Nota: No hace falta decir que Saint Seiya y los demás son de Kurumada y Toei Animations, si habría que aclarar que cada vez esto tiene menos sentido, pero que querían si sentido común es el que me falta. Por cierto me disculpo por la demora, ha sido algo fuera de mi control.

Los peores planes

Si alguien todavía creía que le iba mal a Mu, es porque no habían visto a Ikki y a Seiya

—Ahí está ese inútil de Seiya —dijo Milo divisando al o lejos al Pegaso, aunque para sorpresa del malpensado escorpión, el caballo alado no estaba solo —¡Oh, pero qué veo! ¿Seiya está abrazado a alguien?

Y el caballero de la octava casa no estaba equivocado.

—Shun, debes tranquilizarte —decía Seiya con voz temblorosa.

—Vamos Shun —siguió Ikki en el mismo tono —, no me digas que te has vuelto malvado. Todo menos eso, porque un vándalo en la familia es suficiente.

—¿Hermano? —dijo Shun con la tonalidad esmeralda en su cabellera —¿Por qué me miras así?

—Volviste a la normalidad —dijo Seiya aliviado y aproximándose a Andrómeda —, no sabes cuánto me alegro. Me tenías muy preocupado —dijo al momento en que intentó darle un abrazo fraterno.

—¡No me toques! —dijo Shun de cabello azabache pateando lejos al Pegaso —De todos eres al que más odio —acto seguido rió diabólicamente —. Te mataré si vuelves a abrazarme

—Seiya, ya van cuatro veces seguidas que te hace lo mismo —dijo Ikki al que Seiya volvió a abrazar por el miedo —. No debes creerle.

—Pero Shun es tu hermano —apuntó Seiya —, se supone que no debes hablar mal de él.

—Ya lo sé, porque crees que todavía no le hice chicharrón —respondió el Fénix.

—No sabía que te preocuparas tanto por Shun —dijo el Pegaso sin pensar.

—No seas necio, protejo a Shun porque sin él no tendría quien se encargue de lavar y planchar mi ropa…

El fénix no pudo decir más porque en ese momento se presentó el caballero dorado Milo.

—Qué guardado lo tenías Ikki —dijo con cierta malicia que solía salirle natural al escorpión dorado.

Por un segundo Ikki miró a Milo desconcertado, pero no tardó ni dos segundos en caer en cuenta en las palabras que el caballero dorado había insinuado.

—¡Qué! —dijo consternado —¡Oye Alacrán, no estarás pensando que yo y Seiya…!

Era muy horrible como para que Ikki terminará la frase.

—No, yo no pienso nada, solamente veo cosas —dijo Milo mirando de pies a cabeza al Fénix con su sonrisa socarrona.

—No entiendes, todo esto es porque Shun ya no es el mismo, sino yo ni me acercaba a Seiya —el Fénix trató de explicarse enredándose en el intento.

—Hermano ¿por qué Seiya te está abrazando? —preguntó con la mirada dulce Shun de cabellos verdosos.

—Ves lo que te decía Milo —apuntó Ikki pero el escorpión seguía sin convencerse.

—Shun, no es lo que parece —dijo otra vez confiado Seiya —, lo que pasa es que me asustas porque me pateas a cada rato.

—¿Yo te di una patada Seiya? —preguntó con inocencia Andrómeda —¿Por qué haría eso?

—Es lo que te he estado preguntando —respondió Seiya

—Porque te mereces mil patadas —dijo Shun de cabellos oscuros y volvió a patear y a reír diabólicamente —. Ya te hacía falta.

—Eso está muy bien Shun —intervino Milo —, con eso debe ser suficiente, pero ahora necesito a Seiya para otro asunto, por lo que te pido me lo dejes un rato.

Shun Hades por respuesta se encogió de hombros, al parecer el dios del inframundo tomaba en cuenta los buenos modales.

—Ven Seiya, necesito que te hagas el muerto ahora —dijo el Escorpión.

—Eres muy chistoso Milo —dijo Seiya sarcástico —, ¿no quieres que comience a ladrar?

—No te pongas remilgoso ahora Seiya —dijo Milo —, solamente necesito que te hagas el muerto para enseñarle tu cadáver a Saga. Te daré una galleta si cooperas.

—Yo no soy un perro para que me trates así —se quejó Seiya.

—Vamos Seiya, te lo digo por tu propio bien —dijo Milo sin perder la sonrisa —, mira que no quiero ponerme violento contigo. Ya sabes que a Shun no le gusta ver peleas.

—Es verdad —dijo Shun con los ojitos llorosos —, no quiero que mis amigos se peleen.

—Estarás contento Seiya —bufó Ikki —. Otra vez está llorando Shun.

