41. Río de Janeiro, BR

El fuerte sol de la mañana se filtraba a través de la tela de la carpa. Hermione sonreía con unos lentes para el sol colocados en su cara, su cabello largo por debajo de los hombros recogido en una cola de caballo, y todo lo que llevaba por ropa era una bikini verde. Hacía un calor excepcional ese día.

Harry acababa de aparecer en el ambiente principal de la tienda, vestido también con un traje de baño, su cabello mojado y peinado, y un pomo de protector solar en la mano.

Desde que había despertado esa hermosa mañana, había decidido que ese día iba a ser diferente. Ese día no iba a ser amargo y sombrío. Ese día, tenía planeado algo enorme. Algo gigante. Lo había estado pensando esos últimos días, y finalmente lo había decidido y estaba seguro de que lo iba a ser.

El primer paso para poder lograrlo bien, de la forma correcta, era tomar ese día con un espíritu diferente. Ni bien despertaron, recibió a Hermione con el mejor desayuno que hubiera hecho en su vida, con frutas, tostadas, queso, fiambres, cafés, jugos de frutas, yogurt, masas y pan, bacon y tocino. Hermione fue tomada completamente por sorpresa ante aquello. Ahora, luego del desayuno, se prepararon para salir al exterior.

-¿Estás lista? -dijo Harry, sonriéndole ampliamente.

-Lista -dijo ella, sonriendo también. Él tendió su mano, que ella tomó, y caminaron juntos hasta la salida de la tienda. Harry se agachó para abrir el cierre, y ambos caminaron de la mano hacia el exterior, donde la arena y el viento los recibieron en el centro exacto de la playa de Copacabana, en Río de Janeiro, Brasil.

Algunas personas, muggles y magos, caminaban hacia la playa para disfrutar de esa hermosa mañana, pasando junto a la tienda sin saber que esta estaba emplazada allí, debido a los hechizos protectores. Harry la desarmó con la varita luego de agitar esta ante ella un par de veces, y guardó la carpa desarmada en su mochila extensible. Caminó junto a Hermione hacia un lugar en medio de la playa, dejaron sus cosas en el suelo y se recostaron en la arena. Harry apretó el pomo de protector solar y dejó que el contenido cayera en su mano. Empezó a pasárselo por la espalda a Hermione, que miraba el mar y las personas a través de sus gafas solares.

-¡Harry Potter! -chilló un niño de unos tres años, a unos metros de distancia, señalándolo con el dedo y empezando a correr hacia él, muy sonriente, agitando los brazos en el aire y dando saltos. Harry le sonrió y le tendió la mano para estrechársela, pero el niño se asustó y corrió de regreso con sus padres, tropezando en la arena.

Hermione empezó a reír, mirando al niño levantarse y seguir corriendo mientras chillaba y reía, contento. Quiso volver a ir hacia Harry, sin dejar de reír, pero entonces sus padres lo tomaron e, inesperadamente, abandonaron la playa con el niño chillando, sin mirar atrás. El niño, ahora cargado por su padre, empezó a llorar mientras gritaba que quería ir con Harry.

-Dejaron la playa -comentó Hermione, ya sin reír.

-Deben tener miedo de que aparezca Riddle y destruya toda la ciudad en pedazos -dijo Harry-. No puedes culparlos. ¿Verdad? Todo el mundo vio esa transmisión.

-Tienes razón.

Pero Harry no iba a dejar que nada arruinara ese día, porque estaba decidido a que fuera perfecto. Necesitaba algo que cambiara los ánimos, que hiciera que el episodio del niño quedara atrás rápidamente.

-¡Oye! -dijo, buscando dentro de su mochila extensible-. Mira lo que traje.

Harry sacó dos tablas de surf enromes, que salieron de la mochila con mucha dificultad.

-¡Oh!

-¿Tienes ganas?

