Nota: Los personajes son propiedad de Kurumada y Toei, ya vamos en el capítulo 12 como los doce caballeros, claro que si tomamos en cuenta a Kanon son trece, pero con Shion son catorce, eso sin contar a los caballeros de plata y los chicos de bronce y si seguimos no acabamos nunca porque hay caballeros para rato

Mientras más, mejor

—¡Aléjate de mí, Mime! —decía Sorrento amenazando con una silla al resto de generales.

—Aquí no está Mime —le dijo Krishna intentando calmar al general de Siren —. Cálmate, toma esto y te sentirás mejor —le alcanzó la pastilla de litio

—No me engañas Mime —decía fuera de sí Sorrento —, lo que tú quieres es envenenarme— dijo lanzando lejos el medicamento.

—No queda más remedio —dijo el general de Crisaor sacudiendo la cabeza—. Yo no quería hacerlo, pero tú me obligas. Muchachos a él.

—Es lo que estaba esperando —dijo Baian.

—También yo —siguió Io y los generales cayeron sobre Sorrento para sujetarlo mientras le daban de bofetadas hasta que se le quite lo loco. Algo así sucedió cuando eventualmente, Sorrento perdió el conocimiento.

—Creo que se les pasó la mano —dijo Kirshna.

—¿Tú crees? —preguntó caballo marino —Al menos dejó de ver alucinaciones.

—Debe ser que ahora ya no ve nada —explicó Io.

—Y ahora ¿cómo reanimamos a Sorrento? —se preguntaba Krishan. No pasó mucho para que la respuesta a su pregunta fuera respondida.

—Yo sé cómo —dijo Aioros que hacía rato estaba observando a los generales de Poseidón. En realidad lo que buscaba Sagitario era refuerzos para ayudarles con el asunto de Camus y vio la oportunidad de incluir a los generales en el plan.

—¿Nos vas a ayudar? —preguntó Baian.

—Por supuesto —respondió alegre Aioros —, yo siempre reanimo a la gente en el santuario. A ver, dame ese vaso con agua.

—Aquí tienes —Io le alcanzó un vaso mientras Baian sostenía a Sorrento en sus brazos.

—Yo no sé cómo puedes… —Baian no pudo terminar de hablar porque Aioros le echó el contenido del vaso al Hipocampo.

—¡Ups! Perdón, error de cálculo —trató de disculparse Aioros —. Como que mi puntería no está muy bien hoy. No era mi intención empaparte.

—Yo creo que el que está empapado en el alcohol eres tú —le reprochó Krishna.

—Es una excelente observación —dijo alegre como siempre Sagitario. Al momento sacó una libreta del bolsillo y se puso a anotar —. El alcohol si se bebe en cantidades suficientes puede provocar todos los síntomas de la embriaguez.

Los generales simplemente atinaron a dirigirle una mirada como preguntándose si éste era el mismo caballero considerado el sucesor del patriarca.

—No se queden quietos y denme otro vaso —dijo Aioros, sin reflexionar mucho Io le alcanzó otro vaso y por fortuna está vez Aioros sí le atinó a Sorrento.

—¿Por qué este caballero dorado me mira con la mirada turulata? —preguntó Sorrento al ver el rostro risueño de Aioros.

—Ahí lo tienen —dijo Aioros contento —, como nuevo. Ahora, me preguntaba si ¿no querrían acompañarme a la mesa de allá? —dijo señalando la mesa de los caballeros dorados.

—¿Para qué quieres llevarnos a ese lugar? —preguntó Krishna desconfiado.

—Les explicaré en el camino, ya van a ver que será divertido —dijo Aioros.

—Vamos —dijeron al mismo tiempo Baian e Io —, ¿qué mal nos puede hacer?

Fue así como los generales se inmiscuyeron en los asuntos de Acuario, pero antes, camino a la mesa de los dorados, pasaron junto al bar, donde Seiya e Ikki. Fue el momento preciso en que Shun terminó su canción.

—¿Y que todos ustedes se mueran pronto! —gritó al momento en que lanzó una macabra risotada.

—¿Y qué esperan para aplaudir? —amenazó Ikki —De prisa si saben lo que les conviene.

—¡Sí, bravo Shun, yo sabía que tú podías! —festejó Seiya.

—Ya cállate Seiya —le reprendió Baian.

—No te respondo como se debe porque ya es hora del jarabe para la tos de Ikki —dijo Seiya —. No quiero que Ikki se muera —añadió con los ojos llorosos.

—Pues es motivo de celebración —dijo Io.

—Qué idiotez, cómo se va a morir el pollo al carbón —dijo Sorrento un poco más compuesto.

—Cierto —siguió Krishna —, ya sabes: hierba mala nunca muere.

—Eso explica lo de Julian Solo y Saori Kido —dijo sin pensar Aioros.

—¡Huy sí! —siguió Io —Esos dos van a vivir para siempre.

Esto provocó la risa en todos los que intervenían en la conversación.