—Es toda la culpa de Seiya que no obedece —respondió Milo.

—Es que yo no quiero hacerme el muerto, busca a otro como Aioros —dijo Seiya

—Ya lo pensamos, pero tampoco quiere cooperar —respondió Milo —, dice que ya estuvo muerto muchos años. Tú eres el único que queda.

—¡Ah no! No lo haré —Seiya se puso terco —, además yo solamente vine a darle su jarabe a Ikki, y en mi contrato dice que yo nunca muero…

—Si no te quieres morir tendré que matarte yo con mis propias manos —dijo de pronto Shun con el color de cabello indeterminado y agarrándose la cabeza con las manos.

Por otro lado en la mesa del ganso congelado, el caballo de ocho patas y el monstruo marino con pinta de mantarraya.

—Entonces hemos llegado a un acuerdo —sentenció Alberich —, no más novias para ustedes.

—Así es —respondió tajantemente el cisne.

—Hemos decidido ya no ser engañados por la misma chica —siguió Alberich.

—También yo —dijo Isaac —, aunque claro que a mí nunca me engañaron —dijo con cierto tono triunfalista.

—Porque tú nunca tuviste novia Isaac —apuntó Hyoga.

—Pero al menos no tengo que compartirla con otro —se burló el Kraken.

—¡No hables mal de Freya! —Se enojó Hagen.

—Concéntrense muchachos, concéntrense. No es eso lo que discutimos —Alberich intervino para que las cosas no se salieran de tono —. Ahora lo primero que hay que hacer es convencer a Sigfried de que dejar a Hilda.

—¿Y cómo lo vamos a hacer? —preguntó el general marino.

—Es muy sencillo —explicó el guerrero de la amatista —, sé de buena fuente que hay una chica interesada en él.

—Mala idea —interrumpió Hagen —, ya conoces a Sigfried, sería incapaz de traicionar a Hilda. Además ya conoces como es remilgoso con lo de amplia moral y esas cosas.

—Por lo que dices debe ser peor que Seiya defendiendo a Saori —intervino el cisne.

—¡Oye, no insultes tan feo a Sigfried! —dijo enojado Merak Beta —A pesar de todo él es mi amigo.

—Calma amigos —Alberich intervino de nuevo para apaciguar a los muchachos —. Siguiendo con el plan, si como dices Hagen, no podemos hacer que Sigfried deje a Hilda, al menos podemos hacer que ella lo eche de su lado.

—¿Y cómo vamos a hacer eso? —preguntó Isaac.

—Tenemos que conseguir fotos comprometedoras —explicó Megrez —, estoy seguro de que Hilda no le perdonará y ya no será su favorito, y es cuando yo entraré en escena…

—¿Eso qué tiene que ver con la Asociación de Jóvenes contra los abusos de sus novias? —preguntó el Kraken confundido.

—Todo —respondió Alberich —, ven que te explicaré luego. Primero necesito que encuentres a esa mujer que le está echando los perros a Sigfried. Tu amigo el cara de bacalao sabe quién es. Así que tienes que ir con él y decirle que Sigfried acepta su invitación, yo me encargaré del resto.

—¿Y nosotros qué vamos a hacer? —preguntó Hyoga.

—Conseguirán una cámara fotográfica —instruyó el guerrero de la Amatista.

—Pero tú trajiste una —dijo Hagen —, si mal no recuerdo estabas tomándole fotos a Sigfried cuando estaba cantando.

—No seas chismoso Hagen —le dijo disimulando mal —. Además le vendí mi cámara con fotos y todo a Crisaor por muy buen dinero. Me dio mil rupias.

—Eso no es mucho dinero —dijo Hyoga —, creo que costó más la cámara

Alberich parpadeó un par de veces, parecía que fue por lana y salió trasquilado.

—Bueno, entonces una razón más para que recuperen lo mío —dijo disimulando —. Hagen no puedes permitir que nos engañen de esa forma.

—Está bien, iremos por Krishna —dijeron al mismo tiempo el cisne y Merak Beta que todavía estaban bajo la influencia del alcohol.

Y mientras hacían estos planes tan mal planeados (valga la redundancia), en otra mesa donde los caballeros dorados seguían acumulando gente para brindar por Camus, ya no solamente eran los dorados, sino que ahora contaban con generales marinos y guerreros de Asgard mientras intentaban resolver sus diferencias.

—Supongo que debes calmarte Bud —decía Camus que no quería involucrarse —, no es para tanto.

—Solamente lo dices porque ni asesinaron a tu mascota favorita —respondió Bud sollozando.

