3.
Pasadas más de 46 horas desde el enfrentamiento con Suirimiho, Kurapika se había ausentado a todas las reuniones y al parecer nadie conocía su paradero. Cheadle no había querido darme detalles de su estado real y las noche a solas en mi habitación sin poder dormir habían mellado en mí y la angustia me estaba consumiendo por completo.
Le pregunté a compañeros que teníamos en común, incluso al pelmazo de Mizaistom que era su aliado más cercano, y su única respuesta fue:
-si quisiera que lo buscaras te habría dicho dónde buscarlo
-adoro tu amabilidad-le dije con sarcasmo saliendo del salón de reuniones.
No sabía dónde buscar ni dónde empezar, no contestaba llamadas-si es que aún tuviese ese número de teléfono-, no conocía su email ni su lugar de hospedaje. Tal vez Mizai tenía razón y Kurapika simplemente no quería que lo encontrara, mi única opción era descansar y estudiar para demostrarle a Cheadle que confiaba en el chico indicado. No dejaba de estar nervioso, estaba en una situación inquietante y rodeado de incertidumbres, en mi cabeza simplemente no había espacio para el estudio.
Mas, Mizai estaba equivocado, Kurapika sí quería que lo fuese a buscar, me lo dejó escrito en el libro que me pidió prestado el primer día.
Lo descubrí al regresar a en mi cuarto del hotel cuando intenté retomar mi estudio con el primer tomo de anatomía. Necesitaba comenzar desde lo básico y por algún motivo fui a la última página donde me sorprendí de ver la letra de Kurapika bajo el índice del libro diciendo: Calle D, 452-
-claro, nadie podía oírte decir tu dirección-me dije suspirando con una sonrisa
Reí pensando en lo astuto y desquiciado que era, seguramente había escrito la dirección sin que me diera cuenta sabiendo que buscaría refugio en mi libro favorito si es que me hallaba solo y desesperado. Era uno de los motivos que me hacían admirarlo, no había detalle que se le escapara, todo lo calculaba a la perfección, incluso a mí.
No tardé más de cinco minutos en cambiarme de ropa, quería estar cómodo si sabía a lo que iba; no eran mis favoritos los pantalones holgados y camisetas, pero presentía una terrible tormenta de estrés, con Kurapika nada era tranquilo.
Salí casi temblando ¡demonios, tenía su dirección y él mismo me la había dado! No podía esperar por verlo a la cara y preguntarle qué significaba ese mensaje-si es que lo era-.
Desde ese momento tuve el deseo de decirle que lo amaba, con toda mi alma.
Para mi sorpresa, Calle D estaba a solo dos cuadras de mi hotel y en menos de diez minutos ya estaba frente a la numeración indicada. Tal como supuse, era una casa de pensión y parecía con pocos inquilinos, además de tener una fachada de muy mal gusto, cosa que seguramente lo había hecho escogerla para vivir.
Miré mi reloj que daba las tres de la tarde en punto y busqué frente a la casa algún indicio de habitantes, solo estaba una mujer mayor de unos ochenta años regando el antejardín y saludando a las personas que pasaban fuera. Parecía mutilada por la vida, como una fumadora compulsiva o una anciana que había sobrevivido a los eventos traumáticos de una existencia desdichada. Sentí un poco de pena y culpa, mi madre tenía su misma expresión cuando la muerte la llamó y no tenía ni la mitad de los años de esta mujer.
En cuanto me vio se acercó a mí buscando conversación, no estaba seguro de preguntarle por Kurapika, quizás arruinaría todo su esfuerzo por mantenerse anónimo en la ciudad y lo pondría en peligro, aunque ¿qué daño podía provocar una anciana como ella?
-¿necesita hospedar?-me preguntó soltando una sonrisa mullida por los años
-¿es la casera del hostal?
