Egyptian Guitar by Kaiba Kisara

Seré inmortal porque vivo en tu destino...

Chapter XVII: Inmortal

El sumo sacerdote sostenía la mano de Kisara suavemente mientras ella aún yacía en cama, habían pasado varias horas desde que su esposa se había desmayado en sus brazos.

Suspiró, ésta era la última vez que permitía a Kisara practicar magia con Mana. Volvió a suspirar pues sabía que ella encontraría una manera de hacerlo.

Los ojos de Kisara se abrieron con lentitud, tratando de no recibir la luz directamente. Su cabeza le daba vueltas y comenzaba a arderle, como si una flama cubriera su rostro.

"Uh, uh, ouch..."

"Tranquila, con cuidado..."

Kisara miró a su alrededor, frotando sus ojos con ambas manos, como una niña pequeña que acababa de despertar. Rodeó la habitación con los ojos soltando un sonidito de sorpresa. ¡Entonces no había sido un sueño!

"¿Dónde estoy, qué pasó?"

"Estás en casa" el sacerdote frunció los labios, mirándola detenidamente, "¿Kisara?"

"Yo... oh..." se llevó las manos a la cabeza, recordando lo que había sucedido.

Aquellas imágenes iban y venían, primero Ishizu la había invitado a Egipto entonces se había enamorado de Seto pero él iba a casarse con la doctora. Ese día había salido del hotel y se encontró con Marik pero éste tenía negocios ilegales y ella lo había descubierto, así que corrió y corrió hasta que... bueno, había llegado allí.

"¿Qué me pasó?"

"Eso es lo que me gustaría saber..." Seth cruzó los brazos, mirándola con un poco de reproche y el resto de preocupación, "Mana me contó que estaban jugando... Kisara ¿cuántas veces tengo que pedirte que no intentes hacer lo que Mana hace?"

"Lo siento..." Bajó la mirada, sintiéndose culpable.

Seth suspiró.

"Pero... es sólo que... yo..." ¿Cómo explicarle a aquella persona que tenía un gran parecido con Kaiba que no era de ese tiempo, que tenía que volver? Y volvería sólo para ser testigo de la boda de Ishizu y a Kaiba.

"¿Si?"

"No, nada..." sonrió suavemente.

"¿Te sientes mejor?"

La dulzura en la voz de Seth sorprendió a Kisara. Allí había amor, calidez, preocupación... En esa firme pero delicada voz había un hogar, una historia de amor. La historia de amor que Kisara quería vivir cada día hasta su último suspiro.

"Mejor, gracias..." asintió suavemente.

"¿Tienes hambre?"

"No, gracias. Sólo... sólo quédate conmigo ¿si?"

"Sabes que me quedaría contigo aunque no lo pidieras"

Unas pequeñas lágrimas bajaron por sus mejillas sin que se diera cuenta haciendo que Seth las limpiara con cuidado, su toque fue delicado y cálido, como unas suaves plumas rosando sus mejillas.

"¿Kisara, qué está pasando?" Y la preocupación del sacerdote se hacía más evidente.

"Nada, nada..."

No, la verdad era que le pasaba todo.

La ojiazul se aferró del cuerpo de Seth con fuerza, sollozando suavemente. Quizá éste era el destino, quizá por eso fue que se enamoró de Seto... para regresar en el tiempo y volverle a ver. Quizá... pero sabía que apenas comenzaba la historia. Y que era injusto. Éste no era su tiempo ni época. Suspiró.

"Tengo que... confesarte algo" se apartó de él mordiendo sus labios, ahogando esas terribles ganas de besarlo.

"Estás comenzando a asustarme"

"No soy... Kisara. Bueno sí... pero no"

Seth arqueó una ceja, frunciendo los labios.

"No soy... de Egipto. Vengo de un lugar llamado Domino City..."

Él se dedicaba a mirarle. Había cierta tranquilidad en su rostro, paciencia y ternura.

"No soy de esta época"

"Entoces es por es que actúas de una manera extraña" suspiró aliviado.

"Quizá..." bajó la mirada, "no sé por qué estoy aquí, o cómo regresar... ni mucho menos sé cómo llegué"

"Tal vez Mahado pueda ayudarte. En verdad ¿te sientes bien?"

"Sí, gracias..."

"Te dejaré descansar" dijo mientras se levantaba de la silla.

"Gracias..."

Él asintió con coordialidad, caminando lejos de ella hacia la salidad, el lugar era de ensueño, Kisara podría conocer más de la cultura egipcia y de su pasado sin embargo su espíritu estaba fatigado. Y lo que deseaba era regresar a casa, huir lejos de Kaiba, huir de todo lo que vivió a su lado.

"Una pregunta..."

Kisara levantó la mirada hacia él.

Allí frente a ella estaba la persona que se había robado su corazón. Bueno, la versión de Seto en el pasado. Sus ropas le hacía ver un poco más alto y atlético, todavía conservaba el poder en su voz, sin embargo su piel era más oscura pero en su mirada aún permanecían esos brillos azulados de los que Kisara se enamoró.

"Dime"

"¿Nos conocemos en tu época?"

Ella sonrió suavemente.

"Sí. Y muy bien"

Él asintió, dejando escapar un suspiro; alejándose con una leve y satisfactoria sonrisa.

Kisara se levantó de la cama, avanzando hacia el balcón que tenía la vista más hermosa de todas. Una vista hacia el río Nilo, el hilo de agua que cruzaba frente a sus ojos era alumbrado por el sol que se ocultaba a lo lejos, una fragancia extraña, ese aroma que cabalgaba con el viento era el mismo que le atormentaba en sus sueños.

