Egyptian Guitar by Kaiba Kisara
Chapter XXI: Even if tomorrow dies
Kisara volvió a recorrer el río con sus ojos, absorbiendo la majestuosidad de éste, hilando en su mente uno a uno los recuerdos de las aguas tranquilas y azuladas que se alzaban sobre el horizonte, el barco donde se transportaba junto a Seth era justo como lo había soñado, tal y como lo había estudiado y observado en la escuela...
Hileras de remeros humanos dispuestos a los costados del ostentoso bote, fabricado con la mejor madera de acacia, que Egipto podía ofrecer, pero lo que más enamoraba a Kisara era la simplicidad del diseño de tal navío pues era un pequeño bote de unos 15 metros aproximadamente que sostenía a los integrantes.
En la mitad de navío yacía un pequeño recinto que cubría a Seth y a Kisara del sol del estío, eran cuatro largos palos de madera reforzados con oro y lapislázuli, arriba una manta de lino con una pintura preciosa y adornada de dioses y aquel arte característico egipcio. Kisara no dejaba de admirarse por esos pequeños detalles: el color brillante y saturado pero que entonaba con la decoración, los sonidos que dejaba el barco al pasar, las escenas cotidianas de aquellos antiguos egipcios sobre el río, el olor que despedía todo a su alrededor.
"¿Kisara?" Seth alzó la mirada sobre sus papiros.
La figura de Seth con sus ropas antiguas, ese tocado azulado en su cabello, esos azules ojos calculadores, daba la impresión de tratarse de un dios viviente, el dios del desierto y sus tormentas, del caos y la tempestad, de aquel dios con el que compartía el nombre: Seth. Era una divina sátira que en sus ojos se encontraran un fértil océano.
"¿Uh?" La chica volteó hacia él, sus ojos curiosos aún brillaban de conocimiento y admiración.
Seth soltó una suave sonrisa.
"Por lo visto disfrutas el viaje"
Ella asintió apenada, aún y cuando su apariencia pudiera ser la misma este Seto era tan diferente del otro: Su rostro reflejaba alegría y más vida y calor que cualquier otra persona que hubiese conocido, sus movimientos eran tan elegantes que ella se sentía un torpe gato caminando por la playa, pero lo que más la asombraba era esa suave voz, esas tiernas caricias que, a pesar de que eran pocas, hacían que su piel se erizara y, al mismo tiempo, sintiera una grata paz.
Kisara sólo asintió, sus mejillas tornándose de color carmesí, sus ojos volvieron hacia la tranquilidad del Nilo.
Seth no apartó la vista de aquella joven mujer, sí, ella no era su esposa, pero no podía negar el parecido asombroso entre ellas. Su esposa era una mujer dulce, como ella, de voz clara y refinada, directa en palabras, dotada de un estudio en medicina, danza y canto, ell Sumo Sacerdote no pudo evitar sonreír con dulzura al recordarla… después de todo fue así como la conoció: Nerviosa, insegura, inmadura e ingenua.
Hubo un silencio entre ellos dos, un silencio suave como una delicada brisa de atardecer, hasta que Seth alzó nuevamente la voz:
"Dime… una vez lo mencionaste, pero…" susurró, "¿cómo nos conocimos?"
"Ah…" Kisara mordió sus labios, ladeando la cabeza hacia la izquierda, "bueno… nos conocimos en un museo" ante tales palabras, Seth alzó las cejas, desconociendo la palabra que Kisara acababa de mencionar, "digamos que es… como un templo" sonrió suavemente, "ese día estaba emocionada y tú llegaste como si fueras un… un espejismo… platicamos unos momentos y eso fue todo" se llevó una mano al pecho, apretándose la ropa, "allí me di cuenta que… no había nadie más".
Seth asintió con tranquilidad, nada entre ellos había cambiado, podría vivir con tranquilidad de saber que en otra vida volvería a verla, volvería a amarla.
Para alegría de Kisara, su "esposo" no notó esa sombra de tristeza allí oculta en su garganta.
Pero vas a casarte con alguien más… Kisara suspiró.
"Egipto está en guerra…" Habló Seth de la nada, sus palabras rompieron como los remos contra el agua tranquila del río de la vida.
"Pero…"
"Es por eso que te quedarás en el Palacio hasta nuevo aviso"
"Comprendo" asintió la peliazul, "si en algo puedo ayudarte… no dudarías en pedirlo, ¿verdad?"
Seth asintió.
Ambos se mantuvieron en silencio durante la travesía, y fue que llegaron al palacio cuando el sol se ocultaba a lo lejos, Kisara había caído presa del sueño y Seth no tuvo otra opción más que llevarla en sus brazos, avanzando hacia donde viviría hasta que la situación de Egipto mejorara.
Un refrescante viento se colaba por el balcón, la habitación donde Kisara se encontraba estaba a oscuras, sólo la luz de las estrellas y la media luna brindaban un poco de visibilidad, en el interior unas cuantas velas y un pequeño incienso cubrían un pequeño espacio de la alargada habitación.
Kisara sintió la soledad contra su cuerpo allí enredada en aquella suave sábana, rápidamente se incorporó en busca de Seth sólo para encontrarse con el vacío.
"Es verdad… debe de encontrarse en alguna reunión…" Suspiró y decidió investigar el inmueble de donde se encontraba.
A los ojos de la peliazul todo era una maravilla, un sueño hecho realidad, uno donde pudiese vivir lo que le quedaba de vida, aún incluso dejando todo atrás: su casa, su escuela, su pequeño círculo de amigos, su trabajo… ¡Su trabajo! Un nudo se apretó en su garganta, probablemente Marik había mentido y la daban por ladrona, o incluso a nadie le importaba… Ni siquiera a Kaiba, después de todo él iba a casarse.