-sí, lleva mi nombre-rió mostrándose el letrero que lucía sobre la puerta principal, "Fuiro Inmens"
-señora Fuiro-le sonreí-¿conoce a este chico?-no quise decir su nombre, simplemente le mostré una fotografía que llevaba en mi teléfono. Grande fue mi sorpresa cuando casi al instante la anciana lo reconoció.
-es el chiquillo cazador-asintió-¿puedo preguntarle su nombre?
-Leorio, soy amigo suyo y médico
-me dijo que usted vendría-volvió a sonreírme encantada con saber que estaba frente a un médico, tala vez quisiera que le revisara la cojera que la aquejaba-es un chico muy tímido y no habla mucho, pero es muy amable-me contó mientras me dejaba entrar al hostal
-¿es amable con usted?
-todo el tiempo está ofreciéndose para ayudarme-aseguró llevándome por un largo pasillo hasta la sala principal que hacía de recepción rodeada de escaleras que daban al segundo y tercer piso-incluso quería costear mis medicamentos de este mes, pero no se lo permití, es demasiado joven para estar preocupado de un vejestorio-rió obligándome a sonreír. Estaba consternado.
-¿lleva mucho tiempo viviendo aquí?
-poco más de un mes, aunque es una lástima verlo todos los días un poco más cansado-suspiró apenada-¿viene a examinarlo? llegó muy herido el otro día y no ha salido de su cuarto desde ayer, ¿él lo llamó?
-sí-respondí al instante para evitar interrogaciones innecesarias
-puede que esté durmiendo, tenga-me dijo pasándome unas llaves que tenían el número 35-b-debe quererlo mucho, me pidió que solo a usted lo dejara entrar
-es muy amable
La dejé luego que me diera las indicaciones para encontrar la habitación 35-b, sin antes contarme lo mucho que le agradaba tener a Kurapika viviendo con ella ya que los hospederos no se quedaban más de 3 días y al ser temporada de otoño se veían muy pocos.
Esa mujer debía ser otra de las razones por las que había elegido este viejo hostal para esconderse.
Golpeé la puerta de la segunda habitación del tercer piso, el cual tenía solo cuatro por ser mucho más espaciosas y para estancias más largas; y esperé unos momentos antes de usar la llave que Fuiro me había entregado. Por algún motivo mis nervios habían desaparecido y la poca ansiedad que me quedaba no alcanzaba a acelerarme el corazón, solo temía por lo que pudiera encontrar al abrir aquella puerta.
Cerré tras de mí y observé un momento el desorden que Kurapika tenía en la primera parte del cuarto que funcionaba como sala y estudio: una pequeña mesa en medio repleta de hojas, códigos y subrayados junto a varias tazas sucias con café a medio tomar; unos pocos libros en el alféizar de la ventana, llenos de polvo, ni siquiera los había tomado en el mes que llevaba allí; había un par de camisas arrugadas sobre la única silla que daba al lugar un poco de armonía, además de ese montón de papeles rayados que me hablaban de un asunto enfermizo que ocupaba sus noches de insomnio.
Avancé hacia la pequeña habitación apartada que daba con la sala y me quedé ahí, frío como una piedra y profundamente derrotado mientras me apoyaba en el umbral. Parte de mí sabía a lo que iba, la otra se negaba a aceptarlo.
Casi sin respiración, con el cabello húmedo pegado a la frente, abrazándose en posición fetal y mirándome con ojos vacíos, Kurapika me esperaba.
Este era él en toda su intimidad y apenas podía soportarlo.
La cama estaba desecha, un vaso con agua hasta el tope sobre el velador llamó mi atención junto a un frasco de soporíferos aún abierto al que apenas habían quitado el sello de seguridad. Ropa limpia sin guardar a los pies de la cama, el bolso que Senritsu le había regalado revuelto sobre la alfombra de colores chillones-lo único con color en todo el lugar- y más hojas revueltas por todos lados.
Me tomé la cabeza conteniendo mis ganas de salir huyendo y pensé lo que haría, no podía siquiera asumir que estaba consciente.
