Nota: Saint Seiya, me refiero al nombre de la serie, no sólo a ese burrito con alas, son propiedad de Kurumada y Toei. No tengo nada más que declarar, ya que tengo derecho a permanecer en silencio, y todo lo que diga puede ser usado en mi contra, así que mejor me callo y sigo con la historia.

Qué cortinas tan feas

La canción de Tethis terminó e inmediatamente salió el anunciador.

—Un fuerte aplauso para la señorita…¿señorita está bien?

—Sí —respondió la sirena.

—La señorita Afrodita.

—Te equivocas, yo no me llamo Afrodita, me llamo Thetis —corrigió.

—Diculpe usted, ¡la señorita Thetis!

Fue un mal momento. Justo en ese instante el público estaba demasiado ocupado en sus propios asuntos como para acordarse de a qué vinieron a ese lugar. Solamente unos cuantos aplaudieron sin entusiasmo más bien como un reflejo.

—Esta canción se la dediqué a mi querido Máscara de la Muerte —dijo Thetis —, si alguien sabe donde está que me diga porque lo estoy buscando.

—¿Por qué esa joven te busca Máscara de la Muerte? —preguntó Shion desde el lugar donde Cáncer intentaba esconderse.

—No soy yo, ser refiere a otro tipo con el mismo nombre —respondió nerviosamente el cangrejo.

—Como si tu nombre de psicópata fuera tan común —hizo notar Mime.

—Máscara de la Muerte, sabes que al gran patriarca no le gusta que le mientan —advirtió Dokho —, mira lo que le sucedió a Shaka y Mu.

—Jamás creí ver alguna vez a un caballero dorado así, tan abatido —comentó Benetnasch —. Yo que pensaba vengarme porque me robaron mi canción, pero por su cara creo que ya recibió suficiente.

—Fue un castigo justo —dijo Shion —, ya no hay porqué darle más vueltas al asunto. Ahora Máscara de la Muerte ¿me dirás por qué te busca esa joven? ¿No habrás hecho algo indebido con ella?

—¿Me cree capaz gran maestro? —dijo con un tono ofendido que no le salía bien al cangrejo dorado —¡Imposible! Yo soy un santo.

—Y yo soy uno de los enanos de Blanca Nieves —se burló Libra.

—Prácticamente te volviste en uno —dijo Shion sin darse cuenta.

—¿Qué dijiste Shion?

—Nada Dokho —corrigió Shion —, que de una buena vez Máscara de la Muerte nos diga si tiene algo que ver con esa muchacha.

—Que no tengo nada. Ella es la que me busca —intentó explicar el cangrejo dorado —, desde que me vio con Mu y Aldebarna bailan… digo, no sé porqué me busca.

—¿Así que Mu y Aldebaran también? —dijo Shion sospechando —Interesante. Dokho, tú que estabas aquí desde temprano me puedes decir qué hicieron ellos tres.

—No es que me guste el chisme… —comenzó Dokho.

—¡No le digas, Dokhito! —interrumpió nerviosamente el caballero de la cuarta casa —Te prometo no volver a enredar telarañas en el cabello de Shiryu.

—¿Qué? Entonces no era Shiryu que no se peinaba nunca —dijo sorprendido Libra —. Yo hasta le amenacé con raparle la cabeza.

—Dokho, ¿qué era lo que querías contarme? —Shion volvió a preguntar.

Arrugando la frente y haciendo un esfuerzo finalmente Dokho habló.

—Ya no lo recuerdo —dijo el santo de libra, pero luego su expresión de aligeró —, pero ahora mismo voy con Shiryu a contarle lo de las telarañas.

Shion no estaba seguro si era la mala memoria del caballero dorado de la séptima casa o simplemente no quería contarle para proteger a Cáncer.

—Bueno —dijo suspirando el patriarca —, como Dokho no tiene la capacidad de decirme qué es lo que escondes, tendré que buscar a Aldebaran. Estoy seguro de que él no me ocultará nada. ¿Vienes conmigo Máscara de la Muerte?

Máscara sabía que la invitación era una orden, por eso calló.

—¿Puedo ir yo también? —dijo Mime que no entendía la seriedad del asunto —Parece que será divertido.

Mientras tanto en otro lugar no muy alejado.

—Milo, qué bueno que te encontramos —dijo el gans… es decir el cisne —. Camus te está buscando.

—No me digan que piensa marcharse —dijo con cierto tono de molestia el escorpión dorado —. Parece que Saga no puede retenerlo por unos cuantos minutos —soltando por un momento el mantel que arrastraba

—¿Por qué llevas a estos tres a rastras? —se atrevió a preguntar Hagen.

—Me parece un medio de transporte muy original —comentó Isaac.

—Es más sencillo así —explicó Milo que llevaba envueltos en el mantel a Shun, Ikki y Seiya —, así no se escaparán. Me costó trabajo atraparlos, especialmente a Shun.

