Disclaimer: Hetalia Axis Powers es propiedad de Hidekaz Himaruya.
Advertencias: Uso de nombres humanos, UA.
Notas de autora: Me encanta Polonia, como ya saben, y recientemente he descubierto la ship PruPol, enfréntense a mi amor por ellos (?).


Era un día precioso, con el sol en lo alto del cielo e iluminando alegremente la bonita floristería que pertenecía a Feliks Lukasiewicz y Elizaveta Héderváry, un polaco y una húngara que eran los mejores amigos desde que apenas tenían memoria. No era que tener una floristería era el trabajo soñado de ninguno de ellos, pero sí lo era el trabajar junto a su mejor amigo, y qué mejor manera de empezar que con una floristería. Se ganarían el afecto de la ciudad con flores y tratos amables; podrían ahorrar lo suficiente para comprar los materiales que ambos requerían para sus sueños individuales.

No les costó demasiado trabajo comenzar de cero para llegar a ser la floristería más visitada de la ciudad. Principalmente, porque no había ninguna otra allí. Regularmente los vecinos de la ciudad les hacían encargos, y habían salvado más de una relación con los racimos enormes de flores, la ciudad estaba encantada con la vitalidad de Feliks y la dulzura de Elizaveta.

Aquel, entonces, era uno de esos días donde la floristería estaba abierta. Elizaveta estaba en la parte trasera de la tienda, asegurándose de que estuvieran bien abastecidos de todo tipo de flores, y Feliks se encargaba de atender la caja registradora por si alguien entraba en la tienda. Elizaveta era la más fuerte del dúo, y había sido la primera persona en apoyar la homosexualidad de Feliks cuando este salió del clóset a los dieciséis años. Desde entonces, ya que los padres de él le habían echado de su hogar en Polonia, vivían juntos, ayudados económicamente por los padres de Hédervary, que conocían a Feliks de pequeño y a los cuales el polaco consideraba como sus tíos.

Elizaveta lo cuidaba y lo protegía a partir de su confesión, sin importarle si se metía en peleas con otras mujeres e incluso hombres. Era una chica fuerte, decidida, y Feliks la amaba.

—¿Estamos bien abastecidos de tulipanes? Ayer no nos quedaron demasiados —decía el polaco a su gran amiga, cuando esta apareció por la puerta del depósito. Ella asintió, cargando entre sus brazos un racimo de centaureas—. Te ha quedado hermoso, ¿ha sido un encargo? —quiso saber, en referencia al racimo que ella traía.

—Lo encargó un tal Gilbert Beilschmidt —la húngara se encogió de hombros ante la interrogativa mirada de su mejor amigo—. Llamó ayer al teléfono de la floristería y mandó a hacer el racimo más grande que tenemos. ¿Lo conoces?

El polaco negó con la cabeza, y no le dieron más importancia al asunto. Probablemente sería una persona que había encargado a la tienda por recomendación de otros clientes, la floristería era muy conocida en aquella ciudad. Feliks le cedió el puesto de la caja registradora a su mejor amiga y se dirigió a traer los encargos que tenían en el depósito, a la espera de que los vinieran a buscar.

Parecía que sería otro tranquilo día en la floristería, hasta que escuchó la voz de Elizaveta chillar contra alguien. Asomando los ojos por la puerta del depósito, vio un muchacho alto (más alto que él) de cabello albino y ojos curiosamente rojizos. Tenía fuertes facciones germanas, y cuando habló, en su voz se notaba el acento alemán.

—¿Dónde está tu compañero? —exigió saber aquel chico. Feliks supo entonces a lo que venía. No muy de vez en cuando... algunas personas que entraban al local no eran clientes, sino que eran imbéciles que se enteraban que uno de los dueños de la floristería era homosexual, y venían a perturbar la paz. En muchas ocasiones los vecinos solían meterse para defender al polaco, pero aquel día no podía ser posible, porque era de mañana y no se asomaba ni un alma por las calles.

—No te importa, así que retírate o voy a patearte el culo —lo enfrentaba la húngara. No era secreto para nadie que era un poco marimacha. Tal vez por eso hacía tan buena dupla con el polaco: uno tenía lo que al otro "le faltaba". El albino refunfuñaba, ninguno de los dos notó que Lukasiewicz estaba viéndolos desde la puerta.

