Bienvenidos a un corto fanfic relacionado con la fecha.
Esta historia la escribí en enero de 2018 y recién ahora pude publicarla.
Disclaimer:Crash Bandicoot y sus personajes pertenecen a Activision.
Capítulo 1
Día de sorpresas
Luego de perder como costumbre ante los suertudos Bandicoots, que siempre estaban ahí para echar por tierra todos nuestros planes, el líder del N Team, es decir, el doctor Cortex convocó a una reunión para hablar sobre nuestro último desastre. Qué extraño era conversar de algo que sucedió hacía meses, aunque supongo que recordar la gran paliza que nos dieron, tratando de ganar en una competencia de autos, le resultaba muy doloroso. A pesar de que contábamos con las pociones casi mágicas del doctor Brio, que nos hacía recuperar con rapidez de los raspones, golpes y quebraduras, no podíamos olvidar que fuimos lastimados más que en otras ocasiones. Si bien por un lado me llamaba la atención, por otro casi podía adivinar lo que el cabezón iba a decir, o más bien, a vociferar: que yo tenía la mayor o toda la culpa. Siendo sincero, no quería ir a ese encuentro y más aun sabiendo que dos de mis colegas de equipo, el maestro del tiempo y el creador del rayo evolutivo, se tomaron como unas vacaciones y desligándose de nosotros por un rato, en especial de aquel casi calvo. Sólo quedamos tres activos en el grupo: el iracundo de piel amarilla, su sobrina gótica, y yo, el que terminó con un misil en la cabeza por un peculiar accidente. Me gustaban más las reuniones en donde hablábamos sobre la siguiente idea para adueñarnos del mundo, o que adquiríamos alguna arma de destrucción masiva, pero, llegué a odiar esas charlas post-derrotas, en donde sólo nos recordaba lo inútiles que éramos.
También detestaba esas conferencias, ya sea de las buenas o no tanto, porque me interrumpían mis negocios en el mercado negro, a bordo de mi acorazado, cosas que lo consideraba como un sueño cumplido. Eso podía oírse como algo egoísta, más aun para el tipo con la N marcada en la frente, que siempre quería que me dedicara solamente a seguirlo en sus alocados planes, mas él no contaba que una parte de las ganancias financiaba la educación de su pariente. Así lo era, yo pagaba para que Nina fuera a la Academia del Mal de madame Amberley, algo de lo que debería ocuparse su tío que sólo malgastaba su dinero en cosas de su laboratorio. Cuando él me anunció sobre esta junta, me habló con ese carácter brusco con el que trataba a todos, salvo a su amada familiar, aunque también él intentaba amedrentarme, quizá sea porque no tenía carácter para enfrentarlo. Nos reunimos temprano a la mañana, en aquel laboratorio que estaba cerca de la Antártida, con lo que era indudable que hacía un frío terrible, sin embargo, yo iba resguardado dentro de un vehículo especial para nieve. Aun así, me morí de frío esperando en la entrada, siendo apuntado de un modo amenazante por esas cámaras con láser, hasta que la joven me abrió, alegrándose al verme pero también viéndose molesta por tener que ir la reunión. Ella me guió hasta la sala de conferencias, taladrándome los oídos con sus anécdotas de la escuela mientras íbamos allá, haciéndome pensar que necesitaré un analgésico antes de lo previsto.
—Quisiera saber —dijo Neo luego de que Nina hizo una introducción al tema con diapositivas y todo—. ¿Por qué los disparos no atravesaron el metal con el que esos estúpidos marsupiales se protegieron? Y también, ¿por qué sólo un insignificante pollo atascó las turbinas? Explícalo.
—No creí que era necesario utilizar balas reforzadas —respondí de manera calmada ante el que sufría ataques de ira, que sólo me miraba con cada vez más odio—. Y lo otro, era de esperar que sucediera, porque esos pollos son como una especie de arma, como una granada de mano.
—¡Ya basta! Lo que pasa es que tú eres un completo inútil. Debiste prevenir lo que ellos harían.
