el aire.

Hermione arqueó una ceja con la expresión más escéptica que pudo, como si acabaran de decirle que desplegara sus alas y se pusiera a volar.

-Eso no existe -dijo, tajante.

Todos los magos del lugar rompieron a carcajadas, ante el escepticismo de Hermione.

-No se puede "quitar un hechizo de una varita" -explicó Hermione, con su tono de voz que más recordaba a las clases de Hogwarts en las que levantaba la mano con ansias para repetir de memoria la definición de un libro-. No tiene sentido. Va totalmente en contra de las leyes mágicas de Immanuel Copérnikut…

Mientras Hermione decía esas palabras, Rosalda apuntó con su varita al cielo, exclamó "¡Lumos!" y cuando la luz brotó de la punta de su varita, como era habitual, con la otra mano tomó esa luz, cerrando el puño, la apartó de la punta de la varita y la envió con una sacudida de la mano volando por el aire. La luz empezó a rebotar sobre el suelo de tierra, como una pelota, picando en el suelo y rodando a lo lejos, hasta desaparecer.

Hermione dejó de hablar y sus ojos quedaron como platos.

-Y eso no es nada -dijo Rener, sonriente-. Miren esto. ¡Aguamenti!

Un pequeño chorro de agua brotó de la punta de su varita, como era habitual, pero entonces el mago hizo un movimiento con ambas manos de abajo hacia arriba, como si quisiera levantar algo muy pesado. Entonces, de la nada, salió un potente chorro de agua del grosor de un refrigerador desde el suelo y brotó hasta los cielos, con una potencia que hizo gritar a Tymicus. Tan pronto como había aparecido ese bestial túnel de agua brotando del suelo y hacia el cielo, desapareció. Unas pocas gotas de agua salpicaron el rostro estupefacto de Hermione.

-Eso son solo demostraciones simples -dijo Ginevra-. Aquí, la magia blanca te permite hacer cosas que otros magos podrían estar años y años para dominar, sin tener ningún entrenamiento.

Ginevra, sin hacer nada, mutó de pronto el color de su cabello, que antes era morocho, y lo volvió rojo fuego.

-¿Lo ven? No hace falta ser metamorfomago.

Apuntó a Harry con su varita, y de pronto Harry sintió un calor en su cara.

-¡Oye! -dijo, asustado, al darse cuenta que le había hecho algo. Hermione gimió a su lado.

-Harry, tus cicatrices…

-¿Qué ocurre con ellas?

-Desaparecieron -dijo Hermione, atónita-. Todas. Incluso la cicatriz en forma de rayo.

Harry se pasó una mano por la cara, impresionado.

-¿Así de fácil pueden hace cosas así?

-Así de fácil -dijo Rener-. La magia negra no tiene efecto aquí, pero la magia blanca está potenciada. Si tus intenciones son buenas, como darle un poco de agua a alguien, quitarle las cicatrices a alguien, calefaccionar tu tienda, o enviar una luz a un aliado, la magia siempre jugará a tu favor. Es por eso que la llamaron magia blanca, en verdad.

-Es increíble -Harry se pasó una mano por la cara, que se sentía más suave que antes-. ¿Y perdura al irse de Antártida? ¿O mis cicatrices aparecerán de nuevo?

-No, claro que no -dijo Ginevra-. Quedarás así para siempre. A menos que las quieras de vuelta, claro.

-No… -Harry hizo unos segundos de silencio. Jamás se había planteado si quería o no tener cicatrices en la cara, porque no había pensado que tuviera elección. -No, creo que prefiero quedarme así…

Hermione lo miraba con curiosidad. Debía ser raro que de pronto todas sus cicatrices, en especial la que tenía forma de rayo, hubieran desaparecido. Hermione era la primera persona en su vida que lo miraba sin aquella cicatriz, desde que tenía un año de edad.

-Quiero intentarlo -Hermione apuntó a lo lejos, donde caminaba un pingüino-. ¡Petrificus totalus!

No pasó nada.

-¿Por qué no pasó nada?

Rosalda miró al pingüino.

-¿Por qué quieres paralizar a un pingüino?

-Para probar -dijo Hermione, algo decepcionada-. Claro que no iba a hacerle ningún daño. Yo amo a los animales.

-Bueno, pero no funciona así, debes tener buenas intenciones. Quizás deberías probar alimentarlo.

Hermione se lo quedó pensando, y apuntó al pingüino nuevamente. Entonces, una hilera de plancton salió de su varita y atravesó la distancia hasta el pingüino, cayendo ante él. El pingüino se acercó a la comida, balanceándose de lado a lado, y empezó a comer.

-¡Oh! Vaya.

-¿Puedo aparecer un filete ante Hermione, si tenemos hambre? -preguntó Harry. Todos rieron de nuevo.

-Sí, claro -dijo uno de ellos-. Es uno de nuestros secretos de cocina.

Todos se quedaron riendo. Durante un rato, estuvieron practicando el uso de la magia blanca, que les resultó sorprendente. Cualquier hechizo o encantamiento parecía tener poderes nuevos, que antes no existían, siempre que las intenciones del mago fueran buenas. Era como si la magia en aquel continente estuviera determinada a ayudar, y nunca perjudicar a nadie. Si uno hacía un hechizo de desarme a un oponente que no le había hecho ningún daño, entonces no solo la varita del oponente no salía volando por los aires; sino que la del mago que había tenido la "mala intención" de desarmar a alguien inocente era la que se iba volando por el aire.