—Un momento —dijo reflexivo Krishna —, ¿de qué reímos? Si nunca se mueren vamos a tener que cuidarlos toda la eternidad.

—Eres un aguafiestas Krishna —le reprochó Io.

—Ya nos echaste a perder el chiste —dijo Baian más triste que hace unos momentos.

—Lo peor es que tienes razón —dijo Sorrento —, jamás podremos deshacernos de Julian.

—Lo lamento —dijo Krishna disculpándose con sus compañeros, y luego pensó un poco —. Al menos los del santuario tampoco podrán deshacerse de Saori.

—¡Tienes razón! —dijo más alegre Baian.

—Tú sí sabes cómo alegrarnos el día —añadió Io sonriente.

—¿De qué se ríen? —preguntó Milo que se aproximó a los generales que ya estaban cerca de la mesa de los dorados —¿Me cuentan el chiste?

—No lo entenderías —dijo Krishna tratando de disimular —, era algo sobre Julian Solo.

—Sí, Tenemos que brindar por eso —dijo Caballo Marino cuando llegaron a la mesa de los dorados —, ¿qué dices Sorrento, quieres brindar?

—Más bien tomaré solamente el hielo —dijo Sorrento —, me duelen los cachetes.

Los generales solamente mostraron una sonrisa culpable.

Al menos intentaban disimular y mostrar buen humor, no como en la mesa de los guerreros de Asgard.

—¡Hola! —saludó muy animado Kasa.

—Tú de nuevo —Sigfried le mostró hastío al general —. Vete de aquí, que ya tenemos suficientes problemas.

—Solamente quería entregarte esta nota —dijo al momento de alcanzarle un papelito a Alfa Dubhe.

—¿Qué es Sigfried? —preguntó Syd asomándose para ver.

—Sí, ¿qué dice? —siguió Bud imitando a su hermano —Dice que quiere verte a solas.

—¿Es de esa chica de la que Kasa hablaba? —preguntó Fenril.

—¿Y qué piensas hacer? —preguntó también Alberich —¿Vas a ir?

—¡No! De ninguna manera —dijo Sigfried alarmado —, ¿cómo crees que haría algo así?

—Vamos Sigfried, estás entre amigos —dijo Alberich —, no le diremos nada a Hilda.

—Yo creo que esa chica está muy interesada en ti —dijo Syd mientras Bud asentía con la cabeza.

—¿Serías capaz de ponerle cuernos a Hilda? —preguntó Fenril.

—No digas esas cosas tan feas Fenril —habló Alberich —. Como dicen: ¿para qué hacer infeliz a una si puedes hacer felices a las dos? Yo creo que Sigfried debería ir.

—Como te conozco bien, sé que irás corriendo con Hilda con el chisme —le reprendió Alfa Dubhe —. Y será mejor que ustedes también se callen —dijo refiriéndose a Syd y Bud —. Nos vamos de este lugar inmediatamente.

—No podemos irnos sin mime —dijo Bud.

—Ni Tholl —siguió Syd.

—Ni Hagen —añadió Fenril.

—¿¡Y qué esperan para ir a buscarlos!? —gritó Sigfried —¡Encuéntrenlos antes de que se metan en más problemas!

—Pero qué carácter —se quejó Megrez —. Deberías casarte para que se te suavice.

—Sí, pero no te cases con la chica del lunar —dijo Kasa que seguía observando la escena.

—¿Sigues aquí? —le dijo Sigfried con lo último de paciencia que le quedaba y simplemente se le terminó cuando tomó a Kasa de las solapas y lo lanzó al otro lado del salón.

—Y si ustedes siguen hablando en lugar de hacer lo que digo les va a ir peor —le amenazó Alfa Dubhe.

—Ya vamos, ya vamos, no es necesario que nos grites —se fue refunfuñando el guerrero de la amatista con los otros.

Los cuatro pensaron que la mejor manera era dividirse para encontrar más rápido a los guerreros extraviados. El primero que divisó a uno de ellos fue Alberich.

—Tienes toda la razón mi querido Issac —dijo Hagen que obviamente seguía bajo los efectos del alcohol —, esa chica no nos conviene.

—Sí, Freya es una coqueta —dijo Hyoga.

—Así son las mujeres —siguió Issac —, primero dicen que te quieren y después se enojan por cualquier tontería.

—Como cuando olvidas su cumpleaños —dijo el Cisne

—O como cuando accidentalmente quemas el jardín —añadió Berak Beta —, yo no tenía forma de saber que las flores eran inflamables —decía Hagen mientras Hyoga e Isaac asentían con la cabeza.

—¡Hagen, con que estás aquí! —dijo Alberich llegando con Merak Beta —Ven pronto que Sigfried está de un humor de perros y quiere desquitarse conmigo.

—Yo no voy —se cruzó de brazos Hagen —, dile que él también tiene que liberarse de las cadenas de Hilda.