Sin embargo deseaba estar al lado del Seto Kaiba del que se enamoró.

"Seto..."

De ese Seto Kaiba que iba a casarse con Ishizu.

Suspiró y decidió contemplar la vista que los dioses le regalaban. Entonces no sintió el momento en el que su cuerpo simplemente se dejó deslizar, ni cuándo sus ojos se cerraron, quedándose dormida en el piso del balcón.

Pero al despertar estaba de vuelta en la cama, una jarra de agua fresca y un platón de frutas yacían en una pequeña mesita, la ojiazul sonrió suavemente llevándose un higo a los labios, terminándoselo a mordidas. Lavó su rostro, saliendo de la habitación en busca de una manera de volver a casa.

"¡Allí estás, buenos días!" Mana corrió a abrazarla, diciendo entre llanto lo mucho que lo sentía.

La joven recordó su nombre

"¡Mana, tranquila, tranquila! Estoy bien, ¿no me ves?"

"Lo siento, ¡oh, Seto estaba tan enojado conmigo!"

"Tranquila..." y limpió las lágrimas que caían como cascadas de sus ojos.

A unas cuantas habitaciones Mahado se había encontrado con Seth a petición del sacerdote, quien le había llamado con urgencia. Mahado era uno de los cercanos del faraón, de su círculo de confianza, era el hechizero y guardián del faraón.

"¿Entonces... estás diciendo que... Kisara no es Kisara?"

"No el de esta época, al menos"

El mago miró a Seth quien no tendría una razón de mentir.

"No creo que Mana sea la responsable de este suceso... Pero creo que ella está aquí por alguna razón, ¿te dijo que sucedió?"

"No"

Mahado se llevó una mano al rostro, suspirando. La verdad Seth sólo estaba ocupado y preocupado por la salud y seguridad de Kisara.

"¿Puedo... verla?"

"Por supuesto..." asintió, y llamando a uno de sus sirvientes le pidió que trajera a Kisara lo más pronto posible.

Hubo un momento de silencio entre ellos. Así eran ellos, el silencio de uno lo entendía el otro.

"¿Crees que sea una trampa?"

"No lo creo" el sacerdote se cruzó de brazos. Kisara, al menos pudo verlo en sus ojos, no se prestaría a ese tipo de acciones.

"¿Llamaste por mi?" sonrió suavemente al sacerdote allí sentado, entró sin darse cuenta de la presencia del mago al otro lado de la habitación.

"Sí" asintió, mirando fijamente a Mahado el cual estudiaba la situación.

La mirada de Kisara se cruzó con la de Mahado, retrocediendo. Algo en él se le hacía familiar. Sin embargo reconoció no haberlo visto en sus sueños.

"Kisara, él es Mahado. Él es el hechizero del faraón y amigo íntimo"

Mahado la seguía mirando, los ojos de Kisara se relajaron suavemente tras las palabras de Seth, repentinamente se levantó de su lugar, estudiando a la mujer. El brillo en ella era diferente a la esposa del sacerdote.

"¿Cómo llegaste aquí, pequeña?"

"Es... una larga historia"

Y así comenzó a relatarles todo desde las visiones que la acosaban diariamente hasta su llegada a Egipto, omitiendo el detalle de la boda de Kaiba e Ishizu.

"Entonces... ¿puedes ayudarme a volver?"

Mahado la contempló por varios segundos antes de asentir.

"No"

Seth frunció los labios, era un descontento que no pudo evitar enmascarar. Mahado simplemente sonrió suavemente, avanzando hacia ella y colocando sus manos en los hombros de la mujer.

"Tú tienes algo que hacer aquí... Y por eso no puedes irte. Incluso si lo quisiera mi magia no es tan poderosa para hacerlo"

Kisara asintió.

"Gracias"

El mago se volteó hacia Seth, sus ojos le hablaron y simplemente salió de la habitación, seguido del sacerdote.

"¿Y mi esposa?"

"Ella es tu esposa, Seth"

"Ella no es mi esposa, Mahado"

"Es la misma esencia... sólo que con diferentes recuerdos"

Seth asintió.

"¿Qué debo hacer?"

"Ante todo... proteger al faraón" y alzó unas palabras al aire, una plegaria a los dioses.

"Sí..."

"Qué los dioses te bendigan, Seth. A tí y a Kisara"

"Qué los dioses estén de tu lado, Mahado"

Así partió el mago con dos guardias cuidándole y Mana detrás de él. La pequeña aprendiz se despidió de Seth alzando una mano tímidamente al aire. Seth sonrió con suavidad, regresando a su casa.

"Entonces... ¿por cuánto tiempo estaré aquí?"

"No lo sabemos, Mahado piensa que llegaste para hacer algo aquí"

Seth avanzó hacia el pasillo de regreso a su estudio pero la voz de Kisara lo detuvo.

"Por favor... no me odies porque ella no está aquí"

"No podría odiarte... no hoy ni en un futuro"

Ella sonrió suavemente, la misma sonrisa que su esposa dibujaba en sus labios. Seth entró más tranquilo a su estudio, prendiendo un suave incienso para relajarse hasta que, minutos después, uno de los guardias entró abruptamente.

"¡Mensaje urgente del faraón!"

Los ojos de Seth se abrieron como platos al leer el mensaje.

Egipto estaba en guerra.