No me atreví a decirle lo tonto que sonaban esas palabras, ni que tampoco que él estaba tras el volante de la nave aquel día, pero él no dio tiempo a pronunciar nada porque decidió algo como una forma de castigo. Me dijo que debería deshacerme de mi acorazado y así poder estar más enfocado en el equipo o, de lo contrario, me echaría a patadas del N Team para siempre. Él no sabía lo que decía, suponía, porque ¿qué iba a suceder con Nina o cómo pagaríamos los gastos para mantener un laboratorio en el fin del mundo? Sí, sepan que también cubría los gastos de medio edificio, pero no, esas cosas no eran importantes para el barbudo que no sé bien por qué me odiaba tanto. Quería protestar, sin embargo, él cambió de tema por completo anunciando que estaba trabajando en un nuevo plan de dominación mundial y que contaba conmigo para crear máquinas como nunca antes. La chica también estaba interesada en esta idea, incluso se planeó que ella tuviera sus propios secuaces, y ella además contó que harían revivir a Uka Uka, porque él aportaría su magia maligna. No quería admitirlo pero esos dos lograron convencerme, y cuando consigamos este objetivo, imagino que por fin ellos me dejarán en paz para hacer lo que yo quiera. Fue así que les dije que sí iba a abandonar mis sueños de estar al frente de un buque de guerra y comerciar en el mercado negro, aunque realmente sólo quería alejarme por un rato. Jamás lo abandonaría y pedí tiempo para acomodarme.
—¿Qué voy a hacer? —me pregunté cuando regresaba al gran barco, descubriendo que debería resolver unos cuantos problemas bastante difíciles—. ¿Quién estaría a cargo en mi ausencia?
No dejaba de pensar en todo esto, hundiéndome cada vez más en una angustia porque, algún día, Cortex descubrirá que no hice tal como me lo ordenó, y esa vez sí tendría que despedirme del acorazado en serio. No estaba logrando nada reflexionando, viendo sólo el lado malo; quería pensar en otra cosa o mejor en nada, buscando algo que me distrajera por un rato. Cuando me pasaban cosas así, lo que más me gustaba era salir por ahí, conduciendo alguna de mis naves, y me fui enseguida a bordo de un vehículo anfibio. Por más que me quedaran algunas secuelas después de esas violentas carreras, quería regresar al parque temático de Von Clutch por alguna razón, tal vez para competir contra alguien por premios insignificantes, como diría aquel gallo relator. Demoré un poco en llegar pero ahí estaba: el Mundo del Motor estaba en frente de mí, enviándome todo tipo de recuerdos, y aquella rara sensación de estar rodeado por mucha gente me invadió. Por suerte, creo yo, que las personas no se asustarán tanto por mi apariencia ya que volvía a tener el pelo anaranjado, no me veía tan pálido, y traía puesto ropa algo más normal, en lugar de la bata de laboratorio. El lugar estaba como siempre, si bien esta vez no había tantos visitantes, como en otros días, aun así los espacios estaban llenos para los idiotas que querían participar en las carreras, mas siempre quedaba un hueco por si alguno no duraba. Ahí entonces entré en la pista Piratas de Carburadores, una de mis favoritas.
—Fueron tontos al tratar de competir contra mí. ¡Tontos! —exclamé cuando traspasé la línea de meta, consiguiendo desde luego el primer lugar. Después dejé el vehículo atrás para ir en busca de mi premio, ya que quería desbloquear aquel auto que lo bauticé como "Buggy de la Muerte".
—También está libre la pista de acrobacias, por si querías ir —dijo una voz chillona detrás de mí, una que se me hacía conocida, pero que me sorprendió de repente—. Por cierto, hola N. Gin.
