Nota: Los personajes son de Masami Kurumada y Toei, este es séptimo capítulo de una historia que no va a ninguna parte pero igual está aquí. Muchas gracias a los que leen, en especial a los que me dedican un par de palabras.

Dicen por ahí.

—Con ustedes Sigfried que nos cantará del divo Juan Gabriel la canción: Querida —dijo el anunciador leyendo un papel que cierto guerrero aficionado a las piedras semipreciosas le proporcionó.

—¿Quién eligió esa canción? —protestó el guerrero de Dubhe —Me niego a cantar una canción tan cursi.

—¿Qué te pasa Sigfried? —preguntó Alberich —¿Tienes miedo de perder? Te van a descalificar.

—Que me descalifiquen —dijo tajantemente Sigfried.

—Si esa es su decisión —dijo el anunciador —. Voy a tener que declararlo descalificado y otro tomará su lugar.

—¿Te vas a dejar dar órdenes por ese? —preguntó Syd con ganas de ver perder a Sigfried la paciencia.

—¿Vas a dejar que te gane alguien tan inferior cómo Seiya? —siguió Bud que desde hace rato buscaba pleito, pero no veía la oportunidad.

—Nadie me da órdenes, menos ustedes, par de gatos malcriados —le gritó el enojado guerrero.

—Con Aioria, serían tres —dijo Marin que escuchó a los asgardianos, lo que provocó la risa de Aioros.

—Si no fueras mi hermano mayor, Aioros —dijo Leo —, te juro que no te quedarían dientes para reírte de mí.

—No debes ser tan susceptible Aioria —dijo Shura.

—Si logro averiguar quién fue el gracioso que me inscribió lo matará sin el menor remordimiento —refunfuñó el guerrero de Dubhe —, pero exijo que se me cambie la canción.

—Me temo que eso es imposible, señor —dijo el anunciador tragando saliva —. Son las reglas.

—Apresúrate —dijo Afrodita desde su mesa —, no tenemos toda la noche.

—De prisa Sigfried —le instó Tholl —. Si no cantas los caballeros de Atena y los generales de Poseidón te lo echarán en cara toda la noche.

Fue el momento en que alguien se presentó en el escenario.

—Entonces, si no cantarás baja de una buena vez —se presentó Kasa que había tomado la forma de Sorrento —. Le voy a dedicar esta canción a la pelirroja de hace un rato.

Fue una mala elección del infortunado general. Porque era Sorrento la persona a la que Sigfried sí le tenía cierta aversión personal.

—¡Tú no me das órdenes! —dijo al momento en que apuntó con su dedo al general —¡Espada de Odín!

Fue así como Kasa cayó sobre los otros generales que se recuperaban de sus heridas infligidas por Shaka.

—Y al primero que se ría le irá peor —amenazó el poderoso guerrero de Odín.

—Hay que ver que la gente de Asgard es muy susceptible —dijo Shura al ver la escena —. Mejor vamos a seguir con el plan de Milo. A ver Aioria, dame la botella que les confiscaste a Mu y a Shaka.

—¿Te refieres a esta botella de vino medio raro? —dijo Aioria, que por ser de origen griego no siempre comprendía los vinos españoles.

—¡No es vino medio raro, es un vino delicioso! ¡Entiendes! —le gritó el susceptible Shura.

Sin más preámbulo comenzó la canción.

Fue cuando Krishna abofeteaba a Kasa para reanimarlo luego del furioso ataque. Luego de caer inconsciente, ya había recuperado su forma de arenque ahumado original.

—Esto no puede quedarse así —dijo Io luciendo una chipote en la cabeza.

—Primero ese hippie —siguió Baian —, ahora ese tipo pálido. Mira cómo pusieron al pobre Kasa que solamente quería cantar.

—Por lo menos ayuden ustedes dos —dijo Krishna mientras sacudía al arenque.

—Ya no abofetees a Kasa —dijo Io —, lo dejas peor.

—Cierto, lo necesitamos para vengarnos —Baian añadió.

