Disclaimer: Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen. Derechos a Masami Kurumada.


Corte de cabello.


IV. Destino.

Kanon se encontraba comiendo una manzana que había extraído de la pequeña ración de manzanas que Milo le había dado para el camino.

—Toma —le había dicho, extendiéndole el pequeño saco—. Por si te da hambre en camino a Parnaso.

Kanon había abierto el pequeño morral y no había encontrado nada más que manzanas rojas.

—¿Manzanas? —preguntó, arqueando una ceja.

—¿Qué? —consultó Milo, fingiendo demencia—, preferible que comas manzanas a que asaltes a alguien en el camino —luego de eso, había echado a reír.

—Vamos, no haría algo así —dijo Kanon con una sonrisa divertida, al momento en que le daba un pequeño golpe en el hombro a Milo.

—¿Pues qué no te jactabas de ser malvado? —Milo carcajeó y Kanon no pudo hacer más que seguirle en risas, negando con la cabeza.

—Está bien, me las llevaré —suspiró y lo miró con ánimo—. Gracias por todo, Milo.

—Espero que encuentres lo que buscas —aseguró Milo, sonriéndole.

Luego se habían dado un abrazo solemne. A partir de ahí, Kanon se marchó del Santuario que permanecía adormecido por la magia de una noche que moría. Kanon pudo sentir el frío matutino instalarse en su piel, pero admitía para sí mismo que esa sensación le agradaba.

Finalmente, luego de varios meses, le habían podido asignar una misión.

Aunque claro, era una misión secreta, por lo que ni siquiera Saga sabía de ella. Shion mismo le había dicho que no le comentara a nadie de ella, pero Milo, al ser su amigo más fiel en ese sagrado recinto, había oído por parte de él la misión: Ir al monte Parnaso, al Oráculo de Delfos.

Todo había sucedido apenas tres días atrás, cuando Kanon arribó al Salón del Trono e hizo una petición que ni Athena ni el Patriarca se esperaban.

Era medio día, el sol estaba en su punto más alto y generoso, brindando su calor cuya bendición era bien recibida y celebrada por los animales y las plantas. A fuera un viento silbaba suavemente y las aves acompañaban a Céfiro en su travesía por los cielos.

Athena se encontraba hablando con Shion sobre asuntos que Kanon no conocía ni quiso interrumpir. Sin embargo, al poco fue anunciada su llegada por uno de los soldados rasos que vigilaban la entrada. Entonces el enorme portal fue abierto, la luz que entraba del exterior definió la sombra de su silueta y Kanon pensó que eso en parte, era conveniente para describir lo que buscaba eliminar ahí.

—Kanon… —aquella era la voz de su diosa. Saori lo recibió con una amable y amplia sonrisa. Por su lado, Shion se encontraba parado a un lado de ella, vistiendo la pulcra túnica que representaba su rango mientras que sus ojos serenos hablaban de su temple y experiencia—. ¿Qué te trae por aquí? ¿En qué puedo ayudarte?

—Athena… —Kanon se había arrodillado, luego de eso, también había agachado el rostro—. Lamento las molestias que puedan causarte mi presencia en este Santuario; sabes que no tengo derecho a pedirte nada y si lo hiciera, sería únicamente con el afán de serte de ayuda y poderte servir a tu causa a plenitud.

Saori lo miró maternalmente. Sonrió y asintió, sin decir nada más. En parte, intuía lo que Kanon estaba por pedirle a continuación. Aunque nunca imaginó como sería el día en que llegaría aquella petición, algo en su corazón la había preparado.

—Sé que tus decisiones son sabias: tuyas y las de su Ilustrísima. Sé perfectamente que todo lo que sale de sus bocas antes ha sido meditado con compasión y sabiduría en sus corazones; que sus órdenes son justas y que mi solitario deber en el Santuario me lo he ganado por las acciones en el pasado, pero créame, oh, divina Athena, que lo que busco es remediar ese pasado y arrojar luz sobre el futuro. No deseo ser más un desperdicio y una sombra en los rincones de estos templos sagrados. Quiero ser de ayuda, quiero servirte con mi vida; sería alegre si mi último respiro es otorgado a tu causa.

