10.

-¿no vas a decirme qué sucedió anoche?

-ya te dije que colapsé por los nervios-respondí cansado de repetir la misma respuesta por décima vez en el camino dentro del taxi que nos llevaba-solo estoy nervioso

Kurapika me lanzó una mirada caprichosa e hiriente, no confiaba en mis palabras y sabía que yo mentía, sin embargo, pronto terminó soltando un suspiro de resignación y volvió a buscar refugio en mi abrazo observando el paisaje junto a la carretera a través de sus anteojos oscuros. No le quedaba más que confiar y esperar, tal como yo lo hacía todos y cada uno de mis días a su lado.

El camino nuevamente fue largo y agotador. Mi pueblo natal era pequeño y se mantenía desapercibido detrás de unas montañas alrededor de la gran capital. Se componía de un piño de casas mal pintadas rodeadas de campo, flores y pequeñas calles que llevaban hacia la ciudad. No había cambiado demasiado desde que a los 18 dejé el hogar de Abuela para dedicarme a conseguir mi licencia de cazador, el lugar seguía tan silencioso y ausente como siempre, probablemente los niños ya habían crecido tanto como yo y algunos ancianos habían dejado de existir. Las calles permanecían amplias y vacías siendo a veces interrumpidas por una camarada de camiones que cruzaban por allí hasta la capital. Los campos siempre eternos e infinitos alrededor de las humildes viviendas desteñidas por el sol, daban al pueblo un triste y otoñal tono acaramelado, las acompañaban los animales pastando y disfrutando del riachuelo.

Kurapika no dejaba de mirar los árboles como si un instinto superior a su alma lo llamara al bosque como un imán, vi en sus ojos que moría de ganas por lanzarse al riachuelo, tanto que me hizo prometer que recorreríamos el campo antes de regresar al trabajo.

Ni siquiera fui capaz de recordarle que no estábamos de vacaciones, simplemente sonreí y besé sus labios deteniendo nuestro andar a pie por el delgado camino sin pavimentar que nos conducía al hogar que me vio nacer.

-haremos todo lo que quieras-le dije un poco cansado notando sus mejillas enrojecidas por el intenso sol

-no hables como si tuviera un cáncer terminal-sonrió siguiendo el camino con su bolso cruzado en el pecho-¿cuánto queda?-preguntó esperándome unos pasos más allá

-no mucho, un par de cuadras ¿estás cansado?-reí

-me duelen los pies, hace mucho calor-se quejó mirando sus zapatos azules sobre la tierra ardiente

-ya te acostumbrarás-le dije tomándolo de la mano para seguir caminando

-tienes suerte que de lejos parezca una chica

Ignoré por completo su mirada quisquillosa, mi sonrisa fue una respuesta de qué más dá, no teníamos nada que perder.

Caminamos tranquilamente hasta la casa que acababa el camino, era amplia y un infinito jardín la rodeaba permitiendo salir a la calle coloridas flores y plantas que eran custodiadas por ruiseñores. Me detuvo un instante sin deseos de voltearme, mi casa estaba justo en frente y no tenía el valor para ver de frente lo abandonada que debía estar y poco amigable que seguramente se veía. Siempre preferí la casa de Abuela, alegre y rodeada de naturaleza.

Sonreí como un niño al ver a Rojo colocarse en dos patas frente a la verja y bailar para mí como si después de cuatro años aún me recordara. Estaba viejo y apenas ladraba, pero mi corazón fue tan feliz al verlo que no tardé en soltar la mano de Kurapika y agacharme junto a la verja para acariciar su cabeza peluda, dejando que lamiera mis manos mientras sollozaba por un abrazo.

