Egyptian Guitar by Kaiba Kisara
Chapter XV: It's all coming back to me
Kisara se había encerrado en su habitación del hotel, las luces de afuera golpeaban en su ventanal mientras las cortinas volaban suavemente gracias al viento.
La joven mujer se dejó caer sobre la cama, tratando de ahogar sus suaves llantos. En verdad había sido una tonta, dejándose llevar por sus emociones, por aquel hombre, por aquella hermosa y rara sonrisa que le daba vida a esos labios. ¿Por qué...? ¿Qué le llevó al CEO a jugar con ella? Y más importante aún ¿qué le llevó a ella a aceptar al Kaiba en su vida y en sus labios?
Suspiró.
Su celular comenzó a sonar. Y la verdad Kisara no podía pronunciar palabra alguna, su garganta estaba rota en lágrimas. Tomando el celular de la bolsa la ojiazul se sorprendió, era el mismo Seto Kaiba quien le llamaba. Y no pudo evitar sentirse emocionada, y con algo de dolor.
Sus dedos tocaron la pantalla, apagando el celular y lanzándolo sobre la silla al otro lado de la habitación. Entonces dejó que sus lágrimas brotaran sobre la almohada, tratando de buscar algún alivio.
A la mañana siguiente fue despertada por un sonido en la puerta.
Kisara, a regañadientes, se levantó de la cama, la sábana enredada sobre sus piernas, su cabello estaba revuelto y aquél pálido rostro era un manejo de cansancio. Llevando su mano a la perilla la abrió, encontrándose con una reluciente y alegre Ishizu quien cambió su rostro al verla.
"¿Kisara?" Un hilo de preocupación se tejió en su voz.
"Uh... creo que... tomé de más..."
La doctora rió suavemente, algo que nunca había escuchado Kisara.
"Puedo verlo... ¿En verdad... estás bien?"
"Sí, sólo... la resaca... física y moral..."
La egipcia asintió.
"Faltan dos días para develar la tumba al público, me gustaría que estuvieras allí, así que no tomes más de la cuenta"
"Gracias..."
"Y... otra cosa más" sus ojos brillaron.
"¿Sucede algo?"
"Sí, bueno, no... Tal vez..." otra sonrisa cruzó su rostro, "me gustaría que te quedaras para mi boda... Será al día siguiente de la develación, decidimos que fuera aquí"
"Uhh... yo, bueno... es que..."
"La verdad ya hablé con tus profesores... ellos están de acuerdo"
"Ah... es... de-de acuerdo"
"Gracias" y la abrazó, como una hermana mayor abraza a su pequeña hermana, "gracias..."
"De nada, doctora"
"De acuerdo... Ahora es tiempo de trabajar. Por cierto, mandé el informe que hiciste de la tumba al curador y quedó encantado, le gustaría publicarlo y añadir tus comentarios a la exhibición"
Esta vez los ojos de Kisara se abrieron de par en par, brillando.
"¿Lo dice en verdad?"
"Así es"
"Oh, yo, yo... no sé que decir-"
La egipcia levantó una mano al aire, sonriendo.
"Te lo mereces. Entonces... te veré para la cena en la oficina, ¿de acuerdo? Irán algunos viejos amigos, y mi hermano está encantado con tener tu compañía" y le guiñó un ojo, dando media vuelta, desapareciendo en el pasillo.
La ojiazul cerró la puerta trás de sí, cayendo de rodillas al suelo.
"¡Bravo, Kisara...!"
Pasó allí unos minutos apoyada sobre la puerta. Y finalmente decidió tomar una ducha, necesaria y larga. Eligió un vestido aqua con un cinturón blanco y café que resaltaban su cuerpo, unas zapatillas de mezclilla y una bolsa negra sobre el hombro; su cabello estaba suelto, revuelto al aire, dándole un aire fresco y juvenil. Tan encantador y hermoso.
Sus pasos la llevaron lejos del hotel, su cabeza estaba llena de fechas y datos históricos pues trataba de olvidar a ese ser de ojos azules y profundos. Un suspiro, Otro suspiro. Otro más.