Y así funcionaban todos los hechizos. Cualquier hechizo que uno quisiera hacer para dañar o perjudicar a alguien, simplemente no funcionaba. Probaron realizar un engorgio, para aumentar de tamaño, un evanesco, y hasta un expulso al pobre pingüino que comía el plancton, y nada tuvo efecto. En su lugar, Harry creció hasta los dos metros de altura y Hermione se desvaneció en el aire hasta que alguien hizo un contrahechizo.

Así que, esa noche, simplemente hicieron un hechizo calefactor, que con una mano removieron de la varita y dejaron flotando en el aire, calentando la tienda toda la noche.

-Esto está tan calentito -dijo Tymicus, contento, sentadito en su cama con las piernas cruzadas y muy sonriente. Hedwig ululaba en la mesa, también contenta del agradable calor. Harry y Hermione cerraron la entrada a la tienda con el cierre, apagaron las luces, luego de decir buenas noches, y fueron a su cama. -Qué agradable… ¡Oh, no!

El elfo acababa de darse cuenta de lo que aquel calor y ambiente agradable acabaría generando, y se lanzó boca abajo sobre sus mantas, tapándose los oídos y cerrando los ojos con fuerza. En la otra cama, Harry empezó a desvestir a Hermione a toda prisa, besando cada centímetro de su cuerpo.

-Oh, Harry…

Ambos cayeron en la cama de la chica y Hermione contrajo su cuerpo mientras sentía a Harry besar su ombligo y bajar por su abdomen, desabotonándole el jean y bajándoselos hasta las rodillas.

Harry le quitó por completo los pantalones y se recostó sobre ella. Se besaron en los labios mientras el calor aumentaba. El chico conjuró unos pétalos de rosas con su varita y con una mano los hizo levitar sobre ellos, encima de la cama.

-Que romántico -dijo Hermione, tomando la cara de Harry con ambas manos y besándolo fuerte.

Empezaron a sudar mientras hacían el amor, rodeados de pétalos de rosas y de pronto invadidos por hechizos de relax y placer a la vez, que parecía estar conjurando Hermione. Harry apuntó a la cama con su varita y de pronto esta se volvió más suave y pareció moverse ondeando desde los pies hasta la cabecera, como olas en el mar que se acercan a la orilla, al son del ritmo que llevaban los dos, como si tuviera vida propia.

Hermione lanzó un hechizo y ambos levitaron unos centímetros por arriba de las sábanas, lo que permitió que Harry acariciara toda la espalda de ella mientras se besaban y se movían desnudos uno sobre el otro. Levitando sobre la cama, empezaron a girar lentamente hacia un lado.

Mientras Harry penetraba a Hermione, giraron hasta quedar de lado, y luego Harry quedó abajo y ella arriba. Todo ocurría por arte de magia, mientras hacían el amor en medio de los levitantes pétalos de rosas. Fueron cambiando de posición, siempre flotando en el aire, ahora a un metro por encima de la cama. Harry apoyó ambos pies sobre las mantas y tomó a Hermione, que flotaba, le abrió las piernas y la colocó en posición horizontal ante él, que estaba de pie en la cama, y empezó a penetrarla de esa forma. Hasta sus senos parecían elevarse hacia arriba por el poder anti gravedad del hechizo.

Luego de eso, Harry se relajó hacia atrás, cayendo, pero quedando flotando en el aire con el cuerpo en diagonal y los pies separándose unos centímetros de la cama, quedando en el aire. Hermione pareció nadar hacia él, en el aire, como si estuvieran bajo agua. Le tomó su miembro viril con ambas manos y lo empezó a acariciar. Harry cerró los ojos y se recostó en el aire mientras sentía los labios de Hermione envolver su miembro y succionar. Le acarició el cabello, y sintió como este flotaba también, separándose de la cabeza de la chica.

Luego, Hermione nadó hasta quedar encima de él otra vez, y volvieron a hacerlo con ella sobre él, Harry rodeándola en brazos y ella besando su cuello mientras se movía flotando arriba y abajo, Harry penetrándola y acariciando su caliente espalda.

Estuvieron así hasta las seis de la mañana, sin parar. Finalmente, cuando acabaron los hechizos gravitacionales y volvieron a quedar recostados en la cama, sintieron esa sensación de flotar durante mucho tiempo más, aunque ya hubiera terminado. Se quedaron dormidos abrazados y desnudos, envueltos en mantas y abrigos de cama, el intenso calor del hechizo abrigándolos del frío polar exterior.

Despertaron cerca de las dos de la tarde, ambos a la vez. Se miraron a los ojos, iluminados por el tenue sol que se reflejaba desde afuera, y sintieron como si estuvieran juntos en los confines más remotos del mundo, allí donde nadie podía molestarlos ni perjudicarlos de ninguna forma; donde ningún hechizo malvado podía suceder, donde solo existían ellos, en un lugar de bondad y amor.

Nada malo pasaría allí.