— Es lo único que puedo hacer por ti por ahora— dije mirándolo a los ojos.
Su sonrisa infantil me está molestando un poco. Me crucé de brazos.
— Devuélveme mis poderes, Nami— él puso su cara seria, cambiando drásticamente su semblante.
— No, ¿Acaso no era lo que querías?
— No.
— Vamos, te traje hasta aquí porque me lo pediste, también me dices que te ayude a buscar una solución y no lo aceptas, ¿Qué quieres realmente?
Él puso su mano en su barbilla.
— Quiero seguir siendo inmortal.
— Piénsalo bien— mencioné sonriéndole— sin tu ADN de demonio ya no tienes la maldición, eres libre, por ende Zeldris es el rey demonio; cosa que no querías ser así que es otro problema resuelto. No le encuentro fallos a mi solución.
— Si hay uno, quiero estar con Elizabeth para siempre, sin límites, sin tiempo que nos gane— su sonrisa infantil volvió, acompañado de un tono dulce.
Mi corazón no soporta ese tono.
Sin preguntarle nada más me di la vuelta, pero antes le regresé sus poderes.
— ¿A dónde vas?— preguntó confundido.
— Me voy de aquí, te regresaré a tu absurda guerra, no puedo ayudarte— dije sin mirarlo.
Él me agarró del brazo, tirándo de mí hacía él.
— Nami, por favor— me puso cara de súplica.
Tengo que resistir, Meliodas no puede controlarme así para siempre.
— Ya te dije, no puedo ayudarte.
Él colocó su mano en su barbilla de nuevo, pensando.
— Sate, sate, sate… se me ha ocurrido una excelente idea— dijo con una sonrisa radiante.
Oh no… esa cara, en los años que tengo conociéndolo esa cara me ha traído muchos problemas.
— Te escucho— dije expectante.
— Préstame tu don un momento, con eso puedo vencer fácilmente a todo el mundo.
— ¿Acaso te es vuelto loco maldito enano? De ninguna manera, no vas a tener mi don.
— ¿Por qué? Vamos, solo es un momento, prometo devolvértelo.
— No— me crucé de brazos.
— No entiendo tus razones aún.
Por lo que tengo que hacer para prestártelo.
— ¿Por qué mejor no usas tu deseo?— sugeri, cambiando el tema.
Puso su cara seria de nuevo.
— Tu sabes bien porqué—dijo cruzándose de brazos.
— Ya me demostraste en todos estos años quien eres en verdad, Meliodas, no me voy a enojar si lo usas.
— No— volvió a repetir— siempre cumplo mi palabra, te lo prometí — me sonrió.
Definitivamente el no me ayuda a superarlo, este ha sido mi mayor sufrimiento, estar a su lado y verlo todos los días sufriendo por la persona que él ama, y saber que no soy yo.
Aún recuerdo la primera vez que lo vi, me enamoré de él en muy poco tiempo.
Flashback
"— ¿Me estás diciendo que esto me hará alucinar?— pregúnte mirando el gran vaso de cerveza en frente de mí.
— Así es señorita, la cerveza de Bernia es la mejor de todas— dijo el cantinero con orgullo.
— Entonces… ¿Cuál es tu deseo?
— Casarme con el amor de mi vida— dijo ilusionado.
Vaya… amor, muy pocos piden eso.
— Está hecho— dije antes de darme un gran sorbo de la cerveza.
Es muy buena.
— ¿Así nada más?— dijo él dudoso.
— Así nada más— asegure.
Me bebi un vaso más de esta maravillosa cerveza, realmente esta bebida ha mejorado con el paso del tiempo.
— Cantinero… ¡Hip! Tráiganme otra…— apenas podía pronunciar palabra.
— Creo que deberías de dejarlo ya— escuché una voz infantil e inocente a mi lado.
Apenas pude voltear la cabeza sin caerme de mi asiento, divisé a un niño de aproximadamente 9 años sentado a escasos centímetros de mí, él me miraba divertido, tenía su mano encima de su boca para disimular la risa.
¿Qué hace un niño en este bar?
— E…res u-un moc… ¡Hip!— sacudi mi cabeza— mocoso, ¿Qué… ¡Hip! Ha…ce un niño en un ¡Hip! Bar?— apenas y estaba conciente de lo que decía.
¿Oh no?
El niño rubio sonrió de nuevo, mostrándome sus dientes.
— No soy un niño, mi nombre es Meliodas.
— ¿Qué… no… ¡Hip! Eres un… ni… ¡Hip! Ño?— apenas pude decir.
Todo a mi alrededor está dando vueltas.
Escuché una risita burlona provenir del enano.
— Creo que alguien está ebria— canturreó.
Eso fue lo último que escuché, antes de caer desplomada al suelo.