Levantando la vista se encontró en la entrada de un viejo mercado, y de nuevo se vio envuelta en aromas extravagantes, de aquella lengua fuerte y tan diferente a la suya. Avanzó por aquellos angostos pasillos, maravillada por la vista. Tanta cultura en un pequeño lugar.
Un puesto le llamó la atención, unas piezas egipcias de las épocas faraónicas adornaban unas mesas dispuestas en el local. Allí se encontraban bustos de faraones como Tuthankamon, Nefertiti, Ramsés II, incluso Set I, y de dioses, también obeliscos con tallados al pedido.
"Nos encontramos de nuevo" sonrió una voz familiar.
"Marik"
"Ayer te escapaste de mi"
"Disculpa, bebí de más... y tuve que... llamar un taxi"
"Yo te hubiese podido llevar, no hubiera sido molestia alguna"
"Gracias, lo tendré en cuenta"
Marik sujetó su mano, plantando un beso en ella. Las mejillas de la mujer se tornaron carmesí.
"¿Este es tu negocio?"
"Sí" el orgullo inflamó su sonrisa, "Ishtar's Relics, nosotros hacemos imitaciones al pedido, incluso hacemos bustos de los clientes, lo que nos pidan"
"Es muy original, me agrada"
"¡Gracias! ¿Te agrada algo?"
"Todo es muy hermoso, la verdad" miraba de un lado al otro, observado detalladamente los objetos dispuestos sobre el local.
Uno de ellos le llamó la atención. Un dragón que se alzaba sobre los rayos del dios Ra. Unos jeroglíficos extraños que no podía leer pues estaban muy dañados.
"Oh, eso..." Marik se acercó a ella, "es una réplica que Ishizu encontró hace tiempo, antes de que volviera a Domino... Es de aquella época cuando el faraón misterioso gobernaba. Es una representación de la batalla de las sombras"
"¡Wow!" Sus ojos se abrieron, un brillo apareció en ellos.
"Puedo hacer uno para ti, si gustas" sonrió.
"Eso me gustaría mucho, en verdad. Gracias"
"Con gusto"
Un cliente apareció en el local, Marik rápidamente avanzó hacia él, disculpándose de Kisara. Ella simplemente asintió, registrando el lugar con tranquilidad. Sus ojos tragando cada detalle en las figuras. Entonces sus ojos azulados se toparon con una estatuilla que reconoció rápidamente: Un disco de Ra. Su boca se abrió en asombro, ésta no era una reproducción, era la verdadera.
Marik llegó a su lado, había tenido una venta exitosa. Y su rostro cambió al verla, alzando un suave suspiro.
"No tenías que enterarte de esta manera"
"¿Por qué?"
"Ser cuidador de tumbas... tener una hermana que se dedica cien por ciento a la preservación de la cultura... ¿Por qué no? Al menos estoy fuera del ojo de la policía... Es una lástima, de verdad"
"Marik..." un escalofrío recorrió su cuerpo.
"Lo siento" en verdad, un halo de tristeza iluminó el rostro del peliblanco, "sígueme"
"¡NO!"
Pero el Ishtar era más fuerte que la mujer, él la sujetó, tapando su boca con una mano fuertemente, y tirando su bolsa hacia el otro lado. Rápidamente la llevó dentro de la tienda, pidiendo a dos de sus asistentes que vigilaran la tienda. Empujó a la mujer dentro de un camión, el cual cerró detrás de ella, y comenzó a moverse unos segundos después.
"¡Marik, déjame salir, Marik!" La mujer golpeaba fuertemente el camión, "¡Marik!"
Y por fin, después de algunos minutos, que parecieron interminables para Kisara, el camión se detiene. La joven mujer pudo escuchar unas voces que hablaban en egipcio sin embargo no pudo escucharlas claramente.
"Sólo yo puedo meterme en este tipo de problemas..." suspiró.
"Lo siento, Kisara, sígueme..." Marik abrió la puerta del camión.
"¿A dónde me vas a llevar?" La ojiazul trató de sonar impotente, que su miedo no se reflejara en ella.