-no sabía que tenías un perro-me dijo Kurapika tomando una de las patas de Rojo entre las suyas

-no es oficialmente mío-sonreí-no lo acaricies mucho o te dará alergia-advertí preocupado

-es que es muy lindo-se defendió ignorando el enrojecimiento de sus manos-creo que no hay nadie-agregó observando al interior del jardín hacia la casa que mantenía las ventanas y puerta cerradas

-quizás Abuela murió-concluí apenado incorporándome para llamar a viva voz al interior-¡Gabriel!-grité cubriéndome del sol con una mano sobre mi frente, definitivamente ella debía estar-¡Gabriel!-insistí al oír una voz femenina responder a mi llamado

-¿quién es?-me preguntó Kurapika acercándose a mí mientras veíamos venir a paso rápido una mujer de vestido celeste y sombrero de mimbre hacia nosotros

-mi ex novia-respondí un poco avergonzado arrepintiéndome un poco por el gesto de Kurapika hacia mí, como si de pronto no confiara en mí o en mis sentimientos

-¿Leorio?-Gabriel se detuvo junto a Rojo echando su sombrero hacia atrás para verme a la cara con sus peligrosos ojos miel, se veía sorprendida y gratamente impresionada, como si hubiese esperado aquel momento durante años-regresaste

Abrió la verja ignorando por completo a mi compañero y se abalanzó sobre mí abrazándome con fuerza mientras Rojo bailaba a nuestro alrededor ladrando y mordiendo mis zapatos con el trasero moviendo la cola sin parar. Estuve al borde del llanto, después de tanto tiempo, el abrazo de Gabriel se sentía como el regreso definitivo a casa, y su dulce aroma me llenó de recuerdos de cuando salíamos a caminar buscando leña para que Abuela horneara pan y galletas.

Quise regresar, quise quedarme en su abrazo para siempre.

-creí que nunca llegaría este día-rió Gabriel tomando a Rojo en brazos para entrar juntos al jardín que abría camino a la casa

-solo vengo por unos días-me apresuré a decir para evitar confusiones y recordarme a mí mismo cuál era mi intención allí-¿y Abuela?

-llegaste tarde-sonrió apenada mirando de reojo a Kurapika que caminaba despacio tras nosotros-murió el año pasado, oraba por ti todas las noches

-lo siento mucho, aunque ya me extrañaba que no estuviese en el jardín tejiendo o cantándole a sus flores-sonreí embargado de nostalgia e infancia

-¿no vas a presentarnos?-me preguntó dejando a Rojo en el pasto antes de entrar a la casa e invitarnos a pasar a la sala de estar

-perdón, tengo la cabeza inundada en recuerdos-reí nervioso-él es Kurapika, mi mejor amigo-dije notando de pronto la mirada afilada de él sobre mí ¿estaba enojado?

-hola, mi nombre es Gabriel, con Leorio somos grandes amigos desde niños-dijo sonriente y amable sosteniendo la mano de Kurapika

Mi kuruta enfadado le respondió con una falsa sonrisa y guardó silencio demostrándome que estaba incómodo, que quería huir y que la situación significaba para él un gran esfuerzo.

-estaba preparando zumo de pulpa-nos dijo Gabriel con la misma calidez con que Abuela nos hubiese recibido-vengo enseguida

-que linda es-susurró Kurapika junto a mí cuando Gabriel desapareció tras la cortina de la cocina-estoy celoso

Sonreí por lo bajo ignorando sus celos caprichosos y ayudé a Gabriel con los vasos para servir jugo, galletas manzana y pie de arándanos. Hasta ese momento había olvidado por completo a Suirimiho, no había en mi mente más que las épocas más amables de mi vida, el tierno aroma a pasteles horneados y la cálida despedida de Gabriel el día que decidí partir en busca de la licencia. Me duele un poco reconocer que incluso Kurapika parecía un tormento, una pesadilla, junto a la vida tranquila que ella podía ofrecerme; al lado de mi primer amor no había preocupaciones ni dolor, solo buenas noticias y una vida prometedora.

-¿y a qué debo el honor de su visita?-preguntó tomando asiento en la mecedora junto al ventanal que daba salida al jardín

-es un poco complejo-titubié un poco arrepentido de haber llegado hasta allí-esperaba que Abuela me respondiera algunas preguntas, pero ya no está

-¿de qué quieres saber?

-sobre la muerte de Amir-dijo Kurapika dejándome con las palabras en la boca-hay algunos hechos que no coinciden y tenemos dudas

-¿Amir?-Gabriel frunció el ceño molesta por el tono arrogante de Kurapika-era una niña cuando la conocí, mi abuela probablemente sepa los detalles que buscan, pero está muerta

-¿no recuerdas siquiera cómo sucedió?-pregunté dándole un empujón a Kurapika para que cambiara de actitud, de pronto me irritaba su ímpetu y deseos de dominar la situación

Gabriel guardó silencio un momento, luego miró hacia el jardín mostrando una mueca de decepción.