—Me vengaré y morirás —dijo Shun Hades con el cabello oscuro y su risa maléfica, aunque ya no sonaba tan amenazadora por el infructuoso forcejeo —, una vez que me libere de esta cosa.

—Si te mandaron por Seiya, alacrán —bufó Ikki maniatado al igual que su hermano —, ¿por qué diablos me arrastras también a mí?

—Porque aunque Saga me ordenó llevar el cadáver de Seiya —explicó Milo —, si te dejaba solo con Shun pronto tú serías el cadáver.

—Ya suéltame Milo —dijo un Shun más tranquilo y con el cabello verdoso —, yo no te he hecho nada para que me lleves como a un animal. Además sería incapaz de lastimar a mi hermano —Shun dio un sollozo y al cabo de un rato —. Le hubiera matado a la primera oportunidad.

A todo esto los tres alumnos de Shun miraban azorados la escena hasta que el cisne abrió el pico.

—Milo, ¿Estás seguro de que este de aquí es Shun?

—No hay otro como él —respondió el caballero de la octava casa

—Seguro le diste de beber —reclamó Hyoga al ver a Andrómeda —, por eso se comporta así. Eso está muy mal Ikki.

—¿Crees que soy capaz de hacerle algo así a mi hermanito? —protestó el Fénix —Deja que te agarre ganso, que todavía me debes una por congelarme hace rato —forcejeaba pero no lograba librarse.

—Cálmate Ikki —dijo Milo tranquilo —, harás lo que quieras luego de llevarle el cadáver de Seiya a Saga.

—¿Para qué querría alguien el cadáver de Seiya? —preguntó Hagen

—Yo no sé, solamente obedezco las órdenes de Saga —explicó el caballero de la octava casa —, como se cree de nuevo el patriarca es mejor darle por su lado, además me ayuda con lo de Camus.

—Suéltame Milo que tengo que darle su jarabe a Ikki antes de que se muera —decía forcejeando para liberarse el Pegaso.

—No se ve muy muerto que se diga —observó Issac —, ¿cómo vas a hacer para que se muera?

—Ese es el problema, no se muere con nada —dijo Milo —, pero creo que podemos hacer que parezca un cadáver apestoso.

—Lo de apestoso ya lo tiene —dijo Hagen —, pero se ve que todavía se mueve demasiado.

—Es que yo tengo que salvar a mi amigo Ikki.

—De verás Seiya, ¿sigues creyendo eso? —bufó Ikki enredado también en el mantel.

—Por supuesto que no —dijo Isaac —. Los milagros no ocurren tan seguido.

Milo que comenzaba a hartarse de tanta conversación sin sentido finalmente dijo.

—Bueno si me ayudan con esto más pronto llegaremos con Camus —les propuso. Como los chicos andaban en plan de buenos alumnos de frío maestro francés, aceptaron.

—Todo por el querido maestro Camus —dijeron al mismo tiempo.

Mientras Sigfried no podía creer lo que acababa de escuchar.

—¡QUÉ! —gritó desconcertado —¡Esta vez te pasaste de la raya Alberich, no puedo hacer lo que me pides!

—Pero Sigfried, dijiste que harías cualquier cosa por mí —dijo el guerrero de la amatista

—No pensé que me pedirías eso —dijo todavía enojado Alfa Dubhe

—Ahora te retractas —dijo Alberich de nuevo con los manipuladores ojos llorosos —, no ere mi amigo.

—No es eso Alberich —dijo a modo de disculpa —, es que no entiendo porqué quieres que invite a bailar a Thetis. Ella no me gusta.

—Es que quiero que la invites por mí —explicó el guerrero de Megrez

—¿Te gusta ella? —preguntó el guerrero de Alfa

—Sí —dijo Alberich casi imitando corazones en los ojos

—¿Por qué no la invitas tú entonces? —preguntó con honestidad Sigfried

—Porque soy muy tímido— respondió Alberich —. Si tú la invitas podrías preguntarle si saldría conmigo —dijo y luego pensó: Así tendría las pruebas suficientes para mostrarle a Hilda que andas con otra.

—Está bien —aceptó Sigfried, pese a que Alberich hubiera esperado algo más de oposición —. Pero lo hago solo por ti —dijo Alfa Dubhe pensando que era algo bueno que Alberich tuviera novia y así dejaría de espiar a Hilda.

Pensamientos muy productivos de una insólita amistad poco creíble. Aunque en esos momentos era mejor volver con Milo y los embriagados alumnos de Camus.

—Ya te traje el muertito que me encargaste Saga —dijo el caballero de la octava casa —, ¿dónde quieres que lo dejemos?

—Qué no estoy muerto —dijo Seiya con su tonito de ofendido que no le quedaba.

—Qué te calles —Hagen le dio un coscorrón al Pegaso.

—¿Para eso demoraste tanto? —Saga no le dio mayor importancia —Déjalo donde mejor te parezca. Ven con nosotros a brindar por mi buen amigo Aioros.