—Pero ustedes atacaron al caballero de Atena —explicó Crisaor —. Bueno, les ayudaré a vengarse, pero esto lo hago únicamente para no tener que llevarlos cargados a todos hasta el yate de Julian. Cuiden a Kasa mientras regreso que algunos podrían interpretar como: sigan abofeteando al cara de pescado

—¿Piensas ir tú solo contra los caballeros de Atena? —Preguntó el caballo marino.

—¿Estás seguro de que no recibiste un golpe en la cabeza? —siguió Io.

—¡Idiotas! Yo tengo mis métodos —dijo enojado Krishna —. Yo sé usar la cabeza, no como ustedes.

Crisaor fue a la mesa de los guerreros de Asgard que entretenidos tomaban fotografías a Sigfried.

—Vamos Sigfried, una sonrisa, para la posteridad —decía Alberich en un tono bajo para que el guerrero de Alfa no le escuche.

—¿Me enviarías las fotografías que estás tomando? —preguntó Krishna al acercarse a los asgardianos.

—¡Sh! No hables tan fuerte que Sigfried puede oírte —dijo Alberich —. Ahora, ¿me estás proponiendo que te dé estas fotografías y dejar que toda la Atlántida se ría de Sigfried? Suena tentador —el guerrero de Megrez se relamió el labio superior —, pero como yo quiero permanecer en una sola pieza mejor declino tu oferta. A menos que tengas algo qué ofrecer. Los caballeros dorados ya hicieron su propuesta, ¿sabes?

—¿De veras Alberich? —preguntó Syd interesado.

—¿De cuánto? —siguió Bud.

—Eso no se canta, se silba— respondió Alberich —. Tú sabes cómo son los caballeros dorados, les gusta presumir sus armaduras de oro.

—Es de lo que quería hablarles —dijo Krishna que al fin había encontrado el tema de que le interesaba —. Miren, a mí no me gusta el chisme, pero escuché bien clarito cuando decían que sólo los caballeros del santuario eran los únicos capaces ya que los demás, especialmente los de Asgard sólo servían para domar pingüinos y focas porque de guerreros no tenían nada.

—¿Ellos dijeron eso? —preguntó Fenril —Pues no es verdad, yo puedo domar lobos. A ver Jin, saluda —Acto seguido el lobo le dio una pata a Krishna.

—Ves qué están errados —dijo Tholl satisfecho con la demostración de Fenril.

—Pero el rubio que me dijo eso…—Crisaor no pudo terminar, porque al mencionar simplemente esa palabra Hagen saltó.

—Ese rubio no pudo ser otro que Hyoga —dijo el guerrero de Merak —. Siempre anda de presumido cuando es el más inútil de todos.

—¿Estás seguro de que fue Hyoga? —preguntó Fenril.

—No sé bien su nombre, pero era uno rubio —explicó Krishna —, presumo que era él.

—Es porque es un presumido —siguió Hagen.

—No creo que estés en los correcto—dijo Tholl intentando apaciguar a su sulfúrico compañero de armas—. Hay otros rubios en el Santuario.

—Pero creo que era el más rubio —dijo Krishna

—Ven, hasta presume que es más rubio que yo —Hagen dijo al momento de irse en busca de Hyoga —. Yo le enseñaré a ese avechucho quién es más rubio.

—No sé porqué, pero todo esto me suena familiar —dijo para sí Alberich.

Hagen se marchó para buscar al cisne y pasó por la mesa de Mu y Shaka que conversaban con el mesero.

—Lo lamento, pero no tenemos más jerez —decía —, si lo desean podemos ofrecerles otras bebidas de la carta.

Fue cuando vieron pasar a Saga con un vaso extra grande repleto de bebidas de varios colores.

—¡Qué bonitos colores en eso que lleva Saga! —dijo Shaka señalando a Saga —, queremos eso.

—Lo que usted ordene señor —dijo el mesero.

Ahora bien, lo que llevaba Saga no era otra cosa que la extraña mezcla de una variedad de bebidas alcohólicas que habían encontrado en el bar.

—Si con esto no cae no sé con qué lo hará —decía Saga enseñándoles a sus camaradas su obra.

—Disimula un poco que Camus está mirando hacia este lugar —le advirtió Kanon.

Ciertamente, Camus de Acuario comenzaba a sospechar algo por las miradas furtivas que intercambiaban los otros caballeros cada vez que bebía un sorbo de ese vino que, según su opinión, era muy malo.