-nunca la vi muerta-soltó mirándome inquieta-tu padre vino una noche diciendo que Amir lo había abandonado, que había roto su promesa, mi abuela intentaba tranquilizarlo pero él estaba desesperado y salió corriendo a buscarla, y luego supimos que Amir había muerto, aunque la verdad…-suspiró quitándose el sudor de la frente con un pañuelo-fue todo tan rápido y tan extraño que jamás me creí aquella historia. Mi abuela nunca habló de Amir como si estuviese muerta, y en una ocasión-agregó frunciendo el ceño como si quisiera recordar cada detalle-antes que muriera recibió una llamada, estuve muy triste durante mucho tiempo, dejó de cantar y tejer, y luego murió. Creí que era la edad, pero después me di cuenta que luego de esa llamada la perdí rápidamente

-...Suirimiho-susurré para mí con los ojos llorosos sin dejar de imaginar qué atrocidades pudo haberle dicho a Abuela como para enviarla a la muerte-¿no te dijo qué hablaron?

-no, pero a veces balbuceaba algo de un brazalete-me dijo nerviosa-y tenía pesadillas recurrentes con unos ojos verdes, creo que envejecí diez años soportando sus angustias

Kurapika me miró expectante esperando mi respuesta, probablemente él podría hallar la respuesta rápidamente, pero no quería decirle la verdad que había conocido, aquello abriría aún más cuestiones e inquietudes sin solución y sentía que pronto perdería la cabeza.

-¿se quedarán aquí?-preguntó Gabriel luego del hondo silencio que creé sin darme cuenta-no hay hoteles cercanos y tu habitación sigue intacta-me sonrió soportando sobre su cabeza el suave titilar de las campanillas removidas por la brisa del jardín

-claro-asentí regresando a tierra. Estaba conmocionado-¿sabes si alguien vino a mi casa en estos años?

Gabriel negó con la cabeza.

-mi abuela tenía las llaves, están guardadas por si quieres ir a echar un vistazo

-aho...

-tal vez vayamos más tarde-me interrumpió Kurapika soltando una sonrisa amable que Gabriel ignoró-fue un viaje muy largo, creo que necesitamos descansar

-como gusten-ella rió tomando un trozo de pie-estaré en el jardín si es que me necesitan, si tienen hambre deben avisarme para prepararles algo de comer

-gracias

Kurapika se puso de pie tomando la maleta y como si fuese su casa subió las escaleras arrastrándome con él hacia el segundo piso. Simplemente lo seguí y al ver su incertidumbre frente al pasillo caminé hasta la tercera puerta que aún tenía las calcomanías que alguna vez pegué en ella y giré el picaporte encontrándome con tantos objetos que extrañaba y quise llevar conmigo.

Kurapika se quitó el bolso, los zapatos y se lanzó sobre la cama quejándose del calor que hacía. Yo me quedé de pie agradecido que Abuela y Gabriel hubiesen limpiado y ordenado mi cuarto por años esperando mi regreso, no había rastro de polvo, mis libros estaban ordenados y la cama con el cobertor de siempre. El microscopio estaba cuidadosamente puesto sobre el escritorio bajo una pantalla que lo protegía del sol y la humedad, el modelo barato del sistema cardiovascular que había comprado con el primer dinero que gané trabajando por mi cuenta seguía intacto en lo alto del clóset vacío tras la cama, incluso las pequeñas figuras de mi serie animada favorita estaban dispuestas en orden junto al alféizar de la ventana.

Dejé la chaqueta en el respaldo de la silla frente al escritorio y cerré la puerta sentándome a los pies de la cama sin dejar de estar muy conmovido, era como un sueño.

-¿tan cansado estás?-le pregunté quitando el polvo del borde azul de su pantalón

-te detuve antes que salieras corriendo, con la cabeza desordenada no vas a ver detalles que quizás sean importantes-me dijo en voz baja, regañandome

Reí.

