Nota: Los personajes son propiedad de Kurumada y Toei, no coloco los nombres de todos porque no los conozco, pero supongo que serán unos señores japoneses. Muchas gracias por seguir leyendo esta historia sin pies ni cabeza.

La ira es una locura breve

—Mira mi soledad, que no me sienta nada bien —cantaba Sigfried notablemente acongojado lo que le daba más aire de melancolía a la canción

—Sigfried se ve tan lindo ahí arriba —decía Tethis —, pero nada supera al chico italiano que bailaba hace un rato —la sirena le dirigió la mirada a Máscara de la Muerte y le guiñó un ojo cuando el cangrejo dorado puso los ojos sobre ella.

—¡En qué tipo tan tétrico te fijaste Tethis! —le reprochó Sorrento.

—A decir verdad Sigfried no suena mal —dijo Krishna —. Capaz y te gana Sorrento —sonriendo socarronamente.

—Tonterías, yo voy a ganar, yo sí soy un verdadero músico —protestó Sorrento.

—Pero Sorrento —dijo Tethis con ganas de molestar a la otra sirena —, tú solamente tocas la flauta, nunca te hemos escuchado cantar.

—¡Para qué sepas yo canto muy bien! —dijo muy enojado Sorrento.

Mientras cerca de los generales otro grupo de caballeros tenía su propia charla.

—Pero qué mal canta Sigfried —decía Afrodita —. Mejor así, uno menos de quien preocuparse.

—No creo que puedas vencerme ni a mi cuerpo de baile —le respondió Aldebaran —. ¿No es cierto Máscara de la muerte?

—No me hagas recuerdo Aldebaran —el cangrejo dorado se estremeció —. He pasado la peor vergüenza de mi vida por tu culpa.

—Yo pensé que eso era la semana pasada cuando Saga y Kanon pusieron pegamento en tus zapatones con forma de conejo rosa y tuviste que caminar así por el santuario por cuatro días —recordó sonriente el toro dorado

—Pues para mí fue cuando a Aioros se le ocurrió maquillarte mientras dormías y no te diste cuenta hasta el día siguiente —siguió Afrodita.

—Todavía no creo que fuera idea de Aioros —dijo Máscara de la Muerte —. ¿Estás seguro que tú no tuviste nada qué ver?

—Por supuesto —dijo el pez dorado —. Yo jamás hubiera elegido esos colores tan feos que no van con tu tono de piel.

—No importa, me vengare de todos un día —amenazó Máscara de la Muerte.

—¿Incluso de mí? —preguntó con inocencia Aldebaran, porque en su mente no cabía que alguien podría enemistarse con el amable toro.

—Especialmente de ti —le respondió el caballero de la cuarta casa —. Por tu culpa esa rubia loca no ha dejado de mandarme besitos —dijo y dirigió la mirada hacia la mesa de los generales donde Tethis, al ver al cangrejo, le sopló un beso a la distancia.

—Por lo menos no te sigue a todas partes como este arenque ahumado —dijo Afrodita al ver que ya recuperado Kasa volvía a acercarse al pez dorado.

—Debe ser que ustedes dos —dijo Aldebaran refiriéndose a Cáncer y Piscis —, atraen a la gente de Julian. Probablemente porque son criaturas marinas —fue la conclusión del santo de la segunda casa —. Kasa, ¿quieres tomar asiento?

—¿Desde cuándo eres tan amable con los generales de Poseidón? —le reclamó Afrodita.

—Vamos, este chico no ha hecho nada malo hasta ahora y si hay paz en el mundo es hora de que aprendamos a vivir civilizadamente —fue la reflexión de Aldebaran.

—Gracias —dijo el general de Lymnades —. ¿Puedes decirle a tu amiga que me dé su número de teléfono?

—Por supuesto —dijo amable Tauro —. ¿Tienes lápiz y papel?

—¡No le des nada! —se enfureció Afrodita —Ya le dije a este sujeto que deje de seguirme. Vete de aquí, ve a molestar a otro como a Mime.

