Disclaimer: Los personajes no me pertenecen. Derechos a Masami Kurumada.
Corte de Cabello
V. Oblación.
Milo miró al horizonte. Un presentimiento extraño se había apoderado de él.
Siendo que era el único que sabía de la misión de Kanon, era el único que había mantenido cierta clase de vigía sobre el cosmos de su amigo. Y había algo raro que no dejaba de darle vueltas en la cabeza: el cosmos del gemelo menor era débil, como apenas una pequeña estela de luz azul cuyo brillo se disuelve en la distancia.
Suspiró. Quizás era sólo una paranoia suya. Finalmente, sabía lo feliz que Kanon estaba por haber recibido una misión y lo dedicado que se encontraba por realizarla a la perfección. Milo al ser su amigo, no le deseaba más que éxito en aquella tarea. Le perturbaba la idea de que las cosas no hubieran salido tan bien como esperaba.
—Milo, veo que ya estás aquí —saludó Aioros, con una enorme sonrisa. Sobre el hombro cargaba con un par de arcos y un carcaj lleno de flechas—. ¿Listo para la lección de hoy?
—Más que listo, Aioros —Milo sonrió y desvió su mirada del cielo azul hacia los ojos del arquero—. A decir verdad, creí que llegarías más tarde; siempre sueles entrenar con Saga poco antes de que anochezca.
—Es cierto, pero Saga está de misión —Aioros le extendió un arco a Milo junto con una flecha. El santo de Escorpio se colocó en posición y apuntó hacia un pilar lejano.
—Ya veo… —dijo, concentrando su mirada en la diana que se miraba pequeña a la distancia, aquella en donde debía clavar la flecha en el centro.
Aioros también se colocó en posición. Logró enfocar su mirada en el blanco y soltó la flecha en casi una fracción de segundo. La punta se clavó justo en el centro y la diana se tambaleó por el impacto: todo antes de que Milo siquiera terminara de concentrarse en el blanco.
—Sí, a decir verdad, me pareció una misión muy extraña para Saga —comentó Aioros, tomando una bocanada de aire. Milo seguía tensando la cuerda en el arco, todavía calculando su puntería.
—¿Por qué lo dices? —preguntó en automático, pues seguía concentrado.
—Bueno, su misión consistía en ir al monte Parnaso, al Oráculo de Delfos para traer un mensaje de la pitonisa a Athena —Aioros hizo un mohín divertido—. Algo muy sencillo diría yo, puesto que es algo que un soldado raso puede hacer sin problema.
Milo amplió la mirada. Miró a Aioros y soltó la flecha sin siquiera ver el blanco.
—¿Qué dices? —cuestionó, intrigado. El arco tembló ligeramente en su mano—. ¿Saga en el monte Parnaso, al Oráculo de Delfos?
—Sí… —Aioros frunció el ceño ante la repentina reacción de Milo—. ¿Hay algo malo en ello?
—No, no… —Milo echó a reír para disimular su preocupación—. Es que me has recordado que debo devolverle a Camus un libro que me prestó que habla sobre las náyades —Escorpio le sonrió a su amigo para que este no se diera cuenta de que mentía—. ¿Te molesta si voy a buscarlo y a entregarlo? Camus me lo pidió desde ayer.
Aioros fingió creer en la mentira de Milo y le sonrió. Asintió con la cabeza.
—Está bien, yo espero —dijo, tranquilamente.
—Ahora regreso. No tardaré —afirmó Milo, apoyando el arco en una pared cercana. Luego se dirigió a la salida del coliseo en silencio.
Aioros lo miró fijamente hasta que este desapareció de la arena de entrenamiento. Luego se dirigió hacia el pilar en donde había incrustado la flecha. Al acercarse notó que la saeta que Milo había lanzado casi sin darse cuenta había atravesado la suya y se había clavado en el corazón de la diana.
Sabía a plenitud que Milo había mentido. Podía sentir en la flecha, el rastro de su cosmos inseguro.
