43. Cali, CO

Atravesaron Perú volando de este a oeste, por encima de todo el tramo que separaba Iquitos de la Zona Reservada Santiago-Comaina. Pasaron por la cordillera del Cóndor en el alto río Comaina, cruzando por ella desde Perú hacia Ecuador.

Durante esa parte de la travesía, no dejaron de ver extrañas aves en el cielo, sobre los árboles, y cuando bajaban para recorrer un poco por tierra, en la selva, o para acampar, se cruzaban con especies de animales que no sabían que existían, como el frailecillo, algo que Harry describió como "un pingüino con pico de tucán". También vieron cóndores, como indicaba el nombre de la cadena montañosa, y hasta un par de jaguares. En cuanto a las especies mágicas, vieron algunos Clabbert, especie originaria de Sudamérica que vive en los árboles, parecida a una rana, que se balanceaban por las ramas de los árboles; y también varios Dugbog, que parece un leño al estar inmóvil, pero luego, al acercarse, se le ven unas patas delgadas y dientes afilados. Pero lo más impresionante de todo fue el avistamiento de un Vipertooth peruano, en un atardecer hermoso del mes de mayo, en el que vieron al dragón, a lo lejos, desplegando sus alas sobre las cadenas montañosas que había ante ellos, tras un espeso manto de árboles que cubrían todo.

Una vez en Ecuador, pasaron por las ciudades de Zamora y Loja, hasta decidir hacer un tramo por carretera muggle. La decisión vino porque, luego de tanto vuelo en escoba, atravesando Sudamérica de este a oeste, desde las playas de Brasil por el Amazonas hasta Ecuador, estaban hartos de volar.

Hermione prestó la tarjeta de crédito muggle de sus padres, de la cual tenía una extensión, en una casa de alquiler de autos. Llenaron los papeles para obtener uno, que devolverían en otra oficina de la agencia de alquiler en Guayaquil, varios días después.

Minutos después, salieron de la oficina de alquiler con un Kia Picanto, el más barato que había. Pusieron música muggle, enchufaron sus celulares muggle para que se cargaran con un cargador conectado al cenicero, lanzaron sus escobas voladoras al asiento de atrás, con sus mochilas extensibles, y Harry abrió una botella llena de chicha de jora, bebida típica de esos lugares que sirvió en dos vasos plásticos. Luego de brindar, sonriendo, Harry se ajustó sus lentes para el sol y bebió de su vaso, mirando por la ventana. Hermione, a su lado, conducía el vehículo por la E35, sonriendo.

-Amo los viajes en carretera -comentó ella, subiendo el volumen de la música y moviendo la cabeza al ritmo de la canción mientras bebía un trago de chicha y aceleraba.

Los paisajes pasaron junto a ellos por la ventanilla, mientras el Kia Picanto demostraba de qué era capaz con la alocada conducción de una Hermione con ganas de velocidad, música y viaje por ruta.

Los lugares pasaban junto a ellos de forma borrosa y quedaban rápidamente atrás: San Pedro de la Bendita, Velacruz… Luego salieron de la E35 para avanzar por la E50. La Transversal Sur los llevó rumbo hasta Arenillas, y de allí a la frontera con Perú. Luego de pasar por migraciones, y entregar sus varitas mágicas para una rápida inspección de identidad, ingresaron nuevamente en Perú, ahora en la costa del Pacífico. Siete horas después de haber alquilado el auto, llegaron al lugar donde pasarían la noche y los dos días siguientes: la playa peruana de Máncora.

El océano Pacífico los recibió nuevamente. La última vez que habían tocado sus aguas con los pies descalzos había sido en playas de Nueva Zelanda, semanas atrás. Pero ahora, mucho más al norte y sobre todo en las costas totalmente opuestas de aquel océano, en América, Máncora los recibía con una playa que no tenía nada que envidiarle a esos paraísos del Pacífico de Oceanía.

La tranquilidad se palpaba en el aire, cuando la pareja de magos de veinte años se recostó en la arena a descansar bajo palmeras, con turistas y comerciantes muggles alrededor, venidos de todas partes. El clima era agradable y la comunidad del lugar muy tranquila. Tuvieron dos días de puro descanso y relax allí.