—Oye Kanon —comenzó Hyoga con cierta reserva —, ¿por qué Saga tiene los ojos rojos y el cabello blanco?

—Porque ahora se cree el patriarca —respondió Kanon.

—¿Y por qué sigues aquí y no estás encerrado en alguna cueva? —siguió el cisne.

—Porque ya van como veinte vasos que se toma —explicó el gemelo, pero no pudo seguir diciendo más porque en ese momento.

—Que alguien me suelte —dijo con un sollozo Shun todavía enredado en el mantel.

—Milo ¿por qué amarraste de esta forma a Shun? —reclamó Shura —A Ikki pase, pero ¿a él? ¿Qué te hizo? No te preocupes Shun —dijo diligente la cabra cortando el mantel para soltar a Andrómeda.

—¡No lo hagas! —le advirtió Milo, pero ya era tarde.

—¡Ahora sí, me vengaré de todos ustedes! —dijo Shun Hades con la mirada y los cabellos oscuros.

—¡Shun, pequeño, ven a brindar con nosotros! —Saga abrazó cariñosamente al caballero —Dime, cómo andan las cosas en isla Andrómeda mientras te sirvo un buen vaso de Agua ardiente.

Shun Hades todavía confundido no supo qué responder, en cambio sí hubo alguien que habló antes que él

—¡No le des alcohol a Shun ¡ —protestó Ikki —Todavía es muy joven para comenzar a beber.

—Pero si tú eras un año mejor que Shun cuando comenzaste —le hizo notar Seiya.

—¡Callate Seiya! —le rprochó el Fénix —, Si Milo no te mató, será mejor que termine su trabajo —dijo comenzando a estrangular al Pegaso lengua larga.

Como la escena no era muy bonita, era mejor ver lo que ocurría en otro lugar. Algo más lejos en la puerta se encontraba a un chico en cuatro patas olfateando el piso junto a un lobo.

—¿Todavía no das con la pista Jin? —preguntó amablemente a su amigo canino avanzando mientras seguía un rastro y se encontró con el borde de una tela de encaje rosado y adornado con rosas de cinta.

—¡Qué cortinas tan feas y cursis colgaron por aquí! —dijo el guerrero de Asgard.

—¿Qué fue lo que dijiste? —dijo Saori toda ofendida y enojada.

—Disculpe señorita Kido —trató de disculparse el lono nórdico —, no sabía que estaban de moda las cortinas.

—¡Qué! —protestó Saori.

—No te enojes con Fenril —Hilda intervino para defender a su guerrero —. Él ha pasado casi toda su vida con lobos y casi no entiende de vestidos —le explicó y luego pensó que su guerrero sí tenía buen olfato para distinguir un vestido feo.

—¿Y para venir a este antro tan feo abandonaron mi fiesta? —dijo Julian con su tono engreído.

—¿Cuál fiesta? —le dijo Kido —Si la mayoría ya se marchó

—Y los que se quedaron fue porque se durmieron —siguió Polaris y ambas deidades femeninas rieron juntas

—No entiendo el sentido del humor de las mujeres —dijo Julian haciéndose el desentendido —Lo que me pregunto es cómo se fueron si estábamos en altamar

—Es que ellos han debido saber nadar —le explicó Fenril.

Este comentario hizo estallar la risa de las dos mujeres y el lobo rió con ellas celebrando el chascarrillo. Incluso les dio una palmada en la espalda a las dos, porque esa era la forma en que él reía con sus compañeros guerreros.

—Fenril —dijo Hilda recobrando la compostura —. No seas confianzudo, más bien dinos qué haces aquí.

—Estoy buscando a los demás guerreros de Odín —explicó con naturalidad —. Sigfried los perdió y me dijo que fuera a buscarlos.

—se ve que tus guerreros son muy disciplinados —dijo con sarcasmo Saori —. ¿Cómo fue que Sigfried los perdió? —preguntó con malicia Saori.

—Fue poco después de que los caballeros dorados pelearan entre ellos —siguió explicando el lobo.

—¿Cómo que los caballeros dorados están aquí? —Saori se consternó.

—Pues se ve que ni tus caballeros dorados se salvan de la indisciplina —se burló Julian —¿qué dirás para defender a tus caballeros?

—Pues se defendieron muy bien —dijo Fenril —, de hecho no quedó ni un solo general marino en pie luego de la pelea.

—¿A qué te refieres con los generales? ¿Y cómo es eso de que no quedaron en pie? —Julian era ahora el que se mostró ofendido por el comentario —. Si me dijeron que justo hoy tomarían clases de macramé y por eso no fueron a mi fiesta en el yate.

—Esto es un desastre —se quejó Saori —. Esto no puede quedarse así. ¡Shion, ven, tienes que poner orden entre los caballeros!

—Ahora sí mi maestro me va a matar —pensó Mu en el traje del patriarca —, nunca debí traer a Saori a este lugar, pero no tuve más remedio.