Ahora que ambos habían aprendido a surfear en Oceanía, con olas enormes, aquello era como volar en una escoba para niños luego de haber ganado la Copa de Quidditch. Fueron a un lugar entre el puest de la playa, donde les dijeron que había olas más aceptables, y empezaron a hacerlo.

La conexión que se sentía con el mar al surfear iba más allá de un deslizamiento en tabla por su superficie. Ahora Harry entendía por qué los surfers eran también ambientalistas, ecólogos, y todo eso. Uno llegaba a conectar con la naturaleza bajo él de una forma que no podía conseguirse de otro modo.

Al mediodía, luego de surfear un par de horas, pidieron un almuerzo en un puesto de comida en medio de la playa atendido por magos donde servían platos típicos de magos brasileros; como palillos con quesos calientes, palillos con carne y cebolla, palillos con pollo, y palillos con cualquier cosa. A los magos brasileros les gustaba mucho que toda la comida estuviera clavada en palillos. Luego de eso, compraron dos vasos de cerveza de manteca y fueron comiendo mientras caminaban por la playa, bajo el radiante sol. A ambos les pedían autógrafos cada dos o tres pasos; la playa estaba llena de gente por el agradable clima.

-Eres mi heroína, Hermione -dijo una bruja de unos dieciocho años luego de que Hermione le firmara el brazo con un bolígrafo-. Hice un trabajo sobre ti en la escuela de magos a la que vamos aquí, sobre cómo ganaste la Guerra de los Unviersos. Ahora iré enseguida a un puesto de tatuajes de magos que hay aquí a dos cuadras a hacer que me tatúen esta firma y me quede en el brazo para siempre.

-Wow -exclamó Hermione, impresionada.

En el aire, pasando por encima de los edificios, agitando sus alas en un vuelo alto, un ave blanca como la nieve bajaba vuelo. Cruzó entre medio de varios edificios muy altos, siguió bajando hacia donde el ruido de los autos, las luces de los letreros y el constante ruido urbano silenciaron el susurro de sus plumas, mientras Hedwig llegaba hacia la playa, pasando todos los edificios. El ave descendió hasta encontrar a su amo, que estaba sentado en la arena con su novia, y alzó la mirada al verla acercarse, notoriamente emocionado de verla.

-¡Hedwig! -Harry recibió al ave con caricias y entusiasmo. Ella le dio unas picotadas amistosas en la mano y se dejó acariciar.

-Trajo la respuesta -dijo Hermione, tomando las cartas de la lechuza.

Al tiempo que Harry alimentaba a su ave, sosteniendo unas semillas en su mano y dejando que ella las comiera de allí, oyó a Hermione abrir los sobres y extraer los pergaminos de su interior.

-¿Es de Ron y Jose? -preguntó Harry, volviéndose hacia Hermione.

-Sí -dijo ella, leyendo a toda velocidad-. Dicen que están bien, que están preocupados por nosotros, que Ron quiere venir.

-Dijo Evangelina que aún no puede, dijeron lo sanadores.

Hermione le leyó la carta, donde ambos contaban que, básicamente, todo andaba bien en casa, en Inglaterra. Luego Hermione leyó otra carta, esta vez de Luna y Ginny del Universo 2, lo que explicó que Hedwig hubiera tardado tanto en entregar la correspondencia: Había sido convocada por las dos chicas, que allí eran pareja, para llevarles una carta desde ese universo, en la que ellas contaban que todo andaba bien allí también, que se habían enterado de lo de la transmisión, por una carta enviada a ellas por la señora Weasley desde el Universo 1, y transmitiéndoles su preocupación por la situación y también deseándoles buena suerte.

Más tarde, Harry invitó a Hermione a subir al Pan de Azúcar. Cuando llegaron a la base del morro, leyeron en un letrero el precio para subir en teleférico: 110 Reales. Harry empezó a buscar dinero muggle en su billetera, y Hermione lo detuvo con una mano. Cuando Harry alzó la mirada, vio que la chica le estaba pasando una escoba voladora, al tiempo que le guiñaba un ojo.