—Pero Syd ya te explicó que tuvo que cocinar a ese conejo —dijo Camus con muy poco tacto lo que provocó el llanto incontenible de tigre vikingo —. No es para te pongas a llorar —bufó Acuario —. Definitivamente no soy bueno para esto. Aioros, ayúdame.

—Es que eres muy frío Camus —dijo Sagitario —. Lo que tienes que saber Bud, es que los hermanos mayores están para cuidar a los más pequeños. Por ejemplo yo siempre cuido de Aioria.

Por respuesta Aioria se encogió de hombros.

—Pero Syd no es mi hermano mayor —señaló Bud.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Syd.

—Solamente lo sé —respondió Bud.

—¡Eso es mentira! —gritó Syd con violencia.

—Basta, basta, no hay porqué discutir por un tema tan trivial —dijo Saga en un tono conciliador.

—Pero tú y tu hermano se la pasan peleando por eso todos los días —hizo notar Aioria.

—Es que el inútil de Kanon no quiere aceptar que yo soy el mayor —respondió Saga.

—Porque no eres, solamente lo dices, pero no tienes pruebas —dijo Kanon debajo de la mesa donde volvió a esconderse del malvado Saga Arles.

—Te dije que te quedarás quieto debajo de esa mesa, o tendré que llevarte a Cabo Sunion —amenazó Saga —. Ahora ese Milo ya se demoró mucho para traer el cadáver de Seiya. Voy a tener que mandar a Afrodita como siempre. ¿Dónde está?

—Con lo remilgoso que es, —dijo Camus, de seguro está encerrado en el baño arreglando su cabello. Yo iré por Milo.

—De ninguna manera Camus —dijo Aioros dándole un codazo a Saga —. Tú no puedes dejar la mesa

—Cierto —dijo Saga cuando se dio cuenta de la señal de Sagitario —, te necesitamos aquí. Vamos muchachos, todos brindemos por Camus, el caballero más serio del santuario.

Todos elevaron sus copas y brindaron por acuario.

—Vamos, Camus, hasta el fondo —le instaba Saga —, no nos hagas quedar ante los generales de Poseidón y los guerreros de Asgard.

Sin poder encontrar otra excusa Camus bebió. Luego simuló que algo se le había caído y le habló a Kanon en confianza debajo de la mesa.

—Kanon ¿sabes lo que le pasa a Saga? —le preguntó —, parece que sigue poseído por Arles, pero se comporta de distinta manera.

—Todavía me preguntas —dijo Kanon con cierto aire de frustración —. No tengo más tabletas de litio, y me sigue tratando tan mal como de costumbre.

—Yo creo que ha bebido demasiado —Camus respondió —, es amable conmigo y no quiere matar a Aioros —dijo observando cómo Saga y Aioros compartían algún secreto al oído del otro y luego se echaban a reír cuando le dirigieron la mirada a Acuario.

En realidad de lo que hablaban era de como el plan de embriagar a Camus comenzaba a dar resultado y que Camus hiciera caer algo al piso era una señal de que su torpeza se debía a la influencia del alcohol.

Todo era risa y alegría en esa mesa, muy diferente a aquella donde se encontraba Sigfried, que seguí a de mal humor y con la cara cubierta de hollín.

—Algo me dice que debí haber ido personalmente a buscar a los otros guerreros —refunfuñaba para sí Dubhe de alfa —, se tardan demasiado.

—Hola —saludó amistosamente Kasa —. ¿No ha regresado la pelirroja?

—Mira, no tengo ni la paciencia ni el humor para tus tonterías —le respondió más enojado Sigfried.

—Pues la chica del lunar me mandó a decirte que va a cantar ahora y que piensa dedicarte una canción —le explicó el general marino.

—Que no me importa —le dijo con la poca paciencia que le quedaba —, solamente estoy esperando que mis compañeros regresen para salir de este malhadado lugar.

—Pero mientras puedes escuchar a mi amiga —dijo el general —, después de todo solamente está arreglando unos problemas técnicos para salir a escena.

Dichos problemas eran en realidad:

—¿Me vas a anunciar o no?

—¡No, de ninguna manera! Yo renuncio a este puesto —decía el anunciador agarrado de un pilar —el último que subió ya me amenazó con matarme si anunciaba a alguien más.

—Pero si Shun cantó muy mal, peor que Aldebaran —explicó Afrodita que tampoco era muy dado a ser amable y pedir favores —. Además si no me anuncias, mañana tendré que enviar rosas a tu funeral.

—Así por la buenas cualquiera entiende —dijo resignado subiendo al escenario —Con ustedes la señora Afrodita que nos cantará la canción Rosas de la Oreja de Van gogh.

—¡Señora! ¡Cómo te atreves! —le gritó el caballero de Piscis.

—Perdón, perdón —se disculpó el anunciador —, la señorita Afrodita.