Volvieron sobre sus pasos luego de eso, algo que no habían hecho en todo el Magic World Tour, pero que se sintió necesario hacer ahora, para poder continuar en auto. Tomaron la misma ruta, esta vez de regreso, volvieron a cruzar la frontera con Ecuador en dirección contraria pero esta vez continuaron hacia el norte, hasta Guayaquil. Cuando devolvieron el auto, Harry se llevó un susto porque Hermione había golpeado sin querer una especie de monumento en medio de la ciudad de Naranjal, donde se leía "La fuerza del progreso", y el auto había quedado estampado bajo esa inscripción. Sin embargo, el daño había resultado en nada más que una pequeña marquita en el capó, de milagro, ya que iban despacio. Pensaron que la agencia les cobraría alguna multa por el daño, pero no parecieron darse cuenta.

Se quedaron un día en Guayaquil, y luego llegó el momento de montar sus escobas otra vez. Harry, que amaba volar en escoba, concluyó en que era su transporte favorito, y estaba contento de poder volver a subir por encima de las nubes para atravesar enormes distancias en muy poco tiempo.

-Odio volar -se quejó Hermione, subiendo a su escoba de mala gana. Dio una patada al suelo de Guayaquil, como despedida de la ciudad ecuatoriana, y emprendió vuelo junto a Harry. Volaron por los cielos sudamericanos por sobre Quito, por encima de la frontera con Colombia y por cielos colombianos, hacia el norte.

Cuando llegaron a la altura de unas montañas rocosas altas y con hermosos paisajes, bajaron vuelo hasta la cima de ellas para sacarse fotos allí y acampar una noche en la cima, bajo las estrellas.

-¿Dónde estamos? -preguntó Hermione, a la mañana siguiente. Ninguno de ellos tenía la más remota idea de dónde estaban. Habían estado volando sin un destino premeditado hacia el norte, por el cielo, sobre un manto de nubes que no les permitía ver nada. Luego habían visto la cima de esas montañas entre las nubes y habían bajado hasta allí, a descansar del largo vuelo. Las nubes se despejaron, por la mañana, y les permitieron ver, bajo ellos, un paisaje natural de montañas rocosas mezcladas con vegetación y un valle bajo ellos.

-No tengo idea, pero todas estas montañas son fascinantes -dijo Harry-. Hemos visto cantidad de montañas altísimas en este viaje, que jamás hubiéramos podido imaginar en Inglaterra.

-Scafell Pike se queda chico ante esto -bromeó ella, un chiste que Harry no entendió.

-No conozco Scafell Pike -dijo Harry-. ¿Dónde es?

-En Lake District National Park -dijo ella-. Más al norte de Mánchester, o Liverpool. Algún día tenemos que hacer un viaje de un año por Inglaterra, para que conozcas tu propio país.

-Sí, sería genial -dijo Harry-. Aunque no podrá superar esto.

Se quedó mirando el paisaje, asombrado, con el viento en la cara, mientras Hermione buscaba en su celular.

-Mira, tengo internet aquí arriba -dijo ella-. Aquí veo dónde es que estamos.

-¿Dónde?

-En Farallones de Cali, cerca de la ciudad de ese nombre. Según Wikipedia, son formaciones rocosas de 4100 metros sobre el nivel del mar en la cordillera occidental de Colombia. Podemos bajar a la ciudad, pasar un par de días allí.

-De acuerdo -dijo Harry, y empezó a guardar la carpa con una serie de hechizos, quitando también los encantamientos protectores-. ¿Quieres bajar de un salto, o…?

Hermione rio de lo que pensó era un chiste.

-Yo quiero bajar saltando -dijo Harry-. Es más emocionante.

-Siempre lo dije, Harry, debiste haberte dedicado a los deportes de riesgo.

-Sí, totalmente -Harry le lanzó una escoba a Hermione, que ella atrapó al vuelo. Entonces, el chico hizo un saludo a su novia con la mano, como despidiéndose, se acercó al barranco y saltó por él, a cuatro mil metros de altura, con su mochila colgada a la espalda y la escoba aferrada en la mano, pero no entre sus piernas.

-Siempre hace lo mismo -dijo Hermione, hablando sola. Se subió a su propia escoba de la forma apropiada, pasando primero las piernas por encima de esta y luego dando una patada al suelo para levantar vuelo, antes de volar con cuidado hasta el precipicio también y empezar a bajar, en el caso de ella de forma mucho menos empinada y mucho más cautelosa.

Cali era una ciudad que los sorprendió y para la cual "un par de días" demostraron no ser suficientes para recorrer. Allí, ambos tomaron clases de salsa, recorrieron edificios antiguos, fueron al museo de la Tertulia, disfrutaron de un clima perfecto, y del ambiente más feliz que hubieran visto en su viaje por Sudamérica.