—Aquí tienes Camus —dijo Milo, al que los otros caballeros habían elegido como el emisario.

—Yo no pedí esta bebida —dijo Camus receloso —, ¿por qué la traes?

—Es por cuenta de la casa —dijo Kanon —. Se la dan a todos los franceses inconformes con el vino. Es política de la casa.

—Pues la política más estúpida que he escuchado en toda mi vida —dijo Acuario sin creer para nada las excusas de Kanon.

—Bueno, ¿vas a bebértela o no? —dijo Saga mostrándose autoritario como cuando suplantó al patriarca. El problema era que Camus casi nunca hacía caso —. Siempre es lo mismo contigo Camus. Tienes un problema de conducta —le regañó Saga.

Los otros caballeros observaban al santo de la décimo primera casa expectantes, y cuando Camus tomó el enorme vaso en su mano notó como cierto brillo en la mirada de sus compañeros apareció de repente. Esto hizo desconfiar más al caballero de Acuario.

—Está bien —les dijo —, pero ¿dónde está mi sombrillita?

—¿Quieres una sombrillita? —preguntó Shura —¿Para qué quieres una sombrillita?

—Para adornar mi vaso —respondió lacónicamente Acuario

—¿De dónde vamos a sacar una sombrillita? —dijo Saga, pero conocía bien el temperamento de Camus, difícilmente daría su brazo a torcer —. Está bien, iremos en busca de una sombrillita, pero queremos ver ese vaso vacío, ¿entiendes?

—Y que sea roja —dijo Camus satisfecho.

—¡Qué carácter! —dijo Saga enviando a sus cómplices a buscar el pedido de Camus —. ¿Cómo es que Milo te soporta?

—Dense prisa —dijo el escorpión cuando el resto se marchó —. Son buenos muchachos, no deberías ser tan frío con ellos, solamente quieren ayudar.

—Milo —dijo Camus —, ya que estás tan cooperativo quiero que me traigas hielo para esta bebida.

—¿Hielo? —preguntó Milo sorprendido —¿Acaso no puedes enfriar tú mismo tu vaso?

—Mira Milo —dijo Camus notablemente enojado —, en primer lugar fuiste tú el que me trajo a este lugar, en segundo lugar no soy una heladera con patas…

—Está bien, está bien Camus, no te enojes —dijo Milo a modo de disculpa —, iré por unos cubos de hielo.

—Cubos no, esferas —fue la orden de Acuario.

—¿Y de dónde voy a sacar esferas? —protestó Milo, pero al ver el rostro inamovible de Camus decidió ir buscar lo que su amigo le pedía —. Todo sea porque eres mi amigo.

El caballero de la octava casa fue a buscar unas esferas de hielo dejando solo a Acuario, que no tardó en ir en busca de sus pupilos.

—Hyoga, Issac —dijo al ver a sus dos alumnos —, necesito hablar con ustedes.

—¿Qué sucede maestro Camus? —Hyoga respondió.

—¿Algún problema con los de Asgard? —Isaac empujó al cisne —Si quiero yo puedo ir y…

—Nada de eso —dijo Camus —, solamente necesito que tomen esto y se deshagan de su contenido —les alcanzó el vaso y fue cuando Hyoga e Issac tomaron el vaso al mismo tiempo

—¡Oye! Esa bebida me la dio MI maestro a mí —dijo el cisne.

—¡Cállate ganso roba maestros! —respondió Isaac —¡Me invitó a mí, no a ti!

La discusión comenzó justo cuando Camus observó que el mesero llevaba dos vasos idénticos para Shaka y Mu.

—¿Qué diablos están haciendo esos dos? —dijo Camus preocupado —Si el patriarca se entera no habrá quién se salve en el santuario. Será mejor que haga algo para evitar tragedias mayores.

Camus tomó el vaso por el que peleaban sus dos alumnos y lo puso sobre la mesa.

—Dejen de portarse como niños —dijo —. Esperen aquí hasta que regrese y traten de no matarse hasta que mi vuelta.

No teniendo más remedio los dos asintieron, pero no contaban con que llegaría uno más a la disputa.