Mientras tanto, Escorpio se dirigía a las Doce Casas. La incertidumbre acrecentaba en su interior con cada paso que daba.
Kanon se lo había dicho: su misión era ir al monte Parnaso al Oráculo de Delfos para recibir y traer un mensaje de la pitonisa. Ahora, dos días después, se enteraba que esa también había sido la misión de Saga.
Pero… ¿Por qué? ¿Qué tenían planeado Athena o Shion con hacerlos encontrarse en Parnaso?
—X—
Saga había atravesado el bosque de laureles que rodeaba el santuario panhelénico. Cuando la intensidad de las plantas comenzó a decaer en el paisaje que se abría delante de él, se encontró con la solitaria piedra de la construcción ya casi en ruinas. Frente a él se hallaba la fuente de Castalia, con agua de manantial que seguía corriendo a través de ella. El murmullo del agua era apaciguador, y Saga se atrevería a decir que incluso su música podría adormecer el corazón de quien se adentraba a esos parajes.
Su mirada de topó con un muchacho pequeño que vestía ropajes blancos. Su rostro era suave y serio pese a que su corta edad no pareciera concordar con su aura antigua.
—Bienvenido sea al Oráculo de Delfos, Santo de Géminis, lo estábamos esperando con ansías —saludó con una reverencia el niño de cabellos rizados—. Le pido por favor que antes de adentrarse al templo purifique su alma con las aguas del manantial de Castalia.
Saga simplemente asintió y se dirigió a donde se le señaló. Dejó la caja de su armadura de lado y se deshizo del sencillo abrigo que cubría gran parte de su cuerpo.
Se inclinó sobre el pequeño hilo de agua que corría en la fuente. Con las manos en forma de cuchara recogió agua y la restregó sobre su rostro. Bañó la piel de su cara con parsimonia y tranquilidad, pues el agua era cálida y se sentía como una caricia maternal.
Cuando Saga abrió los ojos y se dispuso a tomar un poco más de agua, no pudo evitar respingarse al ver el reflejo que la fuente le devolvía.
—Kanon… —dijo intrigado, al notar que eran los ojos de su gemelo mirándolo del otro lado. Un Kanon pequeño, de cinco o seis años, con el cabello corto y una sonrisa tranquila.
Saga parpadeó por un segundo.
—Esa persona regresará —le dijo el reflejo—. Será mejor que te prepares, pues su llegada traerá consigo consecuencias.
—¿A qué te refieres? —preguntó el Santo de Géminis, confundido. Sin embargo, el niño al otro lado de aquella fina manta de agua sólo cerró los ojos, como si estuviera cansado, y su imagen se disolvió con el correr tranquilo de aquel liquido impoluto.
El Santo de Géminis se quedó meditando en lo que acababa de pasar durante algunos segundos. Aquella visión que acababa de tener había dejado su corazón latiendo con la intensidad del batir de las alas de un colibrí.
Cuando levantó la mirada, sólo se encontró con el jovencito que lo hubiera recibido, mirándolo con unos ojos ceremoniosos.
—Por favor, sígame. Ahora lo llevaré con la pitonisa.
Saga no alcanzó a decir nada pues el niño se apresuró a la entrada del templo. Géminis le siguió con prisa, todavía sin saber que palabras poner en su boca.
El aire antiguo que acariciaba la estancia comenzaba a extenderse todavía más y más: parecía que el templo era la cuna que vio nacer a una civilización; su aura se sentía sabia, como si la piedra fisurada comprendiera más que los hombres, el peso de las heridas atemporales, de una vida que no encuentra fin.
Saga sintió que se adentraba a otro mundo, uno misterioso, del cual debía estar alerta pues ningún hado parecía definirse en las cercanías.
Finalmente llegó delante de la pitonisa, quien se encontraba en el nivel superior del templo. La mujer era alta y delgada, de largos cabellos rubios cayendo a sus costados y dulcemente adornados con hojas de laureles. Su vestido blanco e inmaculado sólo podía comparar su pureza con las aguas del manantial que servían para lavar las almas que se adentraban al lugar. También portaba una máscara blanca y dos franjas rojas atravesando los ojos era el único color furioso que podía llegarse a ver en aquella entidad de aura etérea.
