Egyptian Guitar by Kaiba Kisara

Chapter XXIII: Don't judge me

Marik se maldecía desde la oscuridad del lugar, su vida había dado un giro en su contra: Su negocio de contrabando, quizá por el momento, estaba detenido, y todo gracias a la mujer que desapareció como un simple holograma, ¿cómo era posible desvanecerse en la oscuridad de una tumba sin dejar rastro alguno?, en especial una tumba que el egipcio conocía a la perfección.

"Amo" Una suave voz lo sacó de sus pensamientos.

"A menos que sea para decirme que han encontrado a la mujer de cabellos azul… no quiero saber nada…" gruñó.

"No, mi señor" el hombre alto de tez morena hizo una suave reverencia, "al parecer la señorita Ishtar y el joven Kaiba siguen sin encontrarla, y se retirarán al finalizar el día".

Marik asintió, mil y un planes iban y venían en su mente, sus ojos perdidos en la nada, una capucha cubriendo su rostro, en sus manos yacía otro artículo milenario, el cetro del milenio, el cuál iba y venía de una mano a otra, fue hasta que un ligero gruñido escapó de sus labios y esos momentos que se sintieron eternidad se terminaron cuando el egipcio se levantó.

"Aún quedan unas horas antes de que mi hermana y su equipo deje la tumba" sonrió endemoniadamente.

"Así es…"

"No lo creo" sus ojos penetraron en la mente de su sirviente, "haz que mi hermana no deje el lugar…"

El sirviente lanzó una débil mirada a joven Ishtar, una mirada que gritaba por piedad, una mirada que le suplicaba que se detuviera; el egipcio extrañaba a ese niño curioso que iba y venía con una pequeña pelota en manos, con sueños e historias maravillosas, extrañaba a ese dulce niño que había jurado proteger con su vida, ese que no haría daño ni a una mosca.

"Odion…" Marik le miró con furia, su alter ego corrompiéndole, "recuerda a quién eres leal…"

"Sí, mi señor" El joven alto hizo una reverencia y salió a cumplir el mandato de su amo.

Odion, y un puñado de Cazadores Raros, comenzó su peregrinación hacia la tumba donde la joven de cabellos azules se había esfumado; el sol comenzaba a esconderse detrás de las dunas, el horizonte se teñía de un color anaranjado, haciendo que la arena brillara como oro, a varios kilómetros de la guarida que Marik usaba, se encontraba su hermana Ishizu y varios trabajadores.

"Seto…" La egipcia entró a la tienda donde el Kaiba mayor examinaba los planos de la tumba, allí estaba el hombre de cabellos castaños frente a ella con una mirada hundida en una belleza antigua, una camisa de color hueso y unos simples pantalones azulados, unos lentes decoraban su rostro, "Seto…" volvió a llamar, estaba vez un poco con más fuerza.

"¿Uh?" El CEO levantó la mirada, ésta parecía ausente.

Ishizu soltó un suspiro, en lo que llevaba de conocerlo jamás había visto a Kaiba de esa manera: tan vulnerable, tan dócil, tan… humano.

"En unas horas comenzaremos a…" La egipcia sintió como el aire abandonaba su pecho, sentía culpa, sentía enojo, sentía impotencia, "iremos hacia otra tumba, hemos enviado varios agentes a buscar en otros lados, no podemos quedarnos aquí siempre".

Kaiba levantó la mirada, algo en él volvió a la realidad, un ceño fruncido.

"¡Sé que se encuentra aquí!" El sonido de la silla cayendo, sus manos sobre la mesa golpeándola con autoridad.

"Hemos buscado en todo el lugar, Seto…" La egipcia trató de permanecer en calma.

"¡No, al parecer no son lo suficientemente eficaces!"

"Seto, por favor…" Ishizu llevó ambas manos a sus sientes.

Kaiba y la mujer permanecieron en silencio, una suave brisa recorriendo sus cuerpos, esa sensación de vacío cubriendo a ambos mientras la luz moría en el desierto. Ishizu llevó sus ojos hacia aquel que, por un momento, sería su prometido, y un tirón en el corazón al observar al Kaiba: esos hermosos ojos se parecían al Nilo en tiempos de sequía, casi podía verse atreves de su piel, su cabello estaba alborotado y había crecido unos cuantos centímetros, su boca estaba a punto de romperse en una oración cuando la voz de Seto inundó la tienda.

"¿Por qué lo haces?"

La egipcia ladeó la cabeza, tratando de entender sus palabras.

"Kisara y yo…" el sonido que salió de su garganta terminó en un nudo, hizo una pausa y siguió: "Ishizu…"

Ella suspiró, relajándose, dejándose llevar por el ahora clima fresco del lugar, a lo lejos los sonidos cotidianos de la vida, hombres y mujeres comenzando a guardar el equipo de búsqueda.