—¿Y cómo es que quieres otorgar esa ayuda, Kanon? —había preguntado Saori, con un temple apacible y dulce.

Ante eso, el gemelo menor la había mirado fijamente. En sus ojos se dejaba entrever la verdad de sus deseos.

—Permítame ser candidato para una armadura. No importa el rango, usted bien sabe que Géminis no significa nada para mí y no quiero tener que portar esa armadura si eso implica que mi hermano ya no esté. Preferiría antes permanecer a su lado y fallecer juntos en batalla, a quedarme mirando como Saga muere para esperar tomar su lugar… —Kanon cerró las manos en puños y los apretó contra el suelo. Luego de eso agachó la cabeza, casi inclinándose por completo, como si se postrara sobre el suelo para rogar misericordia—. Por favor: no importa si es Bronce o Plata, lo único que deseo es servirle.

—Hay muchas maneras de contribuir en este Santuario, Kanon —Saori le sonrió—. La armadura no lo es todo, ni el título ni el rango —luego de ello, la joven Athena había tomado su báculo sagrado entre sus manos y se había levantado de su asiento, mirando a Kanon con seriedad—. ¿Estás seguro de que no deseas esto para apaciguar tu orgullo? Tú bien sabes que ya posees un cosmos enorme, que conoces como alcanzar el séptimo y octavo sentido a plenitud y consciencia, que tienes conocimiento de diversas técnicas y discernimiento de batalla. Dime, ¿Qué te haría diferente de los demás aprendices? Si te enfrento a ellos que son inexpertos, para pelear por una armadura; el resultado será injusto.

Kanon cerró los ojos. En su rostro se pintaba claramente la decepción. Tragó fuerte, sin poder mirar a Athena pues sabía que el razonamiento de la diosa era correcto.

—Puedo asegurarle que no hago esto por orgullo… —soltó un cansino suspiro—. Lo cierto es que no tener armadura nos pone a Saga y a mí en una situación complicada. Él quiere ser condescendiente conmigo, pero teme demostrarlo. Ahora, después de todo lo que hemos vivido, sus logros no lo hacen sentirse bien porque piensa que yo no obtengo nada. Nuestra relación es frágil y no quiero repetir los mismos errores esta vez. Tengo miedo de que cualquier pequeño desacuerdo o riña pueda arruinar la paz que hemos logrado conseguir —luego de eso, abrió los ojos y la miró con súplica—. Lo único que quiero, es dejar de ser una carga para mi hermano, hasta en el más mínimo sentido y a su vez, tener la libertad de un mayor desempeño en su recinto sagrado. Sin embargo, entiendo su decisión y no espero que tenga esa clase de consideraciones para conmigo: sería injusto, no sólo con los demás aprendices, sino conmigo mismo quien no merece tales derechos.

Saori lo observó largamente, como si con su mirada etérea pudiera desentrañar todas las verdades de Kanon. Él por su lado, más que sentirse incómodo, mostró un porte determinado. Quería, más que nada, que Athena comprendiera que él era sincero.

Luego de unos minutos, la diosa cerró los ojos, le dio la espada a Kanon y se marchó por el angosto pasillo hasta el patio trasero en donde se encontraba Pallas.

Kanon comprendió eso como una negativa a su petición. Simplemente suspiró, y se levantó, dispuesto a irse.

—¿A dónde vas? —le llamó Shion. Kanon se detuvo, levemente intrigado—. Esto todavía no termina— aseguró el Pope.

—Athena ha dicho que no… creí que…

—Athena no ha dicho que no— interrumpió Shion, cerrando los ojos y ocupando el lugar que antes le correspondiera a Saori. Ante eso, Kanon volteó para mirarlo atentamente—. Pero tampoco ha dicho que sí. Lo que ha dicho es que te dará tiempo y una oportunidad para determinar que tus motivos son honestos.

El gemelo menor sonrió internamente al oír eso. Una chispa de esperanza se encendió con ferocidad en su corazón. Y aunque trató de ocultar la emoción que sentía, la luz en sus ojos que se iluminaron ante tal premisa lo delataban a plenitud.