—Pero la pelirroja vino acompañada —dijo Kasa

—Sí, ya me había dicho eso —dijo Afrodita con su tono de hastío—. Mira, te propongo un trato. Yo me encargo de quitarle la pareja a Mime y así tú tienes el camino libre.

—¿Harías eso por mí? —preguntó contento Lymnades.

—Lo que sea con tal de que me dejes en paz, cara de guachinango en salmuera —dijo Afrodita —. Ahora dime cómo es la pareja de Mime.

—Es de buena estatura, ojos celestes muy claros y cabellos sedoso como recién lavados, ya te lo dije.

—No creo que se iguale a mí, pero con tal de que me dejes en paz puedo hacer ese sacrificio —dijo el caballero de la última casa, y pensó que así sus compañeros dejarían de lado los rumores sobre él.

—Afrodita —dijo Aldebaran que junto a Máscara de la Muerte había escuchado la conversación —, ¿podemos hablarte un momento en privado?

—¿Qué quieren ahora ustedes dos?

—¿Te das cuenta de lo que acabas de decir? —Máscara de la Muerte estaba tan consternado como el toro dorado.

—No ¿qué cosa? —preguntó Piscis sin entender.

—Aceptaste robarle la novia a Mime —dijo Aldebaran.

—Exactamente —respondió Piscis —, es obvio que al verme no se opondrá.

—¡Pero es una chica! —dijo asombrado cáncer.

—Y eso ¿qué tiene que ver? —preguntó el caballero de la última casa.

—Es que nosotros pensábamos que solamente salías con… tú sabes —Aldebaran no quería decirlo.

—No, no sé con qué —dijo comenzando a molestarse Afrodita —, a ver díganme.

—Pues que solamente sales con chicos —dijo Máscara de la Muerte.

—Son unos…

Por respeto al público nos negamos reproducir los improperios de grueso calibre que Afrodita les gritó a sus colegas santos y de no haber sido por Sigfried que seguía cantando aún Ikki se hubiera sonrojado al escuchar al santo de Piscis.

Otros en cambio, como los guerreros de Asgard, salían por turnos para reír a sus anchas, donde Sigfried no pudiera verlos y no ser presa de las amenazas del Alfa Dubhe.

Dejando a Afrodita recordándole las familias a Máscara de la Muerte y a Aldebaran, los otros caballeros de Atena, para ser más exactos Camus, tenía sus propios problemas.

—¿Niños? —preguntó al ver el estado en que quedaron los jóvenes. Ninguno respondía a las palabras de Acuario.

Camus optó por sacudir a Isaac, pero no dio resultado. Abofeteo a Hagen pero seguía sin responder y finalmente le lanzó un vaso con agua helada a Hyoga en la cara.

—Mis maestros Camus —dijo el cisne fuera de sí —, ¡cuánto los quiero! Dijo abrazando al caballero de Acuario —Y a usted también —siguió intentado abrazar al aire y producto de eso cayó de bruces al piso.

—Eres un inútil ganso siberiano —le reprochó Issac —. Yo quiero más al maestro Camus de tres cabezas.

—¿Tres cabezas? —dijo Camus que como pocas veces mostraba consternación —¿Qué diablos había en esos vasos?

—No les haga caso maestro Camus —de pronto habló Hagen —. ¿Puedo llamarle maestro Camus?

—¡No! —dijo haciéndose el quite para evitar un incómodo abrazo de un extraño.

—Como le decía maestro Camus —seguía Merak Beta —, le pido permiso para casarme con Freya.

—¡Oye! ¿Freya es mi maestro y Camus mi novia! —dijo el confundido cisne.

—¡QUÉ! —dijeron al mismo tiempo Camus, Isaac y Hagen.

—Digo, Camus es mi maestro y Freya mi novia —corrigió Hyoga.

—Menos mal —Camus se limpió el sudor frío de su frente.

—¡Eso no es cierto! —reclamó Hagen —¡Freya es mi novia!

—¡Y Camus mi maestro! —siguió Isaac.

Camus solamente podía sacudir su cabeza por el triste espectáculo. Fue el instante en que el caballero de Acuario vio regresando a Saga y Kanon lo que significaba más problemas.