-¿cuántas tomaste?-le pregunté con voz ronca acercándome a buscar en su cuello signo de un corazón latiente
Nada, ni siquiera me oía. Estaba intoxicado hasta las lágrimas.
-Kurapika-lo llamé iluminando sus pupilas con la linterna de mi teléfono-¡Kurapika!-lo sacudí sintiendo que el alma se me rompía en pedazos.
Tomé el pequeño frasco y calculé la cantidad que había tomado, suficiente para suicidarse en una noche ¿en verdad lo había hecho, así sin más, como un cobarde?
Volví a mirarlo notando que sus pupilas se habían dilatado un poco más, lo llamé mil veces haciendo gestos y moviendo la linterna sobre su rostro. No podía llevarlo a un hospital, no lo recibirían por ser un cazador de listas negras y si lo llevaba con Cheadle probablemente lo quitaría del Zodiaco.
Esperé dándole una oportunidad de volver en sí sin necesidad de arruinar su vida y el trayecto que había logrado hasta ese día.
Y se suponía que el arrebatado y desenfrenado era yo, ¿cómo se lo explicaría a Gon y Killua si acababa muerto?
Lo tomé de la mejilla y lo miré fijo a los ojos cuando lo vi mover los labios, confiaba en él, quería hacerlo.
-no pasa nada-le dije al verlo pestañear ansioso sin entender cómo aún seguía vivo-estás bien-le aseguré sin dejar de controlar su respiración y su pulso, temía un paro cardíaco inminente-Kurapika
Me miró abstraído en sus pensamientos y le sonreí quitándole el flequillo de su frente húmeda, no podía enojarme con él, ni siquiera sentir pena o lástima, simplemente estaba ahí para quererlo y mostrarle que había alguien que lo esperaba.
-...tengo sueño-me dijo mirando en derredor, no lograba ubicarse
-no te duermas, es peligroso. Estás en la pensión de la señora Fuiro ¿la recuerdas?
Asintió sin moverse de su posición, parecía tener miedo, o simplemente estaba avergonzado de la decisión estúpida que había tomado.
Tomé el frasco y lo metí a mi maletín antes de buscar en medio de sus pertenencias cualquier otra sustancia extraña que pudiera hacerle daño, aunque no tenía mucho sentido, Kurapika se codeaba con los grandes de la mafia y con solo dar una orden o mandar unas cartas tendría en sus manos lo que quisiera.
Despejé la habitación botando a la basura todas las hojas que encontré en el suelo y en la mesa de la sala, estaba tan molesto y asustado que no me importó si estaba tirando una investigación importante o de años, estaba seguro que todo ello lo tenía enfermo y me sería imposible sanarlo si dejaba el lugar tal como estaba.
Kurapika me veía desde lejos, aún obnubilado y con la mirada inquieta, con ganas de levantarse y echarme a patadas de su vida; mas, solo podía quedarse en la cama semi muerto, asumiendo que debía seguir viviendo y con la carga de mi preocupación sobre sus hombros. No se movía, no podía hacerlo, su cuerpo apenas asimilaba la cantidad de droga que había consumido además de las heridas que ni siquiera había vendado.
Lo vi ponerse de pie solo veinte minutos después, como si estuviese ebrio demoró en encontrar la pared para apoyarse y esperó a recuperar el equilibrio, quería hablarme.
-¿puedes regresar a la cama?-le pregunté inconscientemente violento, no pude controlarme ¡era tan terco!
-estoy bien-me dijo pasándose la mano por los labios
Reí fuerte y sarcásticamente con las manos en la cintura.
-intentaste suicidarte
-¡no…!-me corrigió con voz temblorosa dejándose caer sentado contra la pared-no soy un imbécil, solo quería dormir-me explicó agachando la cabeza y soltando un sollozo desesperado
-¿dormir?
Hola! gracias por leer 3 esta historia acaba de empezar y les proponpo preparar los pañuelos, no será fácil reunirlos u.u quizás fue un poco corto pero estuvo intenso jaja
Besos desde Chile n.n