"Sólo sígueme, descuida, nada te sucederá"
Marik la ayudó a bajarse del lugar, apretando su muñeca fuertemente para que la mujer no escapara. Kisara observó que se encontraban lejos del Cairo, sólo las luces del camión y de las estrellas adornaban el paisaje. También pudo notar la presencia de otros dos hombres, uno alto y moreno que sobresalía por su altura, y otro que usaba una capucha oscura, quizá del tamaña de Marik.
"Marik, por favor..."
Pero el peliblanco se quedó mudo, caminando con ella.
"Lo siento"
Avanzaron a una caverna, allí dentro había otro hombre que sujetaba una antorcha agachó la cabeza al encontrarse con Marik, él simplemente asintió al gesto. Kisara se dio cuenta rápidamente de que era una tumba olvidada.
Un visión cruzó su mente con rapidez. Era la voz de aquel hombre que tenía parecido con Kaiba.
"¡No, Kisara!" esperó el momento adecuado cuando Marik aflojó su agarre en su brazo, corriendo lejos de él.
Unas antorchas adornaban el lugar, dispuestas sobre los pasillos, la joven las tiraba al suelo mientras iba adentrándose en la tumba. La voz de Marik se hacía cada vez más y más suave. Entonces sintió como caía y simplemente cerró los ojos pero no logró sentir el fondo.
"¿Kisara?"
Su cabeza le daba vueltas, lentamente abrió los ojos y se encontró con la mirada de una joven de piel morena y cabello revuelto y rubio. En sus pequeñas manos había un pequeño bastón de oro.
"¡Creo que mi magia te golpeó muy fuerte!"
"Uhmm..."
"¿Te duele algo?"
"¿Quién eres?"
"¿Kisara?" Mana ladeó su cabeza, mirándola con preocupación, "creo que... el golpe te afectó... ¡Perdóname!"
"¿Me conoces?"
"Uh... Mejor te llevo a casa..." con cuidado levantó a la mujer de ojos azules y caminó con ella.
"Gra-gracias..."
La pequeña Mana la llevó hacia una bella casa dispuesta sobre una pequeña colina que se alzaba a la orilla del río Nilo, era una casa grande y blanca con decoraciones de loto en las columnas, una bella puerta de oro y lapizlázuli adornaba la entrada, allí había un estanque y un puñado de patos graznando sobre el agua.
"¡¿SETH?!"
Kisara descansó sobre los cojines de la sala, la cabeza aún le daba vueltas y su visión se encontraba borrosa, ¿dónde se encontraba? ¿Qué estaba pasando? ¿Y Marik?
"Ughh..."
Mana pidió a los sirvientes agua y miel, mientras corría para buscar a Seth. El sumo sacerdote se encontraba orando.
"¡SETH!"
El sacerdote suspiró.
"Mana ¿cuántas veces-"
"¡Es Kisara!"
Seth se levantó rápidamente, avanzando hacia la aprendiz de hechichero de la cohorte del faraón.
"¿Qué le sucedió, dónde está ella?" Y aún así, con el peso de la preocupación, logró que su voz sonara tan fría como siempre.
"En la sala, estábamos jugando y yo-" su voz volvió a cortarse bajo la mirada del sacerdote quien caminaba hacia la sala.
Mana bajó la mirada y avanzó detrás de Seth quien ya se encontraba al lado de su esposa.
"¿Kisara?"
Esa voz familiar tan diferente de la Seto Kaiba.
"Set-" le miró, el corazón latiendo con fuerza.
"¿Ahora qué sucedió?"
Sin embargo lo único que la mujer hizo fue abrazarlo con fuerza, y todas esas lágrimas que habían manchado su almohada en su hotel ahora estallaban de felicidad al estar a su lado.
"¿Kisara?"
"Sólo... sólo quédate así... Por favor..."
El sacerdote rodeó el cuerpo de la mujer con suavidad, suspirando y dibujando una sonrisa en sus labios, plantándole un beso en la frente.
"Aquí estaré siempre..."
