Egyptian Guitar by Kaiba Kisara

Chapter X: Sentencia

"A qué condena y qué dolor me has sentenciado..."

Kisara volvió a mirar las fotografías, sus dulces ojos cubiertos en lágrimas recorrían esas almas plasmadas en papel una y otra vez mientras un extraño sentimiento latía en su pecho. Mordía sus labios una y otra vez, movía las manos, enredando sus dedos en aquel largo y brilloso cabello. Suspiraba que parecía estaba cantando una canción.

Bakura seguía sin contestar a sus llamadas, ni a sus mensajes. Era incapáz de maldecirse que volvió a llorar, arrojándose contra las almohadas, hundiendo su rostro en ellas y tratando de que toda aquella tormenta se calmara.

La verdad... no sabía si extrañaba el beso. O si extrañaba la compañía de su amigo.

Sus ojos volvieron a abrirse y un fuerte dolor de cabeza golpeaba su conciencia. Sus labios se abrieron dolorosamente en un suspiro, aquellas suaves líneas rosadas luchaban tratando de dibujar una sonrisa pero ninguna alegría se plantó en su rostro, sino más bien fue un relámpago de culpa e incomodidad.

Al levantarse de la cama cogió el celular que se había caído al suelo, allí brillaba el aparato azulado sobre la alfombra de peluche gris, la peliazul rápidamente lo revisó con esperanza de encontrar un mensaje o una llamada o lo que fuera de su amigo pero el corazón se le escapó del pecho cuando el nombre de Ishizu Ishtar apareció en la pantalla.

Debemos hablar, estaré en el Museo todo el día. Urgente.

Volvió a leerlo una y otra y otra vez hasta que sus ojos ardieron.

Era todo... Ishizu lo sabía. Su vida estaba acabada.

Kisara volteó hacia el reloj, eran las 2 de la tarde, el mensaje tenía unos cuarenta minutos de haber sido enviado, rápidamente tomó algo de ropa y corrió hacia el baño.

Lo sabe, ella lo sabe...

Suspiró, sí, estaba bien, era mejor hablar las cosas. Ser adultos. ¿No?

Al abrir la puerta se encontró con otra sorpresa: Bakura. Sus ojos estallaron en lágrimas y contuvo su deseo de abrazarlo.

"Eres una idiota..."

"Lo sé" y siguió sollozando aún cuando Bakura la envolvió en sus brazos, suspirando, "lo sabe..."

Bakura bajó la mirada hacia aquella frágil e indefensa mujer que se caía pedazo a pedazo en sus brazos, alzó una ceja y decidió no decir palabra alguna ante esa brecha silenciosa de Kisara quien comenzaba a morderse los labios.

"Ishuzu... Lo sabe" cogió el celular para enseñárselo.

Bakura retiró el aparato de sus manos para leer detenidamente el mensaje, sus ojos se abrieron un poco, sus pupilas se dilataron y el ritmo de su corazón se aceleró. Imposible... a menos que el mismo Kaiba se lo hubiera dicho.

"¿Qué vas a hacer?"

"Lo que tengo que hacer... Aceptarlo todo..."

"Kisara" suspiró, dándole unos suaves empujoncitos, "sube... te llevaré. Y aclararás todo con la doctora, ¿de acuerdo? Luego iremos por unos helados"

"Gracias..." bajó la mirada haciendo un puchero.

Bakura condujo hacia el Museo, y al estacionarmse miró hacia su amiga, ella aún se mantenía sentada con una mirada intranquila, con los labios fruncidos, y un terrible miedo que cubría su rostros. Él rió, la peliazul volteó hacia su amigo frunciendo.

"No lo tomes a mal pero eres una pequeña niña" rió suavemente después su rostro se tornó tranquilo, tocando su hombro con cariño, "di lo que tengas que decir"

"Gracias, yo-" Bakura le cubrió la boca regalándole una sonrisa.

Kisara asintió y rápidamente retiró el cinturón para salir corriendo después de abrir la puerta. Mil y una cosa volaban por su cabeza, sus manos temblaban, su voz se rompería en cualquier momento, y no sabía por cuánto tiempo más sería capáz de mantener sus lágrimas en su corazón. Avanzó hacia las oficinas privadas de Ishizu, había gente que se movía de un lado a otro, gente que perecía muy concentrada en su trabajo. Quizá nuevas piezas estarían por llegar.

Kisara se detuvo frente a la puerta de la doctora, su corazón estaba a punto de explotar, una exagerada cantidad de epinefrina viajaba por toda su economía e intentó, inútilmente, de calmarse lanzando un suave suspiro al aire; sus manos temblaron al momento de girar la perilla.