—Vine a buscar el racimo que encargué, soy Gilbert Beilschmidt —dijo, ignorando la discusión anterior. La húngara abrió grandes los ojos antes de volver a fruncir el ceño, cruzándose de brazos. No iba a entregar ningún racimo de flores a un idiota homofóbico que quería ver a su mejor amigo para joderle el día. No soportaba a los homofóbicos y no era amable con ninguno—. ¿Y bien? ¿Dónde está el racimo y dónde está tu compañero?

—¡No voy a decírtelo! Repito: déjalo en paz. Y no vas a tener tu jodido ramo de flores, no hacemos encargos a imbéciles —Elizaveta no daba el brazo a torcer y la expresión de irritación en el albino pasó a ser una de puro hastío. Ambos se estaban impacientando, Feliks podía verlo, lamentándose en silencio. No era la primera vez que atrapaba a Elizaveta defendiendo su nombre, aunque él no estuviera presente, de un idiota.

El germano gruñó en voz baja: —Jodida loca —y le envió una última mirada desafiante antes de finalmente abandonar la tienda, al ver que Elizaveta no le daría las respuestas que quería. En cuanto estuvo seguro de que el tal Gilbert Beilschmidt no se volvería a aparecer, el polaco salió de su escondite tras la puerta del depósito y fue hasta donde su mejor amiga, quien lo observó, sorprendida.

—Siento que tengas que pasar por esto otra vez —masculló Feliks, sentándose en la silla de la caja registradora. La húngara negó con la cabeza, volviendo a sonreír, y le abrazó—. Eres una asombrosa mejor amiga, te amo, Eli, o sea.

—Yo también te amo a ti y voy a cuidarte de cualquier tarado —le aseguró ella, besando su cabellera rubia. Al cabo de un minuto, rompieron el abrazo y, en cuanto Elizaveta estuvo confiada de que Feliks no se pondría triste, volvieron a sus actividades diarias en la tienda. El polaco creía que ese muchacho germano no volvería a pisar la floristería, nadie volvía allí después de tener un encuentro con el lado furioso de su mejor amiga.

O eso creyó hasta que el día siguiente, mientras él atendía la caja registradora y le cobraba un ramo pequeño de azucenas a alguien, vio que la húngara, fuera de la floristería, chillaba contra un tipo, y a este le pertenecía una cabellera albina sospechosamente familiar. Era el mismo tipo que el día anterior, Gilbert Beilschmidt.

—¡Déjame entrar! ¡No puedes prohibirme la entrada, marimacha loca! —reclamaba el alemán, esquivando los golpes de la muchacha que esta le dirigía a su pecho y estómago.

—¡Sí puedo y lo haré! ¡Fuera de esta floristería! —gritaba Héderváry.

El polaco terminó de cobrarle al cliente que atendía y, apenas terminó de guardar el dinero en la caja registradora, apoyó el rostro en su palma derecha, mirando a los dos jóvenes discutir agresivamente. Ese albino quería algo, y no eran las centaureas. En su mente nació la posibilidad de que el germano quería la atención de su mejor amiga y no sabía cómo atraerla, porque vamos, Elizaveta era la definición de belleza femenina. Incluso su lado agresivo no era suficiente para opacar la hermosura que esta poseía.

Era una lástima que el apuesto albino fuera un homofóbico que decidiera llamar su atención queriendo molestar a su mejor amigo. Feliks realmente no tenía problemas con las personas homofóbicas, siempre que estas no se metieran en su camino y decidieran que estaba bien decirle comentarios que en realidad no había pedido.

Algo le dijo a Feliks que ese hombre volvería todos los días hasta conseguir su objetivo. Parecía realmente concentrado en hacerlo. Suspiró y volvió a prestar atención a la caja registradora y a los nuevos clientes que ingresaban, decidido a ignorar la explosión de chillidos entre Elizaveta y Gilbert Beilschmidt.