Kanon se arrodilló ante el Patriarca y agachó la mirada.

—Muchas gracias, a Athena y a usted, su Ilustrísima, por permitirme hacerlo… Le aseguro que sea lo que sea, yo lo llevaré a cabo y les demostraré que mi voluntad es firme y mis intenciones son sinceras.

—No hables antes de tiempo, Kanon —Shion posó sus iris magentas sobre el joven delante de él y lo miró con gravedad—. La tarea que llevarás a cabo no es sencilla ni mucho menos. Podrías incluso no regresar… ¿Estás seguro de querer hacerlo?

—Lo estoy, Patriarca. Si no estoy preparado para una tarea semejante, entonces la muerte será mi castigo por la imprudencia que domina mi espíritu.

—No te apresures a dispensar la muerte sobre ti mismo, muchacho. Athena no te ha dado una nueva vida para que te precipites a perderla… —luego de eso, Shion sonrió y negó levemente con la cabeza—. De repente me has recordado a Seiya…

Kanon lo miró y parpadeó, ligeramente confundido. En un momento imprevisto, la tranquilidad de Shion pasó a tomar un tono demasiado nostálgico, un sentimiento que incluso se expandía a través de su aura y cosmos. Era tan fuerte, que Kanon no tuvo miedo de preguntar al respecto.

—Seiya… ¿Está hablando de uno de los Caballeros con los que peleó hace más de doscientos años, su Ilustrísima?

Shion miró la curiosidad inocente en el rostro de Kanon y algo dentro de él se removió. Luego apartó su vista hacia sus manos rejuvenecidas por la gracia de su diosa y la sonrisa que se extendió en su rostro mostraba una serena tristeza que jamás le abandonaría.

—No precisamente, pero sí fue un Caballero muy noble, un buen muchacho… —suspiró y miró paternalmente al joven que se hallaba frente a él—. Ahora, presta atención: está será la misión que se te encomendará.

Shion le habló a Kanon sobre ir al Oráculo de Delfos, en el monte Parnaso. Ahí la pitonisa le daría un mensaje de suma importancia que el ex general debía traer e informar al Patriarca. Le dio una ruta diferente a la habitual que el gemelo no entendió su motivo pero que decidió no cuestionar. Además de que la premisa sonaba una tarea muy sencilla a realizar, Shion también le advirtió que aquella era una misión secreta, por lo que no debía informar a nadie de ella.

Aunque Kanon, animado como se sentía, no pudo evitar contarle a Milo. Creía que ese era el inicio de un cambio, un camino que lo llevaría por un sitio diferente en donde Saga no estuviera presente todo el tiempo y ambos pudieran darse algo de libertad para tener tiempo de crecer y reflexionar.

Había terminado su manzana. Echó un vistazo al cielo y dejó que el suave viento abrazara su piel.

Kanon se encontraba sentado encima de la norme rama de un olivo. Las hojas del árbol bailaban al ritmo de la melodía del viento, y ellas mismas creaban la ilusión de un instrumento musical al acariciarse las unas con las otras, sonando como dulces cascabeles. A lo lejos, un misterioso búho comenzaba a ulular a la distancia.

El gemelo menor recargó la espalda sobre el tronco del árbol y esperó pacientemente a que las estrellas brillaran a plenitud en la cúpula estelar. Se preguntó sobre cuál sería la misión que se le había asignado a Saga poco antes de que él partiera.

Suspiró. Eso no tendría importancia después de todo. No creía que Saga no pudiera completarla, así que sólo sería algo rutinario, seguramente.

Cerró a los ojos e hizo cuentas mentales. Su sentido de la orientación le decía que estaba próximo a llegar al santuario panhelénico y ahí encontraría a la pitonisa. Entonces todo acabaría.

Sin darse cuenta, comenzó a quedarse dormido. Una extrema pesadez se apoderó de él y lo hizo caer en un sopor profundo.

Fue en ese momento cuando una mujer de largos cabellos rubios apareció a su lado, lo tomó en brazos y desapareció con él.