Me di la vuelta y ahí estaba ella, la chica zarigüeya, Pasadena, con ese mismo traje especial para pilotar esos autos que a veces eran tan raros. Ella estaba otorgando las monedas como premios, y a modo de la respuesta que estaba esperando, le respondí que por el momento no quería ir a dicha pista, que prefería ir primero a por algo de tomar. La mutante me volvió a sorprender ya que quería acompañarme, y agregó que podía perder el tiempo de esa manera porque su jefe no le estaba pagando bien, otra vez, al igual que los demás trabajadores del parque. Nos fuimos hacia un puesto de comida, atendido por uno de esos tantos trabajadores con traje a prueba de radiactividad, y le invité a la de cola prensil un vaso con gaseosa, que le venía bien para tolerar el día caluroso. Así era, desde que Willie Wumpa Cheeks, la no tan buena mascota del parque, explotó de tal manera que terminó salpicando a todos con su pulpa, en lugar de sangre, dejaron de circular sus famosos batidos. No sé qué se traía entre manos ella con esa repentina amable actitud, si estaba del lado de los tres hermanos, aunque quizá sólo me utilizaba para mitigar su aburrimiento. Creo que me leyó la mente cuando notó que ninguno de los dos entablaba una conversación, diciéndome que estaba en el Mundo del Motor todo el tiempo y se le hacía difícil conseguir amigos. Cuando pregunté si se juntaba con los Bandicoots, ella respondió con cierta pena que no volvieron a encontrarse.
—Jamás volvieron a asomar sus narices por aquí —comentó viéndose un poco molesta, si bien luego bajó la vista con tristeza—, y tal parece que todos mis intentos por conquistar a Crash no salieron como yo quería. No sé qué me salió mal, tal vez debí optar por un método más drástico.
—No deberías preocuparte por ellos, en especial por ese marsupial de cerebro estropeado —le aconsejé aunque temí que se enfadara por haber insultado a su amado. En un instante, descubrí que teníamos algo en común: no pudimos conseguir nada con los marsupiales de pelo naranja, salvo un rechazo que nos lastimaba, ya sea ella, por parte del adicto a las frutas wumpas, y yo, por querer a la pequeña hermana de éste. Por suerte, no le afectaron esas palabras, entonces seguí hablando—. Quizá sea él el del problema. Tuvo novia en una sola ocasión, pero no duró.
Con eso, ella se mostró interesada con el chisme y nos quedamos hablando un rato más de ese mutante que no hablaba, hasta que cambié el tema proponiendo competir en una carrera. Ella sonrió al oír eso último y, al momento de elegir la pista, por una extraña razón coincidimos en optar por Ciudad del Mal. Nos alejamos del puesto para buscar ese lugar que se asemejaba a los espacios de los cuentos de hadas, y fuimos directo hacia esa pista, compartiendo anécdotas acerca de la competencia anterior durante el camino. A pesar de que nos propusimos averiguar cuál de los dos era el mejor, a mitad de la segunda vuelta, Pasadena me decía algo con la mirada que no sabía bien que era hasta que su auto empezó a echar chispas azules. En un abrir y cerrar de ojos, nuestros dos vehículos estaban combinados, colocándose ella en la torreta, utilizando esa arma semejante a una ballesta, y yo por supuesto tras el volante. Me decía que era más divertido de esa manera y también para conseguir puntos extra dándole a los blancos, como esa gran mano que aplastaba coches. Consiguió que me riera por esa forma violenta de derrochar municiones a lo loco y también por las burlas que le decía a los demás rivales, sin embargo, pese a que no era muy buena disparando, me gustó hacer equipo con ella porque hacía mucho que no me reía así. Rápido la zarigüeya se quedó sin munición y quería utilizar mi lanzamisiles, algo que no se lo permitiría.
—Es mi turno ahora —grité porque el ruido del motor era bastante fuerte y ella protestó tal vez un poco exagerando, algo que otra vez me causó gracia—. Bueno, lanza sólo un par de misiles.
—Ya verás cómo ese dragón se convierte en chatarra —exclamó la chica luego de agradecerme.
Sí que la rubia logró darle a ese bicho mecánico, pero también una parte del fuego que echaba este alcanzó a quemar algunos sectores del transporte, provocando por suerte unos pequeños incendios. El viento se encargó de apagarlos luego, aunque un humo negro y contaminante nos alcanzó, haciéndonos toser. Después de una caída y de atravesar la línea de meta, conseguimos el primer puesto con una gran ventaja ante esos simples turistas, que ninguno estaba a nuestro nivel. Ya con las monedas obtenidas, estábamos regresando al puesto de comida, recordando la reciente carrera y de cómo los participantes caían con torpeza en las trampas, hasta que me fijé que ella tenía hollín por todos lados. Se lo hice notar y me dijo que yo estaba igual de sucio, con lo que la muchacha sugirió ir a su taller para tratar de sacarnos esa cosa, aunque creía que no era para tanto. La mecánica insistió y me guió hasta ese lugar subterráneo, que también quería visitar ya que me interesaba ver qué máquinas tenía, porque aún era un misterio para mí lo de esos autos que se combinaban para formar uno solo. Era toda oscuridad el sitio hasta que se fueron encendiendo los tubos fluorescentes, haciéndome notar que estaba ante un gran taller, donde había autos ya armados y también los que estaban desarmados por completo. Tenía que admitir que Pasadena era una chica un poco desordenada, con piezas por todos lados; algo muy común que sucedía a los que trabajábamos con máquinas. Fuimos hacia el fondo de la nave.