-¿sabes? no te queda el papel de pacifista-sonreí acercándome a él para verlo a los ojos-pero tienes razón, podríamos dormir un poco-asentí bajando la voz

-¿Gabriel no se sentirá sola?-me preguntó nervioso

-Gabriel no es ciega-dije echándolo a la orilla de la cama para recostarme a su lado

-¿vas a decirme qué sucedió anoche?-insistió quitándose las cadenas de su mano derecha, y aunque no le pregunté al respecto, me sorprendí en extremo al verlo desarmarse por completo en un lugar lejano y desconocido para él

-solo estaba cansado-susurré resoplando sobre su hombro mientras lo jalaba hacia mí tomándolo por la cintura-no preguntes más ¿quieres? yo también puedo guardar secretos

-no sabes mentir

-duérmete-sonreí

-no puedo

-Kurapika…

-dijiste que era tu mejor amigo, ¿y si Gabriel entra y nos ve…?

-eso qué importa, solo estaremos un par de días aquí, luego nos iremos y…-bostecé acomodándome junto a él-y será todo

-¿te gusta?

-no, ya no me gusta y no voy a casarme con ella-dije rápidamente-no te hagas ideas erradas

-es perfecta para ti, podrías quedarte con ella

-no

-y tienen un lindo perro que quieres mucho, y cocina tu pie favorito

-no seas necio, ¿cuántas veces debo decirte que…?-me detuve en seco al encontrarme con su mirada inquisitiva, esperaba con ansias que terminara de hablar o deseaba coserme la boca con hilo y aguja, no estaba seguro

-no te atrevas a decirlo-me advirtió hondamente herido aniquilando toda la vida que había recogido con el sol, volvía a ser el mismo ser frío y oscuro que de costumbre

-te-dije riendo para mí articulando cada letra con esmero

-no, Leorio cállate-insistió sonrojándose hasta las orejas en un solo instante queriendo huir ansioso de mis brazos

-te-repetí disfrutando su nerviosismo sin dejarlo escapar-te escogí a ti-le sonreí enternecido por el color en su rostro y sus ojos vidriosos, tanto le temía a mi amor

-no siempre las elecciones son correctas-me corrigió cerrando los ojos dispuesto a dormir para huir nuevamente de mis palabras

-no eres quién para enseñarme cómo elegir-reí tomándolo de la barbilla para besarlo en medio de la inquietud y el silencio que solo era interrumpido por el suave murmullo de las cortinas revueltas en la cálida brisa-estás pensando demasiado-susurré un poco entristecido acariciando su mejilla

Kurapika asintió quitando mi mano de su rostro y me dio la espalda entregándose al sueño.

Cuando abrí los ojos el sol ya se había metido, hacía frío y una manta cubría mis pies. Fue tan extraño despertar allí, creí por un instante que Abuela vendría a regañarme por haber dormido todo el día y que no podría comer galletas después de la cena. Fue solo un segundo, justo cuando recordé quién era oí la voz de Kurapika preguntándome si estaba despierto o seguiría durmiendo.

Me volteé perezoso hacia el escritorio y balbuceé algo parecido a un no.

Al parpadear nuevamente ya era de noche, Kurapika seguía sentado frente al escritorio y el frío había congelado mi espalda hasta congestionarme. La sensación de transporte en el tiempo había desaparecido, estaba tranquilo y podía pensar con claridad. El descanso fue necesario.

-hace tres horas dijiste que dejarías de dormir-dijo Kurapika mientras me levantaba-Gabriel me pidió que no te despertara

-¿comiste?-pregunté casi por instinto asumiendo que en las diez horas pasadas no había salido de la habitación

-sí, ella me trajo para comer-me explicó sin darle mucha importancia con la vista clavada en el lente del microscopio

-¿qué haces?-inquirí apoyándome en el escritorio junto a él

-intento terminar tu investigación, pero creo que el microscopio se averió-me sonrió como un niño haciéndome notar que había leído todos mis apuntes del trabajo que había dejado a medias, incluso los había rayado creando hipótesis y tenía bajo los resúmenes un par de libros de biología marcados con papeles de colores