Lo que el polaco no contó fue pensar en qué sucedería si fuera él quien se topara con el muchacho. El tercer día en que Gilbert Beilschmidt se apareció por la floristería, solo estaba Lukasiewicz al mando, porque Hédervary había salido a hacer trámites de la carrera universitaria que quería seguir y a la que por fin podía dedicarse gracias a sus ahorros. El albino se quedó de piedra ante la visión de Feliks en solitario, y este lo imitó, dudoso de qué hacer a continuación.

—Buenas tardes —dijo el polaco como pudo, colocando una postura defensiva. Él podía defenderse por sí solo de cualquier persona homofóbica, la vida le había enseñado a ser fuerte—. ¿Necesita algo? Elizaveta no se encuentra aquí —agregó, creyendo que nuevamente vendría a discutir con ella.

El otro muchacho no le respondió, solo avanzó hasta que la mesa de la caja registradora no le permitió llegar hasta donde estaba Feliks. Este se sonrojó un poco de ver que esos ojos rojizos no dejaban de mirarlo intensamente. Era atractivo, el maldito homofóbico.

—No vine por ella —dijo bruscamente Beilschmidt—. Vine por ti.

El rubio se cruzó de brazos. No iba a dejar que nadie intentara pisotearlo, no importaba si era un hombre ridículamente guapo, nadie se metía con su orgullo por ser miembro de la comunidad lgbt. Al parecer Elizaveta no era el objetivo de interés de Gilbert y era simplemente un imbécil.

—Si vienes a insultarme, estás perdiendo tu tiempo, o sea —le espetó el de ojos verdes—. Piérdete y lárgate de aquí, no pienso...

—Quiero encargar un racimo de flores para ti —lo interrumpió el contrario, dejando estupefacto a Lukasiewicz. ¿Qué diablos había dicho el albino?

¿Un racimo de flores... para él? ¿Para qué quería eso si venía a querer molestarlo? Creyó que se trataba de una broma muy pesada y de mal gusto, así que se puso más a la defensiva que antes.

—No voy a aceptar nada que venga de parte de un homofóbico —contestó Feliks, que era tan o más cabezota que su mejor amiga. Gilbert dejó escapar un sonido de frustración e hizo un sonido de impaciencia con el pie.

—No soy homofóbico —ante la mirada atónita del dueño de la floristería, este pudo notar que las mejillas pálids del germano se teñían levemente de rosa—. Quiero pedir un racimo de flores para ti porque quiero... invitarte a salir. Yo... —como el polaco no decía palabra alguna, el alemán seguía hablando—. Una vez acompañé a uno de mis mejores amigos aquí, cuando pidió flores para su novio. Antonio.

Claro que Lukasiewicz sabía quién era Antonio Fernández Carriedo, había pedido un ramo enorme para pedirle noviazgo a un chico. Era español y realmente una dulzura de persona. Pero no recordaba haber visto a Gilbert.

—No recuerdo haberte visto con él —le confesó algo tímido el blondo, sin saber qué decir. El albino le hizo un gesto de "no pasa nada".

—Porque no entré a la floristería, me quedé afuera y en cuanto te vi, el asombroso yo quiso saber tu nombre. Le pedí a Antonio que me ayudara a salir contigo pero me dijo que tenía que venir por mí mismo —los dos estaban avergonzados, pero el germano hacía el esfuerzo de mirar a la cara al polaco—. La culpa es de tu loca amiga, esa mujer me golpea siempre que quiero entrar a buscarte.

Feliks finalmente entendía por qué el albino ponía tanto afán en querer entrar a la floristería. Se sentía... halagado, cuando antes se había sentido insultado, y también experimentaba algo de culpa, porque había juzgado las acciones de Gilbert sin molestarse en pedir una explicación lógica por ellas. Había hecho lo que precisamente no le gustaba que hicieran con él: juzgarlo sin conocerlo.

—El asombroso yo ha pasado por mucho, así que, ¡tienes que salir conmigo! ¡Y quiero pagar por el racimo de centaureas que pedí para ti! —bramaba el albino, haciendo sonreír a Feliks por su determinación para que saliera con él. Le sonrió coquetamente, apoyando el rostro sobre su palma como lo había hecho el día anterior.

Ese alemán se merecía al menos una cita con él por haberse aguantado todos los gritos y golpes de Elizaveta, ¿verdad? La húngara se llevaría una gran sorpresa cuando volviera.