"¡Ah, Kisara deja de pensar!" Su rostro se cubrió con un puchero, "pensar es malo para ti… Eso diría Bakura ¿no?" una lágrima recorrió su mejilla, la cual limpió rápidamente, tratando de borrar de su mente imágenes que iban y venían de Ishizu y Seth, "¿en qué líos te has metido…?" Y se dejó caer sobre la cama, hundiendo el rostro en sus manos para dejar un suspiro al aire.
Y fue entonces que un sentimiento invadió el cuerpo de la ojiazul, ese mismo sentimiento, o corazonada, la llevaron hacia la puerta. Su corazón latía a tamborazos dentro del pecho, un escalofrío recorría todo su cuerpo, unas ansias enormes la consumía mientras avanzaba por aquellos largos pasillos, los guardias bajando sus cabezas en respeto hacia la esposa del Sumo Sacerdote de Egipto, y, en su desconocimiento, el primo mayor del faraón.
Kisara siguió su recorrido hacia un lugar aislado que desembocada en el Nilo, antorchas alumbraban el lugar, como si supieran que alguien utilizaría ese pequeño pedazo de tierra. Y así fue, pues de las sombras una figura caminó hacia ella, colocando una fina y alargada mano sobre su hombro, causando un suave estremecimiento en Kisara, ahogando un grito en sus manos.
"Ya veo… ahora todo tiene sentido" Esa voz, definitivamente conocía esa voz.
La esposa del Seth giró para encontrarse con la dueña de esa voz tan familiar sólo para descubrir que sus sospechas eran acertadas.
"Ishizu…"
La egipcia enmarcó una ceja aun así no dejaba de observarla: esos pozos negros que bailaban alumbrados por las llamas de su alrededor, como un halcón en picada hacia su presa, así era como se sentía la mirada de Ishizu, tanto en su tiempo como en este.
"Al parecer nos conocemos"
Ella asintió.
"Así es… sólo que tu nombre es Ishizu…"
La sacerdotisa asintió, un bello nombre después de todo.
"Siento que los dioses te han enviado por alguna razón"
Entrar a una tumba sin permiso… Fue lo primero que se le vino a la mente y que, por obvias razones, jamás le contaría.
"¿Qué es lo que piensas?"
"Hay una fuerte luz en ti, Kisara…" Sus ojos seguían sin despegarse de ella, era como si buscara muy dentro de su alma algo que ella desconocía, "y tu presencia en este tiempo, quizá, sea decisivo en la guerra…"
"Seth habló ligeramente de eso-"
"No es mi lugar para explicarlo, pero de una cosa estoy segura… cuando tu momento llegue…" sus palabras se alzaban al aire como si fueran enigmas, como hilos tan delicados y finos que podrían perforar la piel, "tu decisión podría salvar a Egipto".
Kisara cubrió su pecho, una visión golpeó a la mujer dejándola caer hacia la arena: Seth corría hacia ella, un sonido muy peculiar rugía en la distancia y una fuerte luz blanca cubría sus ojos, la voz del sacerdote clamaba su nombre con desesperación.
"¿Qué… fue eso?" Un temblor azotó su cuerpo, un frío la recorrió de pies a cabeza.
"¿Crees en el destino?"
Esas fueron las últimas palabras que pudo escuchar antes de caer presa de la oscuridad, su último pensamiento fue Seto, sus ojos clavados en ella, sus manos sobre los bolsillos de su blanca gabardina y aquella sonrisa típica de él.
A miles de años, en el presente, una fuerte lluvia cubría a Egipto, para muchos una bendición, pero para Ishizu era un mal presagio, algo, aquello que estaba mal, se pondría peor. Y lo que más le frustraba era no poder hacer nada: Su estudiante seguía desaparecido, aún no había noticia de su hermano y ni siquiera podía utilizar su collar del milenio.
Seto, a su lado, seguía al teléfono, tratando de localizar a Kisara, utilizando todos sus recursos para encontrarla, había algo en él que no había visto jamás.
"Seto…"
"Ya van tres días…"
"Seto, escucha-"
"Sí, sé que vamos a encontrarla, pero no me quedaré aquí sin hacer nada" Y salió de la habitación, dejando a Ishizu en sus pensamientos.
Había una cierta oscuridad que cubría a Kisara que no podía explicar, y tratar de contárselo a Kaiba era en vano, él no entendería de Historia 101 ni de Harry Potter egipcio; llevó sus manos hacia su collar, tocándolo con suavidad, nunca había sucedido esto en el tiempo que llevaba siendo su protectora. Algo definitivamente estaba mal.
Seto avanzó fuera del hotel, la lluvia aún caía por la ciudad, el olor de la tierra mojada era diferente, en ella se mezclaba la ausencia del perfume de Kisara, se evaporaban los recuerdos, aunque efímeros, placenteros de la mujer a su lado, de su divino cuerpo sobre el suyo, de aquella inocente voz besando su rostro, de sus manos entrelazadas con las de él.
Esta vez el Kaiba estaba decidido: Iba a encontrarla y no la dejaría ir, no… Esta vez sería Kisara a quien convertiría en su esposa.
"Sí." Esbozó una sonrisa orgullosa, "Estaremos juntos incluso aún si el mañana muere…" Alzó la mirada al cielo, esos nubarrones aún seguían soltando toda su furia sobre Egipto, pero aún no conocía la furia de Kaiba, del nuevo dios del desierto y el caos.