Caminaron a través de la ciudad, sacaron fotos a la iglesia La Ermita y a la escultura de un gato de más de tres toneladas.

-Oh, cómo extraño a Crookshanks -comentó Hermione, mirando la escultura tristemente.

-¿Dónde está?

-Lo está cuidando mamá -explicó ella, sacando una foto-. Pero la última vez que hablamos por whatsapp me dijo que le estuvo rayando todos los muebles con las garras, y que ya no lo quiere. Le dije que luego le arreglo los muebles con algún encantamiento, pero ya sabes cómo son. Se molestan igual.

Pronto descubrieron que había muchos otros monumentos con forma de gatos, pintados, lo que hizo que Harry empiece a llamar a ese lugar "la ciudad de los gatos".

Luego de cenar un sancocho de gallina en un marcado de comidas de la ciudad, los chicos fueron a un hostel de magos donde se hospedaron esa noche, buscando algo distinto a la carpa.

Allí, un mago los recibió en la recepción, donde les pidió sus varitas, como era habitual, para registrarlos. Luego de devolvérselas, les entregó un trozo de pergamino donde estaba escrita con tinta la contraseña para ingresar a su dormitorio privado con cama matrimonial. Bajo ella, también estaba escrita la contraseña del wifi.

-"Empanadas vallunas" -dijo Hermione, apuntando a la puerta con su varita, y la puerta del dormitorio se abrió.

Esa noche, estaban durmiendo plácidamente en la cómoda cama del hostel, ambos abrazados, en ropa interior, tapados con una sábana y oyendo el ulular de Hedwig en el borde de la cama, donde el ave estaba de pie, picoteando el colchón.

Harry estaba por quedarse dormido. La última vez que entreabrió los ojos, vio en la oscuridad al ave blanca como la nieve, que no dejaba de hacer ruido caminando por el borde de la cama, a sus pies. Seguramente quería salir a cazar, pero como tenían las ventanas cerradas no podía hacerlo, así que los molestaba a propósito para que le fueran a abrir la ventana. Harry, sin embargo, estaba tan agotado por la caminata de esa tarde por toda la ciudad, que no tenía energías para hacerlo.

Empezó a quedarse dormido abrazando el cómodo y cálido cuerpo de su novia, semidesnuda bajo las sábanas. Sus piernas estaban entrelazadas, y ella se había quedado dormida con el cuello sobre el bíceps de Harry.

Un sueño profundo empezaba a adueñarse de Harry. Sintió cómo la habitación del hostel iba quedando atrás, el sueño ahora dominando su cuerpo y su mente. Era cuestión de segundos hasta dormirse…

Pero, de pronto, Harry abrió los ojos. Algo le impidió dormirse, a solo segundos de hacerlo. Frunciendo el ceño, miró a los pies de la cama, hacia aquello que había llamado su atención: Hedwig ya no estaba haciendo ruidos.

Se dio cuenta, al mirar allí, que Hedwig ya no estaba. ¿A dónde había ido?

Harry levantó un poco la cabeza, cuidando de no despertar a Hermione, y buscó a su ave con la mirada, pero no podía encontrarla.

De pronto, materializándose en la nada misma, Hedwig apareció de vuelta. Estaba otra vez a los pies de la cama, caminando por el colchón, pero ahora llevaba algo en el pico.

Una carta.

Harry sacó el brazo de debajo de la cabeza de Hermione con mucho cuidado, para que no se despierte. Se sentó en la cama muy lentamente, estiró un brazo hacia Hedwig y la sacó la carta del pico. El sobre estaba en blanco. Entonces, lo abrió y sacó el pergamino en su interior. Empezó a leerlo:

"No están solos en esto. Conozco una debilidad en Tom Crug. Estoy planeando su destrucción desde hace muchos años, y sé exactamente cómo vencerlo. Cuando llegue el momento, Harry, solo recuerda esto: 'La felicidad se puede hallar hasta en los más oscuros momentos, si somos capaces de usar bien la luz'".

La carta finalizaba allí.

Harry se quedó mirando la pulcra escritura, y la última frase escrita en el pergamino. Una frase que había oído antes, en palabras de un mago a quien estimaba mucho.

Una sonrisa se formó en los labios de Harry, con el pergamino en la mano, y se quedó mirando a Hedwig, que parecía guiñarle un ojo desde los pies de la cama.

-Dumbledore -susurró.