—¡Rápido Hyoga, escóndete bajo la mesa y ustedes dos también! —dijo tajante —Les advierto que si hacen el menor ruido los encerraré a los tres en el mismo bloque de hielo donde tendrán que soportarse por cien años.

Los tres obedecieron sin chistar. En eso Saga y los demás trajeron el pedido de Acuario.

—Lo siento mucho Camus, pero no había esferas —dijo Milo con una cubeta —. Lo único que pude conseguir fueron cilindros.

—Aquí tienes tu sombrillita —dijo Saga sin ocultar su molestia —, espero que no te pongas remilgoso ahora.

—Ya no tienes excusa para no dejar tu vaso vacío —añadió Kanon —. A ver, queremos verlo vacío de una buena vez.

—Aquí está —respondió Acuario enseñándole a Kanon uno de los vasos de los que se encargaron el trío del cisne, caballo y kraken

—¡Te lo tomaste sin la sombrillita! —dijo ofendido Saga —Siempre supe que eras un aguafiestas.

—Con el trabajo que costó conseguir la dichosa sombrillita —protestó Kanon —. Bueno al menos dinos si sientes algún cambio.

—¿Por qué? —preguntó acuario —¿Qué contenía ese vaso?

—Nada, nada —dijo nerviosamente Milo.

—Nada que te incumba —dijo Saga que para ese momento estaba ya algo cansado del remilgoso Camus —. No evadas nuestras preguntas con otras preguntas y responde, ¿no te sientes mareado?

—No le hagas caso a Saga —intervino Kanon al ver que su gemelo estaba a punto de perder la paciencia y echar a perder el plan —, lo que Saga quiere saber es si te sientes más alegre.

—¿Por qué? —volvió a preguntar perspicaz Acuario —¿Hicieron algo gracioso o qué?

—Cálmate Saga —dijo Milo intentando apaciguar los ánimos —. Vamos Camus, no lo hacen por molestarte, al contrario. Dile Saga.

—No tienes remedio —dijo Saga —, ni siquiera sonríes por ver a Sigfried ahí arriba tratando de cantar.

—No seas tonto Saga —dijo Kanon de pronto, lo que provocó más enojo en Acuario —, ¿no ves que Camus no tiene sentido del humor?

—Cierto —siguió Saga entendiendo la nueva estrategia de su hermano—, no sabe cómo reír. Nunca le hemos visto siquiera sonreír.

—¿A qué te refieres con eso? —dijo Camus que ya estaba a punto de perder la paciencia —. Para que lo sepas sí tengo sentido del humor y puedo reír, no soy una hielera sin corazón —dijo haciendo referencia a las palabras de Shaka —. ¡Ja ja ja! Mira cómo me río de Sigfried que no puede cantar.

—No hagas eso Camus —dijo Milo —, me asustas.

—¿Hacer qué? —preguntó Acuario y no tuvo tiempo de decir más.

—Creí haberles advertido a todos sobre las risas —dijo cuando estrelló su puño en el apuesto rostro de Acuario —. Nadie se ríe de mí ¿entiendes?

Todos se quedaron boquiabiertos, excepto tres que de la nada, más bien debajo de una mesa aparecieron.

—¡No puedes atacar al maestro Camus! —dijo Hyoga saltando sobre Sigfried.

—¡Apártate ganso congelado! —dijo de pronto Isaac empujando al cisne —¡Yo voy a defender al maestro Camus!

—¡Nada de eso tuerto! —Hagen quitó del camino a Isaac —¡Yo pelearé por el honor de mi nuevo maestro Camus!

—¡Hagen, qué diablos haces! —dijo Sigfried intentado quitarse de encima al guerrero de Beta Merak —¡Se supone que eres mi amigo! ¡Tienes que estar de mi lado!

—¡Pelea, pelea contra el santuario!— dijo rebosante de alegría Syd.

—¡A la carga! —siguió su gemelo

—Ya era hora —dijo Ikki —, comenzaba a aburrirme ¡vamos Shun!

—¡Espera Hermano! —dijo Andrómeda siguiendo al Fénix.