—En serio, no hace falta —protesté mientras que ella, quien hacía oídos sordos, me empujaba en dirección hacia el baño, porque aquel extremo del área de trabajo se veía como una casa.
En verdad que yo estaba hecho un desastre, más de lo normal, cuando me miré en el espejo, así que enseguida traté de quitarme la suciedad con el agua, aunque mucho no pude hacer contra la peste de la goma quemada. Terminé rápido con este asunto porque ya era hora de regresar al acorazado y hacer esa cosa que estuve evitando todo el día, y al salir no encontraba por ninguna parte a la mutante. Cuando la llamé en voz alta, ella respondió que la esperara, y después de un par de minutos, la encontré ahora vestida con una bata de color fucsia y su largo cabello estaba mojado. Ella parecía distinta de esa manera, donde se resaltaban sus ojos verdes, pero no debía mirarla tanto y me fijé en la hora: faltaba poco para que se cerrara el parque y le dije que tenía que irme. La zarigüeya se veía molesta, explicando luego de que todo el mundo huía de ella, que todos la abandonaban y traté de decirle que eso no era cierto. Le comenté que, si su intención era que fuéramos amigos, yo no era la persona indicada para eso, por ser un científico malvado, sin embargo, ella me dijo que no le importaba. Eso último hizo que le diera una oportunidad, ya que hacía mucho tiempo que nadie se esforzaba por conseguir mi amistad, y ella dio un salto de alegría para abrazarme, haciendo que me volviera a sorprender. Estando ahí tan cerca de ella, sentí un perfume que me encantaba, y la suavidad de su pelo.
—Ahora que somos amigos, podemos decirnos lo que sea… —me dijo ella al oído, consiguiendo que se me hiciera un nudo en la garganta—. ¿Acaso sabías que tienes un cohete en la cabeza?
Me alejé de ella un paso para reírme de su ingenuidad, y mientras tanto le explicaba que sí lo sabía, que lo tenía por un accidente, aunque al rato me quedé en silencio y miré hacia otro lado, con lo que ella casi al instante se dio cuenta de por qué lo hacía. Su bata se deslizó un poco a los costados, dejando que se viera parte de su sujetador fucsia también, y ahora fue el turno de ella para reírse y acomodarse su ropa al mismo tiempo. No obstante, ella dejó de reír para pasar a la alarma, porque vio el largo arañazo que tenía en un brazo, producto de la explosión del dragón mecánico. Ella salió corriendo hacia no sé dónde y de nuevo le dije que no se molestara, a gritos esta vez, pero volvió enseguida con una gasa y se disculpó por no tener un desinfectante como se debe. No sabía de qué rayos estaba hablando y no hubo tiempo para preguntas porque ella me agarró el brazo de repente y me pasó la gasa mojada con algo que parecía ácido, por lo que me ardió. Sospecho que la marsupial quería verme sufrir o yo qué sé, porque sonreía mientras me quejaba, y luego ella dejó ver una botella que traía con su cola prensil. Ella confesó que me desinfectó con whisky, el cual provenía de su propia destilería, y luego llenó dos vasos diminutos que sacó del bolsillo para que probara su creación. Desconfiaba y tomé el vaso con inseguridad.
—Por nosotros —exclamó ella con una sonrisa, alzando su bebida para brindar.
—Claro, por nosotros —dije, sintiéndome un poco tonto, y aquel líquido me quemó la garganta.
Dejen review y pasen a leer el próximo capítulo.
