Egyptian Guitar
by Kaiba Kisara
"I'll let you go, I'll let you fly…"
Chapter XXV: Broken Vow I
Kisara despertó en un lugar oscuro y frío acompañada por el sonido de la soledad, y murmullos a la distancia, poco a poco sus ojos se acostumbraron a lo negro del lugar sólo para darse cuenta que se encontraba en el suelo, su ropa, brazos y piernas manchados de arena y humedad. Se maldijo mentalmente antes de levantarse, con torpeza avanzó hacia las paredes, deslizándose hacia donde una tenue línea de luz se colaba bajo la puerta.
La mujer golpeó con fuerza varias veces antes de que obtuviera una respuesta de los guardias.
"¡Silencio, bruja!" Explotó uno en esa antigua lengua nativa.
"¿Bruja?"
"¡Tú eres quien está causando esta tragedia a Egipto, y pagarás por tales crímenes!"
"¡Hay una-"
"¡Silencio!"
Escuchó un ligero golpe sobre la puerta de madera, seguido de un tarro rompiéndose contra el suelo. La mujer cayó de rodillas, abrazándose, tratando de encontrar fuerzas, ¿es que acaso sería Seth capaz de…? No, este Seto Kaiba, o algún otro, jamás sería capaz de algo tan atroz. Pero… pero ella no era su verdadera esposa.
"Seto…"
Lo que la mujer desconocía era que se encontraba en el mismo palacio, tan sólo a unos metros de donde Seth y los demás sacerdotes estaban reunidos con el faraón, pues los ataques a la ciudad habían comenzado: una oscuridad cubría a Egipto, el rio amenazaba con secarse, el ganado moría, una tormenta se acercaba poco a poco.
"Seth…" la voz de Kisara resonó en su mente pero era el faraón quien le hablaba.
"Majestad" reverenció el Sumo Sacerdote.
"¿Sucede algo?" su mirada extrañada y preocupada se encontraba sobre él, "has estado algo… ausente".
"No sucede nada, Majestad".
La sacerdotisa Isis, una de las más allegadas al Sumo Sacerdote, no apartaba la mirada de él, para ella Seth era un libro abierto, todo podía leerse en sus ojos: desde el aburrimiento diario, la furia contenida en su interior por un mal día de trabajo y ahora la indecisión de cumplir su labor como servidor de Egipto y ser un esposo y proteger a Kisara.
"Majestad" la voz de Mahado se hizo presente: "me sentiría más tranquilo si nosotros nos quedáramos con usted".
"No" Atem negó con vehemencia, "Egipto está primero".
"Faraón…" Isis fue la siguiente en hablar, "esta vez concuerdo con Mahado…"
Atem cerró los ojos, llevando su mano derecha sobre el rompecabezas del milenio, saboreando todas las posibilidades existentes, era cierto que estaría solo, pero proteger a la ciudad, a sus habitantes era aún más importante que su propia vida.
"Ahora lo importante es resguardar la ciudad, y proteger a las personas, ellos quienes son también hijos de Egipto…"
"Faraón…" Estallaron susurros en la sala.
Pero Atem ya había tomado una decisión y la cohorte se disolvió, cada sacerdote salió con una misión y una plegaria silenciosa pero fue el Sumo Sacerdote quien alzó la mirada hacia atrás, llevándose consigo una pizca del pasado: aquél donde su esposa aparecía ataviada de hogar, que ahora dudaba si podía regresar.
Kisara comenzaba a idear planes para salir de tal lugar, pero la oscuridad y la falta de herramientas necesarias le imposibilitaba tal plan. Para empezar no sabía quién la había colocado ahí, y cuáles eran los verdaderos motivos pues dudara que Seth hubiese dicho tal cosa. ¿O si tal vez era un sacrificio para traer a su verdadera esposa de regreso?
"No, tranquila, Kisara, has estado en peligros más grandes…"
Un estruendo a la distancia la hizo caer al suelo, las paredes vibraron, era como su un trueno hubiera golpeado toda la superficie de Egipto. A la distancia pudo escuchar a los guardias abandonar sus puestos de cuidadores.
"Tengo que encontrar a Seto... Seth"
"Oh, lo siento, pero creo que ayudarás a Seth de otra manera".
Una serpenteante voz exclamó desde la puerta y nuevamente ese sentimiento de frialdad cubrió el cuerpo de Kisara, ¿entonces… Seth…?, la puerta se abrió revelando al antiguo sumo sacerdote, aquél en el que Seth había puesto toda su confianza, aquél que Seth respetaba y veía como un padre, y el cual, sin saberlo, biológicamente lo era. Una figura que el tiempo había consumido, una figura que en vez de generar confianza, brillaba con maldad.
"No sólo vas a beneficiar a Seth, sino que me ayudarás también a mi…".
"¡Yo jamás… jamás voy a ayudarte!"
Aknadin frunció el ceño, una familiaridad se asomó entre esos agudos ojos que hizo pensar a Kisara que lo había conocido de antes.
"Dentro de ti yace un poder que acabará con esta oscuridad y coronará victorioso a Seth..."
Kisara retrocedió pero nuevamente un estruendo sacudió a Egipto, esta vez com más furia.
El anciano cayó de rodillas y, fue entonces que, aprovechando el momento, la joven corrió hacia su libertad, encerrando a Aknadin en donde él la había mantenido cautiva.