-déjalo, apenas sabía lo que estaba buscando, no iba a encontrar la cura del raquitismo estudiando la composición bioquímica de las plantas-le dije un poco decepcionado de mí mismo. Había estudiado lo suficiente para saber que mis avances de botánica no ayudaban en nada a encontrar la cura que desee hallar con tanto ímpetu en mi adolescencia

-¿Pietro sufría de raquitismo?-me preguntó apagando el microscopio

-sí, una enfermedad curable en cualquier lugar del mundo, menos aquí-suspiré mostrándole lo mucho que aún me dolía haber perdido a un amigo de un modo tan injusto

-creo que ibas bien encaminado-me dijo ordenando los apuntes sobre los libros-puedes convertir las plantas en medicina para suplir la desnutrición, solo necesitas un buen equipo biomédico y mucho dinero

-¿tú crees?-lo miré de reojo confiando en el genio que escondía detrás de su cabello mal cortado

-si regresamos vivos podría ayudarte-sonrió abriendo en mí una nueva ilusión

Acababa de darnos un motivo para sobrevivir.

Bajé las escaleras en busca de Gabriel. Rojo ladraba en el jardín persiguiendo los pajarillos de la noche y ella permanecía en la cocina detrás del sonido de la batidora y el olor a panecillos que inundaba la sala. Era terriblemente tentadora la imagen que Gabriel me ofrecía, era quizás todo lo que necesitaba para ser feliz, ella poseía la paciencia y el amor incondicional que alguien como yo debiera tener en la vida, al mirarla incluso podía ver hijos y mascotas enmarcando mi futuro en un cálido hogar.

Le sonreí agradecido acompañándola mientras terminaba de batir la crema para el pastel que preparaba. Había cintas y colorantes por todos lados, una lista de pedidos tachada en el refrigerador y cajas adornadas con flores sobre el mesón, se esmeraba mucho en sus pasteles.

-¿trabajas en esto?-le pregunté mientras ella adornaba con rapidez el borde del pastel

-sí, de alguna forma tengo que ganarme la vida-sonrió humilde-¿te gusta tu vida de cazador?

-no mucho, me mantiene alejado de la medicina

-¿estás comprometido?

-¿por qué preguntas?-reí nervioso

-quiero casarme contigo-soltó sin inmutarse rellenando la manga con crema batida-sé que lo nuestro fue hace mucho y que éramos unos niños, pero no he conocido a nadie más y...dudo que salga de este pueblo alguna vez-suspiró resignada-sabía que regresarías algún día, y he estado esperando por ti

-suena como si fuera tu consuelo

-no, claro que no, Leorio, me encantas-sonrió dejando a un lado su trabajo-pero tengo 23 años y no quiero perder más mi tiempo, no creas que no siento nada, solo soy objetiva

-no lo sé…-susurré culpable, no entendía por qué dudaba-no puedo decidir ahora

-sabes que mi abuela…

-lo sé, sé lo que ella quería para nosotros, pero he cambiado y hay alguien que amo demasiado como para dejar que se aleje de mi vida. Si soy objetivo como tú, claro que eres mi mejor opción y probablemente podamos ser muy felices, pero hay un sentimiento que no puedo dominar y es más intenso que lo que siento por ti. Lo siento

Gabriel sonrió, y como si nunca hubiésemos hablado, siguió decorando el pastel con la crema color rosa.

-la cena está lista para que coman-me dijo invitándome a alejarme de su espacio-solo déjame decirte una cosa

-¿sobre qué?

-ese amigo tuyo no me gusta nada, es como si fuese la muerte andante, te traerá mala suerte cargar con él

-es mi problema-respondí a la defensiva sin poder permitir siquiera que ella hablara en ese tono sobre Kurapika-Gabriel, no te enojes conmigo

-solo tengo el corazón roto, Leorio, no esperes que esté feliz si me cambiaste por una chica sofisticada de la capital-refunfuñó sonrojada sin mirarme

-no, no es…

No terminé de hablar, estaba agotado, no tenía sentido seguir mintiendo y era mejor callar, o acabaría gritándole a la cara que esa chica sofisticada llevaba el cabello corto y ropa masculina, y que había dormido junto a mí toda la tarde.