Los molestos rayos del sol azotaron mi cara, cuando me levanté sentí un dolor punzante en mis cienes, puse ambas manos en ellas y las masajee un momento antes de abrir mis ojos. Miré alrededor pero no me parecía nada familiar en la habitación que estaba, la cama estaba algo desordenada, señal fe que tenía unas buenas horas aquí.
Después de un rato, alguien abrió la puerta, el ruido retumbó en mi cabeza.
— Ay… duele mucho— me quejé.
Miré a la persona que acababa de entrar, es el niño.
— De seguro de debe de doler bastante, y solo te tomaste dos vasos— decía con esa voz tan inocente.
El niño se subió a la cama y se acercó a mi cara.
Sentí mis mejillas arder.
— ¿Qué… haces?— atine a decir, sentía su respiración chocar conmigo.
— Te estoy revisando— dijo de lo más normal, tocó mi frente— tienes fiebre.
— ¿Qué me pasó?— pregunté algo aturdida luego de que él se alejó un poco.
— Te desmayaste en el bar y te traje aquí— dijo encogiéndose de hombros.
— Oh… que vergüenza— volví a sentir mis mejillas calientes— ¿Cómo alguien tan pequeño pudo cargarme?
— Es que soy algo… fuerte— me sonrió de nuevo— Sate, sate, sate buscaré algo para tu fiebre.
Un momento… su hospitalidad es muy sospechosa.
— Ya dime que deseas y no finjas tu interés— dije, antes de que él cruzara la puerta.
— ¿De qué hablas?— el retrocedió hasta volver a mí.
— No finjas, sabes quién soy.
— En realidad no, solo yo dije mi nombre ayer, no recuerdo que me dijeras el tuyo— el colocó su mano en su barbilla.
— Entonces me estás diciendo… ¿Qué no deseas nada?
— Bueno… si tengo un deseo, pero dudo que lo puedas cumplir.
— Pero esa es mi maldición— mencioné, el puso cara de confusión— Son Nameri, estoy maldita con un gran poder, destinada a cumplirle los deseos a las personas o a cualquier otra raza, solo puedo cumplir un deseo por persona; mi maldición terminará cuando haya cumplido los deseos de todas las personas en el mundo— suspiré— lo cual es imposible.
Le vi la cara, no estaba sorprendido.
— No quiero que me cumplas nada, te traje aquí por que me pareciste interesante— su sonrisa era resplandeciente.
Es la primera vez que alguien me dice que no quiere su deseo.
— ¿Seguro? Puedes pedir ser mas alto.
— Me siento bien así.
— También tengo un don, el don de la energía infinita.
— Tienes muchos secretos.
— ¿Cómo es que te llamas?
— Soy Meliodas, me gustaría que me acompañes en mi viaje, si quieres.
¿Un viaje?
— ¿Qué buscas?
— Información, con tu cuerpo puedes atraer a muchos hombres a los cuales puedes persuadir.
Entonces eso quieres…
— ¿Ese será tu deseo?
Él puso una expresión de seriedad, se acercó a mí nuevamente y yo me sonrojé.
— ¿Qué no entiendes? No quiero ese deseo, te lo prometo.
— ¿Promesa?
— Si, te prometo que nunca tendrás que cumplirme un deseo a mí— su sonrisa era radiante.
Sentí como mi corazón dioun vuelco cuando el salió de la habitación."
Y desde ese momento, estoy enamorada de Meliodas.
Claro, luego me contó todo el royo de su maldición y su padre, tuve que controlar mis sentimientos.
Pero es imposible no amarlo, tengo que parar.
Me senté, pensando en una buena excusa para no prestarle mi don.
— Sate, sate, sate ya se lo que te pasa— se inclinó un poco, poniendo su cara en frente de la mía— no quieres, porque no quieres besarme— sonrió— se que estás enamorada de mí, Nami.
Ese estupido apodo, lo odio, pero odio mas que él haga que me sonroje tan fácil.
Entonces lo supo todo este tiempo.
— No hables estupideces— dije volteando mi cara para que no note mi sonrojo.
— No me mientas Nami, lo sé desde siempre tú…
No lo dejé continuar, en un arranque de valentía tomé las mejillas de Meliodas y lo besé, sentí su sorpresa.
Siempre lo vi como algo sumamente platónico, porque… su amor por Elizabeth es tan afilado, que puede cortan cualquier barrera entre ellos.
No puedo meterme en eso, nunca lo he sentido como mío, siempre ha estado tan lejos de mi alcance que me acostumbre a solo mirarlo desde las sombras y a apoyarlo en todo lo que yo pueda.
Pero besarlo… esto es otro nivel, uno que ni yo misma puedo soportar.