"Doctora..." era incapáz de mirarla a los ojos, jugaba nerviosa con sus manos y mordía los labios.

"¡Ah, llegaste!" Y sin embargo escuchó alegría en su voz, "¡Quería felicitarte por todo el trabajo que hicise! ¡Todo está en absoluto orden! ¡Gracias!"

Y entonces sintió cómo la gravedad regresaba a su cuerpo.

"Ah... n-no es nada..." sonrió rápida y culpablemente.

"De hecho... Hay otro tema que necesito discutir contigo, por favor toma asiento"

No. De nuevo esa fúrica hormona estalló en su pecho aumentando sus latidos, poniendo sus manos frías y ahuyentando el color de sus mejillas. ¿Era tan cínica que primero la felicitaba y después intentaría... matarla? Kisara avanzó unos pasos antes de sentarse frente a Ishizu, el escritorio estaba lleno de papeles y una que otra caja.

"Es de suma importancia... necesito tu apoyo pero si decides no hacerlo, comprenderé" sonrió con ese enigma característico, "te necesito en mi equipo, me necesitan en Egipto"

No. El tema de Kaiba no estaba allí. Egipto. Equipo.

Los ojos de Kisara se abrieron como dos remolinos de agua tragándose todo de azul a su paso.

"¿Egipto?"

"Será una semana, si deseas acompañarme hablaré con los demás profesores y-" pero la mente de la peliazul no prestaba atención a sus palabras.

Había una batalla interna en la mente de la pequeña estudiante. Culpa, vergüenza, dolor, miedo... Había besado al novio de la doctora Ishizu y ésta no tenía ni la más mínima ni remota idea de lo que había sucedido. Mordió sus labios mientras la escuchaba hablar de los planes y las excavaciones y de sus hipótesis.

"...así que la tumba sigue desconocida" los ojos de la morena brillaron, "¿entonces?"

"De acuerdo... la acompañaré" asintió, forzando una sonrisa.

"Será una semana y media, tal vez dos... Partimos mañana por la tarde, pasaré a recogerte antes de ir al aeropuerto" le regaló otra sonrisa.

"Doctora..." y nuevamente estaba allí la culpa.

"¿Sí?" Ishizu levantó los ojos de las carpetas mientras acomodaba todo en su lugar, o almenos lo intentaba.

"Gracias... por esta oportunidad" asintió avergonzada.

"De nada"

Kisara se levantó, saliendo lo más rápido que pudo no sin antes despedirse.

Quizá era el destino pero algo en Ishizu que necesitaría de Kisara.

Sin embargo algo le decía a Kisara que necesitaba alejarse de Ishizu.

"¿Y cómo te fue?" Bakura levantó la mirada hacia ella en cuanto ésta entró al auto, sus manos temblaron al abrochar el cinturón.

El joven de cabellos blancos sabía que había que darle espacio a su amiga y así, tras unos largo y dolorosos minutos comenzó a hablar.

"Me voy a Egipto" la ojiazul seguía con la mirada perdida.

"¿Qué tan malo pudo ser para que-"

"No... Iré a Egipto. Con la doctora..."

"A ver... retomemos-" y volví a cortar su voz suavemente.

"No lo sabe... Y dijo que era una gran ayuda para ella y que me quería en su equipo-" las palabras brotaron de su boca cómo si estuviese cantando.

"¡Respira!" el periodista alzó una mano hacia ella, sujetando su hombro mientras mantenía la vista fija sobre su carril.

Y un largo suspiro después:

"Iré a Egipto... por dos semanas"

"Te ayudaré a empacar"

"Gracias..."

Bakura asintió suavemente, preocupado por su amiga quien estaría lejos de él, lejos de su apoyo y compañía. Él, más que nadie, sabía que Kisara era una pequeña mente frágil que necesitaba constantemente de compañía pues su dulce inocencia era una maldición para ella.

"Maldito karma..."

El peliblanco no pudo evitar reír.

"Estás sentenciada, bunnie. Dos semanas en las paradisíacas arenas secas de Egipto" una carcajada inundó el auto.

Kisara simplemente hizo un puchero mirando hacia las gotas que comenzaban a caer, ligeras y suaves, como cabellos finos deslizándose sobre el vidrio, siendo peinados por el parabrisas.

"Pues tú estás sentenciado a cuidar de Ka mientras no estoy"

Bakura casi frena en seco. Bakura le tenía miedo a los gatos, no, no, era pánico. Bakura odiaba a los gatos. Al parecer ambos estaban sentenciados.