Instantes después, ambos volaban en un amplio círculo en torno al morro, con sus escobas. Con el paisaje bajo ellos, llegaron a la cima del morro, bajaron de sus escobas y caminaron entre los turistas, sacando fotografías al paisaje.

A la tarde, anduvieron por el centro de la ciudad, visitando las coloridas calles y paseando por los lugares turísticos. Al igual que en todas partes, la ciudad tenía sus lugares turísticos muy bellos y animados, y otros donde la miseria y la pobreza que existían detrás se hacía visible.

Volvieron a la playa cerca de las cinco de la tarde, y Harry se dejó caer en la arena, cansado, cerrando los ojos para tomar una pequeña siesta bajo el más tenue sol.

-Voy a surfear un rato -dijo Hermione, tomando su tabla-. ¿Vienes?

-Dormiré un segundito y luego me uno -dijo él, con las manos detrás de la cabeza.

-De acuerdo -Hermione corrió hacia el mar, y mientras la veía correr en bikini por la playa con la tabla bajo el brazo, Harry sonrió. ¿Aquella era Hermione? Ese viaje los había cambiado mucho. La vida los había cambiado mucho.

Harry sacó su celular entonces y, luego de comprobar que Hermione no miraba hacia atrás, abrió whatsapp y empezó a escribir un mensaje. La persona con la que estaba manteniendo una conversación allí, una chica, respondió al instante. Harry, algo nervioso, volvió a comprobar que Hermione estuviera en el mar sin mirarlo, y contestó ese nuevo mensaje. Leyó la nueva respuesta: "Estaré allí en 5 minutos".

Cinco minutos después, Harry estaba en una acera lindera a la playa, y una chica se materializó a pocos metros de distancia, de la nada misma, y Harry empezó a caminar hacia ella.

-Hola, Ginny.

-Hola, Harry.

Ambos se dieron un abrazo, y luego de eso se quedaron mirándose.

-¿Tuviste un buen viaje?

-Sí, gracias a ti -Ginny le lanzó una lata de cerveza vacía, que Harry atrapó al vuelo-. ¿Cómo lo conseguiste?

-Me lo dio un agente del Ministerio de la Magia de Inglaterra ayer, en San Pablo -explicó Harry-. Tú sabes. Vino a verme para hacer todo un reporte sobre lo ocurrido en Antártida. Hablamos un rato, me tomó una declaración… Burocracia. Luego de eso, me dio este traslador, para mi protección personal. No importa en qué parte del mundo esté, puedo usarlo para volver a Inglaterra. Es un traslador especial del Ministerio, para magos y brujas en peligro mortal. Y, ahora vemos, funciona también a la inversa, por lo visto: Lo envié hacia allí solo, sin mí, a tu casa, y tú pudiste venir aquí con él.

-Sí, parece que funciona bien -dijo Ginny, sonriendo-. ¿Por qué era tan importante que nos viéramos?

-Porque tengo que decirte algo -Harry miró hacia la playa, y luego nuevamente a ella-. Lamento no invitarte a tomar algo, o algo así, pero estoy con Hermione, y no quiero que sepa que me vi contigo.

-¿Por qué no?

-Tengo algo planeado -dijo Harry, sin entrar en detalles-. Hoy es un día especial. No quiero arruinarlo preocupando a Hermione con estas cosas. Quiero que esté tranquila, ¿sabes? Que disfrute. No es como que disfrutar sea lo que más hayamos hecho estos últimos días.

-Lo entiendo.

-Así que iré al grano. Ginny, sé cómo puedes volver con tu familia.

Ginny abrió grandes los ojos, y se acomodó el cabello pelirrojo detrás de la oreja. No esperaba aquello.

-¿De verdad?