"Dijiste que puedo ayudar a Seth... y detener todo esto... dime ¿cómo lo hago? ¿Qué tengo que hacer?"
"Oh, pequeña... una diminuta luz tiene que extinguirse para que otra pueda brillar con intensidad..." ahí dentro soltó una carcajada que envió escalofríos por todo el cuerpo de Kisara.
La mujer decidió no perder más tiempo con aquel viejo y mientras avanzaba por los pasillos iluminados por antorchas, escuchaba los gritos del anciano exigiendo ser liberado, prometiéndole ayudarla, pero nadie de la guardia se encontraba para ayudarlo.
"¡Tengo que encontrar a Seto!"
Mientras Kisara avanzaba por el palacio, el cual se encontraba desierto, su mente intentaba que las palabras del anciano tomaran forma, la mujer avanzó sin saber hacia dónde la llevaban sus pasos.
"¡Seth!"
Otro estruendo sacudió la tierra, cada vez con más intensidad, la mujer simplemente volvió a ponerse de pie, sacudiéndose y avanzando, en su mente sólo tenía la meta de encontrar a Seth y permanecer a su lado, pero una figura a lo lejos la hizo detenerse en seco, una figura que arrastraba una inmensa maldad y yacía envuelta en oscuridad, una figura con unas alas y unos cuernos a los costados de su cara, una figura sacada de una carta de duelo de monstruos.
El aliento de Kisara abandonó su pecho por unos instantes, era como si el miedo le impidiera respirar, sintió como una corriente eléctrica recorrió su cuerpo.
"No… tengo que… encontrarlo…" y volvió a ponerse en marcha, aún y cuando eso significara avanzar hacia esa oscura criatura.
Pero volvió a detenerse, haciendo frente a la criatura una familiar figura salía de un templo a lo lejos.
"¿Ishizu?"
"¡Tonta!" Rió Zorc, mirando fijamente a la sacerdotisa, "¿crees que puedes detenerme tú sola?"
"Ishizu!"
Sin pensarlo, Kisara avanzó hacia la mujer.
"¡ISHIZU!"
Un destello la hizo detenerse, la figura del dragón alado guardián de la fortaleza se alzaba en el cielo, concentrando un ataque, pero así como vino, así se fue, Zorc terminaba con la estadía del sirviente de Isis y con eso, la vida de la sacerdotisa. La mujer, aún con fuerzas, volteó hacia la dueña de la voz, una mirada intensa se clavó en la mujer de cabellos claros y la sacerdotisa sonrió antes caer sin vida al suelo.
"¡NO!"
Kisara se paralizó justo cuando el cuerpo de Isis se desvanecía, sus manos cubrieron su boca, lágrimas morían en la arena como la lluvia en el desierto, y un nudo que desgarraba su garganta para no gritar.
"¡Kisara!"
"Una voz la envolvió en sus brazos, cubriéndola con fuerza, imposible de protegerla de tal escena pero sí con la esperanza de poder ayudarla a sobrellevar aquella trágica pérdida.
"Aquí estoy, aquí estoy…"
Kisara no pudo contenerlo y rompió en llanto.
Sin embargo, sintió la calidez del cuerpo de Seth. Y Seth se volvió a encontrar con su esposa.
Tan sólo por un momento, ambos habían encontrado cierta paz al filo de la tormenta.
Tan sólo por un momento, ambos podían estar seguros que el otro estaba a salvo. Antes de saltar al abismo.
Tan sólo por un momento, ambos fueron egoístas y se olvidaron de su alrededor.
"Mírame… mírame sólo a mi" Seth colocó ambas manos sobre las mejillas de la mujer, limpiando sus lágrimas con sus pulgares, "respira, Kisara, respira…"
La mujer asintió, siguiendo las órdenes de su esposo.
"Confía en mí, quédate a mi lado" para cuando volvió a hablar, la autoritaria voz de Seth era un hilo, ahora era sólo la voz de un hombre hablándole a su mujer, "pero si te digo que corras, hazlo, y no mires hacia atrás…"
Kisara enredó sus manos a las de Seth, clavando su mirada en la de él, encontrando ternura, miedo y desesperación. El carácter estoico del Sumo Sacerdote caía ante la figura de su esposa, ante ella era un sólo un hombre, un mortal mortal más.
"Si morimos, moriremos juntos… milenio tras milenio nos volveremos a encontrar… milenio tras milenio te volveré a amar…"
Seth volvió a abrazarla, ahí en el campo de batalla, con la guerra pisándoles los talones y la oscuridad rodeándolos.
"Te amo…"
A la distancia, Exodia se alzaba con un rugido, listo para atacar. Kisara cerró los ojos, después de todo, Exodia era el monstruo más poderoso de todas las cartas de duelo, ¿o no?
"Te amo…" susurró Kisara, al momento en el que la tierra temblaba nuevamente.
Tal vez, en el pasado, Exodia no era tan poderoso como su contraparte de donde venía Kisara, y tras una lucha intensa, que pareció una eternidad para la mujer, aquella criatura colapsó ante la oscuridad que emanaba de Zorc, llevándose consigo a quien fuese el consejero de Atem y el protector de la llave del milenio, el sacerdote Shimon.
Ahora lo entendía, Kisara estaba segura de lo que tenía que hacer para detener a Zorc.
