Egyptian Guitar by Kaiba Kisara

Chapter XXIV: Last Night

Seth avanzó por la oscuridad del palacio, sonidos del fuego consumiéndose en las antorchas, las tenues voces de los guardias, del leve canto de los grillos, y el oleaje del viento que rompía contra su cuerpo al deslizarse por los pasillos, en su mente se encontraba el dilema de Egipto y la inevitable guerra, y la cuestión de que su esposa no era su esposa. ¿Cómo sería capaz de proteger al faraón, si no fue capaz de proteger a su esposa?

El sacerdote se detuvo en seco, soltando un suspiro al aire, un peso en su pecho comenzaba a molestarle, un sentimiento que no podía dejar que nadie viera: desesperación. Siempre ha mantenido una máscara frente a todos, de ser un hombre de pocas pero precisas palabras, de mente ágil y calculadora, efectivo y recto; se rumoraba que, de fallecer el faraón Atem, ¡qué los dioses lo guarden por mucho tiempo!, sin que éste dejara descendencia, él sería el próximo Señor de las dos Tierras.

"Absurdo…" Gruñó en un tono suave.

"Veo que no soy el único que no puede conciliar el sueño en esta noche…"

"Maestro Akhenaden" Seth realizó una reverencia, después de todo el anterior Sumo Sacerdote fue su mentor.

Y, sin saberlo, su padre biológico.

"He escuchado susurros, joven Seth" sus ojos penetraron directamente en el mismísimo corazón de su aprendiz, "que tu esposa ha caído enferma, espíritus que la atormentan…"

"Descuide, Maestro, todo se encuentra bajo control"

"No tienes por qué mentirme, Seth, te conozco y puedo ver lo que yace dentro de tus ojos…" el anciano colocó una mano sobre el hombro del sacerdote, "déjame ayudarte".

"No quisiera-"

"No es molestia" el hombre sonrió suavemente.

Seth asintió, reverenciándolo una vez más.

"Ra sale victorioso una vez más" ambos hombres se quedaron contemplando cómo nacía el sol, iluminando la superficie con su poder, "así como Egipto y el faraón lo harán".

"Sí, Maestro".

"Andando, ayudemos a tu esposa".

"Muchas gracias".

En una habitación, en las cercanías por donde Seth y su Maestro avanzaban, se encontraba Kisara con la mirada perdida sobre la majestuosidad de la mañana, alzando una plegaria a los dioses. La mujer estaba envuelta en la sábana de telas finas y costosas, debajo de la protección contra la baja temperatura, la cual empezaba a huir, utilizaba un vestido egipcio de clase alta.

Kisara suspiró, un golpe en su corazón era recurrente, como si de una astilla se tratase, cada vez que recordaba a aquel hombre de ojos azules, ésta se iba enterrando poco a poco.

"Que me desangre entonces… ¡Oh, Sekhmet, déjame morir…!"

Un leve sonido en la puerta la hizo voltear, una sirvienta le avisaba que el desayuno se encontraba listo, y así fue como la monotonía comenzaba: despertando en una habitación, que por mucho tiempo había deseado despertar, sola, con puñados de Seto Kaiba en la mente, ese magnate de la industria del duelo era su cuervo, postrado en el rincón de sus pensamientos.

"Mi señora…" era la ligera voz de Hare, su sirvienta, "el Sumo Sacerdote ha llegado".

Kisara dejó el papiro sobre la mesa, avanzando hacia la habitación contigua donde se encontraba su esposo y un hombre de edad avanzada que imponía respeto, ciertos rasgos en él le hicieron pensar que se trataba de un Seto Kaiba con unos años encima.

"Kisara" el Sumo Sacerdote habló, denotando su presencia, "él es mi Maestro, el Sacerdote Akhenaden".

Kisara le ofreció una reverencia mientras el hombre que portaba el ojo del milenio se acercó a ella, su rostro se mantenía intransmutable y firme, Kisara no pudo evitar que su cuerpo temblase, un escalofrío recorrió su cuerpo como lo haría un rayo, algo en él no le agradaba, aún y cuando Seto, este Seto, le tuviera una profunda admiración.

"Eres más bella de lo que las palabras de Seth podrán expresar" el anciano le brindó una sonrisa.

Y otro escalofrío recorrió su cuerpo.

Seth bajó la mirada, apenado, incapaz de hablar.

"Muchas gracias"

"He escuchado que has caído enferma, muchacha" la mano del Sacerdote se deslizó por su cabello, sonriendo de una manera diferente.

"Ya estoy mucho mejor, gracias a Seth"

"Ya veo, ya veo, me alegro"

Fue un instante, pero la mujer sintió como miles de cuchillas atravesaban su cuerpo, y esos ojos, ¡oh, esos ojos!, parecían serpientes a punto de devorarla, un manto gélido envolvió su cuerpo, imperceptible ante Seth, y así fue como Kisara perdió la conciencia, siendo atrapada por los brazos de su esposo.

"Ah, una sombra la cubre, mi estimado Seth…" susurró el pasado Sumo Sacerdote, "déjala a mi cuidado, encárgate de Egipto y del faraón".

Seth perdió la mirada en su esposa, sus finos labios entreabiertos, el cabello revuelto, su piel aterciopelada y clara, tratando de absorber lo más que pudiera de ella.

"Maestro, no puedo colocar-"

"Tranquilo, muchacho" el viejo sonrió, "vienen tiempos oscuros… y ahora, más que nunca, tu lugar está en la cohorte, junto al faraón".

Seth asintió, no sin dudar antes. Después de todo, antes de conocerla, él ya había sido nombrado Sumo Sacerdote de Egipto, una labor tan pesada como la del mismo faraón. Una pesadez que sólo Kisara sabía aligerar.

"Maestro…"

"Ve, hijo, Egipto te espera…"

El Sumo Sacerdote apreció una última vez a su esposa antes de salir de su habitación, Seth también lo había sentido: esa sensación de estar atrapado en la oscuridad, un velo negro estaba por atormentar Egipto.

"Ve, hijo…" una sonrisa maligna se plasmó en los labios del viejo sacerdote, "yo me encargo que el trono quede en tus manos…" y, con una voz que poco a poco se extinguía, sujetó a la mujer contra sí, listo para ejecutar su plan.