—¿A qué te refieres con que Freya te prefiere porque eres más rubio que yo? A ver explícame —vino todo enojado Hagen

—¿De qué estás hablando cabeza hueca?—respondió Hyoga —Yo no dije eso.

—No lo habrás dicho, pero lo pensaste —reclamó Hagen.

—Imposible, Hyoga no piensa —se burló Issac.

—No te metas en esto Isaac —dijo Hyoga.

Mientras en la mesa de Mu y Shaka

—Aquí están sus bebidas señores —dijo el mesero —, disfrútenlas.

—Mu, Shaka, qué bueno que los encuentro —llegó Camus inusualmente sonriente, gesto que no pasó desapercibido por los dos caballeros de Aries y Virgo.

—¿Camus? —preguntó Shaka — ¿Por qué sonríes? ¿Estás bien?

—Pobre Camus —le dijo Mu al oído a Shaka —, de seguro bebió demasiado. Síguele la corriente.

Camus sacudió la cabeza y suspiró resignado.

—Mis amigos, solamente quiero que me presten sus vasos un momento —dijo volviendo a su tono amable poco practicado.

—¿Para qué los quieres? —preguntó Shaka —No creo que debas beber más Camus, te meterás en problemas.

—No me los voy a beber —dijo Camus siempre manteniendo su tono amable, aunque en realidad comenzaba a molestarse —, es que hace calor aquí y sus bebidas no tienen suficiente hielo.

—Era eso —dijo Mu aliviado —, yo pensé que querías beber más de la cuenta.

—Tú sí eres un gran tipo —dijo Shaka —, por eso siempre dije que eras más que una hielera andante sin corazón.

—Y yo espero que me lo agradezcan mañana —dijo para sí Acuario que no era tan indiferente como muchos pensaban —. ¿Qué bicho les ha picado a estos dos?

Por supuesto que no era el mismo bicho que intentaba hacer que Camus bebiera demás, más bien fueron una cabra y un medio caballo.

—Ya regreso —dijo Camus intentando mantener su mejor sonrisa —, y hablaremos.

Lastimosamente al caballero de Acuario le esperaban más problemas porque ya no eran solamente Hyoga e Isaac los que peleaban, sino que ahora se había sumado Hagen.

—Calma niños —dijo colocando los dos vasos sobre la mesa y separando a los tres enojados muchachos —, a ver ¿qué es lo que pasa?

—Lo que pasa, querido maestro Camus —empezó Isaac —, es que Hyoga es tan odioso que todos le quieren matar

—No es verdad maestro Camus —explicó Hyoga —, lo que pasa es que el loco de Hagen me anda acusando de hablar mal de él.

—Como si no fuera cierto —dijo Hagen—, incluso andas diciendo que eres más rubio que yo y qué...

—¿Nada más por eso quieres matar a Hyoga? —dijo Camus—Vaya que eres más vengativo que Milo. Además con un poco de peróxido se arregla.

—No es solamente eso —explicó Hagen —, quiere robarme a mi novia.

—Es tan típico de Hyoga —añadió Isaac —, primero me roba mi maestro y ahora te roba tu novia.

—Tú no tienes novia —dijo Hyoga —. Freya me dijo que no tenía novio.

—Entonces creo que los engañados fueron ustedes —se burló el general del Kraken.

—¡Tú cállate! —le dijeron Hagen y Hyoga al mismo tiempo al momento de lanzarse sobre Isaac.

—¡Es suficiente! —dijo Camus que ya estaba bastante enojado —. Hay otros problemas que solucionar primero. Tengo que hacer desaparecer el contenido de estos vasos antes de que regresen Saga y los demás y de paso tengo que llevar a Mu y Shaka de vuelta al santuario y si no cooperan voy a tener que enterrarlos debajo de un glaciar.

Sin reflexionar en lo que Camus realmente necesitaba los tres tomaron los tres vasos enormes y se los bebieron de golpe ante la mirada atónita del caballero de Acuario.

—¡No les dije que bebieran!

Pero ya era demasiado tarde.

No obstante no era el único con problemas.

—¡Querida! No me ha sanado bien la herida —cantaba Sigfried mientras pensaba: ¿cuándo terminará esta absurda canción?