—¡Sí! —dijeron al mismo tiempo Hyoga e Issac.

—¿Entonces no vas a regresar con nosotros a Asgard? —preguntó Alberich un poco consternado —Tendrás que ser tú el que le diga a Sigfried porque yo no quiero enfrentarme a él —añadió para intentar convencer al testarudo caballo de ocho patas, pero luego de reflexionar un poco —, aunque reconozco que sí me gustaría ver que Sigfried deje a Hilda. Lo qué daría por ser testigo de ese día. Está bien, como soy tu amigo Hagen te ayudaré. Lo primero que tienen que hacer ustedes tres es formar una asociación para apoyar chicos que sufren el constante abuso de sus novias.

En esos mismos instantes, en otro lado del salón cerca de la puerta.

—Ese Sigfried anda de muy mal humor últimamente —protestaba Syd.

—Ya no hay quién lo aguante —siguió Bud.

—Incluso nos confiscó nuestra bolsa de tomates —Syd se quejaba.

—Con lo divertido que era lanzarle los tomates a Seiya —añadió Bud.

—Cómo si Sigfried hubiese ido al mercado y pagado con su dinero…—de pronto la sombra del guerrero calló al ver que Shiryu pasaba por su lado cargando una bolsa —. Oye Bud, ¿no se te hace familiar esa bolsa que lleva el caballero de bronce?

—Ahora que lo mencionas —respondió el guerrero de Alcor Zeta —, tienes razón, se parece mucho a nuestra bolsa de tomates. ¿Qué hace ese caballero con nuestra bolsa.

—¿Qué no es obvio? —dijo el guerrero de Myzar Zeta —Se la ha de haber robado a Sigfried.

¿Y qué esperamos para recuperar lo nuestro? —dijo Bud.

—Vamos —sentenció Syd.

Shiryu por su parte, ajeno a esto, llegaba con el encargo de Dokho.

—Maestro, aquí están los mangos que me pidió —dijo humildemente el dragón.

—¿Para qué quieres los mangos Dokho? —preguntó Shion.

—Eso digo yo —respondió Libra —, te pedí piñas, no mangos.

—Pero maestro, hace un rato me dijo que… —Shiryu no pudo decir más porque ese instante.

—¡Matanga! —Syd le arrebató la bolsa de mangos.

—¡Se roba mis mangos! —gritó Dokho —¡Shiryu haz algo!

—Yo me haré cargo Dokho —dijo Shion —.¡Pared de cristal!

Shion pudo detener a Myzar, pero él ya le había pasado la bolsa a Alcor.

—¡Mangos! —de pronto Aldebarán ingresó al escuchar el nombre de algo comestible —¡Dámelos!

—¡Eso sí que no! —dijo Tholl ingresando como el toro —¡Yo lo vi primero!

—¡¿Qué hacen?! —gritó Bud al verse acorralado por los dos gigantes —¡Deténganse o me van a hacer puré!

Fue lo último que se escuchó del tigre vikingo.

Mientras su hermano gemelo tenía sus propios problemas.

—A ver pequeño vándalo —Shion se mostraba molesto —, ¿por qué robaste la bolsa de Dokho?

—Porque es mía —dijo el guerrero de Asgard —, Sigfried me la quitó y Shiryu la ha de haber robado.

—¿Es cierto lo que dices? —preguntó Dokho —No lo puedo creer, ¡es inadmisible!

—¡Qué! Eso no es verdad —dijo Shiryu consternado —, ¡Yo no robé la bolsa a nadie!

—Me siento tan defraudado por ti Shiyru —dijo Dokho ocultando su rosto por la vergüenza.

—Pero maestro, debe escucharme —se defendió el Dragón.

—No puedo alentar este comportamiento, por eso tendré que castigarte para que aprendas la lección —. Dijo tristemente Libra.

—Y tú muchacho —dijo Shion refiriéndose a Syd —, lo que hiciste tampoco estuvo bien. Pudiste haber pedido que te devolviéramos la bolsa sin tener que recurrir a la violencia.

—Lo sé señor —dijo Syd agachando la cabeza pero mirando a Shion de reojo —, estoy arrepentido.

—No vuelvas a hacerlo pillín —dijo Shion y le dio una palmadita a Syd en el cachete.

—Lo haré señor —dijo Syd —. Adiós señor.

—¿Lo va a dejar ir solamente con una llamada de atención sin escucharme primero? —dijo Azorado el dragón —¿No lo castigará?

—Si tanto quieres ver un castigo, te voy a castigar ahora mismo —dijo enojado Dokho —. Mañana por la mañana vas a preparar el desayuno para todos en el santuario.

—¿El desayuno? —preguntó Shiryu —Pero cada quién se prepara su propio alimento.

—¡Si sigues rezongando lo harás permanentemente! —Le amenazó Dokho —Y pobre de ti si escucho una sola queja.

Al ver que no podría ganar Shiryu simplemente bajó la cabeza y asintió para no hacer más grande su castigo.