Lo alejé inmediatamente de mí, dándole un empujón.
— Bien, enano estupido, ya tienes el don, ve a salvar a tu chica.
El sonrió, se arrodilló y rodeó sus brazos por mi cuello.
— Gracias— susurró en mi oído— eres la mejor, te lo devolveré.
Y de un salto, desapareció de mi vista.
No dejaré que me lo devuelva, mejor me evito ese momento y me alejaré de él de una vez por todas.
El siempre la va a elegir a ella por sobre todas las cosas.
5 años después
Estaba sentada en el techo, frente al gran pabellón de la celebración, sentí una suave brisa chocar en mi cara, luego una risita a mi lado.
— ¿No deberías estar con tu esposa en estos momentos?— pregunté, sin mirarlo.
— Estas muy alejada desde la guerra, apenas y nos hemos visto, ¿Te pasa algo?
— No.
— No me mientas, Nami— sentí como se acercaba.
Lo mire de reojo, vestía un traje negro con una corbata roja bien acomodada, su pelo estaba casi perfectamente peinado, solo que sobresalían esos flequillos en el centro de su cabeza.
Suspiré, se veía encantador.
Y se acababa de casar con Elizabeth.
Ya estaba bastante cerca de mí, colocó su mano en mi cabeza.
— ¿Ya me dirás que te pasa?
— No me pasa nada, enano molesto— quite su mano de mi pelo.
— Jumm— puso su mano en su barbilla— creo que alguien aquí merece un castigo por mentir.
Y en un rápido movimiento, el ya estaba encima de mí haciéndome cosquillas, no pude resistirme y me reí.
— Ya… ya meliodas— dije apenas, aguantando un poco la risa.
— ¿Ya me vas a decir?
— Me marcho— dije de golpe.
Él dejó de hacerme cosquillas para mirarme confundido.
— ¿Cómo?
— ¿Podrías bajarte ya?— miré hacía un costado, mis mejillas estaban calientes por tenerlo tan cerca.
— ¿Cómo es eso de que te marchas?— volvió a preguntar, bajándose.
Me acomodé la ropa y me senté de nuevo, el se colocó a mi lado.
Sentía su mirada penetrarme hasta lo huesos.
— Si, me iré.
— ¿Por qué?
— Es hora de encontrarme a mi misma, quiero descubrir cosas nuevas, navegar por todo el mundo— me excusé.
Realmente es para alejarme de ti.
— Sate, sate, sate creo que no puedo pararte entonces— dijo con ese tono infantil— espero que encuentres lo que buscas.
— Si…
— Aunque sé, que en realidad te vas para alejarte de mí— lo escuché decir.
Voltee para mirarlo, el me miraba, pero no podía descifrar su expresión.
Ya no vale la pena mentir más.
— Siempre lo supiste y te agradezco que nunca me pregubtaras por ello— comencé a decir— pero es cierto, estoy enamorada de una forma peculiar de ti y por mas que intente evitarlo… no puedo.
— ¿Podrías decírmelo ahora?— preguntó él, aún con su mirada clavada en mí.
— ¿Para qué?
— Tal vez te sientas mejor.
— Bueno… fue desde el principio, nunca nadie me había dicho que no usaría su deseo, por primera vez no me sentí utilizada por alguien, entonces pasó, tardé mucho en aceptarlo, por que no es nada usual… es como sí me atrajera una parte de ti que se que no existe pero que está allí, tan lejos, tan distante qué…— pare, ya no quería continuar.
— Qué…— me animó él a seguir.
— Que me consume, me duele no poder tener esa parte de ti conmigo— las lágrimas comenzaron a salir sin previo aviso.
Meliodas me abrazo sin siquiera preguntarlo, se acercó a mí y rodeó sus brazos por mi cuello, posando unas de sus manos en mi cabeza y acariciando mi cabello.
Nos quedamos así unos minutos, hasta que pare de llorar.
— ¿Mejor?— me susurró a oído.
— Mejor— le aseguré.
Él se alejó de mí, parándose, yo me puse de pie también.
— No te obligaré a quedarte, pero quiero que sepas que siempre vas a ser mi mejor amiga, que te quiero, y que una parte de mí te pertenece y siempre estará contigo a donde sea qué vayas— me sonrió.
— Se feliz, Meliodas, no le causes a Elizabeth dolores de cabeza.
Le di la espalda, es hora de irme.
— Espera— el me tomó de la mano— aún tengo algo que es tuyo.
Mi don.
— Quédatelo.
— No, es tuyo— insistió.
— Así una parte de mí, siempre estará contigo también— dije sin mirarlo, él me soltó.
Me aleje de él, sin mirar atrás.
No creo volver a encontrarme con él, pero definitivamente es una historia que recordaré por siempre.