-En tu universo, me dijiste que estabas casada conmigo. Con el Harry de ese universo. ¿Verdad? Y que teníamos hijos, unos hijos que no hemos visto antes, en otro universo.

-Sí, así es -dijo ella, y pareció temblar por las emociones que eso le generó-. Mike y Jessie.

Ginny dio entonces un paso adelante y tomó un brazo de Harry con fuerza. Le clavó los ojos marrones y su labio tembló mientras lo asía con fuerza.

-Harry -dijo, la voz quebrándose por la emoción-. Dime cómo.

-Elfos domésticos -dijo él, algo asustado por su reacción-. Todo lo que tienes que hacer es… Bueno, debes pedirle a un elfo doméstico que te lleve. Ellos saben cómo.

Ginny lo soltó y quedó pasmada, mirando el suelo, con la frente arrugada. Luego levantó la mirada nuevamente hacia él. Hubo unos instantes de silencio.

-Gracias -dijo, mientras una lágrima caía por su mejilla.

-No es nada -dijo Harry-. Pensé en decírtelo en persona, porque no quiero que nadie se entere. No es algo para escribir por carta. Lo ideal es que nadie sepa esto, Ginny, ya ha habido problemas por magos y brujas viajando entre los universos. Pero tú sí que merecías volver, porque tu familia de verdad está allí. Y te están esperando.

Ella avanzó y le dio un fuerte e inesperado abrazo.

-Muchas gracias, Harry -dijo, abrazándolo con fuerza. Harry le devolvió el abrazo, luego se apartó de ella y le dirigió una pequeña sonrisa.

-Hasta luego, Ginny -la saludó, devolviéndole la lata de cerveza-. No te preocupes por devolverme el traslador.

-¿No lo necesitarás?

-No tengo planeado volver a Inglaterra -dijo Harry-. Puedes quedártelo.

Ginny se acomodó el cabello otra vez, que se le volaba con el viento, y le sonrió por última vez.

-Cuídate mucho, Harry.

Media hora después, Harry surfeaba con Hermione, disfrutando las últimas horas de sol. Ambos reían mientras se deslizaban por las olas, de vez en cuando siendo golpeados por alguna y cayendo al mar, donde se sumergían y eran revolcados por la corriente. Luego de cenar en un restaurante, Harry sugirió subir al Cristo Redentor para ver el anochecer. Los rayos de sol de la tarde desaparecían en el cielo con un paisaje digno de una postal, sobre el Cerro del Corcovado.

Harry empezó a sentirse nervioso, porque había llegado el momento. Había estado planeando aquello demasiado, y ahora que era el momento no sabía qué decir. En un momento había escrito, durante una de las últimas noches, todo un discurso en un pergamino, que ahora no podía recordar por los nervios.

Hermione miraba el paisaje, sonriendo, mientras Harry la abrazaba por detrás. Su cabello le volaba en la cara por el viento.

-Hermione, quería decirte algo -empezó Harry, más nervioso que nunca. Ella giró la cabeza lentamente y se lo quedó mirando.

Se hizo un silencio, durante el cual las palabras escaparon por completo a Harry, yéndose volando por el cerro hacia el mar.

Mientras el anaranjado atardecer caía sobre el hermoso rostro de Hermione, su cabello castaño sobre sus ojos marrones, Harry sacó una cajita de su bolsillo, la abrió mientras se arrodillaba y exhibía un anillo dorado en su interior.

-Hermione, ¿te casarías conmigo?

Ella no pareció tan sorprendida, pero la última luz del sol de la tarde alumbró una expresión agradable en su cara, un momento de felicidad en el que la chica primero sonrió, y luego mostró los dientes mientras lanzaba una risita nerviosa y asentía rápidamente con la cabeza. Tomó el anillo, se lo colocó en el dedo, y entonces lo ayudó a incorporarse con una mano, se acercó a él y se besaron largamente, abrazados.