Subí las escaleras en busca de Kurapika para cenar, para mi sorpresa no estaba en mi cuarto, tampoco sus zapatos ni el pañuelo que me había regalado. Simplemente había saltado por la ventana.

Me calcé las zapatillas y corrí tras él sabiendo perfectamente dónde había ido a entrometerse, ignoré el llamado de Gabriel y crucé el jardín hasta la calle de enfrente viéndome por primera vez en diez años fuera de la puerta de mi casa, la misma por la cual salió mamá un día sin regresar y que no quise volver a cruzar desde el día que papá me dejó en casa de Abuela. En aquellas cuatro paredes había crecido, corrido, jugado y visto morir a Pietro frente a mis ojos.

Di un paso atrás sin tener el valor de enfrentarlo. Allí dentro dormía el recuerdo que me destruiría, allí estaban Suirimiho, la pena de mi padre y la mirada llena de desprecio de Amir Windsor hacia el menor de sus hijos.

Las luces se encendieron en el segundo piso llamando mi atención y recordándome que Kurapika había entrado ya arrastrándome tras él, como si fuese consciente del magnetismo que tenía sobre mí.

Entré sintiendo las piernas temblorosas, tosí el polvo que caía de las paredes y caminé por inercia a las escaleras sin saber si las lágrimas que congestionaban mis ojos eran a causa de la suciedad acumulada o por mi corazón colapsado a punto de estallar. Simplemente corrí sacudiendo los escalones y llamé a Kurapika con la voz desgarrada sintiendo el estómago apretado tras un mal presentimiento. Me aplastó la misma pesadez que me inundó en el tren, ni siquiera tuve que pensarlo demasiado, la voz inquietante de Suirimiho, sus ojos verdes y el brazalete con su nombre nublando mi memoria aniquilaron mi cordura y temí lo peor siendo presa de la paranoia al recordar que Kurapika estaba desarmado.

-Kurapika-lo llamé buscando el interruptor de la luz para iluminar el pasillo

-¡no, no Leorio, no vengas!-gritó corriendo hacia mí desde la habitación del fondo que estaba iluminada-¡no!

Me empujó contra la pared tironéandome hacia la escalera, parecía un loco.

-déjame-dije soltándome de él, pero no me dejó, me tomó de la mano evitando que saliera corriendo-¡Kurapika!

Me quité de él ignorando su mejilla magullada y corrí hacia la habitación sabiendo que lo encontraría ahí, que Suirimiho me esperaría.

-¿querías respuestas?-me preguntó sonriente desde el balcón del cuarto mostrándose por completo ante mí. Se veía mayor que yo, unos diez años, llevaba un abrigo oscuro y un cinto cruzado sobre el pecho con pequeñas balas de plata, su rostro era pálido y poseía las mismas suaves facciones de mi madre, sin embargo, el rencor que emanaba de sus ojos le daba un tono lóbrego y escalofriante, no cabía duda que era un asesino y parecía feliz de verme a los ojos-te dije que no encontrarías nada en esta casa

-vámonos-me dijo Kurapika tomándome del brazo con insistencia-Leorio

-deberías escuchar a tu amigo, si buscas en esta casa no hallarás nada agradable

-¿dónde está Amir?-pregunté con la garganta apretada y los ojos llorando-tú sabes dónde está

-no querrás saberlo-canturreó entretenido desenfundando un revólver plateado de su cintura-pregúntale a tu amigo, acabo de decirle

Miré a Kurapika por primera vez en medio de la conmoción y vi en sus ojos el deseo de huir, ya había perdido una vez contra Suirimiho ¿acaso estaba asustado? la herida en su mejilla y su cabello desordenado me hablaban de un asalto y un golpe contra la pared, me suplicaba que huyéramos pero ¿por qué? ¿Qué era lo que Suirimiho sabía que lo obligaba a guardar silencio tal como Abuela lo había hecho?