—Bienvenido, Saga de Géminis. Es un placer tener aquí al Santo más poderoso de la Orden de Athena.
El susodicho inclinó el rostro a manera de mostrar respeto.
—El placer es mío y si no es una injuria, me permito corregir su premisa pues no creo ser el más poderoso de entre mis camaradas.
La pitonisa sonrió detrás de la máscara.
—¿Sabes por qué se te ha enviado a ti a esta misión?
Saga levantó el rostro y la miró. El sol resplandecía detrás de la inocente silueta de la joven. Debía admitir que su imagen parecía rememorar a los antiquísimos poemas mitológicos.
—No, si debo ser honesto lo único que tengo en mente son vagas suposiciones sin importancia. El verdadero motivo todavía no lo descubro.
—Me gustaría saber tus suposiciones —continuó la pitonisa, con una voz meliflua.
Saga cerró los ojos. Por un momento pensó que aquella conversación era completamente innecesaria, más tratándose de alguien pragmático como él, sin embargo, no deseaba mostrarse irrespetuoso.
—Son suposiciones muy inútiles. No creo que sienta placer al oírlas.
—No decidas por mí: adelante, cuéntame.
Saga suspiró.
—De acuerdo.
La pitonisa asintió, a manera de hacerle saber que estaba lista para escucharlo.
—Me parece que, debido a mis pecados del pasado, el Patriarca no desea otorgarme ninguna misión de peso y por eso me ha enviado a mí a esta misión en apariencia sencilla —concluyó, con un semblante sereno.
Escuchó una suave risa opacada por la pieza de metal que cubría el rostro de la pitonisa. Sin embargo, no era una risa burlona, ni mucho menos. Parecía más bien ser una dulce carcajada que una madre suelta ante las ocurrencias de su pequeño hijo.
—Hay algo de razón en tus suposiciones, Saga: esta misión es en apariencia sencilla. Eso no significa que lo sea.
La mujer dio media vuelta y comenzó a caminar.
—Por favor, sígueme.
Saga la miró con sospecha, pero hizo como se le pidió y subió los peldaños que le faltaban para adentrarse a la parte superior del templo.
—¿Sabes que antes de recibir los presagios de la pitia, los consultores antes deben presentar una oblación?
El Santo de Géminis frunció el ceño. Observó como los largos cabellos de la pitonisa se mecían apaciblemente con el viento.
—¿Qué clase de sacrificio quieres?
El viento cesó su canto y con ello también se detuvo el danzar de los rayos dorados en el cabello de la joven que le impedían a Saga una vista amplia de lo que se encontraba delante de ella. Fue así, que logró percibir que en frente de la mujer se encontraba un altar; unas ropas azules, unos zapatos desgastados y la cinta café…
—¿Qué…? —preguntó, poniéndose en posición defensiva.
La mujer volvió a dar media vuelta, haciéndose a un lado para que Saga pudiera contemplar a plenitud delante de él.
—Sabes que el pago a los dioses por esta clase de favores es la sangre… ¿Cierto?
Delante de él estaba Kanon, recostado sobre una cama de piedra, enfrente de la sagrada estatua de Apolo. El sol ya se encontraba a plenitud en el cielo y su luz alumbraba por completo la figura del inconsciente gemelo.
Entonces Saga comprendió. Con fiereza, miró a la pitonisa.
—Si quieres recibir los augurios del oráculo, primero deberás entregarme la vida de tu hermano.
NdA: ¡Agradecimientos especiales a CamiSaintS por leer y comentar todos los capítulos! Este cap en especial es dedicado a ti.
Y a todos los lectores silenciosos, sólo puedo decirles: No sean tímidos (?). Me parece gracioso que la historia tenga más favoritos que reviews, y ni qué decir del Traffic Graph, uff... xD
