Egyptian Guitar by Kaiba Kisara
Chapter IX: Here with me
"I won't go, I won't sleep, I can't breathe until you're resting here with me..."
El sol comenzaba a morir, agonizante aún transmitía su calor.
Egipto era cobijado por la oscuridad y la frescura de la noche, y allí en lo alto la luna recuperaba su trono. Las estrellas brillaban como diamantes, alabando a su reina.
"¿Guerra? ¡No hemos tenido guerra desde hace cincuenta años!" La voz del Sumo Sacerdote se alzó en toda la habitación.
"Seth, cálmate, por favor..." la otra sacerdotisa, Isis, suspiró, "no quiero hacer un desorden por esto..."
"Debí sospecharlo desde un principio, los hititas no son de confiar" suspiró uno de los guardias personales del faraón, y uno de sus confidentes, un muchacho de ojos azulados y cabello hasta los hombros de un color dorado, como oro.
"No creo que sean los hititas" Isis miró a los presentes, "esta guerra es interna"
"¿Hablas de una conspiración?" Seth la miró sin poder creerle.
"¿Quién sería tan idiota de levantarse contra los dioses?"
"Alguien que verdaderamente no teme el poder de Maat, ni de cualquier otro dios. Lo vi, sombras" la sacerdotisa cerró los ojos, "el fuego del mismo caos..."
"¿Qué debemos hacer?" el miedo se apoderó del guardia, un escalofrío recorrió su cuerpo y un brillo de dolor se plasmó en sus ojos con intensidad al mirar hacia Isis.
"Proteger al faraón, él sabrá que hacer. He alertado a los demás..."
"El faraón ha estado muy ocupado con los preparativos del nuevo año, sería una carga más si le decimos..." Seth suspiró y llevó la copa de vino a sus labios.
Su hogar había formado parte de sala de reuniones, era un lugar seguro y alejado de cualquier persona indeseada. Decorada con elegancia, dicha casa era un santuario tanto para él como para su esposa. Un rincón, un refugio para ambos y nadie más. Kisara se había convertido en su sanidad mental; su dulce esposa era el remedio para el cansancio que llevaba cargando desde el momento en que había aceptado el puesto como Sumo Sacerdote.
"Seth, descansa... Buenas noches" Isis hizo una suave reverencia y salió, seguido del guardia quien sonrió y agitó su mano en el aire deseándole también buenas noches.
Había un viento extraño. Las cortinas se movían de manera diferente, las velas se habían apagado e incluso la luz de las estrellas era más tenue y mortecina; el olor de la noche hacía palpitar rápidamente su corazón y allí en el silencio creyó ver una sombra que cruzaba por el cielo.
El sacerdote agitó la cabeza y suspiró.
"No debo juntarme tanto con Isis..." suspiró y ordenó a sus sirvientes que ordenaran la habitación.
Seth decidió descansar, avanzó por los pasillos decorados con plantas, velas y algunos jeroglíficos, incluso con pinturas de los dioses.
Entró a la habitación, a su habitación.
Allí en la cama se encontraba su bella y joven esposa envuelta entre las sábanas, la luz que entraba por el balcón hacía brillar su cuerpo, como si fuese una ofrenda de los dioses; Seth sonrió y, sentándose en la cama, acarició su mejilla con suavidad por unos segundos antes de que ésta abriera los ojos con pesadez.
"¿Seth?" una sonrisa se dibujó en sus labios.
"Descansa"
"¿Cómo estuvo su reunión?"
"Ah, asuntos del palacio, no sé por qué Isis se preocupa de más..." mintió, haría cualquier cosa por verla feliz, por portegerla.
Kisara llenó la habitación de su melodiosa risa.
"Vuelve a dormir, Kisara... Mañana será un largo día" besó su frente.
"Buenas noches, amor, descansa..." y las palabras se fueron apagando en sus labios.
Seth asintió suavemente y dejó escapar un leve suspiro, se recostó al lado de su esposa hasta que ella por fin se rindió ante el cansancio. Con cuidado de no volverla a despertar avanzó hacia la puerta y, sin hacer ruido alguno, salió de la habitación.
Había algo diferente, y extraño, en el ambiente. Algo que no dejaba descansar su alma.