-esto no tiene sentido-me dijo con el ceño fruncido-está enfermo, Leorio, solo quiere hacerte daño

-tienes un buen amigo, hermano-susurró Suirimiho cargando su arma con lentitud-te daré una pista, Amir está en esta casa, muy cerca de ti y prometió no decir una palabra ¿no es cruel de su parte? has viajado tanto para encontrar una respuesta, pero yo te lo advertí, no hallarás nada

-ni siquiera te recuerdo…-susurré intentando buscar imágenes en mi cabeza que se asemejaran a él

-claro que no, tu padre se encargó de aniquilarme de tu memoria, no quería que su amado hijo sufriera los efectos de vivir con alguien como yo-remedó con sarcasmo como si imitara la voz de mi padre-¡estaba equivocado!-gritó apuntándome con el arma directo entre las cejas-fui yo el marginado ¡tu padre me dio su apellido alejándome de mi línea real! gracias a él y tu maldita sangre no tengo nada-susurró asqueado mirándome fijo a los ojos-Amir jamás quiso tenerte, yo la vi llorando por tu culpa ¡debió dejar que acabara contigo en cuanto naciste!

Tragué grueso intentando darle frente, pero no podía, estaba deshecho.

-pero fui buen hermano-sonrió amable alejándose de mí y guardando el revólver nuevamente en su funda-y te dejé vivir, Leorio, lo hice porque quería verte crecer, quería que fueras feliz para hacer de mi venganza un postre mucho más dulce, ahora tienes mucho que perder ¿no es así?-me preguntó sonriendo con la malicia escrita en su frente-si quieres ver a mamá, búscala, estaba muy arrepentida de abandonarte cuando le corté el cuello

Rió echándome a un costado y desapareció por el pasillo haciendo resonar sus botas pegajosas.

Kurapika me sostuvo temiendo que me desplomara frente a él, pero me incorporé al instante y caminé en círculos intentando ordenar mis ideas. Todo había empeorado, y nada tenía sentido.

-¿dónde está…?-repetía caminando de un lado a otro-Amir… mamá, ¿dónde está?-insistí clavando mis ojos en el charco de sangre en que Suirimiho había estado de pie, era sangre fresca y brillante, drenaba lentamente por las rendijas de la madera y disminuía en cantidad a medida que se acercaba al clóset. Mis ojos se detuvieron en las puertas de madera a medio cerrar que me invitaban al mismísimo infierno, contuve la respiración reconociendo el lugar, me ví aún pequeño correteando por la habitación con mi padre tras de mí pidiéndome que tuviera cuidado, que no corriera tan rápido, me gustaba esconderme en el clóset en medio de los vestidos de mamá, me gustaban los colores de su ropa y adoraba probarme sus tacones a escondidas. Amir solía regañarme, me comparaba con alguien más, siempre quiso que fuese mejor de lo que yo podía y la verdad no recuerdo un abrazo suyo con claridad, quizás jamás me consoló y era todo causa de mi padre para evitarme el dolor.

Kurapika me detuvo abrazándome a medio camino hacia el clóset, quería evitar a toda costa que lo viera con mis propios ojos.

-no vayas-me susurró al oído-no tienes que hacerlo

-Suirimiho no mataría a Amir, Kurapika-le expliqué quitándome de su abrazo-a ella la ama sobre todas las cosas, la necesita viva para reclamar su lugar en la familia Windsor-susurré tomando manija ensangrentada entre mis manos como si pesara una tonelada-solo tengo recuerdos de él ayudándome a subir los árboles y comprándome libros para colorear-susurré sin poder controlar las lágrimas que caían a cascadas por mis mejillas

Cerré los ojos conteniendo la impresión y me dejé caer sentado tomándome la cabeza con las manos. Jamás podría borrar la imagen de mi padre de rodillas y a manos atadas, la cabeza a medio decapitar y la ropa rasgada a fuerza de armas blancas y balas de plata. No parecía haber ofrecido resistencia, su sangre aún estaba tibia y sostenía con fuerza una fotografía entre los dedos de su mano izquierda, incluso llevaba su anillo de compromiso añejado por los años en el dedo anular. Había ofrecido todo lo que tenía para que olvidara todo lo que me haría daño, desfiguró su imagen para que yo pudiera vivir confiado en una madre que me amaba y se aniquiló del mundo creyendo que había escindido para siempre mi vida de la de Amir y Suirimiho, y yo apenas podía recordarlo.

Después de todo, era yo el bastardo de una mujer que me había abandonado y no tenía nada que exigir.


Espero les guste el drama xd

Besos desde Chile n_n