"Ella… quizá allí comenzó todo" la Ishtar se llevó una mano al cuello, rosando con las yemas el collar del milenio, "aparecía en mis sueños, era como ligeros golpes en la nuca, su nombre siempre estaba en mis labios, era como –vamos, escógela, ella es la indicada, tiene un propósito que cumplir-, y lo tiene…"

Kaiba cerró los ojos, suspirando. Ishizu era una mujer hermosa, perfeccionista y trabajadora, si pudiera describirla utilizaría las mismas palabras con las que se describiría a sí mismo; su pasado fue turbio y extraño, como un torbellino de emociones en un día tranquilo. Sus trabajos los llevó a interactuar aún más y de la nada comenzaron a salir formalmente.

"Sé que no lo crees… que el destino no tiene nada que ver, pero ella, ella está allí, estaba allí en el pasado, está ahora y seguirá estando, ¡tienes que creerlo!" La egipcia gritó con desesperación.

"Ishizu…"

"Sí, quieres saberlo ¿no?" Una suave y burlona sonrisa estalló en sus labios, "dolió… dolió que me mintieras, que me engañaras, que ocultaras todo esto, hubiera preferido que me lo dijeras de frente en su momento, Kaiba, pero… nadie escapa del destino" sus ojos rehuían de la mirada curiosa del CEO, una suave sonrisa aún adornaba su rostro, "el de ella es estar a tu lado, y el mío era mantenerlos juntos".

El ojiazul no pudo formular alguna oración coherente, alguna oración que ayudara al ánimo de la mujer frente a él, sí, la egipcia era una mujer preciosa, con atributos perfectos y una mente aguda y brillante, que era lo que más le atrajo, alguien con quién platicar esas tardes lluviosas, alguien que entendiera de largos períodos de trabajo y que hablara el mismo lenguaje que él.

Pero eso era todo: no había pasión aquellas noches juntos, ni juegos previos, ni citas bajo la luna acompañados de velas; no había bailes bajo la lluvia, no había paseos en el parque durante el atardecer ni charlas simples de la vida, de esto y de lo otro. No había una Kisara en Ishizu, no había una esposa en esa mujer para él.

"Perdóname" Sus pies le llevaron hacia donde estaba Ishizu, y sin pensarlo dos veces sus manos se alzaron hacia los hombros de la egipcia, mirándola como un halcón, decidido y certero.

"Ah…" suspiró la mujer, sin saber qué hacer, "pensé que odiabas Historia 101".

Una suave sonrisa burlona iluminó el rostro del Kaiba.

"Ya son varios los que mencionan algo del destino…"

"Idiota" susurró la mujer.

"Cuando la encontremos" sus ojos se clavaron en Seto, "quiero que-"

"¡Señorita Ishtar!" Una voz se coló entre ellos, "¡la encontramos!"

Los ojos de Kaiba se abrieron, corriendo hacia la tumba, seguido de Ishizu y el trabajador quien le contaba acerca de dónde la habían encontrado, en una pequeña recámara que se encontraba sellada al ojo público y que, por casualidad, pudieron encontrar tal pasadizo, el cual no se encontraba en los planos originales.

"¡Kaiba!" Gritó la mujer, "¡espera!"

Ambos entraron rápidamente a la tumba, una lámpara en la mano del CEO alumbraba el camino, el cual, ahora, conocía a la perfección, sus pies le llevaron al lugar donde el trabajador les había indicado sólo para encontrarse con la nada.

"¡Seto!"

La mujer, detrás de él, inhalaba aire, jadeando profusamente, sus ojos rápidamente toparon con una pared que conocía muy bien, detrás de ellos un sonido los dejó helados: La puerta a la cámara mortuoria se cerraba completamente.

"¡No!" Ishizu se tiró sobre la puerta, pero le fue imposible detenerla, sus manos se encontraron con la frialdad de la piedra, "Marik…"

Seto lanzó una patada contra la pared, gritando, deslizándose hacia la arena, sus brazos cubriéndole el rostro, hundiéndose en la desesperación, ignorando la voz de Ishizu que gritaba por ayuda. ¿Acaso estaba destinado a no tener a la mujer que le quitaba el aliento? Por un momento sintió lo que en años había sentido: Desesperación.

Ese monstro que trata de ahogarte en tus propios pensamientos, lo había sentido después de que perdió, por primera vez, contra Yugi Moto, y ahora lo volvía a sentir, sentía como se deslizaba alrededor de su cuerpo como serpiente, sentía esa frialdad rascando su cuerpo como navajas…

"No…"

"¡Ayuda!"

"No terminará así" El Kaiba se levantó, decidido a recuperar a Kisara y, en el proceso, enseñarle a Marik a no entrometerse en su camino.

La lámpara perdió su brillo, pero el collar del milenio alumbró la habitación.