Para él la mañana llegó temprano, como si al cerrar los ojos y abrirlos rápidamente Ra estuviese cruzando el firmamento en su divina carrosa.
El sacerdote suspiró, maldiciendo en voz baja.
Los esclavos le avisaron que su esposa ya había partido a sus clases rutinarias de danza y canto, Seth sonrió suavemente al escuchar su nombre y volvió a tomar su típica y característica seriedad.
Su día comenzó con la preparación de los Templos para el nuevo año, una pequeña escolta de guardias lo acompañaba, algo que a él no le agradaba ampliamente.
El Templo principal se encontraba en silencio, abundante en inciensos y alumbrado por las velas, y algunas ofrendas hechas por el pueblo.
"Ah, Sumo Sacerdote"
"Hatsi" hizo una suave reverencia.
"Bienvenido" le sonriò el anciano, "tu presencia aquí es muy agradable, Seth. Y cómo verás todo se encuentra en orden, y listo. Todo fue cubierto y preparado."
"Me alegra que alguien por fin mantenga todo en orden aquí, Hatsi"
El anciano rió, asintiendo. Una serie de problemas, para Seth, se habían dado por el descuido y la no preparación de antiguos sacerdotes que se ocupaban del Templo. En otras palabras si no se encontraba cómo Seth quería, entre paréntesis orden, limpieza y prontitud, era un desastre.
"Bueno, será porque yo te crié"
"Sí, sí" suspiró, le era extraño tratar a alguien con tanta familiaridad.
Hatsi era un hombre alto, viejo, con cabellos teñidos por el tiempo, una complexión delgada, y de buena posición económica y social. Sus ojos eran extrañamente dorados y su piel tostada, típica egipcia. Sin embargo para quien no lo conociera, esa frágil sonrisa que siempre colgaba en sus labios era todo un misterio.
"¿Cómo están las cosas, Seth? Tu mirada no luzce tan bien..."
"Ah, no te preocupes, no es nada"
"Debes descansar, Seth, aunque sea un poco..."
"Descuida, sólo unos cuantos detalles más" sonrió suavemente, como una suave y delgada línea en la arena que fuese borrada por el viento.
El adulto mayor asintió y siguió con las demás preparaciones, Seth se quedó contemplando las velas que alumbraban la habitación, una parte de él quedó hechizada. Unas imágenes ahora iban y venían alocadamente en su cerebro, imágenes que no comprendía, imágenes que rápidamente desaparecían. Una de ellas era su esposa, dulce e inocente con su sonrisa de siempre.
Rápidamente sujetó su cabeza con ambas manos, comenzaba a sentirse mareado.
"¿Kisara...?"
Algo en ella había cambiado, usaba unas ropas extrañas y se encontraba en un lugar diferente.
Su suave sonrisa seguía allí, ese cabello largo y extraño, su pálida y suave piel.
"Kisara..." susurró.
"Seto" escuchó esa tierna voz a lo lejos, como un eco.
"¡Kisara!" rápidamente corrió fuera del templo, los cielos comenzaban a nublarse, el viento arremetía con furia a su paso, los gritos de los egipcios resonaban por todo el lugar, "¡No!" el caos que Isis había previsto, esa sombra negra..., "¡Kisara!"
Seth corrió contra la corriente humana que buscaba huir y refugiarse en los Templos.
"¡Kisara!"
"¡Seth!" Hatsi corría trás él, "debes proteger al faraón" y le entregó su amuleto, el que siempre cargaba en el pecho, un ankh dorado, "toma hijo... ve..."
Seth asintió con un peso en el corazón. Egipto era su deber.
"Yo buscaré a tu esposa, ve... Y que los dioses te cuiden..."
Seth suspiró, corriendo hacia el palacio, algunos guardias, que comenzaban a movilizar a los cuidadanos, corrieron detrás de él para abrirle paso.
"Ella estará bien..." repetía una y otra vez en su mente, "ella estará bien..."
En el palacio una sombra negra comenzaba a cubrir las paredes, una tormenta se desataba y comenzaba a avanzar. Seth entró rápidamente hacia la habitación del trono para ocupar su lugar.
Un duelo de sombras estaba por empezar.
